El bien, el mal y la ciencia. Las dimensiones éticas de la empresa científico-técnica
EVANDRO AGAZZI
Tecnos, Madrid, 1996

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La red social científico-técnica y su producción teórica o aplicada, la tecnociencia, es un tótem social actual. Muchos procesos que transforman el presente –mundialización económica y comunicativa, agroindustrialización, ingeniería de la reproducción– manan de la creciente disponibilidad de saber tecnocientífico para quienes toman decisiones estratégicas y quienes las implementan. La tecnociencia recibe el mérito del avance pero también la culpa cuando ciertos desarrollos engendran inesperados efectos negativos –alteración climática, polución, riesgo nuclear, malversación y agotamiento de recursos naturales, desempleo–. Hay quien se pregunta si la máquina no habrá escapado al control humano. Sin embargo, la tecnociencia no es un sistema dinámico de la naturaleza, como el clima o la orografía, autónomo de la decisión humana. Si algo pernicioso ocurre con su concurso, alguien es responsable, si no culpable, de que así suceda.

Agazzi sostiene que muchos efectos indeseados nacen, a menudo, de relegar la ética al rincón de la subjetividad y sustituirla por una ideología, el cientifismo, que atribuye a la tecnociencia la capacidad de proponer y justificar metas colectivas: ¿Qué puedo hacer? ha suplantado a ¿Qué debo hacer? Agazzi propugna el retorno a la ética como guía de conducta e indaga la posibilidad de una ética cognitiva y normativa capaz de orientar la acción estableciendo los mejores fines. Para ello procede a definir con meticulosa precisión los términos del debate: qué es tecnociencia, qué es deber, cómo engranan.

La epistemología de Agazzi está en un cabal punto medio entre el exceso fundamentalista de la filosofía analítica y neopositivista y el radicalismo relativista y constructivista de los sociólogos del conocimiento: estima que el rigor metódico y la objetividad definen la ciencia, pero eso significa sólo lealtad a los criterios constitucionales de razonamiento y experimentación vigentes en una comunidad científica. Por ende, la tecnociencia es una actividad social porque su producción, validación y aplicación son procesos humanos cooperativos. La objetividad se limita a los predicados propios de una perspectiva sobre un objeto, que definen una disciplina. Por tanto, su visión es la del perspectivismo orteguiano.

La dimensión moralizable de la tecnociencia es su lado práctico. Su vertiente teorética –saber cuál sea el caso o los medios–, si surge de honrar los métodos técnicamente aceptados, puede considerarse a-moral. El conocimiento debe ser a-moral, pues eso garantiza que no se pervierte el producto de los mejores métodos en beneficio de otros intereses. De ahí se sigue que la práctica científica debe ser moral: su identidad y compromiso con un saber universalizable comporta que sirve a la comunidad humana sin distinción. Pero la tecnociencia no puede decir qué debe hacerse. Más bien ella necesita guía. Agazzi no niega la autonomía de la tecnociencia para fijar sus objetivos y sus métodos, pero es peligroso –y nocivo para sí misma– convertirla en un sistema cerrado porque no está aislada, sino que ha de adaptarse a otros sistemas sociales –cultural, económico, político, moral, etc.–. Para que el valor central de la ciencia, la búsqueda de la verdad, no agonice, debe servir a valores de otros sistemas sociales, y éstos a ella.

Desde la deontología kantiana y la prudencia (frónesis) aristotélica, desde una antropología filosófica que considera la libertad, la racionalidad y el riesgo categorías esenciales, desde una visión sistémica de la sociedad, Agazzi reivindica una ética que afirme valores y evalúe consecuencias, una ética menos utilitarista (el mayor bien para el mayor número de individuos) y más tradicional (maximizar el bien común), una ética, en suma, intuitiva, falible y provisional, pero capaz de fundar intersubjetivamente valores localmente relevantes para una buena vida. Una conciencia moral sana no duda de ciertos valores: dignidad, solidaridad, justicia o responsabilidad; valores relegados a veces de la regulación de actividades tecnocientíficas. Agazzi no ofrece soluciones milagrosas ni un valor supremo. La imagen humana contemporánea que actualiza evidencia que una vida de veras humana es un proyecto colectivo que realiza valores –no un actuar hacia fines o producir objetos ciegamente–. Cada subsistema social posee valores constitutivos que no puede sacrificar sin degradarse fatalmente. Por eso Agazzi propone que fines, medios, circunstancias, condiciones y consecuencias de la tecnociencia sean fiscalizados por una comunidad dialógica de intereses sociales que logre acuerdos razonables para que preserven por encima de umbrales críticos los valores que la comunidad estima vitales y optimizar su concierto. Pero para recuperar el sistema ético, cuyo valor central –la dilucidación del deber– ha decaído en favor de otros –eficacia, eficiencia, consumo–, acaso el éxito sería más probable si a la abstracción rigurosa se sumase la capacidad empírica para observar reflexivamente qué valores y normas son convenciones sociales producidas desde competencias cognitivas e intereses prácticos históricamente situados, es decir, si antes de buscar principios en la luna se entendiera el terrestre oficio humano de persuadir a otros sobre qué conviene y qué es mejor.

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