Las máscaras de la astrología en el siglo XVIII

El astrólogo y su gabinete. Autoría, ciencia y representación en los almanaques del siglo XVIII

Joaquín Álvarez Barrientos

Oviedo, IFESXVIII /Ediciones Trea, 2020, (Anejos de Cuadernos de Estudios del Siglo XVIII, 4)

De las seriedades de Urania a las zumbas de Talía. Astrología frente a entretenimiento en la censura de los almanaques de la primera mitad del XVIII

Fernando Durán López

Oviedo, IFESXVIII /Ediciones Trea, 2020, (Anejos de Cuadernos de Estudios del Siglo XVIII, 4)

Los dos monográficos aquí reseñados: El astrólogo y su gabinete y De las seriedades de Urania a las zumbas de Talía, forman parte de la colección Cuadernos de Estudios del Siglo XVIII, del Instituto Feijoo, que salieron a la luz en 2020 y 2021 respectivamente. Los textos de Joaquín Álvarez Barrientos, profesor de la Universidad Complutense y premio Leandro Fernández de Moratín, y de Fernando Durán, catedrático de Cádiz y especialista en el género autobiográfico, cuentan con un gran valor desde el punto de vista epistemológico al analizar cómo se representaba la astrología en el Siglo de las Luces. Estos dos volúmenes se reseñan conjuntamente porque tratan el mismo tipo de materiales: los almanaques e impresos estacionarios que tuvieron que enfrentar diversos tipos de censura, constituyendo un verdadero éxito editorial moderno en el mercado del impreso; al mismo tiempo, marcaron el declive o, si se quiere, el «fracaso» del saber astrológico, en la medida en que la astrología fue perdiendo credibilidad como rama del conocimiento, a la vez que ganaba un fiel público lector que apreciaba el uso satírico y jocoso del lenguaje astrológico.

Las obras de editoriales universitarias, generalmente gozan de poca difusión, a pesar de ser el resultado de un trabajo concienzudo y de largo aliento; en este caso, los autores vienen acrisolando estas reflexiones desde el congreso de «Los Campos del Saber en el Siglo XVIII», celebrado en la Universidad de Toulouse 2 – Jean Jaurès, en el verano de 2019. Ambas obras exponen una reflexión profunda sobre una documentación que ha planteado desafíos teóricos y metodológicos por su corta extensión, por la dispersión geográfica de las prensas en donde se reproducían las copias y por no circunscribirse fácilmente a un solo género literario. De ahí que expresiones como: «mutaciones de género» y «desplazamientos de campos del saber» sean recurrentes a la hora de referirse al contenido de los almanaques e impresos cortos, los cuales además expresan de alguna manera la tensión entre «lo nuevo» y «lo viejo», «tradición» y «modernidad», dado que abordan temas canónicos en la literatura popular o «de cordel» (recordemos que los vendedores de hojas sueltas las tendían en una cuerda), como por ejemplo, las actividades del calendario agrícola y las fases de la luna; sin embargo, también podían ser el lugar de disputas, en prosa o en verso, en torno a observaciones astronómicas de eclipses y cometas, con una nomenclatura científica y las coordenadas exactas para su observación.

La imprenta, como señala Elizabeth Eisenstein en su influyente obra The Printing Press as an Agent of Change, desempeñó un papel transformador en la difusión de la astrología como saber práctico y cultural en toda Europa, configurando un fenómeno paneuropeo con similitudes notables entre los contextos anglosajón e hispánico. Almanaques y textos astrológicos, que anteriormente circulaban de forma restringida en manuscritos destinados a élites letradas, encontraron en la imprenta un medio para alcanzar a un público amplio y heterogéneo. En ambos mundos, estos impresos se convirtieron en herramientas fundamentales para la organización de la vida cotidiana, influyendo en áreas como la agricultura, la medicina y los pronósticos políticos.

De entrada, hay que hacer una salvedad: los trabajos aquí reseñados no definen lo que se entiende por «ciencia», ni delimitan el campo de conocimiento específico que abarcan los almanaques. En cambio, su intención es otra: evaluar los frontispicios, el aparato paratextual, las ilustraciones de estos textos, aumentando así la trazabilidad a las censuras que se les aplicaron. Al hacerlo de este modo, logran esclarecer un espectro discursivo que permite una validación extrínseca de conocimientos, que de por sí no aparecen descritos de manera directa en los textos, y, por lo tanto, carecemos de parámetros claros para delimitarlos de manera inequívoca.

