Hoy día, como es sabido, existe una poderosa corriente «imperiofóbica» (en palabras de Roca Barea), que surge ya a principios del siglo XVI con el auge del Imperio español, y que habla de la acción depredadora, asesina y rapaz de España sobre el orbe americano. Una corriente que está inspirando, en distintos gobiernos actuales de Hispanoamérica, una diplomacia revanchista contra España, colocándose en una posición de superioridad moral desde la cual exigir responsabilidades a las autoridades españolas actuales (la carta del presidente de México, López Obrador, al rey de España, Felipe VI, está totalmente en esta línea). En los últimos años, además, esta «imperiofobia» dirigida contra España, acusada de «genocidio», tiene un lado práctico, iconoclasta, que saca de los pedestales o, directamente, vandaliza, toda la estatutaria conmemorativa de la acción de descubrimiento, conquista y evangelización americana (desde Colón hasta fray Junípero Serra, pasando, por supuesto, por Hernán Cortés).
En definitiva, España debe estar, actualmente, en un rincón y contra la pared, por su mal comportamiento histórico, prácticamente sin parangón, al haber liquidado un continente entero. Por lo menos, tiene que «pedir perdón».
Por tomar una referencia que cultiva tal caracterización del comportamiento histórico de España, de las casi infinitas que podrían mencionarse ―para empezar entre los propios españoles―, citaremos a De Brosses, inventor de la fórmula imperialista del «gobierno indirecto» (de nefastas consecuencias en el África negra), y que afirma lo siguiente: «Imagino un futuro que en nada se parecerá al que procuró Cristóbal Colón a nuestros vecinos… Porque evitaremos los dos vicios que entonces padecieron los españoles, la avaricia y la crueldad. La primera vació su propio país en pos de una fortuna ilusoria, algo que nunca deberían haber intentado. La última, cuyas causas fueron el orgullo y la superstición nacionales, lo único que hizo fue destruir la raza humana en América. Desdeñosamente, como si fueran bestias extrañas e infames, masacraron a millones de indios a los que podrían haber convertido en hombres»Anthony Pagden, Pueblos e Imperios, p. 150, Ed. Mondadori, 2001..
El caso es que esta tesis, de un influjo extraordinario en la literatura sobre el tema americano (Tzvetan Todorov, La conquista de América. El problema del otro; Enrique Dussel, El encubrimiento del Otro; Sánchez Ferlosio, Esas Indias olvidadas y malditas; Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América latina, son solo algunos títulos) cuenta con el respaldo de un prestigioso padrino, Montesquieu, para muchos, padre de la democracia moderna, y cuya opinión sobre España no era precisamente muy simpática. Con estas credenciales, y a propósito del análisis que hace en su obra de la forma monárquica de gobierno, Montesquieu habla de la necesidad de dividir la monarquía, cuando esta se dilata demasiado en extensión, para poder ser administrada adecuadamente, y pone los ejemplos de Carlomagno, de Alejandro Magno y de Atila, cuyos extensos imperios se dividieron, al poco de surgir, tras la muerte de sus fundadores. España, sin embargo, parecería una excepción porque no se dividió, como sí lo hicieron esas grandes monarquías. Pues bien, la clave está, entiende Montesquieu, en que España «para conservar América hizo lo que no hace ni siquiera el despotismo: destruyó a sus habitantes. Para conservar sus colonias tuvo que ponerlas bajo la dependencia de su propia subsistencia» Del Espíritu de las Leyes, p. 88, ed. Tecnos. .
O sea, no basta la idea de despotismo (una forma de gobierno basada en el temor de los gobernados hacia los gobernantes) para explicar el caso español, sino que España aún va más allá ―y en esto consiste la excepcionalidad española según Montesquieu―, y lo que hace como monarquía para mantener su vastedad, y no dividirse, es vampirizar a sus «colonias» destruyendo a sus habitantes.
Por otro lado, tampoco le va a la zaga aquella literatura que, sin ser tan extrema, habla de expolio, en referencia a la acción de España en América. Dice Halperin Donghi: «Ese sistema colonial tan capaz de sobrevivir a sus debilidades tenía el fin principal de obtener la mayor cantidad posible de metálico con el menor desembolso de recursos metropolitanos» (Halperin Donghi, Historia contemporánea de América latina, Alianza Editorial 2001, p. 18). También esta tesis viene apadrinada, nada menos, que por el padre fundador, en este caso, de la «ciencia» económica moderna, Adam Smith. Así, dirá el autor de La riqueza de las naciones: «A partir de las informaciones de Colón, el Consejo de Castilla decidió tomar posesión de unos países cuyos habitantes eran manifiestamente incapaces de defenderse. El piadoso propósito de convertirlos al cristianismo santificó un proyecto injusto, cuyo único objetivo era la esperanza de encontrar oro»Adam Smith, La riqueza de las naciones, ed. Alianza, p. 575. .
