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La revancha de los poderosos. Cómo los autócratas están reinventando la política en el siglo XXI
Moisés Naím
Debate, Barcelona, 2022.
376 p.

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«En todo el mundo las sociedades libres se enfrentan a un enemigo nuevo e implacable. Este no tiene ejército ni armada; no procede de ningún país que podamos señalar en un mapa; está en todas partes y en ninguna, porque no está ahí fuera, sino aquí dentro. En lugar de amenazar a las sociedades libres con la destrucción desde el exterior, como hicieron los nazis y los soviéticos, las amenazan con corroerlas desde el interior». El párrafo que acabo de transcribir es el primero con el que se topará el lector, nada más abrir el libro. No se le puede reprochar al autor falta de claridad: esto es lo que en castizo se conoce como coger el toro por los cuernos. Aunque en las líneas siguientes no se utilice de manera expresa la metáfora cancerígena, tal cosa es precisamente la que se nos da a entender a continuación cuando se habla de una dolencia mortífera que se ceba en el cuerpo social y político, evidenciando así las principales características que asociamos culturalmente a dicha enfermedad: a partir de un núcleo original, se extiende de modo silente por todos los órganos, carcome sistemáticamente por dentro de manera letal y con frecuencia no presenta síntomas ni aflora a la superficie hasta que ya es demasiado tarde para que el organismo infectado pueda sobrevivir. Las flamantes democracias occidentales, tan pagadas de sí mismas, están más socavadas por el mal de lo que están dispuestas a reconocer. De hecho, la propia formulación de libertades en peligro y sistema políticos amenazados concita un cierto fastidio -no andamos lejos del complejo de Casandra, con todo lo que ello supone-, tanto porque pone en cuestión nuestras certezas y la firmeza de nuestro mundo como por la propia reiteración de la advertencia, que ha llegado a convertirse casi en un subgénero dentro del ensayo político de los últimos años.

Aunque la última afirmación pueda parecer chocante, creo que no exagero. No me puedo considerar, ni mucho menos, un experto en el tema, pero tengo en mi biblioteca una nutrida fila de libros sobre esta cuestión, que bien podría catalogarse como crisis actual del sistema democrático. Limitándome a los años más inmediatos y solo por lo que se refiere a obras traducidas al español, se podrían mencionar un buen puñado de obras que, además, han tenido una buena acogida en los medios y en un público más amplio, al parecer, de lo que a priori podía estimarse. He aquí una muestra: Sobre la tiranía y El camino hacia la no-libertad (ambos en Galaxia Gutenberg, 2017 y 2018, respectivamente), de Timothy Snyder; Contra la democracia, de Jason Brennan (Deusto, 2018); El mito del votante racional, de Caplan Bryan (Ininsfree, 2018); No society. El fin de la clase media occidental, de Christophe Guilluy (Taurus, 2019); Mediocracia. Cuando los mediocres llegan al poder, de Alain Deneault (Turner, 2019); El siglo del populismo. Historia, teoría, crítica, de Pierre Rosanvallon (Galaxia Gutenberg, 2020); La luz que se apaga. Cómo Occidente ganó la Guerra Fría pero perdió la paz, de Ivan Krastev y Stephen Holmes (Debate, 2019); Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (Booket, 2021) y El ocaso de la democracia. La seducción del autoritarismo, de Anne Applebaum (Debate, 2021). Y no cito aquí a los autores españoles que han publicado obras asimilables, desde Emilio Lamo de Espinosa a Manuel Arias Maldonado, pasando por Jorge Dezcallar, porque supongo que sus obras son más familiares para el público interesado.

