Necropolítica, legitimación de la violencia y la bondad de la resistencia comunitaria

Actos humanos

Han Kang

Ciudad de México, Random House, 2024

Traducción de Sunme Yoon

272 págs.

Actos humanos es la sexta novela de la ganadora del Premio Nobel en 2024, Han Kang. El libro se divide en un epílogo y seis capítulos, cada uno con un narrador diferente y variando las formas para dirigirse al público (gramatical y metafóricamente hablando). La historia ocurre durante el Levantamiento Civil de Gwangju, ocurrido desde el 18 hasta el 27 de mayo de 1980. Como explica el analista político Na Kahn-chae, el levantamiento surgió debido a la excesiva represión a manifestantes universitarios por parte de la milicia tras la toma de poder del dictador Chun Doo-hwan. La brutalidad fue tan extrema que provocó una rebelión civil, donde los ciudadanos participaron sin importar su estatus económico, edad o rubro laboral. Enfrentándose a la violencia indiscriminada de los militares y su armamento desmedido, los civiles decidieron tomar las armas, lo que dio lugar a la expulsión de los militares de diferentes distritos de la ciudad, creando la «zona liberada». El Levantamiento terminó en diez días con la milicia llevando a cabo una operación militar a gran escala1.

Respecto a este acontecimiento histórico, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, Han Kang expresó que «Cuando un tiempo y un lugar en los que la crueldad y la dignidad humana existen en extremos paralelos es posible referirse a ellos como Gwangju, nombre que deja de ser un sustantivo propio de una ciudad y se convierte en un sustantivo común, como lo he aprendido al escribir este libro [Actos humanos]. Viene hacia nosotros una y otra vez a lo largo del tiempo y el espacio, siempre en tiempo presente. Inclusive ahora»2.

En la novela, esta crueldad se materializa, en parte, como necropolítica, término acuñado por el historiador Achille Mbembe, en un ensayo publicado originalmente en 2003. Para Mbembe, «la expresión última de soberanía reside, en gran medida, en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién debe morir»3. De ahí que la soberanía, en su formulación, «consiste en ejercer control sobre la mortalidad y definir la vida como despliegue y manifestación de poder»4. La investigadora Andrea Ivanna Gigena precisa que Mbembe está interesado en analizar «las prácticas que producen muertes a través de un ejercicio sistemático de violencia y el terror sobre determinadas poblaciones»5. A esto Gigena lo denomina necropoder, al que define como «una tecnología política diferenciada que tiene por fin la masacre poblacional»6.

El primer capítulo de la novela ya presenta un caso de necropolítica. Cuando la población lleva a cabo una marcha pacífica, simbólicamente liderada por los cuerpos de dos hombres asesinados en la estación de tren por fuerzas militares, Dongho, un niño que vive en Gwangju y protagonista del primer capítulo, observa que los militares han comenzado a disparar indiscriminadamente a la población y, aturdido, le comunica a su amigo Jeongdae: «“Nuestro ejército les disparó…”, murmurabas como alelado, mientras yo te arrastraba hacia delante, cada vez más hacia el frente de la multitud. “Nuestro ejército les disparó…”» (p. 57). Esta es la primera vez que Dongho sufre las consecuencias del necropoder, observando cómo el gobierno envía militares a asesinar a civiles desarmados, quienes comunicaban su descontento con las acciones del régimen a través de la multitudinaria movilización. En esta misma escena, Dongho observa cómo las balas alcanzan a su amigo Jeongdae, víctima directa de las necropolíticas estatales.

Más adelante en el mismo capítulo, Dongho no puede creer lo que sucedió ese día, enfrentándose a que el poder soberano del Estado, en vez de proporcionar protección, decide de manera arbitraria sobre la vida de la población. Además, en el capítulo «Hierro y sangre», un narrador anónimo revela que la milicia contaba con ochocientos mil proyectiles para recuperar el control de la ciudad cuando su población era de apenas cuatrocientas mil personas: «la cantidad de proyectiles que habían entregado a los soldados ese día ascendía a ochocientos mil. Por aquel entonces, la población de la ciudad era de cuatrocientas mil almas. O sea, que los soldados contaban con una provisión suficiente como para meterle dos veces la muerte en el cuerpo a cada uno» (p. 111). Esto muestra que el gobierno buscaba demostrar mediante cualquier medio que tenía el control total sobre las vidas de todas las personas de Gwangju.