Digamos que la proyección sobre la acción del Imperio español en América que hace esta literatura se asimila con una acción de depredación sobre América (genocidio, expolio, consumo sin reposición), de tal manera que, lejos de «descubrirla», lo que hace España con el continente americano es, como quien dice, hacerla desaparecer (la convierte en un «continente vacío», en palabras de Subirats).
Esta visión se topa de bruces, sin embargo, con la situación «racial» actual de la América hispana, con una mayoría de población de origen indígena, que pondría totalmente en cuestión el diagnóstico de De Brosses sobre la acción de España allí («destructora de la raza humana en América»). El teólogo Venancio Carro lo decía con mucha elocuencia en su gran libro dedicado a este asunto: «ahí está la misma permanencia de los indígenas de Hispanoamérica, que superan en mucho a los existentes en los países civilizados por otras naciones europeas. La cara de muchos hispanoamericanos es un documento viviente y nuestra mejor apología» Venancio D. Carro, La Teología y los teólogos-juristas españoles ante la Conquista de América, p. 9..
En cuanto a la tesis del expolio, también existe su réplica en la historiografía, hablando, sensu contrario, de prosperidad, e incluso abundancia para América como resultado de la acción española en ella (el mismísimo Humboldt, sin ir más lejos), sobre todo cuando introducimos la referencia a los «bienes espirituales» allí provistos. Y es que, en efecto, existe una línea historiográfica (desde luego de mucho menor alcance divulgativo) que se refiere a la obra de España en América en el sentido de una práctica imperial generadora, civilizatoria (de «continente lleno», por así decir), y no depredadora.
Así, tomaremos como referencia canónica, en este sentido, lo que dice a finales del siglo XIX el historiador norteamericano Carlos F. Lummis, comparando la acción de España con la acción de otros Imperios (y de nuevo apelando a la obra efectiva, y no tanto intencional): «Tal era pues la situación del Nuevo Mundo al empezar el siglo XVII. España, después de descubrir las Américas, en poco más de cien años de incesante exploración y conquista, había logrado arraigar y estaba civilizando aquellos países. Había construido en el Nuevo Mundo centenares de ciudades, cuyos extremos distaban más de cinco mil millas, con todas las ventajas de la civilización que entonces se conocían, y dos ciudades en lo que es ahora Estados Unidos [San Agustín, en Florida y El Paso, en Nuevo Méjico], habiendo penetrado los españoles en veinte de dichos Estados. Francia había hecho unas pocas cautelosas expediciones, que no produjeron ningún fruto, y Portugal había fundado unas cuantas poblaciones de poca importancia en la América del Sur. Inglaterra había permanecido durante todo el siglo en una magistral inacción, y entre el Cabo de Hornos y el Polo Norte no había ni una mala casuca inglesa, ni un solo hijo de Inglaterra»Carlos F. Lummis, Los descubridores españoles del s. XVI, Ed. Grech, p. 81..
Por su parte, en esta misma línea de la «civilización» (formación de ciudades, «llenado urbano»), Richard L. Kagan habla también en referencia a España, directamente, de un «imperio de ciudades» (R. L. Kagan, Imágenes urbanas del mundo hispánico, ed. El Viso, 1998, p. 61), y Constantino Bayle dedicará su importante, Los cabildos seculares en la América española, a la acción de fundar municipios como célula fundamental de la acción española en Indias. En este sentido, John H. Elliot, basándose en las cifras que ofrece López de Velasco para el siglo XVI, hará el siguiente recuento, en cuanto a las fundaciones municipales españolas hasta el siglo XVIII: «Hacia 1580 había una 225 villas y ciudades en las Indias españolas, con una población hispana de quizás 150.000 habitantes […]. Hacia 1630, el número había aumentado a 331, y se iban a fundar muchas más durante el siglo XVIII»Elliot, Imperios del Mundo atlántico, ed. Taurus, p. 80..
