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Jack Ma
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Así que abril es el mes más cruel…

Que se lo cuenten a Jack Ma.

Ma fundó en 1999 el grupo Alibaba, si no la mayor, sí la más conocida empresa tecnológica china. Inicialmente Alibaba fue una compañía de comercio digital a la zaga de Amazon, pero su dinamismo la iba a extender por doquier: comercio minorista, pagos digitales, capital-riesgo, pesquisas comerciales, memoria en nube, producción audiovisual, inteligencia artificial (AI), servicios financieros, sanitarios, farmacéuticos. No hay actividad tecnológica puntera en China y en otros muchos países donde no esté presente. En 2015 Ma compró South China Morning Post, el diario independiente en inglés hasta entonces más conocido y respetado de Hong Kong.

Aparte de fundador, Ma fue presidente ejecutivo del grupo Alibaba hasta septiembre 2019. Un año antes, en noviembre 2018, el Diario del Pueblo sacó a la luz que era miembro del PCC. Ya sé que es algo difícil de comprender que uno de los hombres más ricos de China sea o fuera -nunca se sabe si el tiempo presente o el pasado son la mejor forma de datar su militancia- miembro de un partido fundado para dirigir la revolución comunista y durante años implacable debelador del capitalismo. Aún hoy -con motivo del centenario del partido lo renovó su comité ejecutivo con Xi a la cabeza- el juramento de sus miembros exige «ser leal al partido; trabajar de firme; luchar por el comunismo a lo largo de toda mi vida; estar siempre dispuesto a sacrificarlo todo por el partido y el pueblo; y nunca traicionar al partido». Pero hace ya tiempo que Jiang Zemin les abrió las puertas del partido a los empresarios y no es éste el mayor de los arcanos del comunismo chino. El comunismo, chino o no, es una fe y sin misterios no hay fe que valga.

Sea como fuere, para Ma, noviembre 2020 dejó en mantillas a cualquier anterior y cruel mes de abril. Entre las diferentes unidades de su grupo la niña de sus ojos era la financiera Ant Group (anteriormente conocida como Alipay y Ant Financial) cuya sombra sobre los grandes bancos del país se alargaba día a día. El grupo es propietario de Alipay, la mayor plataforma china de pagos digitales que sirve a un millardo de usuarios y ochenta millones de negocios. 

La historia es bien conocida. El 5 de noviembre Ant iba a hacer su oferta pública de capital (OPI) en Shanghái con un valor estimado de US$34-37 millardos -la mayor del mundo hasta la fecha-, llevando la capitalización total de la compañía a US$313 millardos. Días antes, los principales ejecutivos del grupo, junto con Ma, en su calidad de mayor accionista, mantuvieron una reunión con la Comisión Reguladora de Valores y, al poco, la bolsa de Shanghái anunció que la operación se cancelaba.

Días antes, el 24 de octubre anterior, Ma había participado en la reunión de la Cumbre Financiera Bund (por el nombre de la avenida de Shanghái donde se reúne), una autodescrita «plataforma de comunicación de alta gama, abierta, pragmática e internacionalmente influyente», es decir, no controlada por el gobierno chino y que mantiene reuniones anuales de personajes locales e internacionales influyentes en asuntos de economía y política.

Y allí Ma se explayó. «Se presentó como alguien “ya retirado”, con una visión “no profesional” y concedió que sus ideas podían parecer “inmaduras, inadecuadas y hasta chuscas”», pero acto seguido cargó contra el sistema financiero chino: obstaculizador de innovaciones; presa de una “mentalidad de casa de empeños”; cautivo del sistema de pagarés y garantías colaterales […] En los viejos tiempos, no era una mala idea. De no haber sido por los pagarés y el colateral, las instituciones financieras de hoy no existirían». Pero… «no podemos seguir así; tenemos que establecer un sistema nuevo para las generaciones que nos sigan y para los jóvenes» https://time.com/5926062/jack-ma/. Parece que sus palabras no fueron particularmente apreciadas por los valedores del Pensamiento XJ Etcétera y, según WSJ, la decisión de suspender la OPI partió directamente de Xi.

A partir de ahí, las malas noticias se acumularon. En diciembre 2020 todo el Grupo Alibaba fue sometido a una investigación antimonopolio por la Agencia Estatal para la Regulación de los Mercados (SARM por sus siglas en inglés). Al poco se anunció una multa de US$76.500 -una fruslería, pero el máximo legal en aquel momento- por infracciones menores, pero la investigación continuó. Esa multa inicial coincidió con el anuncio de una reforma de gran calado de la legislación antimonopolista que, entre otras cosas, iba a elevar las futuras sanciones hasta un 10% de la cifra de ventas del año anterior. Para compañías como Aliba o Tencent con ingresos anuales de decenas de millardos una eventual sanción máxima se convertiría en una seria caída de su cotización y su capitalización.