Me apresuro a reconocer, por las razones que enseguida se verán, que la bibliografía sobre el tema es bastante irregular, al menos la que yo he manejado. En concreto, en el caso de los autores foráneos, se trata de obras que delatan una cierta improvisación en su concepción y desarrollo, mostrando bien a las claras que son más deudoras de la estimación periodística –la servidumbre de la actualidad inmediata- que de la reflexión politológica. Hay excepciones, por supuesto, pero en general su lectura deja como un poso de insatisfacción, en la medida en que no terminan de dar lo que prometen: son más interesantes por los temas que esbozan o las perspectivas que sugieren que por un tratamiento en profundidad de los asuntos que abordan. Incluso cuando son observadores y agudos, sus autores tienden a repetir hasta la saciedad una panoplia muy reducida de tendencias y planteamientos, con el inconveniente además de que es sumamente difícil trascender en cada caso el ámbito de la política doméstica. Cuando nos hablan de Estados Unidos o de Francia, pongo por caso, reconocemos paralelismos con otras naciones, pero solo hasta cierto punto. Como cada país tiene sus especificidades, es muy difícil que un solo autor tenga datos y conocimientos para abarcar un conjunto que le posibilite un esclarecedor cuadro comparativo. Consigno todo ello porque, para bien y para mal, tales apreciaciones han pesado como condicionantes a la hora de decidirme a abrir el libro de Moisés Naím. Lo digo, pues, con absoluta franqueza: por un lado, pesaba en el platillo positivo de la balanza la reputación de su autor; por otro, me disuadía la posibilidad de encontrarme de nuevo con un tipo de examen farragoso, prolijo en apuntes menudos, pero superficial en sus líneas maestras. En los párrafos que siguen les argumento por qué merece la pena, aunque con algunas reservas, el ensayo del politólogo venezolano.

Volvamos al principio. Que la democracia como sistema político está en crisis de uno a otro confín de Occidente es algo que nadie osa poner en duda. Que la amenaza, como señala Naím como punto de partida, no viene en esta ocasión de fuera, es también incuestionable. La situación deviene así hasta cierto punto paradójica. La razón es bien sencilla de explicar: la crisis actual procede de su propio éxito, es decir, de la arribada a ese «fin de la historia» en el que la victoria del modelo occidental no solo es completa sino tan apabullante que no deja otra posibilidad a sus enemigos que asumir sus ropajes. Cada vez es más difícil encontrar en el mundo a estas alturas un régimen autoritario que no pretenda travestirse de democracia ni dictador que no intente legitimarse con elecciones supuestamente libres. No estamos ante dictaduras clásicas. Cada vez surgen con más fuerza y en mayor número en el viejo y el nuevo continente y hasta en el mundo en su conjunto unos regímenes políticos híbridos, que solo tienen de democráticos una cobertura superficial y que en el fondo desprecian o persiguen las pautas fundamentales que dan sentido a la democracia. Pero se sienten ofendidos si se les hacen reproches de este tenor: no solo no reconocen déficit democrático alguno sino que se consideran más auténticos que sus críticos. Por esas razones a mí personalmente no me repele asumir el oxímoron y hablar de democracias iliberales, aunque reconozco que no les falta razón a los críticos de la nomenclatura –entre ellos, el propio autor del libro que nos ocupa- cuando argumentan que transigir aquí con el concepto de democracia puedo suponer en cierto modo hacerles el juego a los nuevos autócratas, cuyos regímenes nada tienen de democráticos.

Por decirlo en breve, la existencia de elecciones cada cierto tiempo o una aparente separación de poderes no nos permiten sin más hablar de sistemas democráticos si al mismo tiempo no existe limpieza en los comicios, si no se garantiza la concurrencia de las diversas fuerzas políticas en igualdad de oportunidades o no hay contrapesos efectivos de poderes, por citar tan solo las cuestiones más elementales. Lejos de este respeto a las reglas del juego, lo que podemos constatar de un tiempo a esta parte es la proliferación de ejecutivos fuertes (en realidad, autoritarios, en el sentido convencional del término) que, más temprano o más tarde, desarrollan una gran voracidad política, de modo que extienden sus tentáculos para controlar al legislativo, someter al judicial, avasallar a las minorías y amordazar a los medios de comunicación independientes. En esta deriva que caracteriza a tantos regímenes a lo largo y ancho del mundo, se pierde, como señala Naím, no solo la tradicional distinción entre izquierdas y derechas, sino la delimitación entre países desarrollados y emergentes o incluso sistemas asentados, con gran tradición democrática y países con instituciones recientes: «Viene a la mente Donald Trump, por supuesto, pero también Hugo Chávez en Venezuela, Viktor Orbán en Hungría, Rodrigo Duterte en Filipinas, Narendra Modi en India, Jair Bolsonaro en Brasil, Tayyip Erdoğan en Turquía, Nayib Bukele en El Salvador y muchos otros».