Por otro lado, no se debe interpretar la dicotomía entre «ciencia» y «entretenimiento» que mencionan Barrientos y Durán según nuestras concepciones actuales de estos términos. Álvarez Barrientos, al referirse a «ciencia», habla de las «críticas novatoras» (p. 9), que implican demandas de precisión matemática y el uso correcto de instrumentos para la observación de la bóveda celeste. Por su parte, Durán asocia «entretenimiento» con lo que él denomina «literaturización» y «didactización» de los contenidos astrológicos de los almanaques, caracterizándolos por la adopción de un «registro cómico», que utiliza un «lenguaje expresivo, burlesco y jactancioso» (p. 41).

La configuración de una audiencia

Álvarez Barrientos y Durán López proceden a establecer una tipología de fuentes, pues los almanaques son impresos de formatos muy variados y forman parte de diferentes repositorios iberoamericanos. Por un lado, Joaquín Álvarez clasifica los almanaques impresos desde una perspectiva iconográfica, mediante la cual pretende establecer el valor simbólico del gabinete del astrólogo y la representación de su oficio. Por otro lado, Fernando Durán pone la lupa en los tipos de censura, con el fin de analizar la argumentación que validaba el contenido de dichos almanaques.

In Astrologos, emblema LIII, «que el astrologo tenga cuidado con lo que predice, pues el impostor cae de cabeza mientras vuela por encima de los astros», por Andrea Alciato, 1615.

Los autores afrontan estos objetivos con bagaje teórico y haciendo gala de una bibliografía actualizada, la cual incluye el estudio de Carlos Collantes sobre la colección de la Biblioteca Capitular de la Mezquita-Catedral de Córdoba (2020), el estudio de los grabados de anteportada de Rocío Cárdenas (2020) y la obra Juicio y chirinola de los astros. Panorama literario de los almanaques y pronósticos astrológicos españoles (1700–1767) del mismo Fernando Durán, autoridad en la materia. Da gusto ver el dominio de un tema complejo como la inquisición y la cultura escrita. Durán es capaz de establecer un dialogo ameno con las aportaciones de Jesús Martínez de Bujanda, José Pardo Tomás, Tayra Lanuza Navarro y Mathilde Albisson. En lo que respecta a las fuentes visuales, considero que sería interesante comparar los frontis de los almanaques con los frontispicios de los libros de astronomía. En este sentido, cabe recomendar el libro de la historiadora sueca Inga Elmqvist Söderlund, titulado Taking Possession of Astronomy – Frontispieces and Illustrated Title Pages in 17th-Century Books on Astronomy, publicado en 2010 por la Real Academia Sueca de Ciencias.

En los anejos 4 y 6 de los Cuadernos de Estudios del siglo XVIII se intenta acotar la comunidad lectora. Los almanaques se refieren a su público bajo distintos rótulos, «el vulgo», el «curioso lector» o la «dama curiosa»; entretanto, los redactores de dichos papeles emplearon toda una serie de seudónimos bastante llamativos, por ejemplo, «el gran discípulo de Urania», «el gallardo salmantino» o «el nieto del grande Torres». Álvarez y Durán reflexionan precisamente sobre lo que hay detrás de esas máscaras literarias. De una parte, está la representación de un oficio, el del «pronostiquero», que se apoya en su respectivo gabinete de estudio, como aparece en las anteportadas; de otra, se aprecian toda una serie de estratagemas para legitimar los almanaques de cara al sistema de censura, que se agudiza a lo largo del siglo XVIII en contra de la proliferación de papeles menores.

El mercado al menudeo de los almanaques astrológicos evidencia una clara evolución en las preferencias del público, reflejo de las tensiones culturales que atravesó la astrología en la modernidad temprana. A medida que perdía prestigio entre las élites ilustradas y se iba separando progresivamente de la astronomía como disciplina científica, los pronosticadores adaptaron sus estrategias para dirigirse a un público compuesto por los sectores iletrados y semiletrados, a quienes se referían colectivamente como el «pueblo». Este cambio implicó una resignificación de la astrología, orientándola hacia usos más prácticos y cotidianos, como el pronóstico de cosechas, el clima o eventos cíclicos, alejándola de las pretensiones eruditas y acercándola al lenguaje oral y las tradiciones populares. Así, la astrología se transformó en un saber más accesible, sostenido por una narrativa que buscaba conectar con las preocupaciones inmediatas y diarias de su público.