Mbembe plantea diferentes preguntas en este contexto, una de ellas es: «Si consideramos la política como una forma de guerra, debemos preguntarnos qué lugar le deja a la vida, a la muerte y al cuerpo humano (especialmente cuando se ve herido y masacrado). ¿Cómo se inscribe en el orden del poder?»7. En Actos humanos, particularmente los cuerpos heridos y masacrados, que presentan un interés especial para Mbembe, son utilizados como espectáculo público por parte del gobierno y sus fuerzas represoras. El cuerpo herido se convierte en parte del orden de violencia y terror para ganar control sobre aquellos que han demostrado cualquier tipo de resistencia contra la nueva dictadura de Chun Doo-hwan y su ley marcial. En el primer capítulo, cuando un francotirador está asesinando personas durante una manifestación, los civiles intentan recuperar los cuerpos tirados en las calles, pero cada vez que alguien lo intenta, el francotirador reacciona. Recoger esos cuerpos heridos es un crimen castigado inmediatamente. Ayudar a una persona herida o asesinada significaría compartir el mismo destino. Durante un breve momento, cuando la milicia está tomando algunos de los cuerpos, los manifestantes aprovechan la oportunidad para hacer lo mismo, sin embargo, quienes fueron recogidos por la milicia terminan pudriéndose en una pila, sin que sus familias puedan brindarles cuidados o algún tipo de afecto. En el segundo capítulo, el alma de Jeongdae, uno de los niños asesinados durante la manifestación, narra cómo los militares apilan los cuerpos, añaden más con señales de haber sido torturados y los queman todos al mismo tiempo, sin ningún tipo de ritual.

La novela marca una gran diferencia entre la muerte en un contexto necropolítico y en uno pacífico. En el primer caso, Actos humanos presenta dos posibilidades: si la milicia captura el cuerpo, cualquier tipo de ritual o cuidado se perderá, pero si los habitantes de Gwangju recuperan el cuerpo, lo cuidarán y realizarán los rituales apropiados y posibles en su contexto. La primera posibilidad es más reveladora en términos necropolíticos. En el segundo capítulo, el alma de Jeongdae relata cómo los militares dejan a los cuerpos pudrirse y cómo los militares añaden más y más cuerpos con señas de haber sufrido torturas, para después quemarlos todos al mismo tiempo. Otro ejemplo aparece en el tercer capítulo, cuando la madre de Eunsuk, una joven que trabajaba como voluntaria cuidando de los muertos durante el Levantamiento, le comunica que «los camiones municipales de la basura habían cargado los cadáveres y se los habían llevado al cementerio público. No solo los cuerpos tirados delante de la fuente, sino también los que estaban en los ataúdes y los no identificados que había en el polideportivo» (p. 92). El régimen militar utiliza una máquina diseñada para la recolección de la basura para deshacerse de los cuerpos, borrando la línea entre aquellos que han muerto y los desperdicios, demostrando que el proceso de evadir cualquier tipo de duelo está establecido desde el más alto nivel jerárquico gubernamental, utilizando los recursos públicos de la ciudad para llevar a cabo los planes necropolíticos.

Por otra parte, cuando Dongho habla sobre la muerte de su abuela, en un contexto no necropolítico, la descripción es totalmente diferente: «Su tránsito al otro mundo había sido tan silencioso como su carácter apacible. De pronto algo parecido a un pájaro se escapó de su rostro, del que solo se podían ver los ojos cerrados y la máscara de oxígeno. Te quedaste de pie, pasmado, contemplando su cara llena de arrugas, que se había convertido en la de un cadáver en apenas un instante, porque no sabías adónde se había ido esa avecilla» (p. 25). En este escenario, las personas pueden experimentar una muerte pacífica rodeadas de sus seres queridos y sus cuidados. Dongho describe la vida como un pájaro, brindando un tono de afecto e inclusive de tranquilidad, separándola de las descripciones de la muerte en situaciones como la manifestación del primer capítulo o la tortura.

También hay cuerpos en este contexto que sobreviven con las marcas de prácticas que buscaban eliminar su humanidad, como la tortura, la violación y la escritura simbólica sobre ellos. Con este tipo de actos, el poder soberano busca inculcar en los individuos un mensaje de autoridad dirigido a la comunidad entera, para que no se atrevan a repetir las acciones de aquellos que ya han recibido castigos.