Estos autócratas de última generación disponen de «opciones nuevas y herramientas distintas» en su empeño de acceder a «un poder ilimitado»: todos ellos «han aprendido a utilizar tendencias como las migraciones, la inseguridad económica de la clase media, la política identitaria, los miedos que suscita la globalización, la pujanza de las redes sociales y la llegada de la inteligencia artificial». Es verdad que tienen mucho en común con los autócratas tradicionales, pero también manejan un conjunto de resortes novedosos («una estrategia radicalmente nueva», escribe Naím), que pueden resumirse en la fórmula de las tres pes: populismo, polarización y posverdad. Concedamos, una vez más, que estamos hablando de novedades relativas porque en rigor nada de ello es esencialmente un producto de nuestro tiempo. Lo característico de nuestra época es la confluencia de esos tres vectores y la manera concreta en que se complementan y conjugan. Ahí es donde la posverdad, quizá el elemento más innovador, juega un papel determinante, en el sentido de que no puede asimilarse a la simple mentira sino que representa algo más sutil y, precisamente por ello, posibilita una confusión, un río revuelto, que proporciona muchos réditos a los expertos en esta estrategia. Muchos de ellos –no todos, porque las variaciones son notables- hacen con toda naturalidad cuando llegan al poder lo contrario de lo que prometieron y, por descontado, no respetan los límites que aseguraron respetar. Se permiten de esta manera, a sí mismos y a los suyos, un margen de maniobra desconocido en la política convencional, cuando se reconocían líneas rojas que hasta el poderoso –por lo menos el gobernante democrático- se sentía obligado a respetar. De ahí, por ejemplo, que la dimisión, que hasta hace poco podía ser motivada por las más altas miras, constituya hoy una rara avis en el comportamiento político posmoderno.

Uno de los rasgos diferenciales más acusados que caracteriza -para bien- el ensayo de Naím en el seno de la nutrida bibliografía sobre el tema es su conocimiento de primera mano de la realidad internacional, un atributo que permite calificar su ensayo de verdadero muestrario de la situación política a escala global en estas primeras décadas del siglo XXI. Es verdad que algunos países concitan su atención en mucha mayor medida que otros –así, Estados Unidos, Venezuela, Italia, Rusia o Hungría-, pero ello está sobradamente justificado por cuanto constituyen ámbitos políticos privilegiados para estudiar los movimientos políticos que son el objeto fundamental de esta reflexión. En cualquier caso, junto a ellos, Naím dirige también su mirada y su atención a los más diversos lugares del mundo, de Turquía a Bolivia, de Polonia a Indonesia, pasando por Filipinas o Brasil, es decir, sin dejar resquicios en una indagación que establece como uno de sus presupuestos fundamentales que la crisis del sistema representativo es un fenómeno absolutamente generalizado, hasta el punto de que es difícil señalar a naciones concretas que escapen de la tendencia. Quizá hubo un momento –ya ni de eso podemos estar seguros- en que algunos analistas sostuvieron que se trataba de «comportamientos en países pobres y lejanos» que difícilmente podían afectar a «las democracias consolidadas». Lo cierto a día de hoy, visto lo visto, es que nadie en su sano juicio mantendría tal aserto. En cierto modo, el autor habla desde la experiencia personal: «Yo crecí en Venezuela y la experiencia de ver a Chávez transformando su fama en poder y este en celebridad dejó en mí una gran impronta. Por eso me desconcertó el ascenso de Trump. Contemplé el circo que devoró la política estadounidense en 2016 con el horror que me daba la sensación de déjà vu».

