Los cuatro ensayos incluidos en esta obra, publicada en 2021, siguen lo que Carlo Ginzburg expresara en 2010 al recibir el premio Balzan en Roma: «Aún aprendo». En otras palabras, e inspirándose en el grabado y autorretrato de un anciano Goya con bastones, más allá de su vasta experiencia, la curiosidad de este historiador por el pasado no ha disminuido, y, por el contrario, sigue abierto al aprendizaje y al diálogo con las nuevas generaciones de investigadores en humanidades y ciencias sociales. Porque Carlo Ginzburg es también un viajero de muchas y distintas tripulaciones
La lectura atenta de estos cuatro ensayos es una manera de conocer su metodología y aproximación a la investigación. Pero también nos muestran cómo un historiador consagrado es capaz de seguir entregando miradas frescas sobre la historia y los problemas del presente. En estos cuatro textos vemos cómo el autor dialoga con la historia del arte, la filología, la medicina, la iconografía, o la morfología para explicar cómo el pasado puede ser leído a través de la erudición y de la búsqueda constante de nuevas formas de acercarse a lo real. Es bien conocido que Ginzburg cree en el pasado, y más allá de comprender la potencialidad creativa del lenguaje, nunca ha dejado de oponer resistencia a las teorías que relativizan la existencia de las realidades pretéritas.
En el primer ensayo sobre las similitudes que existen entre la pesquisa histórica y la investigación médica, Ginzburg pone el acento en los experimentos de doble ciego, al insistir en la imposibilidad de una mirada sin sesgos, y al contrario, los integra. Entonces sería posible simular, para el estudio del pasado, una toma de distancia respecto de nuestras emociones y prejuicios. No es que quede desprovisto de aquellos, sino que como un juez ―o incluso un inquisidor, como siempre nos recuerda Ginzburg―, estos poseen una visión de conjunto que los actores del pasado no podían tener, aunque evitando toda actitud condescendiente tan propia del presentismo. La principal diferencia con el experimento doble ciego de la medicina radica en que el historiador no busca aislar completamente las emociones y representaciones de los actores del pasado, sino convertirlas en objeto de análisis. El experimento historiográfico no tendría fin, ya que se encuentra siempre con un punto ciego e incontrolable. Eso hace que pueda ser constantemente revisitado.
El segundo texto es una experiencia del recuerdo sobre la escritura de su primer libro Los benandanti, publicado en 1966, y que de alguna forma prefigura muchos de los temas que tratará en sus siguientes obras: el testimonio de los sin voz, la inquisición, la cultura popular, las representaciones sobre la brujería, la justicia y los jueces, las imágenes. Su interés por las víctimas de la Inquisición, especialmente aquellas del mundo rural, no es accidental, y según el propio Ginzburg se origina en sus lecturas juveniles de Antonio Gramsci y Carlo Levi. En sus propias palabras, sólo años después descubrió lo que a muchos de sus cercanos les resultaba obvio: el interés por los perseguidos tenía origen en su condición de judío, aunque en aquellos tiempos de efervescencia política le pareció más bien que los juicios inquisitoriales correspondían a una forma arcaica de lucha de clases. Estudiar los procesos inquisitoriales le permitió comprender las dudas de los inquisidores y sus estereotipos, al igual que los que rondan al historiador contemporáneo.
Los benandanti eran campesinos del siglo XVI que, supuestamente, por haber nacido envueltos en la tela de líquido amniótico, tenían la capacidad de espantar a los malos espíritus que asolaban las cosechas. Sus caminatas nocturnas por los campos, cuatro veces al año, correspondían a una ceremonia popular y ancestral valorada por la comunidad. Sin embargo, para los inquisidores de la Iglesia católica estas actividades eran prueba inapelable de su condición de brujos, cuestión que los benandanti negaban por completo, pero que el peso físico y psicológico del proceso inquisitorial terminaba por imponer.
La memoria oral de los benandanti se había perdido, pero Ginzburg logró rescatarla del olvido a través del cedazo de los procesos inquisitoriales. Su identificación con las víctimas se mezclaba con la comprensión del inquisidor como investigador que, así como él, cargaba con los prejuicios de su tiempo. Esta ambigüedad, para Ginzburg, se convierte en una marca e incluso en una fortaleza de su trabajo historiográfico. De ahí la importancia de revisitar la obra Los benandanti cincuenta años después, porque las seguridades de su juventud han dado paso a una mayor valoración de la ambigüedad y de las zonas grises de la investigación del pasado, así como de aquello que llamamos «perspectiva histórica», y que, para él, no sería otra cosa que una forma de secularización de la doctrina agustiniana, que sirvió para justificar ciertas acciones del pasado, como la persecución de los judíos.
El tercer ensayo trata sobre su exitoso libro Historia nocturna, de 1989, el cual ha sido traducido a diversos idiomas, pero también muy criticado. Aquí Ginzburg adopta la perspectiva de Marc Bloch respecto a la importancia de la comparación histórica, utilizada en Los reyes taumaturgos, sobre la comparación etnográfica de George Frazer en La rama dorada. El autor sostiene que el capítulo sobre la comparación morfológica del aquelarre de brujas respecto de las experiencias chamánicas americanas resultó ser el más controversial, pues hace alusión a la morfología filológica y al conocimiento de los anticuarios. Aquí nuevamente Ginzburg demuestra apertura disciplinar, al mismo tiempo que da cuenta de su enorme cultura escrita. Citando a Robert Hooke, compara el trabajo del naturalista que clasifica conchas marinas con el coleccionista o anticuario experto en medallas. Son los indicios los que nos permiten recuperar y reconocer el pasado, y en tal sentido esos saberes tienen mucho que aportar al historiador, pues están en el origen de nuestro oficio; en una época en que historia humana y natural no habían sido separadas.
En el último ensayo, Ginzburg se refiere a su más reciente obra, Nondimanco (2018) que trata sobre Maquiavelo y Pascal. Aquí el autor nuevamente destaca la importancia de poder acceder al conocimiento general a través de un caso; de la inducción, haciendo alusión directa a uno de los fundamentos de la microhistoria, de la cual se le considera uno de los principales precursores. Aquí reconoce su carácter «omnívoro» al manifestar sus múltiples fuentes de inspiración para la investigación histórica: novelas, psicoanálisis, crítica literaria, historia del arte entre otras. Es así como insiste en la necesidad de romper con la causalidad previsible del investigador y aceptar el caso desviado; lo extraño, lo que sale de la regla y abrazar así la sorpresa y lo inesperado. Su enseñanza se podría resumir en justamente evitar el riesgo de encontrar aquello que se busca y ser, ojalá, el abogado del diablo de uno mismo.
Finalmente, hay que destacar en este libro la cuidada traducción del italiano del historiador Rafael Gaune, quien no sólo hace una pertinente introducción a los cuatro ensayos, sino que demuestra su oficio de traductor en el detalle de las referencias y las notas al pie de todo aquello que Ginzburg cita y recuerda. Es ahí cuando uno puede notar la cercanía que tiene con el autor y su necesidad imperiosa de ser lo más fiel posible a su obra y reconocida erudición.
Manuel Gárate es doctor en Historia y Civilizaciones de la EHESS de París y magíster en Ciencia Política de la Universidad de Chile. Actualmente es docente e investigador del Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile. Sus investigaciones giran en torno a la historia del modelo económico chileno impuesto durante la dictadura militar (1973-1990), y sobre las representaciones del régimen y en particular de la figura de Augusto Pinochet en la caricatura de la prensa occidental.