Algo similar ocurrió en Inglaterra en el siglo XVII. En el ya clásico Astrology and the Popular Press: English Almanacs 1500-1800, Bernard Capp analizaba los almanaques astrológicos como una herramienta central para entender la cultura popular en la Inglaterra moderna temprana, subrayando la interacción dinámica entre las creencias populares y los saberes eruditos. A diferencia de una visión estrictamente binaria entre alta y baja cultura, la historiografía anglosajona presenta lo popular como un espacio fluido de negociación, donde las prácticas y discursos de distintos estratos sociales se entrelazan. En este contexto, los almanaques se consolidaron como textos híbridos que combinaban conocimientos técnicos con información práctica sobre ciclos agrícolas, calendarios y consejos cotidianos, transformando la astrología a un lenguaje accesible y funcional para un público diverso.

En el caso inglés, que nos sirve aquí de contraste, la crítica puritana desempeñó un papel clave al condenar la astrología como una superstición, mientras que algunos astrólogos intentaron redefinirla bajo el paraguas de la «astrología natural», centrada en usos prácticos aceptables, como los del clima y la agricultura. A diferencia de España, donde se supone que la censura religiosa ejercida por la Inquisición limitó severamente la publicación de almanaques (aunque Fernando Durán enumera una gran cantidad de censuras aprobatorias), en Inglaterra la regulación se llevó a cabo en un marco más laico y comercial, lo que permitió a los astrólogos adaptarse a las críticas mediante estrategias defensivas, enfatizando la utilidad práctica de sus predicciones y evitando conflictos abiertos con las autoridades religiosas y científicas. Así pues, la astrología no sufrió un declive absoluto, sino una adaptación significativa, especialmente en su vinculación con la medicina y la magia, campos en los que muchos médicos de los Tudor y Estuardo, como John Partridge, Daniel Woodward y William Salmon (todos ellos redactores de almanaques), continuaron practicando como astrólogos. Durante este período, la astrología se fusionó con la medicina popular, ofreciendo consejos prácticos sobre el diagnóstico y tratamiento de enfermedades según los astros.

Si nos salimos un poco del siglo XVIII y analizamos tratados médicos de los siglos XV, XVI y XVII, encontraremos que el uso práctico de la astrología ya estaba plenamente consolidado, con discos del clima, tablas, mapas del cielo, ruedas concéntricas que indicaban humores en su paso por distintas constelaciones, etc., en este sentido no es tan novedosa la «didactización» mencionada por Durán. Lo que sí es claro es que se acentuó el dialogo entre la figura del autor y la de la audiencia, la cual empezó a recibir estos contenidos prácticos de la astrología de forma recurrente y, después, de manera periódica a través de la prensa.  

Melancolía del oficio intelectual

El Piscator de las Damas o Las comedias de Carabanchel: pronostico el mas cierto de quanto ha de suceder en Madrid el año que viene de 1754 adornado de varias curiosidades, noticias, invenciones, enigmas, o quisicosas, y del famoso entremes nuevo de los indianos del hilo negro, para casas particulares, por Don Joseph Julian de Castro, 1754.

En la primera parte de su libro, Álvarez Barrientos recalca la presencia de elementos que identificaban al pronosticador, tales como: esfera armilar y terrestre, compases, telescopios, reglas y libros. Establece luego una tipología de dichos elementos, incluyendo las ilustraciones contenidas en ejemplares impresos en América y en lo que él denomina la «periferia peninsular». Dentro de este corpus, vale la pena mencionar que hay ilustraciones ricas en figuras mitológicas, otras en donde se privilegia la figura del astrólogo, algunas con imágenes devocionales, e incluso casos de mujeres letradas, representadas ellas también en sus respectivos gabinetes o al aire libre.

Uno de los cambios más perceptibles tiene que ver con la representación del oficio del astrólogo. La documentación de principios del siglo XVII muestra al autor de los pronósticos a la manera de un letrado medieval, posando prácticamente como un evangelista. Después, gana fuerza la imagen del telescopio como elemento distintivo del oficio; aparecen grandes ventanales en el despacho del erudito y, para el siglo XVIII, es común que se dibujen cuerpos celestes. Estos cambios formales no solamente dan cuenta de la evolución del material impreso, sino que apuntan a cambios en el campo del saber, es decir, las imágenes también explican cómo se legitima una rama del conocimiento, por ejemplo, a través de ciertos instrumentos modernos y haciendo énfasis en la observación directa del cielo.

