SEMILLA DE ETERNIDAD
Antonio Maura
Losada, Madrid
394 pp. 22 €

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Después de una novela corta y un libro de cuentos, Antonio Maura, profesor bilbaíno de 1953, que durante años ha desempeñado la labor de gestor y colaborador en diferentes instituciones y centros culturales, publica Semilla de eternidad, su primera novela larga. El empeño, sin duda, no ha sido vano por lo que la obra tiene de indagación y de acopio de datos artísticos y comentarios estéticos; ahora bien, esta acumulación de materiales, en los que descansa gran parte de la trama, lejos de suscitar el poder de la sugerencia literaria, supone un peso muerto que hace fatigosa y neutra la lectura.

Contada en forma de diario, la novela, siguiendo la estructura de los relatos policiales, se extiende en las pesquisas que la protagonista narradora realiza sobre la figura de su padre, un músico de cierto renombre que acaba de fallecer, para comprender su trayectoria vital y valorar el alcance de su creación artística. La única razón que sustenta este desarrollo argumental, convertido casi en obsesión para el personaje, es el hecho insólito de no haberle conocido en vida y la consiguiente curiosidad por averiguar o comprender los motivos del alejamiento paterno desde el mismo día de su nacimiento.

A partir de ahí, la narradora, que rompe con su vida anterior en Francia y se recluye en la casa de un pequeño pueblo madrileño donde vivió su padre, empieza a relacionarse con distintos personajes que tuvieron contacto con él –amigos, amantes, gentes del pueblo– y a servirse de ellos, y sobre todo de sus testimonios, para ir encajando las piezas que puedan llevar a buen término la imagen completa de su personalidad. Por este modelo de trabajo, la narración también se asemeja mucho a la estructura de los reportajes periodísticos.

Y aquí se encuentra otro inconveniente de la novela que tiene que ver con el mismo objetivo del relato. Antonio Maura intenta crear un mundo novelesco cimentado en la intriga, en los posibles hallazgos de una investigación que en principio parecen estar dispuestos y organizados para desvelar parcelas ocultas y significativas de la historia o para mantener imperturbable la curiosidad del lector; sin embargo, tan pronto como va desapareciendo la supuesta sorpresa inicial y en el relato va perdiendo fuerza el enigma y van incrementándose las tediosas exégesis de la investigación –en especial los larguísimos comentarios crítico-estéticos sobre las composiciones musicales del padre–, comienzan a verse defraudadas las expectativas prometidas de la trama.

Es evidente, por otra parte, que el texto se caracteriza por una escritura correcta, casi intachable. No obstante, como sucede con la historia y la trama, es un tipo de lenguaje literario tan instalado en la normalidad lingüística que apenas suscita algo más allá de la frialdad y la indiferencia. Porque si no hay en él nada que pueda señalarse como incorrecto o reprochable, tampoco hay nada que sorprenda, ni siquiera esa invención indispensable que pueda calificarse de innovadora en sus fines estéticos.

La novela, por tanto, a pesar de sus posibles méritos ya apuntados, no alcanza ese punto de sugestión que la convierte en permanente. En conjunto, está revestida de esa medianía neutra que hace racionalmente imposible tanto el rechazo como el aplauso.Y desde este punto de vista, acaba siendo una más entre el abultado número de obras que, si bien acaban publicadas, podrían haber seguido inéditas sin ningún tipo de reparo.

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