Sobre cruzados en la España medieval


Cruzados en la Reconquista
Francisco García Fitz y Feliciano Novoa Portela
Madrid, Marcial Pons, 2014
248 pp. 22 €

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Se ha escrito mucho sobre la historia de las Cruzadas y sobre la Reconquista, pero no son tantos los estudios que ponen en relación ambos fenómenos. Este libro es uno de ellos, pues se interesa por los cruzados europeos que participaron en las guerras antimusulmanas de los reinos ibéricos medievales. El tema no es nuevo. Desde hace años ha habido aportaciones interesantes en este sentido, algunas casi clásicas –como las de Marcelin Défourneaux, José Goñi Gaztambide o José María LacarraMarcelin Defourneaux, Les Français en Espagne aux XIe et XIIe siècles, París, Presses Universitaires de France, 1951 (1949); José Goñi Gaztambide, Historia de la bula de cruzada en España, Vitoria, Editorial del Seminario, 1958 (Victoriensia, 4); y José María Lacarra, «Los franceses en la reconquista y repoblación del valle del Ebro en tiempos de Alfonso el Batallador», Cuadernos de Historia, núm. 2 (1968), pp. 65-80.– y otras mucho más recientes –como las de Jaime Ferreiro, Carlos Laliena, Roser Salicrú o Lucas Villegas-AristizábalJaime Ferreiro Alemparte, Arribadas de normandos y cruzados a las costas de la Península Ibérica, Madrid, Sociedad Española de Estudios Medievales, 1999; Carlos Laliena Corbera, «Larga stipendia et optima praedia: les nobles francos en Aragon au service d’Alphonse le Batailleur», Annales du Midi, núm. 112 (2000), pp. 149-169; Roser Salicrú y Lluch, «Caballeros cristianos en el Occidente europeo e islámico», en Klaus Herbers y Nikolas Jaspert (eds.), «Das kommt mir Spanisch vor». Eigenes und Fremdes in den deutsch-spanischen Beziehungen des späten Mittelalters, Münster-Berlín, Lit, 2004, pp. 217-289; y Lucas Villegas-Aristizábal, Norman and Anglo-Norman Participation in the Iberian Reconquista (c. 1018-1248), tes. doc., Universidad de Nottingham, 2007.–. Pero lo que se echaba en falta era una visión de conjunto, un análisis panorámico de esta participación, de sus causas y de sus consecuencias militares y mentales. El libro que reseñamos tiene este propósito y lo cumple sobradamente.

Sus autores son dos reconocidos medievalistas. Francisco García Fitz, profesor titular de Historia Medieval en la Universidad de Extremadura, es el primer especialista español en Historia Militar de la Plena Edad Media (siglos XI-XIII). Feliciano Novoa Portela, actualmente en activo en el Ministerio de Cultura, es doctor por la Universidad Autónoma de Madrid y autor de varios trabajos sobre las órdenes militares hispánicas. El texto de ambos va precedido de un prólogo del medievalista y miembro numerario de la Real Academia de la Historia, Miguel Ángel Ladero Quesada.

El libro presenta una organización sencilla y coherente en seis capítulos. El primero (pp. 19-53) ofrece al lector una muy necesaria explicación de los conceptos de Cruzada y Reconquista. Ambas son palabras de uso cotidiano entre los medievalistas, pero no por ello sencillas de entender o carentes de polémica. Más bien todo lo contrario. El debate sobre lo que fueron las Cruzadas y lo que fue la Reconquista dura ya muchas décadas y todavía sigue abierto. El primero lo han protagonizado especialistas principalmente franceses, británicos y norteamericanos. Aunque en algunos aspectos podría ponerse en relación con la política occidental en Medio Oriente (sobre todo hasta mediados de la pasada centuria), estamos ante uno más de los muchos debates académicos que animan la historiografía occidental de los siglos XX y XXI. Las discusiones sobre la noción de Reconquista, en cambio, presentan una naturaleza diferente. Se trata de una polémica historiográfica principalmente española (como parece natural) y condicionada por factores de orden ideológico y político. En este sentido, nos atreveríamos a decir que el debate sobre la Reconquista tiene menos que ver con la historia de la España medieval que con el devenir interno de la España contemporáneaSobre esta cuestión son imprescindibles los trabajos de Francisco García Fitz, La Reconquista, Granada, Universidad de Granada, 2010; Martín F. Ríos Saloma, La Reconquista, una construcción historiográfica (siglos XVI-XIX), Madrid, Marcial Pons, 2011; y Martín F. Ríos Saloma, La Reconquista en la historiografía española contemporánea, Madrid, Sílex, 2013..