Muy similar a la pintura de Leonid Pasternak (1892), Las tormentas del trabajo creativo, traída a colación por Valerio Rocco para este mismo número de la Revista de Libros, el trabajo del astrólogo se representó como una tarea desagradecida y angustiante. Se llegó incluso a especular sobre la proliferación de humores malsanos, fruto del frío del gabinete y la quietud a la que estaba obligado el cuerpo del sabio, quien, por si fuera poco, de noche frente a un débil candil, se veía obligado a leer folios con letra menuda, con la ayuda de una vela que «chisporroteaba lágrimas» y desprendía una luz tenue y olores malsanos.

Álvarez Barrientos, de manera aguda, ve continuidades entre el mal de la melancolía y la representación de la labor del astrólogo en el siglo XVIII. Dicho mal inclinaba al hombre a la exaltación o a la tristeza, pero también a la genialidad; sus causas podían ser fisiognómicas, por perturbación del humor de la bilis negra, y se daba de acuerdo con la estación del año. Los rasgos físicos del tipo melancólico conforman un patrón iconográfico, que si se hila finamente puede llevarnos desde los pronostiqueros del siglo XVIII hasta las imágenes de Gaspar Melchor de Jovellanos o del médico Santiago Ramón y Cajal.

Retrato de Gaspar Melchor de Jovellanos, por Francisco de Goya, 1798.

La representación melancólica de Jovellanos por Goya, así como el autorretrato fotográfico de Ramón y Cajal en su laboratorio, tienen similitudes con el grabado La barca de Aqueronte (1737) de Diego de Torres Villarroel. El desorden en el librero, así como el gesto de la cabeza que descansa sobre la mano que se apoya en el escritorio, vienen siendo un lugar común. Ahora bien, habría que añadir que el astrólogo tiene una naturaleza mercurial que lo inclina particularmente a la melancolía, debido a que su oficio, así como el del médico, estaría regido por el noveno lugar de acuerdo con la tradición helenísticaThe Astra Project, 21 de noviembre de 2021, «1st Astra Project Workshop – 02 Dorian G. Greenbaum» , YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=gcpquHcH5BY . Según Marsilio Ficino, cuanta más abstracción hacia las cosas incorpóreas o de la lejana bóveda celeste, más tiende el alma del intelectual a abandonar el cuerpo, el cual queda frío y seco en esas largas noches de estudio; de ahí la importancia de un buen cuero para el desvelo del redactor de almanaques.

En los corpus de las dos investigaciones es clave Diego de Torres Villarroel, al punto de que en ocasiones se identifica al gremio bajo el nombre de «piscatores». Lo mismo sucede con los «sarrabales», lunarios escritos en honor de un astrónomo de Milán; papeles bajo estas denominaciones circularon ampliamente por la península y América en el siglo XVIII. Torres Villarroel fue, pues, el almanaquero que mejor explota las potencialidades de la imagen al grado de instaurar su propia forma de distinguirse en el mercado de cordel. Para Álvarez Barrientos y Durán López, la obra de Diego de Torres Villarroel ocupa un lugar central en la medida en que, a través de estudios cuantitativos, se pudieron, por una parte, detectar cambios iconográficos en frontispicios y portadas, y por otra, trazar una evolución argumentativa de las aprobaciones y censuras a sus almanaques.

La judiciaria principesca

Llama la atención la «Defensa expresa de la astrología», acápite en el libro de Durán (pp. 127-130), en donde el autor muestra una serie de argumentos empleados en la aprobación de pronósticos en la primera mitad del siglo XVIII. Allí se da a entender que no siempre cabe la diferenciación entre astrología natural y judiciaria. Siendo la astrología natural la que se usaba para establecer el clima anual, empleada en el arte de la navegación y en el marco de la actividad agrícola; mientras que la judiciaria tenía que ver con la predicción del futuro, especialmente con los juicios políticos, sirviendo para avizorar el desenlace de las batallas y para elaborar una caracterización moral de los individuos.

Santiago Ramon y Cajal, 1885.

