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Morderse la lengua. Corrección política y posverdad
Darío Villanueva
Espasa, Barcelona, 2021.
384 p

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«En nuestra globalizada ‘sociedad de la información’ se ha instalado la desinformación de la mano de dos fenómenos sintomáticos de nuestro tiempo: la corrección política y la posverdad, manifestaciones contemporáneas de la quiebra de la racionalidad y la estupidez». Esta frase figura en el frontispicio del libro que nos va a ocupar, como el inicio de su carta de presentación. Debe reconocerse que no se puede decir mejor con menos palabras. No obstante, a poco que se repare en ello y se relea la frase, cualquiera puede advertir que se mezclan de este modo dos fenómenos diferenciados –así se reconoce explícitamente, de hecho- que, aunque conexos, merecen distinto tratamiento y, hasta me atrevo a sostener, experimentan valoraciones diferentes en nuestra cultura (o, para decirlo con más precisión, en el seno de la sociedad española). Sin entrar ahora en otros pormenores, que nos ocuparán más adelante, tengo la impresión de que, entre nosotros, se ha dedicado mucho más tiempo y espacio al asunto de la posverdad y a todas sus ramificaciones que al fenómeno de la corrección política, sobre todo cuando este es concebido, como es el caso, como rectificación del lenguaje convencional en aras de la igualdad y la inclusión.

La razón de ello, desde mi punto de vista, no es difícil de explicar, sobre todo si se tiene en cuenta que cada una de esas cuestiones gravita sobre un sector diferenciado del espectro político y, dada la polarización que se ha impuesto en los asuntos públicos –aquí y en casi todas partes-, se ha convertido en moneda corriente la distorsión que tradicionalmente hemos expresado en román paladino como «ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio». Quiero decir que en un medio cultural como el español, en el que el dominio de las visiones sedicentes progresistas resulta abrumador –sobre todo si nos fijamos en el ámbito universitario, artístico o cinematográfico-, se viene mostrando mucha más sensibilidad hacia la distorsión cognitiva y comunicativa que hacia la imposición de un lenguaje y una cosmovisión que traten de restañar injusticias y desigualdades. Para ser aún más concretos, a nadie se le oculta que en los últimos años se han producido en el mundo occidental dos fenómenos políticos que han pasado por ser, con más o menos fundamento, arquetipos o epítomes de una demagogia que retuerce la realidad a conveniencia pero que, lejos de resentirse por ello, extrae réditos inesperados a su osadía. Me refiero, naturalmente, como todo el mundo puede adivinar, al Brexit y al meteórico ascenso de un outsider como Trump a la presidencia de la nación más poderosa del mundo. Se me podrá argüir que yuxtaponer sin más esos dos acontecimientos con la posverdad no deja de ser un recurso tosco por mi parte pero me defenderé diciendo que a mí no me miren o, en otras palabras, tendrán que convenir que la sutileza no es precisamente uno de los rasgos característicos de la cuestión que tratamos.

Ironías aparte, lo que me interesa enfatizar ahora es que si lo que ha sucedido en el ámbito político anglosajón a uno y otro lado del Atlántico se utiliza, como ha pasado en nuestro medio, como «aviso a navegantes» (a buen entendedor…), una suerte contrapuesta ha corrido la corrección política, que se ha beneficiado, en claro contraste con el anterior, de una aureola de dignidad y restitución que acrecienta la ya elevada autoestima progresista (la superioridad moral de la izquierda, de la que tanto se ha hablado). En definitiva, se dibujan así dos tendencias contrapuestas en el debate político que convierte en claramente disímiles la corrección política y la posverdad: mientras esta última tiene un inequívoco componente peyorativo al punto de que nadie se reconocerá en ella y, aún menos, se batirá en su defensa en cuanto tal, la otra por el contrario tiene sus defensores acérrimos, por más que subsistan ciertas reticencias en cuanto a su alcance y su formulación conceptual. De hecho, bien podría decirse que el éxito de esta tendencia puede verse no tanto en la fortaleza de sus partidarios y practicantes como en la extensión de la misma hacia sectores en principio neutrales o ajenos al debate. Por poner un ejemplo trivial, ahora mismo es bastante difícil asistir a un acto público en España en el que el oficiante no se sienta impelido a utilizar de modo explícito un lenguaje formalmente inclusivo, haciendo referencia expresa al género o, en su caso, a las minorías antaño silenciadas.