No es especialmente difícil explicar tal estado de cosas: en un mundo global las aprensiones, las carencias, las frustraciones y las incertidumbres son esencialmente las mismas, aunque varíen los niveles y las vivencias de las mismas. La tendencia hacia un solo mundo ha creado problemas de identidad en todas partes y con ello se han disparado la intransigencia, el resentimiento y la xenofobia, aunque estas actitudes también han sido alentadas artificialmente por quienes han visto con astucia que podían sacarle partido a la situación. Ahora que ya no existe el de Berlín, en casi todas partes se habla de construir nuevos muros, materiales o simbólicos, para evitar la contaminación que trae el desplazado o el vecino diferente. Los avances tecnológicos y la revolución de las comunicaciones han creado, por su parte, una nueva realidad y unos nuevos lazos humanos que, junto con sus indudables aspectos positivos, traen también nuevos desafíos. Entre ellos, muy señaladamente, la reactivación de radicalismos y extremismos que ahora tienen el camino más expedito que nunca, precisamente en unos momentos en que la política tradicional ha perdido -¿definitivamente?- sus pautas proverbiales y ha devenido puro espectáculo. Espectáculo grotesco, ocioso es recalcarlo. Berlusconi quedó como un precursor clarividente, pero un punto ingenuo mirado desde la perspectiva actual, viene a decir Naím. Ahora todo es peor, mucho peor. La dinámica de los mensajes cada vez más sencillos se ha desatado hasta el punto de que lo que hoy arrasa, más allá de la pura elementalidad, es el mensaje ridículo y hasta la bufonada. ¡Y tal cosa sucede en las democracias asentadas, de Donald Trump a Boris Johnson, pasando por Beppe Grillo! No olvidemos, por cierto, aunque Naím no lo nombra, que hasta el hoy héroe Volodímir Zelenski era un popular cómico en su país.

Aun con todo ello, la democracia tiene tal prestigio que no se la puede combatir de frente sino de modo artero y sigiloso, socavando sus cimientos. Es aquí donde la posverdad –más emparentada, como dije antes, con la confusión que con la simple mentira- juega un papel determinante como hontanar de una desinformación que puede llevar a muchos al escepticismo y al desistimiento, pero a otros tantos a la movilización y al fanatismo. La posverdad, se subraya en estas páginas, no opera sola sino en confluencia con las otras pes. El aspirante a autócrata moviliza a sus seguidores, como la estrella del rock a sus fans o los ases del fútbol a sus hinchas: no ya solo rebaja sus propuestas a nivel de consignas sino que, más allá de ellas, apela a una identidad y alardea de ella –ese nosotros de carácter épico- frente a un enemigo real o, la mayor parte de las veces, ficticio, aunque eso sí, convenientemente demonizado. No hace falta subrayar que en este ambiente desaparece la posibilidad misma de la acción política como actividad racional; ni siquiera, como búsqueda de mejoras para el conjunto social y, aún menos, como gestión de los asuntos comunitarios en términos de pactos, reformas y convergencias entre grupos e intereses heterogéneos. Ahora, el líder se debe en exclusiva a su tribu. De hecho, muchos teóricos sociales y políticos están empeñados en conformar una sociedad de tribus con intereses enfrentados, las nuevas clases sociales de la posmodernidad. El autócrata y el aspirante a serlo están ahí en su terreno.