Y es que, en efecto, según se desprende de esta corriente historiográfica, la fundación de ciudades presidiría la norma conquistadora española, en la línea del imperio macedónico alejandrino, siendo así que la acción de conquista no se considerará completa si no va acompañada de la acción fundacional (urbana). El cronista López de Gómara lo dirá con toda nitidez, «quien no poblare, no hará buena conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá la gente: así que la máxima del conquistador ha de ser poblar»López de Gómara, Historia general de las Indias, BAE, vol 22, p. 181; hablando de la expedición de Pánfilo de Narváez a La Florida..
Pues bien, el libro de Julio Henche, con un breve, pero muy elocuente prólogo de Javier Santillán en este sentido, se sitúa en esta corriente que habla de la acción civilizatoria de España en América, utilizando como base indiscutible, contundente, casi diríamos que aplastante, la masa documental del Derecho Indiano, esto es, las Leyes de Indias.
El libro de Henche, sobre todo, se dirige a combatir la idea, muy presente en la literatura negrolegendaria, de minimizar, cuando no directamente negar, la influencia de la legislación indiana en la política del Imperio español en América, como si todo ese esfuerzo legislativo fuera pura retórica vana, dispuesta al servicio de una voluntad de poder del malvado conquistador español. En efecto, no hay prueba de mayor peso, en orden a justificar una acción civilizatoria de España en América, que la gigantesca, monumental, obra de legislación desplegada por España en Indias (la «política indiana», por utilizar la fórmula de Solórzano Pereira), que articuló absolutamente la vida civil, y también eclesiástica, de los virreinatos americanos. La metodología negrolegendaria ha tratado de «derribar» este monumento a base de, o bien ignorarlo, o bien minusvalorar sus efectos, arguyendo, por unas vías de lo más laberínticas y extravagantes, que todo ese despliegue jurídico no se aplicaba en América, que era pura filfa retórica. Una especie de suflé jurídico que servía de excusa para expoliar al continente americano.
En este sentido, uno de los temas mejor tratados por Henche, y en el que más insiste, es el que se refiere a esa aplicación de la legislación indiana, desmintiendo esa idea de las Leyes de Indias como pura propaganda sin aplicación. El argumentario de Henche es indiscutible, y de lo más perspicaz e inteligente que se puede leer sobre el tema, dejando completamente en evidencia, por no decir en ridículo, la tesis de la apraxia de la legislación de Indias. Y es que, dice Henche, «la única argumentación para desprestigiar la ingente labor de tres siglos, que tuvo prácticamente pacificada una sociedad americana durante más de doscientos años, es afirmar, gratuitamente, que las Leyes de Indias no se “aplicaban”» (p. 192). Esta tesis, del «no se aplicaban», es el equivalente historiográfico ―o, más bien, antihistoriográfico― al derribo de las estatuas, pero, claro la realidad archivística, documental, se impone, y solo es posible «derribarla» por la vía farenheit 451 aplicada a los archivos españoles y americanos. Mientras eso no ocurra, obras como la de Henche, con base consistente, documental, son posibles y, antes de que el papel arda, se puede leer ese gran esfuerzo del ordenamiento jurídico, institucional, por incorporar la masa de población americana a la vida civil, civilizada. Una legislación que unifica la vida social y política del continente americano, desde río Grande hasta Tierra de Fuego, siguiendo un canon ―«humanista», lo llama Henche― muy benevolente en su trato al indio (con la institución del «protector de indios», la jornada laboral de ocho horas en la construcción, etc.), llegando incluso a legislar, así con Felipe II, que el trato fuese más favorable al indio que al español, aunque cometieran los mismos delitos: «Ordenamos y mandamos, que sean castigados con mayor rigor los españoles, que injuriaren, u ofendieren, o maltrataren a indios, que, si los mismos delitos se cometiesen contra españoles, y los declaramos por delitos públicos» (destaca Julio Henche, muy pertinentemente, en la p. 88 del libro). La voluntad de la Corona española, una voluntad objetivada en la compilación de dos siglos de derecho indiano, es la de incorporar, y no aniquilar, a esa población indígena al orbe hispano y colocarla en «estado de derecho», por así decir, a pie de igualdad con los súbditos peninsulares de la Corona. La vida étnica, con costumbres incompatibles con el «derecho natural o de gentes» (antropofagia, sacrificios humanos, tráfico de mujeres, etc.), quedaba eliminada, liquidada, siendo la vida social reordenada con una legislación compatible con el «derecho natural». Esto hizo España en América y Julio Henche lo cuenta.
Pedro Insúa es profesor de Filosofía de educación secundaria. Autor de 1492, España contra sus fantasmas (Ariel, 2018), El orbe a sus pies (Ariel, 2019) y Cuando España echó a andar (Ariel, 2023).