No hace mucho en estas mismas páginas de Revista de Libros, Claudio de Ramón formulaba unas jugosas consideraciones sobre el particular al hilo de su análisis del libro de Alex Grijelmo Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo. El título del artículo («Nosotros y nosotras. Notas sobre el ‘lenguaje inclusivo’») aludía a una frase que el reseñista había leído casualmente al ojear un volumen en la mesa de novedades de una librería. Ese «nosotros y nosotras» -conténgase la carcajada- le servía a de Ramón como punto de partida para mostrar que, más allá de su «carácter chirriante y arbitrario», estas nuevas imposiciones gramaticales desembocan en el absurdo («sintagmas autodestructivos», «paradojas dignas de un Zenón de Elea»). La observación es pertinente, claro está, pero me temo que a estas alturas muy lerdo debe ser quien no haya reparado o, mejor dicho, constatado hasta la saciedad tal eventualidad. No consigno esto en detrimento del autor del artículo, tan agudo como divertido por otra parte, sino porque ello me permite mencionar dos rasgos de esta, llamémosle, moda que, aunque en principio parezcan banales, resultan determinantes en más de un aspecto. La más obvia, naturalmente, es que este forzamiento del lenguaje desemboca más pronto que tarde en la inconsecuencia, las contradicciones y el sinsentido. Por tanto, más que argumentar sobre la gramática violada, nos vemos más bien abocados rápidamente a trazar un panorama general de la estupidez, esa cualidad que, parodiando la célebre frase de Einstein, es lo único infinito que existe con absoluta certeza en el universo.

Convengamos en que es difícil contenerse -es decir, contener la risa- ante tantos disparates y lo cierto es que no hay libro o artículo que trate el tema que logre resistirse a dar un puñado de casos o ejemplos, a cual más peregrino, de adónde llega el celo de los nuevos catecúmenos en su exigencia por llevar la llamada «higiene verbal» (Deborah Cameron, Edoardo Crisafulli) hasta sus últimas consecuencias. El propio Darío Villanueva en un libro tan serio y circunspecto como el que nos ocupa dedica muchos momentos a lo largo de su exposición a estas propuestas pintorescas, que van desde la feminización de los meses del año –enera, febrera, marza, abrila y así sucesivamente- hasta la propuesta de organizar el tráfico en algunos campus estadounidenses con señales y letreros en cinco lenguas y en braille. No me resisto yo tampoco a mencionar algunas perlas, como la crítica a la noción machista de Big Bang por sus evidentes connotaciones eyaculatorias (la alternativa sería una gentle nurturing, o sea, el nacimiento del universo no por una explosión falocrática, sino por una suave y demorada gestación); la calificación de «acoso sexual» y posterior destitución de profesores por amonestaciones a sus alumnos que hasta hace poco hubieran resultado banales o, como mucho, de dudoso gusto (entre nosotros, podría ser el coloquial «a ves si trabajas más y dejas de rascarte los cojones»; no digo ya nada sobre lo que se te viene encima si le incitas a «trabajar como un negro»); la prohibición de fiestas de disfraces cuando se comete el delito de «apropiación cultural», es decir, que alguien aparezca, por ejemplo, como indígena sin serlo, de chica siendo varón o de samurái sin ser japonés (¡ya me dirán dónde está entonces la gracia de disfrazarse!); el establecimiento en algunas universidades norteamericanas de «espacios seguros», libres de la sensación subjetiva de agresión o microagresión que genera oír una opinión distinta a la propia, donde los estudiantes universitarios puedan relajarse con, cito textualmente al autor, «cuadernos para colorear, juegos de plastilina, cojines, música relajante, mantas, galletas, chuches y un video con perritos juguetones» y «algunos psicólogos de apoyo». Todo ello sin contar la censura de múltiples conceptos, desde cadáver –persona no viva- hasta ciego o sordo –discapacitado visual y auditivo, respectivamente-, pasando por gordo –persona de diferente tamaño- y no digamos ya cojo, enano, viejo, etc.