Lo que viene después, sobre todo cuando el populista de turno accede al poder ya lo sabemos, aunque Naím lo describe con precisión en sus diversas variantes, esto es, en sus distintas coordenadas geopolíticas y atendiendo a sus principales protagonistas. Lo más importante, a despecho de la disparidad de escenarios geográficos y las, a menudo, opuestas adscripciones ideológicas, es el fondo común de todos estos procesos, consistente en el recorte de libertades civiles, trabas a la libertad de información, acecho a las minorías, persecución de discrepantes y, por encima de todo, remoción de todos los obstáculos para el despliegue de un poder omnímodo. El camino hacia este objetivo revela por lo demás otras concordancias significativas, como las maniobras para eludir las limitaciones temporales en el desempeño del poder (ese máximo de dos mandatos en la Constitución de muchos países) o, una vez domesticado el poder legislativo, la descarada intromisión del gobierno en el ámbito de la Justicia para nombrar magistrados dóciles o afines. Las excusas para todo ello pueden ir desde la apelación a la simple eficacia –frente a las trabas que impone el juego democrático- hasta la implementación definitiva de un programa reformista o revolucionario. Siempre en nombre del pueblo, claro está o, mejor dicho, del auténtico pueblo, en contraposición a los enemigos internos y externos. Esto requiere de un estado de agitación casi permanente o al menos de una tensión sostenida, un territorio ideal para la política espectáculo. Por ello, frente al dictador tradicional que pintaban un García Márquez o un Kapuściński, el autócrata moderno no se esconde, todo lo contrario, se vuelve ubicuo, omnipresente, inevitable. Es una estrella mediática y sabe sacar sin pausa conejos de su chistera.

Todas estas cosas las cuenta Naím con una alarma apenas encubierta que no le impide sin embargo mantener un talante sereno y hasta una cierta frialdad analítica. Dije antes, un poco de soslayo, que el ensayo tenía un nivel por encima de la media de este tipo de obras, aunque dejé entrever que me suscitaba algún reparo. Dos, para ser exactos. El primero de ellos no se le habrá escapado al atento lector del presente artículo. Estamos ante un libro que traza un panorama político general del mundo del siglo XXI y, más en concreto, de la crisis global del sistema representativo y lo hace con orden, precisión, claridad, un gran acopio de datos y un buen manejo de fuentes. Nada que objetar en ese sentido. Lo que pasa, para expresarlo en los términos más llanos posibles, es que salimos de su lectura más o menos como entramos, es decir, sin sacar ninguna idea especialmente novedosa, ningún planteamiento rompedor. Nos limitamos a constatar y reconocer que el autor ha logrado ordenar lo que nos dicen diariamente los canales informativos con pulcritud y sensatez pero el cuadro de conjunto viene a reflejar poco más o menos lo que ya sabíamos. El segundo reparo está estrechamente relacionado con esta percepción y se refiere a las medidas para superar la crisis denunciada. Casi podría decirse que aquí el autor es un poco víctima de su capacidad de persuasión pues tras el sombrío horizonte sobre el porvenir democrático que traza a lo largo de unas trescientas páginas, el escaso puñado de ellas dedicadas en la parte final (capítulo 11) a las «batallas que debemos ganar» para preservar la libertad saben a poco. Peor aún, saben casi a impotencia (no del autor, sino de todos nosotros). La fuerza de los enemigos del sistema democrático, tal como se dibuja a lo largo del libro, es tan descomunal, sus estrategias tan poderosas y sus armas tan sofisticadas, que da la impresión de que sus opositores estamos, aquí y ahora, poco menos que inermes.

Tanto es así que cualquier coyuntura problemática, en principio ajena al tema que nos ocupa, como pasó con la pandemia de COVID-19, se convierte en una oportunidad para que los autócratas den dos pasos adelante y los demócratas un paso atrás o, para decirlo todavía con más precisión, que las democracias adopten medidas de excepción propias de regímenes autoritarios. Ha pasado, como cualquiera sabe, en todo el mundo: al amparo de esas leyes extraordinarias, aprobadas en nombre de la emergencia sanitaria, se han cometido toda suerte de abusos y todo tipo de tropelías. Ahora que volvemos a la normalidad, podemos percatarnos de que una parte de esas arbitrariedades han venido, como se dice vulgarmente, para quedarse. Pero no nos engañemos, lo peor de todo es la normalidad que se está instalando en todas partes en el funcionamiento del sistema democrático. La paradoja está en que cuanto más lo denunciemos, más se robustece esa dinámica cercenadora de la libertad, porque las críticas de los expertos, tildados de elitistas, contribuyen al afianzamiento de unos grupos cada vez más numerosos que piensan –es un decir- y actúan como hooligans. Es más, el líder populista busca precisamente ese ataque del establishment o de la elite, porque eso le catapulta como auténtica alternativa. Se desemboca así en el maniqueísmo más grosero –si es que hay alguno que no lo es-, el de nosotros contra ellos. En un mundo en el que cada vez es mayor el número de perplejos, descontentos e indignados, son las consignas polarizadoras las que tienen todas las de ganar. Es por ello probable que, de cualquier forma, llamamientos a la racionalidad como los de Naím presenten un corto recorrido.