En el quinto capítulo, Seonju, quien junto a Eunsuk había cuidado de los muertos, duda si debe grabar su experiencia durante el Levantamiento de Gwangju en una cinta que le ha enviado un investigador que trabaja en un libro sobre los sobrevivientes años después del suceso. En este proceso de decidir qué hacer, ella revela parte de su historia: «¿Testimoniar que te metieron dentro una regla de madera de treinta centímetros hasta traspasarte el útero infinidad de veces? ¿Que te hicieron jirones la bolsa del útero con la culata de una pistola?» (p. 154). Después, Seonju explica que ha odiado su cuerpo desde entonces. Como Rita Segato expone, cada violación no es la anomalía de un sujeto aislado, sino un mensaje de poder y apropiación enunciado de manera colectiva8. En este caso, la milicia actúa como mensajero del nuevo régimen, utilizando la tortura sexual como un indicador de dominación completa sobre la población, demostrando el poder de destruir a sus víctimas en los planos físico y psicológico.

Segato también señala que la violación juega un rol importante en la economía del poder en un nivel simbólico, siempre con el género como sello9. Esto se relaciona con el capítulo cuatro, cuando el narrador anónimo habla sobre Jinsu, un muchacho con el que compartía comidas durante su encarcelamiento después del Levantamiento y con quien se reencontró de casualidad dos años después. Con respecto a Jinsu, el narrador revela que tuvo que enfrentar torturas más brutales que los demás debido a que tenía un aspecto «algo afeminado» (p. 104), involucrando tortura sexual: «Le ataron las manos a la espalda y lo pusieron boca abajo. Así estuvo durante cuatro horas mientras unas enormes hormigas negras le picaban en los genitales. Me contó también que tenía pesadillas relacionadas con bichos casi todas las noches desde que lo liberaron» (pp.104-105). En este fragmento no se presenta de manera directa una violación, pero sí un tipo de violencia sexual donde persiste el sello de género del que habla Segato, ya que los militares castigan con mayor severidad a quien asocian con lo femenino, incluyendo torturas en sus genitales para demostrar su poder en el ámbito sexual sobre aquel que consideran inferior por su falta de masculinidad.

Otro tipo de violencia infligida a los prisioneros fue la escritura sobre sus cuerpos, realizada por la milicia a través del bolígrafo Monami Biro, un objeto de uso diario que utilizaron como estampilla para identificarlos inclusive después de su liberación. Los torturadores retorcían el lápiz en la mano izquierda de los prisioneros día tras día, dejando una marca indeleble: «Creí que se detendrían cuando el hueso quedó a la vista, pero no fue así. A sabiendas de que sería todavía más doloroso, me quitaban el algodón de la llaga y me restregaban con más fuerza el bolígrafo metido entre los dedos» (p. 101). Rita Segato, a través de sus estudios realizados en Ciudad Juárez, México, donde cárteles de droga cometen crímenes a diario, concluyó que el estilo de un acto de violencia puede llevar a su perpetrador10. En este caso de Actos humanos, las fuerzas represoras del Estado infligen una misma marca a todas sus víctimas, utilizando la violencia como lenguaje, el cuerpo como soporte de escritura y permitiendo identificar al perpetrador a través de un mismo símbolo. Pese a que la situación que analiza Segato es bastante diferente, el modus operandi de quienes cometen actos de violencia permanece dentro de un código simbólico que responde a lógicas similares.

La tortura con el bolígrafo se convirtió en un ritual al que los prisioneros se enfrentaban a diario: «Cuando entrábamos en la sala de interrogatorios, ya tenían listo el bolígrafo negro Monami. Creo que, ante todo, querían dejar bien claro que nuestros cuerpos no nos pertenecían, que no había nada que pudiéramos hacer por nuestra voluntad, que lo único que nos estaba permitido era sentir un dolor enloquecedor, un dolor insoportable que nos hacía mearnos y cagarnos encima» (p. 102). Pese a esta sensación de pérdida de humanidad, la marca al mismo tiempo creó un nuevo sentido de comunidad entre aquellos que, aun sin conocerse, se podrán reconocer e identificar que soportaron los mismos castigos por creer que podían enfrentarse al nuevo régimen y crear una nueva forma de vida, diferente de aquella a la que se habían acostumbrado bajo las dictaduras militares.

Otro elemento relevante en este proceso es que el régimen debe crear los cargos de los prisioneros que ha capturado e indicarles cuáles son, para que de esta forma confiesen exactamente lo que el gobierno necesita en su búsqueda de legitimación de la violencia, búsqueda que siempre se encuentra en proceso y nunca logra su cometido. Foucault señala que la confesión no se trata solamente de reconocer el crimen propio, sino también de reconocer la validez del castigo que se sufrirá11. Relacionado a esto, el narrador del capítulo cuatro menciona que «lo único que querían era que hiciéramos falsas confesiones para poder rellenar con nuestros nombres los espacios en blanco de los guiones que habían escrito de antemano» (p. 112). La búsqueda de producir una nueva verdad más allá de lo que sucedió funciona como herramienta para validar nuevamente la soberanía del régimen. Pese a que los prisioneros desconocían lo que se encontraba en los guiones frente a ellos, sus captores los obligaron a cargar con esas declaraciones que nunca habían dicho. Las confesiones de los prisioneros fortalecen una dinámica de poder, recordándole al individuo que se encuentra en desventaja frente al complejo aparato estatal.