Los censores que aprobaron almanaques con un fuerte contenido político, lo hicieron destacando el valor científico, la perfección matemática y la cantidad recurrente de aciertos de los almanaqueros, si bien estaba dentro de las posibilidades que los aciertos políticos fueran causados por la casualidad o las redes de información de los letrados cortesanos. Censores como Francisco Antonio de Herrera y Paniagua, Fray José Antonio de Obando, Gabriel Artabe y el teólogo Fray Lucas Carrasco expresaron opiniones favorables a la rama judiciaria.

Del otro lado del canal de la Mancha la situación no fue muy diferente. Durante la guerra civil inglesa, la astrología se convirtió en una herramienta política influyente, con astrólogos como William Lilly y John Gadbury utilizando sus predicciones para apoyar diferentes facciones. William Lilly, conocido por su obra Christian Astrology de 1647, apoyó abiertamente al Parlamento, utilizando sus almanaques para anticipar la caída de la monarquía y reforzar la narrativa parlamentaria como un diseño cósmico inevitable. Por otro lado, John Gadbury, inicialmente seguidor de Lilly, se convirtió en un ferviente defensor de la causa monárquica y utilizó sus escritos astrológicos para legitimar el retorno al poder de Carlos I y sus sucesores. Como señaló Keith Thomas en una obra ya clásica, estos astrólogos no solo reflejaban la tensión entre la superstición y el racionalismo emergente, sino que también mostraban cómo la astrología seguía siendo un medio poderoso para moldear la opinión pública y legitimar ideologías políticas en un período tan turbulento.

Lo anterior podría entrar en contradicción con el término «desastrologización», empleado por el profesor Durán (p. 40). Este término parece dar a entender que los redactores de pronósticos no tomaban en serio la rama del saber por la cual eran reconocidos; si bien ellos mismos se llegaron a tratar de «mentirosos» y se mofaban de la credulidad de algunos lectores, esta ridiculización constituía una táctica para sortear favorablemente la censura y darle el tono jocoso que caracterizó su producción intelectual.

Veamos un par de ejemplos del uso de la astrología judiciaria en política. En primer lugar, podemos traer a colación el caso del joven rey Sebastián I de Portugal, también reseñado en este dosier por Jean-Frédéric Schaub. Para tratar de prevenir su fracaso en batalla, un astrólogo aragonés publicó un discurso judiciario advirtiendo al rey que un cometa que se había mostrado en el aire le amenazaba «de muy gran peligro», porque su cola se extendía hacia África y su aspectación era contraria a Portugal, según refirió el filósofo español Pedro Sánchez de Acre en 1590Jesús Usunáriz, «El discurso judiciario sobre Don Sebastián y el cometa de 1577», Revista de Historia la Sociedad y la Cultura Siglo de Oro, Coimbra, Universidad de Coimbra, 2015, pp.80-83.. El cometa visto desde el occidente de Europa en noviembre de 1577 fue conocido como el «cometa sebástico», nuncio por antonomasia del fracaso y la muerte de reyes. Esta astrología judiciaria sujeta a esquemas basados en la tradición interpretativa de la ciencia árabe, que tenía en cuenta testimonios históricos y observaciones astronómicas realizadas con ayuda de instrumentos, podía generar serios problemas a sus autores. En muchas ocasiones, los pronósticos chocaban con la ortodoxia católica, al poner en tela de juicio el libre albedrio humano. El éxito de los almanaques que predecían eventos políticos en tono fatalista pudo significar un fracaso para el redactor de los mismos, porque si no eran perseguidos por motivos doctrinales podían caer bajo la sospecha de sedición por parte del poder temporal.

En segundo lugar, merece la pena mencionar la «precisión» del pronóstico de «Nolegar Giatamor» para 1734, ejemplo notable de sensibilidad política e intuición. Durante la insólita estancia de Felipe V en Sevilla (1729-1733), cuando la corte del primer Borbón se trasladó a las orillas del Guadalquivir en medio de tensiones con la Santa Sede y la inestable salud mental del monarca, Giatamor anticipó la «venida y restitución de Reales Personas a su Corte». Este acierto subrayó la relevancia de su capacidad predictiva en un contexto complejo. Ahora bien, los mismos censores favorables a la aprobación fueron conscientes de que muchos aciertos se basaban en la ambigüedad de la predicción, dado que todos los años en Europa iban y venían personas notables a ocupar cargos en las cortesGirolamo Argenti (conde Nolegar Giatamor), El jardinero de los planetas. Pronóstico para el año de 1735 general y particular, diario con cuartos de Luna, cosecha de frutos, calculado sobre el meridiano coronada villa de Madrid e ilustre ciudad de Zaragoza. Compuesto por el conde Nolegar Giatamor, astrólogo italiano de la Academia de los Intrépidos de la ciudad de Ferrara, Madrid, José González, 1734..

