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La era de la profusión informativa

En los debates sobre el lugar de la prensa en la democracia, suele citarse la célebre afirmación de Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos: «Si tuviera que elegir entre gobierno sin periódicos o periódicos sin gobierno, elegiría sin dudarlo lo segundo». Menos frecuente es que la cita de esta frase, pronunciada en 1787, se complete con la que pronunciara veinte años después, cuando ya llevaba seis años en el poder:

El hombre que nunca lee un periódico está mejor informado que el hombre que los lee, igual que quien no sabe nada está más cerca de la verdad que aquel cuya mente está llena de falsedades y errores.

Es decir: las fake news antes de las fake news. Hay que suponer que una observación tan escéptica es, en buena medida, el resultado de la experiencia del poder y sus amargos malentendidos. También, qué duda cabe, de la naturaleza dominante de una prensa ?la de su época? tan vibrante como atrabiliaria. 

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Ibn al-Muqaffa, un espejo de príncipes roto 

«Hacer pedagogía con la ciudadanía» se ha convertido en uno de los propósitos más absurdos de los políticos de hoy. Su pomposa defensa suele resultar más ridícula si cabe cuando advertimos que suelen ser precisamente los menos instruidos quienes se comprometen más solemnemente con esa paternalista presunción de que los ciudadanos somos como niños ignorantes y maleables que han de ser educados desde el poder. Por ello, quizá fuera hora ya de que los ciudadanos «hiciéramos pedagogía» con la clase política, protagonista convencida, por cierto, de reiteradas y escandalosas falsedades curriculares. Desde una perspectiva pedagógica, métodos tales como el tuit, el scratch, el like, el lazo o la cacerolada, no siempre resultan muy eficaces y, lo que es peor, a menudo son menos edificantes y legítimos que las conductas con ellos reprobadas. Más elaboradas, en cambio, resultan ciertas iniciativas que buscan el desarrollo de una deontología legislativa e incluso la extensión de la teoría de la argumentación jurídica y moral (propia, en principio, del ámbito jurisdiccional) a la actividad legislativa; una vía explorada en nuestro país por autores como Manuel Atienza, Àngels Galiana, Gema Marcilla o Virgilio Zapatero. 

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Baroja, humano enigma

De los cuatro grandes narradores de la crisis de fin de siglo ?Unamuno, Azorín, Valle-Inclán y Baroja?, este último es el que resiste mejor el paso del tiempo. No quiero decir que los tres restantes se hayan perdido en los remolinos del pasado, pero ninguna obra ha perdurado de la manera en que lo ha hecho la del donostiarra. A diferencia de sus compañeros de generación, don Pío sigue teniendo lectores espontáneos y gozosos, como vienen a demostrar de modo distinto los dos libros que aquí se reseñan. Por supuesto que la obra de los tres restantes sigue interesando, pero, a decir verdad, interesa a la minoría selecta de escritores y críticos académicos, y sobre todo a los lectores obligados por las galeras de los planes de estudios. Suele aducirse que la razón de la pervivencia y la supremacía de Baroja sobre el resto de su generación se debe a la amenidad, la sencillez y eficacia de sus relatos, pero tampoco puede olvidarse que, sin llegar a encarnar un mito personal o político a la manera de Valle-Inclán o Unamuno, el personaje y su contradictoria personalidad resultan muy atractivos. 

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La tribulación, en el confesionario

De una reunión sobre historia comparada de los sistemas fiscales europeos a la que asistí hace tiempo guardo el imperecedero recuerdo de las caras de buena parte de mis colegas cuando me oyeron decir que Felipe II tenía por costumbre pedir el parecer de sus teólogos antes de hacer pública su intención de declararse en bancarrota. La galería de gestos que siguió a mis palabras osciló desde grados diversos de sorpresa (incredulidad casi en los holandeses) hasta la circunspección de nuestro presidente. He perdido la pista de los unos; pero del segundo, el profesor Richard Bonney, supe más tarde que había dejado la universidad para hacerse clérigo de la Iglesia de Inglaterra (1996) y dirigir el Center for Religious and Cultural Pluralism. Bonney falleció el pasado verano, dejando tras de sí una estela de saber que hoy lo reputa como uno de los más conspicuos estudiosos de la yihad o el conflicto entre civilizaciones, y antes de eso como el mejor conocedor en lengua inglesa de la Francia del Antiguo Régimen. Descanse en paz.

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