Por lo tanto, la confesión obtenida bajo tortura crea una nueva pieza de verdad que, en este caso, necesita el gobierno de Chun Doo-hwan para legitimar la jurisdicción militar y su violencia. Otro ejemplo se encuentra en el capítulo «La pupila de la noche». Seonju fue prisionera del régimen, y con ello, las torturas fueron parte de su rutina diaria. La milicia la trató como culpable antes de cualquier tipo de juicio. Seonju aprendió cuál era el guion: para el gobierno ella era una espía norcoreana recibiendo instrucciones. La tortura no fue ajena al guion que habían preparado, sino parte de él, un elemento para hacerlo ver más convincente, un castigo infligido por la culpa que se carga, apuntando a crear la ilusión de que el castigo se realiza con justificación.

Después, los prisioneros fueron liberados en grupos bajo el pretexto de una amnistía: «Fue como el reconocimiento tácito de que los cargos eran del todo infundados» (p. 117). Al liberar a los prisioneros del Levantamiento Civil de Gwangju, el régimen militar demuestra que la arbitrariedad absoluta de sus actos continúa impune, ejerciendo su poder libremente, sentenciando y torturando, para después solo ignorar los actos con un gesto, creando inclusive una sensación de benevolencia. Esta amnistía es también una prueba de que, desde el inicio, los juicios se llevaron a cabo como un ritual de poder, más que como una búsqueda para descubrir la verdad de lo sucedido durante esos diez días.

Pese a que los supuestos crímenes fueron perdonados, las consecuencias persistieron en nuevas formas, por ejemplo, Seonju enfrenta la dificultad de conseguir un trabajo en el capítulo cinco: «Una vez que te recuperaste volviste a Incheon y te admitieron en otra fábrica textil, pero te volvieron a despedir antes de una semana. La razón era que tu nombre estaba en la lista negra de trabajadores» (p.145). Las tácticas cambiaron para adaptarse a una forma más discreta de violencia una vez que el régimen se había estabilizado. El mecanismo burocrático determinó el destino económico y social de estas personas, privándolas del acceso al trabajo y, por lo tanto, de su sustento, condenándolas a sufrir una nueva forma de precariedad.

La censura es otra estrategia de legitimación y castigo presente en la novela. En el capítulo «Las siete bofetadas», Eunsuk recibe varios golpes en la cara cuando un oficial le pregunta sobre un traductor literario que es buscado por las autoridades. Ella no sabía nada sobre él, pero el oficial la golpeó de igual forma. Días después, ella debe entregar algunos libros en la oficina de censura debido a su trabajo en una editorial. Cuando regresa a recogerlos, una compilación de teatro estaba tachada casi por completo: «Más de la mitad de las líneas que aparecen en las primeras diez páginas aparecen tachadas. En las siguientes treinta páginas, más o menos, está tachada la mayor parte del texto. Al pasar la página cincuenta, como si el trabajo de tachar les hubiera resultado molesto, han borrado la totalidad de las páginas con un rodillo humedecido en tinta negra» (p. 76). Pese a la intervención del régimen, el autor insistió en que la obra de teatro se presentaría al público de todas formas. Cuando llegó el día del estreno, Eunsuk y sus colegas lograron identificar algunos policías con ropa de civil. Los actores en el escenario solo movían sus labios, pero ningún sonido salía de sus bocas. Esta fue la forma en que el director y escritor de la obra respondió a la censura. Pese a que el gobierno había buscado todas las formas de silenciar a la población, todavía era posible atacar con una crítica audaz, como el silencio de los actores que reflejaba el silencio que el gobierno buscaba imponer a los ciudadanos a toda costa.

