La idea de leer una novela ―¡otra más!― sobre la guerra civil española puede provocar bostezos en algunos y cierto recelo en otros. Después de que hayan pasado por nuestras manos decenas de novelas que narran lo sucedido o que sitúan las historias de sus personajes en los años y paisajes del conflicto, quizá se antoje repetitivo o innecesario otro relato sobre el mismo tema. Eso para los del bostezo. Los del recelo seguramente sospechen que se trata de otro rojo u otro facha, según de qué pie cojee el receloso, queriendo ajustar cuentas con el pasado.
Sin embargo, La península de las casas vacías es una obra que esquiva tanto el aburrimiento como la desconfianza. Para empezar, tiene la singularidad de estar escrita por un millenial. Es más, un millenial que empezó su obra (¡de setecientas páginas!) cuando apenas contaba diecinueve años, en 2009. Y es probablemente ese el factor que la hace diferente y atractiva. ¿Acaso importa la edad del autor? ¿Aporta algo al relato? Definitivamente, sí.
Uclés cuenta una historia que es su historia, la historia de su familia. La autoficción, ya se sabe, es algo muy propio de su generación: la necesidad de mirarse, autoanalizarse, de interesarse por sus orígenes en busca de síntomas que expliquen a los millenials lo que son.
Pero además, el relato tiene el atrevimiento, el ímpetu y hasta el descaro que otorga la juventud. Hay escenas, como esa en la que el propio narrador se pone a discutir con Franco si se quita o no la gorra en una iglesia, que sólo parece fácil concebirlas desde una cabeza muy joven.
La península de las casas vacías narra la historia de una familia jienense de un pequeño pueblo llamado Jándula. Con el estallido de la guerra civil, los miembros de esta familia quedan desperdigados por toda la geografía española y, a partir de ahí, Uclés aprovecha para narrar episodios de aquella contienda en los que se ven envueltos sus personajes. Y los narra en clave de realismo mágico, que unas veces sirve para restar peso al dramatismo de episodios muy oscuros y otras para subrayar la negrura de las circunstancias que rodearon aquellos cuatro años de horror. Así, hay lágrimas que brotan de diferentes colores dependiendo de la emoción que las provoca; hay heridas de las que mana arena en vez de sangre («la sangre no sale bien de este teclado»); hay hermanos enfrentados y separados por el conflicto, pero unidos por sus heridas porque «también existen las heridas ajenas, es decir, la reproducción de la herida de un ser querido en un cuerpo distinto, como un holograma, con el mismo dolor pero sin sufrir desgaste físico alguno». Junto al realismo mágico, Uclés logra restar algo de peso a la tragedia con la presencia de un narrador que también entra en escena, ya sea para interpelar al lector, discutir con personajes históricos o hacer regalos a algunos de los protagonistas. Y hay algo más que enriquece la obra: las citas literarias y testimonios de personajes clave de la historia. Desde el general Yagüe hasta Clara Campoamor, desde José Ortega y Gasset a Onésimo Redondo, encontramos todo tipo de reflexiones en torno al conflicto que redondean el relato.
Tan pronto como nos adentramos en el universo dibujado por Uclés, nos sentimos atrapados en un entramado de personajes bien definidos, campesinos en su mayoría, y también por la belleza de los detalles de un mundo rural retratado con mimo. Pinta paisajes en los que vemos casas encaladas de tejados rojizos, decoradas con macetas y enredaderas; callejas desiguales y trazadas al tuntún; huertas donde descansaban las cuestas que ascendían hacia las montañas vecinas; plazoletas limpias, siempre llenas de gente, «rinconadas con sus fuentes solitarias». Este es, de hecho, uno de los grandes atractivos de la obra, el homenaje que el autor quiere rendir al campo. Desde el principio, su protagonista deja claro que «nosotros no somos de un bando ni de otro, nosotros somos del campo». Y así, Uclés exhibe su conocimiento de esa España rural que todo lo mide en varas. Sus personajes utilizan cantareras, damajuanas, trashogueros y albacoras. Especialmente bellas son las descripciones pormenorizadas en los capítulos que dedica a la matanza del cerdo y a la recogida de la aceituna.
Pero esa mirada romántica de la hoy llamada «España vaciada» es también escenario del sentimiento de terror de los que se sienten indefensos en un lugar en el que desaparecen la ley y el orden. La novela muestra cómo con la guerra llega la desconfianza entre vecinos ante la impunidad con la que actúan los que aprovechan el conflicto para ajustar cuentas de viejas rencillas.
Para los recelosos, deben saber que, aunque Uclés no es equidistante y deja que se le vean los colores (por ejemplo, en el retrato que hace del Borbón Alfonso XIII que cambió el cetro por el amoniaco y se dedicaba, según él, a limpiar lámparas), sí muestra las atrocidades que cometieron tanto «los hunos como los hotros» (una expresión que toma prestada de Unamuno). No busca revancha ni señalar culpables, pero sí dejar constancia del dolor tremendo, de la tristeza honda, de la deshumanización absoluta del pueblo que causó aquella guerra (cualquier guerra, sobre todo si es entre hermanos). Es seguramente la honestidad con la que el autor se acerca al conflicto la que consigue que el lector se sume a esta novela (otra más) sobre la guerra civil española, que va ya por su décimo tercera edición en su primer año de vida. Todo un éxito para la editorial Siruela.
Para los de mi generación, la llamada generación X, supone cierto esfuerzo acercarnos a otro relato más sobre el tema porque crecimos leyendo a Ramón J. Sender (Réquiem por un campesino español), a Ernest Hemingway (Por quién doblan las campañas), a Javier Cercas (Soldados de Salamina) o a Almudena Grandes (Las tres bodas de Manolita)…, y viendo el cine de Jaime Chávarri (Las bicicletas son para el verano), Fernando Fernán Gómez (La lengua de las mariposas), Vicente Aranda (Libertarias), Carlos Saura (¡Ay, Carmela!), Luis García Berlanga (La vaquilla), Ken Loach (Tierra y libertad)… Fueron unos años en los que parecía que todas las historias necesitaban la guerra civil como excusa para que sus personajes se enamoraran, cantaran y hasta lucharan por los derechos de la mujer. Con todas esas referencias en mente, me acerco a la obra de Uclés atraída por el éxito que ha cosechado, por la curiosidad de ver cómo es posible contar el conflicto en clave de realismo mágico y por intentar entender qué tiene que contar un chaval de 19 años sobre el episodio, y me llevo la agradable sorpresa de descubrir un relato y unos personajes bien construidos, una propuesta original y virtuosa que no pretende convencer y que está escrita desde el amor a sus antepasados y a su tierra. Falta ver si el éxito de lectores alcanza a todas las generaciones, también a otros millenials, incluso a los zetas, o si continuamos siendo los equis y los boomers los que seguimos regodeándonos en aquella etapa de la historia de nuestro país.
Elisa Baños es periodista, especializada en comunicación audiovisual (RNE, BBG TV, Cadena SER). Consultora y jefa de contenidos en comunicación corporativa.