Sea como fuere, como antes indiqué, las «batallas» que se propugnan en las postrimerías de su libro no parecen que tengan, ni mucho menos, la entidad suficiente para revertir una situación tan conflictiva. Son cinco: «1. La batalla contra la Gran Mentira. 2. La batalla contra los gobiernos convertidos en criminales. 3. La batalla contra las autocracias que tratan de debilitar a las democracias. 4. La batalla contra los cárteles políticos que ahogan a la competencia. 5. La batalla contra los relatos iliberales». Cuando afirmo que son, como poco, batallas que han de emprenderse en condiciones precarias por los demócratas, no estoy descubriendo en última instancia nada que no confiese el propio autor, consciente de que las «ideas y procesos abstractos» que ofrecen los teóricos de la libertad no satisfacen necesidades básicas ni colman profundos anhelos. En contraste, el universo populista apela no solo a las soluciones fáciles sino a las emociones. «La estructura populista tiene demasiada fuerza para poder ser derrotada de forma permanente. Es como un virus, reaparece con nuevos bríos a lo largo de la historia. Pero la retórica es hueca». Y es aquí donde Naím ve «una oportunidad que debemos aprovechar para ofrecer a la gente, una vez más, la promesa de la vida democrática». Esta es la puerta a la esperanza: «si conseguimos derribar las Grandes Mentiras, marginar a los gobiernos criminales, eludir los intentos de subversión extranjera contra elementos democráticos, enfrentarnos a los cárteles políticos que impiden la competencia y hacer retroceder los relatos iliberales en los que se sostienen los ataques autocráticos, habremos ganado la guerra para preservar la democracia».

Concedo que hay que dejar una puerta abierta, entre otras cosas porque una actitud derrotista llevada hasta sus últimas consecuencias vendría a cumplir la función de la profecía autocumplida. Así que eso está fuera de discusión: no puede aceptarse la capitulación sin lucha previa o, al menos, toda la resistencia posible. Ahora bien, no nos hagamos ilusiones, procuremos ver las cosas como son pues, lejos de constituir una forma de afrontar las dificultades, las falsas esperanzas y las visiones edulcoradas constituirán a la larga obstáculos y gravámenes. Y seamos claros: hoy por hoy, estamos perdiendo esa guerra. Entre otras cosas porque estamos como en el famoso síndrome de la rana hervida, que se cita en el libro, acostumbrándonos a un progresivo deterioro del sistema democrático que, precisamente, por su lentitud y gradualidad, no hace que salten las alarmas. Igual que creímos que Rusia no invadiría Ucrania, en el fondo pensamos que la democracia es muy fuerte para sucumbir. Creemos que la libertad sigue siendo para nosotros y para la mayoría del mundo occidental un valor fundamental, sin atisbar que esa convicción está debilitándose día a día. No terminamos de asumir que en todo el mundo los populistas están ganándose a la gente no porque sean demócratas sino por prometer cosas distintas y de distinta manera a como hasta ahora las han prometido los políticos convencionales. Las masas, en definitiva, siguen a los autócratas por su propio autoritarismo y no a pesar de él. Tal como están las cosas, vamos hacia un mundo de «democracias iliberales» o quizá incluso algo peor, que ya ni admita el primero de esos términos, o sea, sistemas autocráticos de nuevo cuño. Unas autocracias que ya no se sostendrían solo en la represión convencional sino en unas estrategias más sofisticadas basadas en la propaganda, la manipulación y el control selectivo para conseguir poblaciones adictas y hasta cierto punto satisfechas. En el fondo, unas autocracias aclamadas.

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