Consideraciones finales

Desde mucho antes de la llamada «revolución científica», los conocimientos astrológicos han enfrentado tanto ataques como defensas que resaltan su versatilidad y capacidad de adaptación. Como han señalado Paul Magdalino e Hilario Bautista Ruiz en sus estudios sobre la conciliación entre el cristianismo y la astrología durante la Edad MediaPaul Magdalino, L’Orthodoxie des astrologues: La science entre le dogme et la divination à Byzance (VIIe-XIVe siècle), Paris, Lethielleux, 2006; Hilario Bautista Ruiz, «Prácticas astrológicas en Bizancio durante la época iconoclasta la figura de León el Filósofo», Erytheia N° 30, 2009; Hilario Bautista Ruiz, «Los escritos astronómicos y astrológicos. Su circulación en el mundo grecorromano y bizantino», Estudios clásicos, Tomo 50, Nº 133, 2008., estas disciplinas grises llegaron a ser defendidas a capa y espada por los gobernantes, siendo Manuel I Comneno uno de los primeros en presentar una defensa abierta en medio de una polémica con tintes doctrinales. Su tradición apologética y sus diversas subespecialidades les permitieron sobrevivir, como lo demuestra la defensa de Melchor Jufré del Águila en el Virreinato del Perú, quien legitimó el uso de la judiciaria con fines militares en el Nuevo MundoIgnacio Uribe, Virginia Iommi, De Astrología Judiciaria (1630) de Melchor Jufré del Águila Lecturas y pronósticos en Chile colonial, Colonial Latin American Review, Vol. 28, Número 2, 2019..

Los impresos estacionaros no fueron los únicos receptores del saber astrológico, este siguió figurando en manuales de medicina, tratados filosóficos, disertaciones universitarias, etc., sin embargo, al poner la lupa en los almanaques específicamente se da cuenta de la inserción del lenguaje astrológico en la consolidación de un género editorial y literario. El humor y la autocrítica se convirtieron en herramientas clave para la supervivencia de dicho género.

Como bien señalan Durán y Álvarez Barrientos, los peligros asociados a los aciertos astrológicos, como en los casos de predicciones relacionadas con la muerte de Felipe II o el motín de Esquilache, revelan la dualidad de este saber: éxito comercial para los impresores y, a menudo, persecución para los redactores. La tensión entre la aceptación popular y las suspicacias de las autoridades forzó a algunos almanaqueros a migrar a otras ciudades, buscando nuevos públicos. Muchos filósofos naturales de renombre siguieron siendo seducidos por este «fantasma de la ciencia» en su entorno doméstico, al punto de publicar almanaques camuflados bajo curiosos pseudónimos.

En suma, los autores se centraron en el uso cotidiano de un saber, con una existencia de hecho, aunque ya no de pleno derecho, o al menos eso era lo que estaba en juego durante el siglo XVIII. En medio de un auge de la mecanización y la matematización del cosmos, logró sobrevivir un conocimiento en torno a la interpretación de los «signos» celestes, esto constituye una interesante continuidad de una rama del saber, pero también nos lleva a preguntarnos por una discontinuidad, cómo se dio su separación casi tajante con la astronomía y su reagrupamiento del lado de las «pseudociencias» en el mundo contemporáneo.