La fortuna personal de Ma, hasta entonces considerado el hombre más rico de China, se redujo en unos US$10-13 millardos por la caída de las acciones de su compañía. En 2021 Ma ha descendido al tercer puesto en la lista de supermillonarios chinos. Añadiendo al daño la injuria Study Times, una publicación de la Escuela Central del Partido -la forja de futuros dirigentes-, atribuía parte del éxito de Alibaba al interés de Xi por promover las tecnologías de comunicación cuando dirigió la provincia de Zhejiang, la cuna del grupoCf. Sinocism, 25 enero 2021. Sinocism es una publicación diaria con noticias y comentarios sobre la actualidad política y económica en China., entre 2002-2007. Había un palpable venero de resentimiento y hasta de venganza personal en esas acciones.

Pronto se vería que aquello era sólo uno de esos iniciales desplazamientos de la capa superior de nieve que preceden a un inminente alud sobre el valle. 2021 ha estado todo él plagado de noticias sobre la nueva política del partido para meter en cintura a las tecnológicas y a sus plataformas de negocio.

La investigación del grupo Alibaba iniciada en diciembre 2020 se zanjó en abril 2021 con una multa de US$2,8 millardos. Le siguió Meituan, una plataforma multiservicios centrada en la distribución de comida con otra de US$534 millones. Sin multas posteriores, el largo brazo de SARM se ha hecho sentir en Tencent, el otro gran holding de comunicaciones y finanzas que rivaliza con Alibaba; en ByteDance, la dueña de TikTok y de su gemela china Douyin, especialistas en la distribución de videos de corta duración hechos por aficionados; en Pinduoduo, una comercializadora de productos agrarios; y en otras muchas plataformas digitales menores. A todas ellas se les acusaba de mantener precios abusivos y malas condiciones de trabajo para su personal.

La injerencia burocrática no se limitó a esas eventuales faltas administrativas; incluyó también la retirada individualizada de muchas de sus aplicaciones. En mayo 2021 los reguladores chinos prohibieron un total de 105, acusadas de haber obtenido y utilizado ilegalmente datos personales de sus usuarios. Anteriormente habían advertido a otras 117 de la necesidad de reformar sus condiciones de uso para hacerlas más claras.   

En conjunto, las pérdidas causadas en el sector tecnológico desde la cancelación de la OPI del grupo Ant se estiman en un billón de dólares, alrededor de un 10% de la capitalización total de la bolsa china. Las pérdidas individuales de sus dirigentes han sido también estrepitosas. Además de las reseñadas para Jack Ma, se han elevado hasta US$15,6 millardos -un tercio de su patrimonio- para Colin Huang, el fundador de Pinduoduo. Pony Ma, el consejero delegado de Tencent, también salió trompicado con US$12 millardos o 22% de su fortuna.

Salvo en el caso de Ant no se ha pedido a esas compañías una completa reestructuración de sus órganos de dirección ni de sus actividades empresariales. Hasta ahora, SARM se ha conformado con promesas de rectificación de conducta, expresiones de entusiasmo con las reformas y ejemplos de buen comportamiento. Como por un ensalmo, SARM ha conseguido levantar una oleada de filantropía entre esas compañías cuyo anterior egoísmo, codicia y desatención a sus clientes, cuando no conductas directamente delictivas, habían atraído su atención. 

Coincidiendo con la multa al grupo Alibaba, Tencent anunció que dedicaría US$7,7 millardos a proyectos sociales y ecológicos al tiempo que su fundador, Pony Ma, añadía otros dos millardos con cargo a su patrimonio personal. Wang Xing, el consejero delegado de Meituan reforzará su fundación con US$2,3 millardos para la investigación pedagógica y científica. Otros han sido más circunspectos: Colin Huang de Pinduoduo va a cambiar de carrera y en adelante se dedicará a la investigación, mientras que Zhang Yimin de ByteDance hablaba de su intención de devolver -no explicaba por qué o cómo- la deuda contraída con la sociedad.

