Tras los pasos de una sombra

Las esquinas del aire. En busca de Ana María Martínez Sagi

JUAN MANUEL DE PRADA

Planeta, Barcelona

544 págs.

2.900 ptas.

La lectura casual de un texto de César González-Ruano, incluido en Caras, caretas y carotas (1930), consistente en una entrevista, casi una semblanza, hecha a una muchacha, Ana María Martínez Sagi, que acababa de publicar su primer libro de versos, Caminos, y que unía a la actividad de poetisa la de destacada y audaz deportista y la de defensora de causas sociales y feministas, despierta en el narrador, joven aspirante a escritor, una apasionada curiosidad que le impulsa a una exhaustiva búsqueda con objeto de desvelar más datos sobre la personalidad de esta mujer, perdida en las sombras del olvido, que llegará a convertirse para él, y para los colaboradores que encuentra en el camino de su rastreo, en una obsesión y en empresa casi única de un período de su vida. Este es el punto de partida y el hilo conductor de la nueva obra de Juan Manuel de Prada, quien ha construido, en Las esquinas del aire, la novela de una investigación biográfica y literaria.

Prada, que es ante todo creador, y de buena estirpe, se ha otorgado el privilegio de convertirse en biógrafo omnisciente y el de enlazar la autobiografía ficticia y lo novelesco con las tareas del historiador y comentarista literario. Quizás podríamos establecer una relación entre la técnica adoptada por el novelista y las palabras de Pío Baroja cuando decía que la novela es «un género multiforme, proteico, en formación, en fermentación», que lo abarca todo. El resultado que nos ofrece Las esquinas del aire es el de una obra híbrida desde el punto de vista genérico, pero dotada de gran coherencia estructural y unidad de tono.

El uso de la primera persona como voz narrativa logra que el lector se convierta en testigo partícipe del desarrollo de las pesquisas y luego de los acontecimientos que relata la biografiada. Por un momento dudamos de la existencia de Ana María Martínez Sagi como ser de carne y hueso, pensamos que no es quizás más que un ente de ficción, cuando también el narrador se deja llevar por las dudas, y descubrimos que vivió en el mundo real, cuando los investigadores, a veces ayudados por el azar, rastrean su firma en publicaciones de la época de la Segunda República y consiguen ir haciéndose con sus libros. Poco a poco, el personaje va adquiriendo consistencia humana y literaria ante nuestros ojos, al tiempo que lo hace ante los de los buscadores, y será la propia voz de Ana María, al fin encontrada, la que escuchemos en la segunda parte de la obra, aunque transcrita con el estilo del biógrafo.

Juan Manuel de Prada plantea en Las esquinas del aire un tema que ya ha tratado en otras obras, las relaciones entre vida y literatura, motivo que aparecía en Las máscaras del héroe, donde se adentraba también por los vericuetos de las existencias, casi siempre sórdidas, de unos personajes que habían ido quedando en los márgenes de la historia literaria.

Los planos de la realidad y de la ficción se entrecruzan y entretejen constantemente en esta nueva novela. Personajes como el caricaturesco y tierno Tabares o el más desdibujado e idealizado de Jimena conviven con seres reales convertidos en entes novelescos, como el poeta Pere Gimferrer, u otros en clave, como el librero Leonardo Gago, en torno a cuya caseta en la Feria del Libro Antiguo se mueven una serie de escritores que dan pie a la introducción de rasgos satíricos. Junto a ellos, pero en otro plano, el del pasado, surgen, rescatadas del olvido, algunas figuras de presencia fantasmagórica, al igual que la de la biografiada, que existieron en otro tiempo, en el mundo y en la vida de Ana María Sagi, como el bohemio Mario Arnold o Elisabeth Mulder, bella mujer, también escritora, con quien Ana María vivió los únicos momentos de plenitud de su azarosa existencia. Ahora bien, todos acabarán formando parte de un presente único al ser englobados en una única realidad, la literaria, la creada por el texto de la novela.

Juan Manuel de Prada da muestras de sus buenas cualidades de escritor con el uso de una prosa brillante y expresiva, aunque lastrada en algún momento por un exceso de adjetivación, en la que resuenan, en ocasiones, ecos literarios, entre ellos, los de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna («a esa hora las calles se estarían quedando vacías, alumbradas de letreros de neón que son como el resplandor fosforescente de los muertos»). Podríamos hablar de un estilo barroco, y algo hay también de la herencia del Barroco en la visión del mundo que nos transmite el escritor en este libro.

Nos hemos referido antes a Las esquinas del aire como a la novela de una investigación; existen asimismo en el relato algunos puntos de contacto con la llamada «novela de iniciación». A través de la figura de la escritora objetivo de la búsqueda, convertida para el narrador en una pasión, hasta el punto de establecer, a veces, un correlato entre su propia experiencia afectiva y las impresiones sacadas de la lectura de los libros de Ana María (pág. 379), el biógrafo irá descubriendo nuevos aspectos de la vida y de la realidad. Se enfrentará, sobre todo, a la vivencia de la inestabilidad, a la del olvido y a la del desengaño.

Del olvido es rescatada esta mujer, Ana María Martínez Sagi, una figura menor, inexistente en los libros de historia de la literatura, una firma perdida en las páginas polvorientas de periódicos y revistas que reposan en las hemerotecas o en libros inencontrables para el lector actual, un ser condenado a la soledad y al desarraigo. Y sin embargo, fue en su juventud, en los años de la tercera década del siglo XX, cuando en los comienzos de la Segunda República muchos creían en la posibilidad de un mundo distinto, una muchacha audaz, inconformista, rompedora de prejuicios, comprometida con las causas de los desfavorecidos, implicada en la defensa de los derechos de la mujer, practicante de los más diversos deportes, un espíritu vanguardista que, sin embargo, vertía su mundo interior en versos todavía llenos de una sensibilidad posmodernista. La literatura, como forma de expresión de sentimientos, se convertirá en su último refugio cuando la hostilidad y la intransigencia se ciernen sobre su vida, cuando es obligada a emprender el camino de los perdedores, condenada a vagar en un exilio exterior e interior. La realidad y el deseo habían seguido en su existencia, como en la de tantos otros seres, una ruta diferente. Al final sólo quedaba el desengaño del mundo, del que hablaron los escritores barrocos.

Juan Manuel de Prada ha logrado convertir a Ana María Martínez Sagi en una metáfora de las ilusiones y de los sueños jamás realizados, la ha envuelto en una atmósfera elegiaca, se ha apasionado con el personaje y ha sabido transmitir esa pasión al lector.

Ficha técnica

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