Bibliografía:

– Bernard Capp, English Almanacs 1500 – 1800 Astrology and the Popular Press, Astrology, Science and Medicine, New York, Cornell University Press, 1979.
– Elizabeth Eisenstein, The printing press as an agent of change, Cambridge, Cambridge University Press, 1979.
– Girolamo Argenti (conde Nolegar Giatamor), El jardinero de los planetas. Pronóstico para el año de 1735 general y particular, diario con cuartos de Luna, cosecha de frutos, calculado sobre el meridiano coronada villa de Madrid e ilustre ciudad de Zaragoza. Compuesto por el conde Nolegar Giatamor, astrólogo italiano de la Academia de los Intrépidos de la ciudad de Ferrara, Madrid, José González, 1734.
– Hilario Bautista Ruiz, «Los escritos astronómicos y astrológicos. Su circulación en el mundo grecorromano y bizantino», Estudios clásicos, Tomo 50, N.º 133, 2008.
– Hilario Bautista Ruiz, «Prácticas astrológicas en Bizancio durante la época iconoclasta la figura de León el Filósofo», Erytheia, N.° 30, 2009
– Ignacio Uribe y Virginia Iommi, «De Astrología Judiciaria (1630) de Melchor Jufré del Águila Lecturas y pronósticos en Chile colonial», Colonial Latin American Review, Vol. 28, Número 2, 2019.
– Jesús Usunáriz, «El discurso judiciario sobre Don Sebastián y el cometa de 1577», Revista de Historia la Sociedad y la Cultura Siglo de Oro, Coimbra, Universidad de Coimbra, 2015, pp. 80-83.
– Keith Thomas, Religion and the decline of magic, New York, Scribner, 1971.

– Paul Magdalino, L’Orthodoxie des astrologues: La science entre le dogme et la divination à Byzance (VIIe-XIVe siècle), Paris, Lethielleux, 2006.
– Randall Collins, Sociología de las filosofías, Barcelona, Hacer, 2005.

Eduardo Pinzón Avendaño es candidato a doctor en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Chile, magister en historia bizantina de la Universidad Paris-Sorbonne e historiador de la Universidad Javeriana (Bogotá), en donde ha impartido clases de historia medieval europea y modernidad temprana. Actualmente desarrolla una tesis sobre los avistamientos de cometas en América en los siglos XVII Y XVIII. 


[1] The Astra Project, 21 de noviembre de 2021, «1st Astra Project Workshop – 02 Dorian G. Greenbaum» , YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=gcpquHcH5BY

[2] Jesús Usunáriz, «El discurso judiciario sobre Don Sebastián y el cometa de 1577», Revista de Historia la Sociedad y la Cultura Siglo de Oro, Coimbra, Universidad de Coimbra, 2015, pp.80-83.

[3] Girolamo Argenti (conde Nolegar Giatamor), El jardinero de los planetas. Pronóstico para el año de 1735 general y particular, diario con cuartos de Luna, cosecha de frutos, calculado sobre el meridiano coronada villa de Madrid e ilustre ciudad de Zaragoza. Compuesto por el conde Nolegar Giatamor, astrólogo italiano de la Academia de los Intrépidos de la ciudad de Ferrara, Madrid, José González, 1734.

[4] Paul Magdalino, L’Orthodoxie des astrologues: La science entre le dogme et la divination à Byzance (VIIe-XIVe siècle), Paris, Lethielleux, 2006; Hilario Bautista Ruiz, «Prácticas astrológicas en Bizancio durante la época iconoclasta la figura de León el Filósofo», Erytheia N° 30, 2009; Hilario Bautista Ruiz, «Los escritos astronómicos y astrológicos. Su circulación en el mundo grecorromano y bizantino», Estudios clásicos, Tomo 50, Nº 133, 2008.

[5] Ignacio Uribe, Virginia Iommi, De Astrología Judiciaria (1630) de Melchor Jufré del Águila Lecturas y pronósticos en Chile colonial, Colonial Latin American Review, Vol. 28, Número 2, 2019.

Detalle de "In astrologos", Andrea Alciato, 1531. Wikimedia
Detalle de "In astrologos", Andrea Alciato, 1531. Wikimedia

Ficha técnica

16 '
0

Compartir

También de interés.

Cien cuyes y ni uno más

Cien cuyes, la novela que ganó el más reciente Premio Alfaguara, trata ante todo…

Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

Premio a la mejor contribución, reseña o ensayo, para menores de 35 años.

Con objeto de fomentar y poner en valor la escritura y la lectura crítica entre jóvenes talentos, y con la colaboración de la Fundació Banc Sabadell, Revista de Libros convoca el premio «Nuevas voces» destinado a reconocer reseñas y breves ensayos publicados en nuestras páginas. El premio, de carácter anual, tendrá una dotación económica de 1.000 euros, que se entregarán en un acto institucional en octubre de este año.