A finales de julio 2021 les llegó el turno a las clases privadas a distancia. En China todavía creen que la educación es un factor básico del bienestar futuro de los individuos y de la sociedad. Todos los años se celebra un gaokao, una prueba similar a la selectividad española, de cuyas notas dependen las materias y las universidades a las que pueden optar quienes lo pasen. La prueba es extremadamente competitiva y muchas familias costean a sus hijos clases complementarias a los estudios oficiales para prepararla.

Así surgió un floreciente negocio de educación a distancia que había crecido de forma espectacular en los últimos años. Las tres mayores empresas del ramo cotizaban en la bolsa de Nueva York con una valoración conjunta de US$26 millardos. La más grande contaba con 45.000 empleados y 990 centros repartidos por 102 ciudades del país. Con la nueva regulación, si quieren continuar con sus actividades, ésas y otras empresas ya existentes tendrán que volver a registrarse como compañías sin ánimo de lucro y a los gobiernos locales se les ha prohibido autorizar otras nuevas aun bajo ese estatus. El resultado fue fulminante: las empresas cotizadas perdieron US$16 millardos, un 60% de su valoración anterior.

Hace tan sólo unos días, Didi Chuxing anunció su retirada de Wall Street. Esa decisión llegaba tan sólo cinco meses después de que la empresa, en contra de las advertencias de las autoridades chinas, hubiese puesto en marcha allí una OPI por valor de US$4,4 millardos. Didi es una empresa dedicada a servicios de transporte de todas clases y fue inicialmente el gran competidor local de Uber que había puesto en marcha su propia filial en China. Tras una corrida en pelo, Didi adquirió Uber China en 2016 y se convirtió en una de las grandes tecnológicas del país con una valoración cercana a US$70 millardos. Tal vez ese éxito se subió a la cabeza de sus dirigentes que empezaron a creerse por encima de las advertencias gubernamentales.

Más les hubiera valido escucharlas.

El 10 de junio pasado Didi inició los trámites de cotización en Nueva York y seis días después SARM le abría un expediente para investigar su política de precios y sus eventuales prácticas monopolistas. En 30 de junio empezó a cotizar y cuatro días después sería la Agencia China del Ciberespacio quien prohibiese la distribución de su aplicación acusando a la compañía de haber violado las regulaciones de privacidad para sus clientes. En 21 de agosto SEC, la agencia de regulación bursátil de Estados Unidos, canceló temporalmente las OPIs de compañías chinas y en 3 de diciembre Didi anunció su retirada de Wall Street y el reinicio de su cotización en Hong Kong. Poco después, su capitalización se había reducido a la mitad.

Pero los quebrantos no se limitaron a la compañía. Desde que Didi iniciara su fallida aventura americana, las dos docenas de supermillonarios chinos en tecno y biotecno a los que Bloomberg les sigue la pista habían perdido un 16% de su valor patrimonial combinado.

¿Qué tiene el actual gobierno comunista chino contra las tecnológicas, sus directores y sus accionistas?

Es una pregunta imprescindible porque se trata de una actitud relativamente nueva. Puesta de otra forma: y si no antes, por qué se interesa tanto el gobierno ahora.

La pista me pareció encontrarla en un trabajo publicado en 2019 por el Fondo Monetario InternacionalLongmei Chan y Sally Chen, China’s Digital Economy: Opportunities and Risks, FMI: WP/19/16. Hipótesis resumida: aunque la media de digitalización de la economía china esté por debajo de la de las economías avanzadas, su avance ha sido rápido y ha impulsado un amplio incremento de la productividad. En el futuro cercano, la digitalización contribuirá a reestructurar la economía china alentando su eficiencia y allanando la inevitable reducción del crecimiento a medida que la economía madure.

Según las autoras, la aportación de la economía digital china al PIB se había doblado entre 2008 y 2017, pasando del 15% al 33%, en parte mediante su contribución empresarial directa, en parte por su impacto sobre los sectores tradicionales de la economía. Si nos fijamos exclusivamente en la primera, la digitalización estaba en torno al 7% del PIB, pero en velocidad de adopción China se había convertido en el país más rápido de entre un conjunto de economías en desarrollo.

Los aumentos de productividad así generados han acarreado profundos cambios en el mercado de trabajo con la aparición de nuevos sectores de actividad pero, también, con la reducción del empleo industrial (9 millones de trabajadores menos desde 2012) por los avances en robótica. Pero el número de trabajadores en empleos digitalizados ha servido de contrapeso con un impacto neto positivo sobre el mercado de trabajo. En resumen, la fuerza de trabajo en China está en un rápido proceso de cambio y su sociedad también. Una conclusión que no deja de ser una tautología. Pero podemos estirarla si nos planteamos, a vuela pluma, dos cuestiones.