Como hacen notar los autores de nuestro libro, Cruzada y Reconquista poseen elementos comunes. Las dos eran guerras sacralizadas, que reportaban beneficios espirituales y cuyo objetivo era la expansión de la fe y la recuperación de territorios cristianos, bien en Tierra Santa, bien en la antigua Hispania visigoda. Así se explica que el ideal cruzadista llegado de Europa en el siglo XI se fusionara pronto con las ideas autóctonas de recuperación de la tierra cristiana perdida ante los musulmanes en el siglo VIII. Pero Cruzada y Reconquista presentan también unas diferencias relevantes. La primera era una vía de salvación personal e individual, mientras que la segunda era considerada una empresa colectiva. La Cruzada era universal, mientras que la Reconquista era ibérica. Y la diferencia clave: la Cruzada era una empresa pontificia que favorecía los intereses teocráticos y universalistas del papado, mientras que la Reconquista era una iniciativa de los reyes hispanos, que legitimaba su autoridad y favorecía sus intereses territoriales y políticos. Como explican García Fitz y Novoa Portela, en esta incompatibilidad de liderazgo (quién dirige y quién se beneficia) se encuentra una de las claves de la posición no siempre favorable (y a veces abiertamente contraria) de los monarcas ibéricos respecto de la Cruzada pontificia. Son estas complejidades historiográficas, conceptuales e históricas las que convierten el primer capítulo de este libro en un estado de la cuestión muy útil para el lector avisado e imprescindible para el profano.

El capítulo segundo, más breve (pp. 55-68), también posee un cierto aire introductorio, pues aborda la presencia de combatientes europeos en los primeros siglos de la Reconquista, es decir, antes de la predicación de la Primera Cruzada (1095). Como los testimonios tempranos son muy escasos, los autores se centran en las llamadas «precruzadas» del siglo XI, empresas bélico-religiosas en las que se aprecian algunos de los componentes espirituales propios de las posteriores cruzadas. La más importante de todas ellas fue, sin duda, la que terminó con la conquista de la localidad aragonesa de Barbastro en 1064. Una idea interesante en relación con estas primeras expediciones foráneas tiene que ver con nuestras informaciones, que proceden casi en su totalidad de fuentes extrapeninsulares.
Los capítulos tercero (pp. 69-99) y cuarto (pp. 101-130) entran a fondo en la época de apogeo del fenómeno cruzadista (siglos XI-XIII), que es también el momento de mayor presencia de guerreros europeos en la Reconquista. Los autores aciertan al estudiar el fenómeno de forma diferenciada. Analizan primero la participación de cruzados que vinieron a combatir a la Península Ibérica porque la entendían como un «frente cruzado» más, alternativo al de Oriente (capítulo 3). En el siglo XII, sobre todo en su primera mitad, abundaron este tipo de expediciones cruzadistas. Su contribución ayudó a la conquista del valle del Ebro por el rey de Aragón y Pamplona, Alfonso el Batallador (1104-1134); a la ocupación temporal de Mallorca (1115-1116) por el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III; a la conquista de Almería (1147) por la coalición liderada por el rey de León y Castilla, Alfonso VII el Emperador; y a la toma de Lérida y Tortosa (1148-1149) por el conde barcelonés, Ramón Berenguer IV. En el caso concreto de la Corona de Aragón, los autores afirman que la presencia de combatientes extranjeros no volvería a repetirse hasta la conquista de Mallorca por Jaime I en 1229 (p. 86). Maticemos esta afirmación con un dato poco conocido: la llegada hacia 1210-1211 de un pequeño contingente de cruzados franceses enviado por el barón francés Simón de Montfort en ayuda del rey de Aragón, Pedro el CatólicoEran unos cincuenta caballeros al mando de Guy de Lucy, según el testimonio del cronista cisterciense francés Pierre des Vaux-de-Cernay, Hystoria Albigensis (ca. 1213-1218), ed. Pascal Guébin y Ernest Lyon, 3 vols., París, Honoré Champion, 1926-1930, § 255..

