Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

La preferencia fiscal (I)

Durante las dos últimas semanas el Sapientísimo y un servidor de ustedes nos atrevimos a convertirnos en críticos impromptu de arte, diletantes de la literatura e historiadores a tumba abierta, todo ello en beneficio de resaltar las dificultades a las que hubieron de enfrentarse la ilustración y el liberalismo españoles de finales del siglo XVIII y principios del XIX para sobrevivir, y a resultas de las cuales casi perecen.

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¡Marx, Mao, Marcuse!

En el libro de conversaciones entre Chantal Mouffe e Íñigo Errejón, Construir pueblo. Hegemonía y radicalización de la democracia, la profesora belga de Teoría Política realiza una interesante radiografía del universo de movimientos sociales e izquierdas de distinto color que había legado al mundo Mayo del 68. De un lado estaban los nuevos movimientos ecologistas, feministas, pacifistas, las luchas antirracistas o contra la discriminación sexual, etc., cuyo proyecto político no encajaba con la lógica de la lucha de clases. O, al menos, la interpretación plena de su contenido emancipador no podía ser satisfecho desde el determinismo de clase. Del otro lado, los movimientos obreros clásicos cuyo fundamento marxista les mantenía anclados en una suerte de esencialismo de clase, en virtud del cual «las identidades políticas dependen de la posición del agente social en las relaciones de producción, que son las que determinan tu conciencia» (pp. 9-10).

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Izquierda, identidad y nación

«Los obreros no tienen patria»: Marx y Engels fueron categóricos, en esto como en todo, al afirmar en el Manifiesto comunista el carácter forzosamente apátrida del proletariado y su vocación internacionalista. La conciencia de clase era incompatible con cualquier sentimiento ligado al país de origen en un momento (1848) en el que la burguesía había hecho del nacionalismo su gran caballo de batalla para consagrarse como clase dominante, utilizando la nación como elemento de cohesión social y antídoto de la lucha de clases, como trasunto sentimental de un mercado blindado a la competencia extranjera o como metrópoli de un imperio colonial en construcción. La clase obrera debía mantenerse firme ante la capacidad de sugestión de los mitos políticos, desde la nación hasta la democracia, creados por la burguesía para desviar a los trabajadores de sus objetivos históricos como clase dotada de su propia cosmovisión y de un proyecto alternativo a la sociedad de clases.

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La Escuela de Fráncfort, a ras de suelo

La Escuela de Fráncfort, la constelación de pensadores agrupada en torno al Instituto de Investigación Social fundado en 1923 en la ciudad alemana, sigue constituyendo una de las derivaciones más originales del pensamiento marxista. Desde su fundación aspiró a comprender el fracaso de la revolución en Alemania (el país que reunía las condiciones más favorables para ella) y el talante cada vez más acomodaticio de las masas obreras que debían llevarla a cabo. El giro copernicano que los pensadores de Fráncfort dieron a la tradición marxista fue poner el foco no tanto en la producción como en el consumo y actualizar el concepto de alienación que ensayaba Marx en los Manuscritos (no publicados hasta 1932). Para la teoría crítica (como la bautizó Max Horkheimer), los mecanismos de dominación del capitalismo avanzado, lejos de agudizar contradicciones hasta provocar una revuelta proletaria, sólo se refinan, encadenando a las masas al modo de producción de manera más eficaz que la mera violencia. El diagnóstico es decididamente pesimista (lo que llevó a Theodor Adorno a sentenciar, en una de sus máximas más conocidas, que «no hay vida auténtica en lo falso» ), pero la potencia analítica y la metodología interdisciplinar de la Escuela de Fráncfort siguen concitando merecida fascinación.

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Nostalgia del inquisidor

El último libro del profesor José Manuel Cuenca Toribio sobre El marxismo en la cultura española del siglo XX, si se nos permite, admite dos lecturas. Una, en la mejor tradición de un género poco frecuentado entre nosotros y de acreditado arraigo en las letras británicas, lo inscribiría en la literatura de ficción de tema universitario, una humorada al estilo de los hilarantes libros de David Lodge, con su tropel de personajes estrafalarios y anécdotas inverosímiles. El lenguaje, de un barroquismo desatado, apuntaría en esta dirección («la España hodierna», «descalificaciones eutrapélicas», «el azimut de la contemporaneidad», etc.). ¿Cómo interpretar, en otro caso, el argumento según el cual el marxismo pervivió en el Madrid de la posguerra no sólo entre sus seguidores socialistas y comunistas, sino en el «think-tank del franquismo puro y duro», el Instituto de Estudios Políticos, puesto en manos desde 1939 de intelectuales «veteados de liberalismo y respetuosos» con los errores del pasado? 

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Apologia pro vita sua

Para los lectores poco contentadizos, la vecindad de la novela con la Historia suscita ciertas sospechas sobre el empleo de un material previamente registrado. ¿No se somete de este modo la novela, al manejar hechos probados, a su propia recusación? ¿Por qué necesita confrontar sus destrezas en un territorio que limita su potencial expresivo?

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El mito, explicado

La biografía de Juan Francisco Fuentes comienza con un breve capítulo sobre el «origen de un mito», que no es otro que la caracterización de Largo Caballero como el Lenin de la revolución española. Examina las numerosas fuentes posibles del apelativo, tratando con escepticismo las diferentes explicaciones aducidas por Burnett Bolloten, Gerald Brenan, Santiago Carrillo y Luis Araquistáin, y decidiéndose, dado el peso de la evidencia documental, por las diversas conferencias ofrecidas en octubre y noviembre de 1933 por el recientemente dimitido, y profundamente desilusionado, ministro de Trabajo (pp. 14-17).Y justo antes de ese análisis de las pruebas, relaciona el tema que aborda con la definición ofrecida por el famoso antropólogo francés Claude Lévi-Strauss: «El mito es una mentira que

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