¿Se han quedado con ganas de más? ¡Pues no se apuren, más madera, que es la guerra! Ahora solo con casos autóctonos, para que se compruebe que aquí tampoco nos quedamos atrás. Como algunas de las acepciones coloquiales de los términos gitanos o anexos (como gitanada) contienen un matiz ofensivo o despreciativo, «en enero de 2015 la Confederación Española de la Asamblea Nacional del Pueblo Gitano anunció su propósito de denunciar inmediatamente a la RAE ante el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos» e instar a «que se condene tanto al Estado español como a la RAE a una ejemplar indemnización por los perjuicios y daños morales que históricamente se han producido con el pueblo gitano». ¡Cómo si la lengua tuviera la culpa! En mayo de 2017, el «colectivo de panaderos artesanos» generó una «cierta movilización mediática» y «presentaron ante la Academia un escrito de firmas para ‘acabar con la connotación negativa’ del refrán pan con pan, comida de tontos». En febrero de 2016 se recogieron miles de firmas para que la RAE suprimiera la segunda acepción del vocablo madrastra, como «madre que trata mal a sus hijos». Ahora eran las madrastras, que querían mucho a hijos que no eran suyos en familias reconstruidas, las que se quejaban amargamente por el insulto. «Por su parte, la Universidad de Alicante se ofrecía en octubre de 2017 para colaborar en la demanda de que la RAE retirara del DLE la tercera acepción de alicantina, coloquialmente definida como ‘treta, astucia o malicia con que se pretende engañar’, expresión que portavoces del Ayuntamiento habían declarado ya ofensiva para las mujeres de la ciudad». El propio autor cita una anécdota personal, acaecida durante una conferencia en Shanghái. Una joven asistente le insta a reconocer el carácter machista del lenguaje –en este caso concreto del español- basándose en la evidencia irrefutable de que el término triunfo fuera del género masculino y derrota, femenina. Ahí Villanueva no lo tuvo difícil, pues le bastó mencionar los vocablos fracaso y victoria. Por lo visto, hay también un movimiento que propugna la sustitución de los seminarios por ovularios. En catalán promueven sustituir homenatge por donanatge. Pensamiento mágico e infantilizado en definitiva. ¡Como si cambiar el nombre a una determinada realidad repercutiera como una varita mágica en la transformación de la misma!

Como acabo de apuntar, tal estado de cosas –por lo menos, entre nosotros; por lo menos, aquí y ahora- mueve más a la risa que a la preocupación. Es difícil tomarse en serio tal cúmulo de disparates y ridiculeces y quien más, quien menos (yo también lo he hecho) desgranamos estas anécdotas como si estuviéramos contando un chiste, sin otorgarle mayor trascendencia. De aquí viene la segunda característica que quería mencionar y que antes simplemente anuncié, pero dejé pendiente: hay una tendencia generalizada a banalizar o trivializar el tema, como un asunto menor que no merece más que unas consideraciones superfluas o al desgaire, sobre la base o convencimiento de que se agotará en sí mismo, como una cuestión de pirotecnia o, como dicen algunos, un sarampión que tiene los días contados. Tan es así que no son pocos los que auguran que el movimiento de corrección política, sobre todo por lo que afecta al uso de un determinado lenguaje, está ya en franca decadencia. Es obvio que carecemos de perspectiva para decantarnos en un sentido o en su contrario. Por mi parte, me gustaría advertir tan solo que, siguiendo al profesor Cipolla en sus famosas leyes sobre la estupidez, no deberíamos volver a caer en el error de infravalorar el vigor de la idiocia: ¡cuidado!, el imbécil no descansa nunca, advertía el historiador italiano. No deberíamos echarlo en saco roto. Por lo demás, me acaba de llegar la noticia de que «Una nueva universidad en EEUU se propone luchar contra la censura ‘woke’»: Austin (Texas) se ha convertido en «el epicentro de la disidencia académica y cultural al autoritarismo de la izquierda posmoderna». Se habla aquí del hartazgo por el «clima irrespirable» que ha instaurado el «autoritarismo progre» con sus directrices, censuras y boicots hacia todo lo que salga de sus cánones. Un ramillete de nombres ilustres, desde Steven Pinker a David Mamet o Niall Ferguson, han dado su apoyo a la iniciativa. No parece, pues, por lo menos allí, en el ámbito estadounidense, que tengan tan claro que el fenómeno woke se consumirá en su propia salsa.

