Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Ibn al-Muqaffa, un espejo de príncipes roto 

«Hacer pedagogía con la ciudadanía» se ha convertido en uno de los propósitos más absurdos de los políticos de hoy. Su pomposa defensa suele resultar más ridícula si cabe cuando advertimos que suelen ser precisamente los menos instruidos quienes se comprometen más solemnemente con esa paternalista presunción de que los ciudadanos somos como niños ignorantes y maleables que han de ser educados desde el poder. Por ello, quizá fuera hora ya de que los ciudadanos «hiciéramos pedagogía» con la clase política, protagonista convencida, por cierto, de reiteradas y escandalosas falsedades curriculares. Desde una perspectiva pedagógica, métodos tales como el tuit, el scratch, el like, el lazo o la cacerolada, no siempre resultan muy eficaces y, lo que es peor, a menudo son menos edificantes y legítimos que las conductas con ellos reprobadas. Más elaboradas, en cambio, resultan ciertas iniciativas que buscan el desarrollo de una deontología legislativa e incluso la extensión de la teoría de la argumentación jurídica y moral (propia, en principio, del ámbito jurisdiccional) a la actividad legislativa; una vía explorada en nuestro país por autores como Manuel Atienza, Àngels Galiana, Gema Marcilla o Virgilio Zapatero. 

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Mujeres silenciadas

El éxito que obtuvo la autora por su libro básico, SPQR, y el premio Princesa de Asturias de Humanidades han contribuido sin duda a que la editorial publique en forma de libro las dos conferencias que componen el texto. Fueron pronunciadas con tres años de intervalo (2014 y 2017), y han sido retocadas para la edición. Sin duda también ha ayudado a su publicación que el tratamiento del tema esté realizado de manera inteligente y hasta cierto punto novedosa al partir de ejemplos del mundo clásico. La cuestión nuclear, mujeres y poder, y su desarrollo valen, pues, por sí mismos. La primera conferencia es más bien descriptiva de los sistemas de maltrato político-social de las mujeres en el mundo antiguo y en el actual, mientras que la segunda contiene una mayor reflexión sobre las posibles soluciones a la cuestión.

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Los sueños cumplidos

Desde comienzos del siglo XX, una legión de voces anuncia que algo ha terminado para el hombre. Unos ejemplos al azar: Theodor Adorno, ese señor tan serio, sentenció que «escribir un poema después de Auschwitz equivale a la barbarie»; Jean Gebser, en Origen y presente, aseguraba que «hoy a nadie le gusta la poesía, a nadie le gusta la naturaleza»; Giorgio Agamben ha escrito que «en la actualidad, cualquier discurso sobre la experiencia debe partir de la constatación de que esta ya no es algo realizable»; Byung-Chul Han afirma que ya no son posibles ni la vida privada, ni el amor ni el erotismo.

El arte ya no es posible, el amor ya no es posible y, atención, la experiencia humana ya no es posible. Nos encontramos entonces flotando en un extraño limbo donde todo el contenido de nuestra experiencia es un mero espejismo, incluida nuestra propia conciencia (una ilusión que, sorprendentemente, nadie experimenta). Nada es posible, nada de lo que hagamos o imaginemos tiene valor, ni siquiera somos ya seres humanos. La situación tiene algo de agobiante.

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¡No, por favor, no me lo explique…!

Recuerdo un tiempo en el que mi familia, que no era ni mucho menos de andaluces típicos y tópicos, pero que sí era –y es– de andaluces de toda la vida, se reunía para agasajar a la nueva incorporación familiar, normalmente una chica o un chico «del norte» –si era de Despeñaperros p’arriba ya era «del norte»– que se integraba en calidad de novia o novio de alguno de mis primos. En la reunión de la entonces familia amplia en torno a la mesa –bien provista de embutidos y copas de manzanilla– el recién llegado –y, mucho peor aún si era recién llegada, por aquello de la timidez femenina que se estilaba entonces– se afanaba inútilmente en descifrar las bromas e insinuaciones que a la velocidad de una ametralladora y con un seseo prácticamente ininteligible para ellos, descargaban los miembros más veteranos de la familia entre las risas y la complicidad de quienes estaban en el ajo.

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Velos de ignorancia (y II)

Arrancábamos la entrada de la pasada semana con la imagen de la anciana árabe a la que tres policías franceses obligaban a quitarse su burkini en plena playa, preguntándonos si una escena así era digna de pasar a la Historia de la Emancipación Universal. Y la respuesta que aventurábamos es que no. No, porque esa acción policial ejercía violencia sobre alguien cuyo régimen de percepción –su modo de ver la realidad– prescribe esa elección indumentaria: la señora cree ser libre o renuncia a su libertad, pero en todo se presenta en el espacio público con un atavío coherente con su adscripción cultural. Sería necesario demostrar que viste esa prenda contra su voluntad para que el despojamiento forzoso pueda ser considerado emancipador. 

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¿Seremos arruinados por las empresas farmacéuticas?

Cuando por imperativos humanitarios, y gracias a la proximidad de las elecciones generales, los enfermos españoles de hepatitis C están recibiendo por fin su ansiada medicación, pasando por el aro del macabro chantaje de la empresa Gilead Sciences, es urgente reflexionar sobre la súbita aparición en el mercado de varios nuevos fármacos cuyos delirantes precios amenazan con arruinar a individuos, familias, instituciones e incluso Estados. ¿Están justificados estos precios? ¿Debemos tolerarlos? ¿Cómo van a pagarse?

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Tiziano cortesano

Es difícil exagerar la importancia de Tiziano (ca. 1489-1576) en la evolución del arte europeo desde los inicios la Era Moderna: su extraordinaria longevidad, para lo normal en la época, hizo que su arte influyera en varias generaciones de artistas. Por otro lado, su valoración del colorito veneciano por encima del disegno centroitaliano (que no dejó de irritar a Vasari), así como su «invención» de la pittura di macchia, contribuirían decisivamente al desarrollo arte posterior, es decir, el Barroco. 

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Harry Mathews, el amigo oulipiano

Descubrí a Harry Mathews poco después de leer, al final de La vida instrucciones de uso, la lista de autores de los que Georges Perec incluía citas en su gran novela. Allí estaban, por orden alfabético, Borges, Italo Calvino, Flaubert, Freud, Jarry, Joyce, Kafka, Malcolm Lowry, Thomas Mann, García Márquez, Melville, Nabokov, Perec (por supuesto), Proust, Queneau, Rabelais, Raymond Roussel, Stendhal, Sterne, Verne…

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La alternativa desaceleradora

Hablábamos aquí la semana pasada de la propuesta aceleracionista que propugna intensificar el desarrollo material y tecnológico para colapsar el capitalismo desde dentro y avanzar hacia alguna clase de sociedad poscapitalista. Ha querido la casualidad que podamos traer ahora a colación la alternativa contraria: un rechazo de la aceleración que se combate yendo más despacio.

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Cortesanos y pedantes

Este libro surgió hace quince años al calor de los estudios sociológicos de la historia de la ciencia de los años ochenta. En su día fue novedoso y provocador; pero, como el tiempo no pasa en balde, sus virtudes se han hecho más triviales y sus vicios se han tornado más prominentes. La idea de fondo es que los científicos y las instituciones científicas de la primera mitad del siglo XVII, si es que existían, no eran como ahora. Y lo mismo cabe decir de los modos de argumentar y justificar las teorías. En consecuencia, la implantación social de los estudiosos de la naturaleza dentro del sistema de mecenazgo determinaba esencialmente el trabajo realizado. En el caso particular de Galileo,

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