La gran paradoja de la sociedad de la información es que todo en ella se encuentra organizado con el propósito de boicotear su principal recurso, la inteligencia, signifique esto lo que signifique: atención, reflexión, pensamiento… Al menos desde Aristóteles muy pocos son los que ignoran que la sabiduría es una virtud escasa y, de hecho, uno de los más sublimes poetas del siglo XX, T. S. Eliot, tuvo a bien recordar a quienes lo pasaban por alto que la acumulación de datos -eso es, a fin de cuentas, la información- no es ni mucho menos lo mismo que el conocimiento.
Con la incapacidad para desprendernos de los mitos urdidos en torno a la Inteligencia Artificial, todo lo que propone Zena Hitz en Pensativos resulta indudablemente terapéutico. Catárquico, aunque solo sea porque sugiere que si abandonamos el pensamiento -o abdicamos de él, en favor de las máquinas- nos desprenderemos al tiempo de otros regalos que nos constituyen como animales racionales, como la admiración o la libertad. La advertencia no puede ser -confesémoslo- más oportuna pues ya ni siquiera en la universidad, aquel enclave en el que se mantenía vivo el culto a la teoría, alcanza uno a aprender que andamos necesitamos de bienes más altos -e inmateriales- de los que puede proporcionar una aplicación. Resumiendo: que, como seres humanos, comemos y buscamos esquinas para desprendernos de nuestros desechos, pero ansiamos a la vez levantar la mirada para idear soluciones al enigma de las estrellas.