En el capítulo cuarto, los autores recorren los mismos siglos en busca de cruzados que se sumaron a las campañas ibéricas de forma coyuntural, esto es, en el curso de sus viajes hacia el Mediterráneo oriental y Tierra Santa. Esta colaboración de peregrinos armados que iban camino de Jerusalén fue especialmente relevante para el reino de Portugal (parte integrante, evidentemente, de lo que llamamos España medieval). La razón es sencilla: las flotas cruzadas procedentes de Inglaterra y el norte de Europa pasaban frente a sus costas. Así, por ejemplo, la conquista de Lisboa por el primer rey portugués, Afonso Henriques (1147), contó con el concurso de un gran contingente de anglonormandos, alemanes y flamencos que se dirigían a Oriente como parte de la Segunda Cruzada (1147-1149). El proceso se repetiría varias veces: en 1188, los portugueses tomaron Silves con apoyo de fuerzas que marchaban a la Tercera Cruzada (1189-1192); y en 1217, tropas flamencas de la Quinta Cruzada (1217-1221) colaboraron en la conquista lusa de Alcácer do Sal.

Este período de gran presencia de guerreros europeos en las guerras ibéricas culminó a principios del siglo XIII con la gran campaña de Las Navas de Tolosa. La participación foránea en esta cruzada avalada por el papado superó cualquier precedente (aunque los ultramontanos se retiraran antes de la batalla) y nunca el ideal cruzadista se hizo tan presente entre los combatientes hispanos como en 1212.
García Fitz y Novoa Portela ven en la victoria en Las Navas un claro punto de inflexión. El papado consideró desde entonces que Tierra Santa necesitaba más ayuda que la península Ibérica. Por su parte, las monarquías hispanas incrementaron desde el siglo XIII su control sobre la guerra contra los musulmanes, en un proceso que los autores definen como «territorialización o regnicolización». El caso es que, después de Las Navas, se produjo una brusca caída de la presencia de cruzados en las campañas ibéricas. La hubo, aunque menor, en la época de las grandes conquistas de Fernando III (1217-1252) y Jaime I (1213-1276). También la hubo durante la guerra del Estrecho (finales del siglo XIII-mediados del siglo XIV) y hasta en la guerra de Granada de finales del siglo XV, si bien ya en un contexto de declive del ideal cruzadista y de creciente control monárquico de la guerra antimusulmana. A finales de la Edad Media, Cruzada y Reconquista eran una misma cosa y se hallaba bajo el firme control de los reyes. En estos siglos bajomedievales, los grandes grupos de guerreros de los primeros tiempos se convirtieron en pequeñas comitivas nobiliarias y el espíritu de cruzada se vio reemplazado por motivaciones aristocráticas y caballerescas. Este interesante proceso es analizado con detalle en el capítulo quinto (pp. 131-178).

Para terminar su estudio, los autores dedican un interesante capítulo, el sexto, a la imagen de los cruzados europeos en las fuentes ibéricas medievales (pp. 179-193). El retrato de estos combatientes resulta muy negativo: brutales, codiciosos, crueles, indisciplinados, incompetentes, impulsivos o cobardes son algunos de los rasgos más repetidos por los cronistas ibéricos. Como observan García Fitz y Novoa Portela, esta «percepción hispánica» del combatiente foráneo es difícil de valorar en su justa medida, pues responde tanto a la realidad de los cruzados como a una combinación de recelo, desprecio, ignorancia, incomprensión, propaganda, interés político en hispanizar la cruzada y necesidad de autoafirmación por parte de los peninsulares.

Una fuente del siglo XIII, los Anales Toledanos I, afirma que los cruzados eran para los hispanos «gientes que non entendíamos»Julio Porres Martín-Cleto (ed.), Anales Toledanos Primeros y Segundos, Toledo, Instituto Provincial de Investigaciones y Estudios Toledanos-Diputación Provincial, 1993, p. 188 (cit. p. 204).. A partir de esta idea, los autores concluyen que la incomprensión dominó las relaciones entre unos y otros. Recordemos que situaciones parecidas se dieron también en otros «frentes cruzados». Sin ir más lejos, en la propia Tierra Santa, donde los cruzados recién llegados de Europa no entendían las formas de vivir y de actuar de la aristocracia franca asentada en Oriente. En el origen de la incomprensión entre cruzados europeos e hispanos había una realidad, que se nos permitirá formular de una forma demasiado pedestre: los primeros estaban de paso, mientras que los segundos estaban para quedarse. De ahí que la actitud de unos y otros hacia enemigos musulmanes y aliados cristianos acabara siendo necesariamente distinta.