Este tipo de actos de resistencia abundan en la novela, y es relevante examinar las formas en que los personajes se enfrentaron a la necropolítica y el necropoder, a la violencia y los abusos del gobierno, no a través de más violencia, sino con actos de amabilidad y un fuerte sentido de comunidad. En el contexto necropolítico de la novela, el régimen buscó despojar de rituales a quienes murieron durante el Levantamiento. En el primer capítulo se aprecian los esfuerzos de toda la ciudad para afrontar esa desritualización, no solo a través de donaciones monetarias, sino también a través del trabajo realizado por personajes como Seonju y Eunsuk, quienes se ocupaban de «poner planchas de madera aglomerada o poliestireno en el suelo y extender una lámina de plástico para colocar encima los cadáveres. Les limpiaban la cara y el cuello con una toalla húmeda, les peinaban los cabellos enmarañados con un peine fino y los envolvían con el plástico para evitar que despidieran olor» (p.19). Estos personajes encarnan los actos de cuidado como actos de resistencia contra la desritualización de la muerte, que busca destruir a sus víctimas, como fue el caso de Jeongdae. Además, en el cuarto capítulo el narrador describe las inmensas filas que se formaron para donar sangre y a enfermeras y doctores corriendo por todas partes buscando cuidar a los heridos: «Lo que recuerdo son las filas interminables de personas que querían donar sangre al día siguiente en las puertas de los hospitales; los médicos y enfermeras, que andaban a paso rápido por las calles en ruinas con los delantales manchados de sangre y transportando heridos en parihuelas» (p.110). Así, a lo largo de la novela, se aprecian múltiples actos que demuestran la bondad desplegada en Gwangju durante el levantamiento.

Una cruenta realidad necropolítica recorre la novela: el régimen militar liderado por Chun Doo-hwan no solo utiliza la violencia letal contra los civiles de Gwangju en público, sino que también los tortura y recurre a diferentes herramientas para legitimar sus prácticas a través de falsas confesiones y censura. Enfrentándose a esta situación, los personajes toman acciones para contrarrestar la violencia y las necropolíticas a través de la bondad y la comunidad. Como Han Kang mencionó en su discurso de aceptación del Nobel, Gwangju fue un lugar donde la crueldad y la dignidad humana se encontraron cara a cara. Actos humanos encarna esta idea al ser una síntesis de las diferentes estrategias de la violencia empleadas por dictaduras y, al mismo tiempo, ser una demostración de la bondad y el cuidado que los seres humanos son capaces de dar inclusive en los contextos más adversos. El análisis interdisciplinar profundiza la comprensión de las configuraciones de la violencia en la novela, al igual que el pensamiento transnacional abre la conversación entre experiencias en diferentes lugares y momentos históricos, enriqueciendo lecturas que de otro modo quedarían circunscritas a un solo contexto. Recurrir, por ejemplo, a teorías latinoamericanas para comprender experiencias surcoreanas y sus obras literarias, y viceversa, amplía y complementa el análisis literario.

Andrés Sebastián Méndez Ocampos (Tegucigalpa, 2001) es licenciado en Letras con orientación en Literatura y máster en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana, su más reciente publicación fue en la antología de microrrelato Todavía seguían allí, a cargo del periódico Sur de Málaga y la Fundación Cajasol. Ganador del 2do lugar en el concurso nacional de cuento «Juegos Florales de Copán 2021».

  1. Na Kahn-chae, «Collective Action and Organization in the Gwangju Uprising», New Political Science, vol. 25, n.º 2, 2003, pp. 177-192. ↩︎
  2. Han Kang, «Light and Thread», conferencia Nobel, 7 de diciembre de 2024. Traducción propia. ↩︎
  3. Achille Mbembe, Necropolítica seguido de Sobre el gobierno privado indirecto, trad. Elisabeth Falomir Archambault, Madrid, Melusina, 2011, p. 19. ↩︎
  4. Achille Mbembe, Necropolítica seguido de Sobre el gobierno privado indirecto, p. 20. ↩︎
  5. Andrea Ivanna Gigena, «Necropolítica: los aportes de Mbembe para entender la violencia contemporánea», en Antonio Fuentes Díaz (ed.), Necropolítica, violencia y excepción en América Latina, Puebla, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2012, p. 18. ↩︎
  6. Andrea Ivanna Gigena, «Necropolítica: los aportes de Mbembe…», p. 24. ↩︎
  7. Achille Mbembe, Necropolítica seguido de Sobre el gobierno privado indirecto, p. 20. ↩︎
  8. Rita Laura Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado, Buenos Aires, Tinta Limón, 2013, p. 72. ↩︎
  9. Rita Laura Segato, Las estructuras elementales de la violencia: ensayos sobre género entre antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos, Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes & Prometeo 3010, 2003, p. 13. ↩︎
  10. Rita Laura Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado, p. 22. ↩︎
  11. Michel Foucault, Obrar mal, decir la verdad: La función de la confesión en la justicia. Curso de Lovaina, trad. Horacio Pons, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2022, p. 225. ↩︎
Alambre de espino en la parte trasera del Memorial del 18 de Mayo (2023)

Ficha técnica

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Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

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