Retomemos ahora el hilo que mostrábamos al comienzo: ¿qué tiene que ver la posverdad con todo esto? En la misma esquematización que establecía en esos compases iniciales, una y otra, corrección política y posverdad, afloraban, por así decirlo, en sectores políticos enfrentados, una izquierda posmoderna, identitaria y ecologista por un lado y un populismo derechista y xenófobo por otro. Aunque Darío Villanueva no presenta la cuestión en los términos antedichos, su ensayo da cumplida y fundamentada respuesta al tema. Concuerdo con él en que la clave de todo está en el proceso de deconstrucción del discernimiento, la racionalidad y la certeza que han llevado a cabo los Derrida, Barthes, Foucault, Deleuze y tantos otros desde las últimas décadas del siglo XX (desde el 68, para poner una fecha emblemática). Por lo que respecta al lenguaje, que es su tema privilegiado de reflexión, esos y otros muchos autores en su onda –todos los que luego han configurado el llamado «pensamiento débil» y han teorizado sobre un «mundo líquido»- han destruido la solidez y solvencia de la lengua como portadora de sentido, reflejo (todo lo imperfecta que se quiera, pero reflejo al fin y al cabo) de una determinada realidad. Como es obvio, no es el lenguaje el único afectado, sino el conocimiento en su conjunto y por ende la propia noción de verdad.

Es aquí precisamente donde se produce la confluencia entre sectores aparentemente enfrentados: el progresismo woke no veta otras propuestas políticas, sociales o culturales alternativas en nombre de un dogmatismo clásico –posesión de una verdad indubitable- sino tan solo en función de una convicción sentimental pero no por ello menos hegemónica o con menos pretensiones totalitarias. Todo lo contrario. Esto es lo que permite entender su actitud ante el discrepante: nadie tiene derecho a cuestionar «mi verdad». Obsérvese que el acento está aquí puesto no sobre el sustantivo –verdad- sino sobre el posesivo –mi-. Este yo, viene a decirse, no defiende la verdad en abstracto ni, mucho menos, aspira a una verdad objetiva, porque ya sabemos que tal cosa no existe. Pero en su lugar exige respeto absoluto e incondicional hacia la verdad que yo he hecho mía, por las razones que sean (normalmente causas victimistas, de segregación, rechazo o exclusión en el presente o en un pasado reconstruido a medida). Por eso al afroamericano -¡y no digamos ya a la afroamericana!- le hiere la mirada condescendiente del hombre blanco, aunque no haya habido intencionalidad en tal sentido. La percepción subjetiva de una agresión o de una microagresión la convierte ipso facto en objetiva. Si yo siento que me has agredido, me has agredido y punto. Es así de simple. No es que verdad y racionalidad sigan caminos divergentes. Es que la verdad se pliega al sentimiento o hasta a la sensación.

El practicante de la posverdad y el militante de la corrección política encubren su manifiesta agresividad bajo varias capas de victimismo. Atacan, arguyen, porque se sienten atacados. Su violencia, primero verbal, luego física si hace falta, dice ser una violencia defensiva. Bueno, la historia está llena de agresores que nunca se han reconocido como tales. Hasta Hitler invadió Polonia con el pretexto de proteger a los alemanes sojuzgados en ese territorio y crear una zona segura para el III Reich. Lo cierto es que lejos de ser un bien supremo, la libertad se ha convertido en estos contextos en un bien instrumental. Y sobre todo dispensado a discreción: libertad para mí, para los míos, para los que piensan como yo o comparten los mismos objetivos. Para todos los demás, palo y tente tieso aunque, como aún quedan algunos rescoldos vergonzantes, tal propensión autoritaria se camufla con nuevos eufemismos. Villanueva utiliza con frecuencia el sintagma «tolerancia represiva», un oxímoron formulado por Marcuse para encubrir una nueva forma de intransigencia, pero en el fondo vieja como la misma humanidad. Otro delicioso eufemismo alude a la «cultura de la cancelación» que, obviamente, ni es cultura ni se queda en la mera cancelación, del mismo modo que el ideal del censor no es tener que censurar lo que aparece sino conseguir que ni siquiera nazca. Se ha referido a ello en esta misma ventana de Revista de Libros Manuel Arias Maldonado («Cancelando que es gerundio»). Arias admite que el recurso a la prohibición en sus múltiples formas («cancelar» sirve aquí de ambiguo rótulo que encubre una variada panoplia de acciones no siempre pacíficas, desde amenazas o despidos hasta escraches y saqueos) no es ninguna broma, hasta el punto de que «si los activistas pudieran borrar de la esfera pública al objeto de su aversión lo harían sin dudarlo», tal es el odio acumulado. Pero, por otro lado, se alinea con los optimistas que reputan que tal estado de cosas tiene mucho de ajuste de cuentas generacional en el seno de la izquierda internacional: woke contra boomers. Como dije antes, pudiera ser. Ya veremos.