El libro de García Fitz y Novoa se cierra con unas conclusiones (pp. 195-204) y un listado de fuentes y bibliografía. Es en este apartado donde se aprecia el rigor científico de los autores, que manejan fuentes medievales muy variadas (ibéricas, europeas, cristianas, musulmanas) y un repertorio de estudios amplio y actualizado. Señalemos como mérito la inclusión de un índice de nombres y otro de lugares, herramientas muy útiles que, por desgracia, no siempre tienen cabida en nuestras publicaciones históricas. En este ámbito de lo formal, hay que decir que el libro presenta una buena edición, con apenas un par de erratas detectables. Podría haberse añadido algún mapa para situar al lector en determinados momentos de la lectura, aunque no creemos que se echen en falta. Sí pueden señalarse, en cambio, pequeños errores, como el empleo de las expresiones «condado de Cataluña» (p. 80) –en lugar de condado de Barcelona o, simplemente, Cataluña– y «Palma de Mallorca» (p. 81) –nombre de la ciudad que no existía en la Edad Media–. También es discutible denominar «franceses» –en lugar de provenzales u occitanos– a los cruzados de Narbona y Bearn que combatieron junto al conde Ramón Berenguer IV en la conquista de Tortosa (p. 85).

Con este libro, García Fitz y Novoa Portela han contribuido de manera extraordinaria a responder a una pregunta importante: ¿quiénes vinieron a la Reconquista? En sus páginas, el lector encontrará una larga nómina de cruzados, que va desde el normando Roger de Tosny, presente en Barcelona a principios del siglo XI, hasta el virtuoso barón inglés Edward Woodville, combatiente en la guerra de Granada a finales del siglo XV. Este elenco de nombres procede sobre todo de crónicas y documentos editados, por lo que todavía queda una tarea por hacer. Se trata de un trabajo arduo e ingrato, y seguramente por ello no se ha realizado aún: bucear en los archivos españoles, portugueses, franceses, británicos, alemanes, austríacos, italianos, etc. a la búsqueda de esas noticias documentales, siempre esquivas, que nos permitan ampliar y completar la nómina de cruzados europeos que participaron en la ReconquistaEs la tarea que acaba de realizar el especialista británico Daniel Power, para el ámbito concreto de la Cruzada Albigense (1209-1229), con resultados sorprendentes: en los documentos de archivo ha descubierto más de doscientos cruzados no citados por las fuentes narrativas, lo que permite doblar el número de los participantes conocidos de esta Cruzada, que han pasado de doscientos veinte a cuatrocientos treinta, casi un cincuenta por ciento más. Entre los documentos manejados ha encontrado a dos normandos, el caballero Bartholomew Chesnel y Richard de Graye, que se cruzaron para participar en la campaña de Las Navas de Tolosa (se trata de los únicos testimonios de combatientes normandos en la cruzada de 1212). Las dos noticias merecen reproducirse por su gran interés: el primero quiso venir «cum crucesignatus essem et apud Hispaniam in auxilium Christiane fidei contra paganos»; y el segundo, «ad peregrinationem meam faciendam in Hispaniam, cum crucesignatus essem contra Sarracenos». Véase Daniel Power, «Who Went on the Albigensian Crusade?», English Historical Review, vol. 128, núm. 534 (2013), pp. 1047-1085.. García Fitz y Novoa Portela han cumplido su parte; a otros les corresponde esta misión.

Señalemos, para terminar, que el rigor académico que adorna este estudio no es óbice para que su lectura sea fácil y agradable, aderezada incluso en ocasiones con alusiones literarias. El libro, de hecho, está dirigido a un público amplio. En definitiva, una excelente herramienta de trabajo para especialistas y estudiantes, que agradará también a todo lector interesado en la historia de la Edad Media, de las Cruzadas y de la Reconquista.

Martín Alvira Cabrer es profesor de Historia Medieval en la Universidad Complutense. Es autor de Muret 1213. La batalla decisiva de la Cruzada contra los cátaros (Barcelona, Ariel, 2008), Pedro el Católico, Rey de Aragón y Conde de Barcelona (1196-1213). Documentos, testimonios y memoria histórica (Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2010), Las Navas de Tolosa, 1212. Idea, liturgia y memoria de la batalla (Madrid, Sílex, 2012) y, junto con Jorge Díaz Ibáñez, Medievo utópico. Sueños, ideales y utopías en el imaginario medieval (Madrid, Sílex, 2011).

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