Primera, la trayectoria del cambio. Hay poca literatura -si dejamos a un lado los ditirambos sobre la personalidad arrolladora de algunos de los líderes de las plataformas digitales como Jack MaLa mejor -y eso no significa que sea buena- biografía de Jack Ma es de Duncan Clark (The House that Jack Ma Built. Ecco: Nueva York 2016) de donde he tomado algunos de los datos que siguen. o Pony Ma- donde se discuta sobre el proceso de digitalización de la economía china. Pero conviene recordar que para su vertiginoso desarrollo no hicieron falta los planes quinquenales, ni el peso del sector público y de las SOEs, ni desde luego la ideología comunista. Todo eso eran elementos del paisaje, pero el destino de la expedición era otro: ofrecer a la sociedad china medios para ejecutar fácilmente muchas tareas diarias imprescindibles que el gobierno y su burocracia sólo conseguían entorpecer.

Ir de compras, por ejemplo, resultaba una pesadilla por la escasa oferta y el desinterés de los comerciantes por sus clientes. No por azar. Los tenderos, a su vez, tenían que lidiar con la incertidumbre en la tenencia de sus locales, pues la financiación de los ayuntamientos dependía en gran medida de la venta de terrenos y los planes de urbanismo podían llevárselos por delante; también cargar con las rentas y los impuestos que pesaban sobre ellos. La llegada del comercio digital representó, pues, un enorme ahorro en dinero y, sobre todo, en tiempo para millones de chinos. En sus primeros cinco años, más de un 40% de las compras de alimentación pasó a hacerse en línea. La implantación de pagos digitales y el uso de la tecnología QR han puesto fin a interminables esperas en las sucursales bancarias. A la vez, la información que las financieras digitales obtenían así sobre sus clientes les permitía entrar en el mercado crediticio con mayor seguridad y mejores ofertas que la banca pública. Y así con otras muchas actividades.

Al gobierno todo eso no le importaba demasiado. En definitiva, su modelo económico giraba sobre la creación de infraestructuras de trasporte, la construcción de viviendas para hacer frente al proceso de urbanización y la salud las grandes compañías industriales -muchas de ellas SOEs- que hacían posibles ambas cosas. De ahí, pues, que dejase la satisfacción del consumo en manos del sector privado.

Con el tiempo, sin embargo, éste último ha conseguido contar con un volumen de datos sobre la población china que excede al de los organismos oficiales. Pese al ciclópeo control gubernamental de la información que llega al público, las plataformas digitales cuentan con envidiables recursos y, cada vez más, apuntan ideas propias sobre la evolución futura de la economía y, también, de la política.  Peor aún, algunas -como Didi- están dispuestas a desafiar a las autoridades.

Eso tenía que acabar y de ahí las feroces decisiones reseñadas arriba para marcar el territorio que corresponde a cada cual y el recuerdo en el 14o plan quinquenal del papel director del partido en la expansión de la economía digital.

Lo que lleva a la segunda cuestión: la gobernación de ese nuevo estadio de desarrollo de la sociedad china que evocaba Xi en un reciente discursoSinocism, 6 de mayo 2021. El discurso lo pronunció en 11 de enero en la Escuela Central del partido y se publicó meses después en Qiushi, la revista de teoría del PCC.. El mundo, decía, se enfrenta hoy con cambios profundos e inesperados que se resumen con una sola palabra: confusión. Han llegado para quedarse y sólo pueden combatirse manteniendo la propia confianza y la buena marcha de la economía. Si China lo consigue será invencible. Para eso, resumía, es necesario mantener el rumbo del crecimiento económica, aumentar la capacidad de disuasión y, sobre todo, «fortalecer la arquitectura institucional de la seguridad nacional».

Hay quien piensa que esa arquitectura incluye a las tecnológicas y a los centros de investigación que contribuyen a un mejor conocimiento de la sociedad. Para bien o para mal, así es. Pero, en cualquier caso, su colaboración, mientras el PCC exista, habrá de estar siempre a su servicio. Ni en la más optimista de las metáforas puede llegarse a mantener que el partido participe en igualdad de condiciones en una triple hélice asimétrica. Por si hiciera falta recordarlo, a eso es a lo que se refería Xi al hacer de la seguridad nacional la clave del nuevo estadio de desarrollo de China. Olvidarlo sería una imperdonable ingenuidad.


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