Con respecto a esta última cuestión, como en lo relativo a la mayor parte de los asuntos desgranados hasta ahora, el libro de Darío Villanueva no toma partido o, si se aproxima tímidamente a lo que podría considerarse una toma de posición, esta se expone de forma circunspecta y matizada. Dicho sin ambages, el libro del antiguo director de la RAE es una obra académica, un compendio erudito, un excelente estado de la cuestión, pero no una obra de combate contra la posverdad y la corrección política al uso. Ni qué decir tiene que el autor percibe estas nuevas realidades como el sumergimiento en una nueva edad oscura de fanatismo e intransigencia. Aboga, como no podía ser de otro modo, por la racionalidad, por la ilustración, la ciencia y el progreso. Muestra hasta qué punto las andanadas contra lo mejor de la cultura occidental se pueden volver en contra de nosotros mismos. Todo ello, como digo, resulta más que patente a lo largo de las cerca de cuatrocientas densas páginas de su libro. Pero también he de decir que en muchos momentos, da la impresión de que Villanueva ha optado por aplicarse él mismo el título de su libro y se ha mordido la lengua con el fin de situar su ensayo en las aguas calmas de la argumentación sosegada en vez de la indignación, la respuesta apasionada o el toque a rebato. Es una opción respetable y por fuerza hay que reconocer que el libro en sí es excelente, pero tiene un no sé qué de contención, o quizá sea el poso académico, que convierte la lectura en una experiencia un tanto fría. Nos da la impresión de un magnífico manual universitario, que se lee con provecho y que cualquiera puede guardar en su biblioteca con la pretensión de consultarlo de vez en cuando, pero al mismo tiempo se hace, pese a su no larga extensión, algo árido e indudablemente reiterativo.

Una advertencia, para finalizar, aunque quizá resulte ociosa si se sacan todas las consecuencias de lo que acabo de exponer. Villanueva escribe como filólogo y se plantea la obra como una reflexión sobre la lengua desde la perspectiva de un especialista. Como es imposible hablar de la lengua sin hacer consideraciones de tipo cultural y, más allá de ese ámbito específico, sin establecer observaciones de más amplio espectro (sociales, políticas y hasta filosóficas), el autor entra en todos estos terrenos en la medida en que lo reputa pertinente, pero sin perder nunca de vista que dichos elementos extralingüísticos solo pueden desempeñar aquí un papel subalterno y servir de contexto, pero no más allá, para el análisis de los aludidos fenómenos de posverdad y corrección en su vertiente filológica. Conviene dejar claro que estas estimaciones están explícitamente expuestas por el propio autor en el prólogo, con una franqueza que le honra, definiéndose ante todo -«quien avisa no es traidor», le dice al lector- como un «profesor de Filología» que escribe sin sobrepasar los márgenes de su especialidad, aunque esta información «pueda resultar disuasoria para algunos posibles lectores». Estas cautelas y advertencias se retoman en un epílogo que insiste en las virtudes de contención y prudencia y que se limita a hacer –eso sí, de modo impoluto- una síntesis de las pretensiones del autor. Dejémosle por ello la palabra para ese broche final y así, por otra parte, se podrán hacer idea del estilo expositivo de Villanueva: «he pretendido explicarme a mí mismo y (…) a algunos lectores interesados el origen y la naturaleza de dos fenómenos que (…) han cobrado singular relevancia (…) Para ello me he tenido que fijar en esa quiebra de la racionalidad fruto de la deconstrucción posmodernista, el ariete del poshumanismo que caracteriza la sociedad líquida regida por la llamada inteligencia emocional y acompañada por un pensamiento débil que abandona y rechaza los grandes relatos legitimadores imprescindibles para alcanzar una interpretación ilustrada del mundo y la humanidad. Entre esos pilares inexcusables se incluye el lenguaje, deconstruido en dos direcciones. En cuanto a su veredicción, a la correspondencia de la palabra con el referente, el resultado es la posverdad. Y en cuanto a la erradicación censorial de las palabras cuyos significados enturbian los lugares seguros de una ortodoxia impuesta en principio por sectores de la sociedad civil, surge el instrumento coercitivo de la corrección política. La suma de esta y la posverdad dibuja el espectro de una verdadera poslengua».

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