ROBERT WALSER. El paseo

Ya a principios de siglo, mientras las vanguardias triunfaban en París y los soviets en Rusia, Robert Walser orientó sus relatos por caminos diferentes al del contador de historias. Es en 1917 cuando Robert Walser condensa su experiencia vital y artística en un libro de 79 páginas que titula Elpaseo porque sobre la analogía del hombre que sale a darse una vuelta proyecta su concepción del mundo. Lo escribe amparándose en un recurso de la narrativa clásica que obliga a escritor y lector a desempeñar en la novela el mismo papel que en la vida, para hacer del texto un espejo donde reconocerse. Walser comenta que después de escribir unas horas le apetece olvidar «la tristeza, el dolor y los graves pensamientos» que definen su tarea, y respirar aire fresco. Eso forma parte de su rutina y se la muestra al lector del mismo modo que el burgués enseña su hogar a las visitas. ¿Alguien quiere compartirla? No faltará quien acepte la invitación de Walser a entrar en su libro y acompañarle. No le durará mucho el afán, y quizá en la segunda página se detenga desorientado de no encontrar un argumento al que agarrarse. Pero no podrá reprochárselo a Walser que ya en la primera línea de texto, y concretamente en la primera palabra, le pone en guardia.

En efecto, hasta el lector más simple advierte la altura que toma el lenguaje desde el inicio: «Declaro –dice Walser en la traducción de Carlos Fortea-que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle».

Indudablemente Walser pretende contarnos cómo se pasa de la literatura a la vida y quizá la ambición del empeño le pone solemne. Pero sólo dos líneas después, esa suposición se desbarata: Walser no ha terminado de bajar la escalera de su casa cuando se cruza con «una mujer que parecía española, peruana o criolla». Para cualquier lector es el momento de que Walser confirme sus propósitos con hechos, asuma la vida y entre en fuego con quien le queda a tiro. Mas para nuestra decepción, Walser huye del compromiso y escamotea la escena: «No puedo desperdiciar –confiesa sin pizca de arrogancia– ni espacio ni tiempo».

Estamos evidentemente ante un autor que trata de intrigar a sus lectores con elementos insólitos: elige un lenguaje procesal para contarnos una excursión y no estima narrativamente importante un episodio erótico. No será raro que al llegar a este punto, en la décima línea de la primera página, muchos lectores desconfíen de Walser. Porque, ¿qué broma es ésta? El título de la obra les prometía un viaje romántico y con cierto barniz cultural por los bosques centroeuropeos, y se topan con un guía enfático y misógino que les lleva por el camino de la amargura.

Son clientes cargados de razón ante Dios y ante la Historia, y Walser ha vuelto a defraudar al público, lo que, como sabemos, se paga caro. Quizá Walser debió precisar –o prefirió dejarlo implícito, como buen estratega-que un escritor serio tiene derecho a lectores menos convencionales. Porque cuando Walser anuncia con un verbo aparatoso que se dispone a callejear y simultáneamente se niega a transcribir peripecias más o menos socorridas está exigiendo a sus lectores una atención exacerbadamente literaria que aparta de su perspectiva aspectos superficiales de la realidad. Nadie espere de un escritor puro e incontaminado de contingencia como Walser cuadros costumbristas o argumentos trepidantes. A Walser no le interesa abundar en las cosas que vemos o escuchamos, sino en algo más personal y estrictamente vinculado a la literatura.

A diferencia de buena parte de ciudadanos, Walser no sale de paseo para ver el paisaje sino para ensimismarse. Por eso no consigna los objetos, las situaciones o los diálogos propios de la ocasión. Si se lo propusiera –y amaga con hacerlo a falta de ocho páginas–, tendría que incurrir en esa «serie tan hermosa como encantadora de repeticiones» en que consiste la vida. Y un narrador como Walser, que no confía al realismo la interpretación de la realidad, se resiste a reproducir en su novela la retahíla de «cotidianidades y manifestaciones del tráfico». Pues, por paradójico que parezca, no quiere aburrir al público con referencias consabidas. Con la tensión del narrador de raza, que lo mismo aborda un relato de piratas que la muerte de Virgilio, Walser nos recuerda que no todo lo que se ve o fantasea es literariamente significante. Nada de lo que captan sus sentidos en la mañana «abierta, luminosa y alegre» que le sirve de ejemplo es más seductor que su yo. Daría lo mismo que Walser fuese ciego o que no saliera de casa, porque en los márgenes que el libro fija a su paseo, va a suceder lo que al autor se le ocurra y no lo que en verdad le ocurra.

Así lo expresa Walser en 1917 y no debiera alarmar su mensaje a estas alturas del siglo: porque como todos sabemos la literatura se escribe sobre papel y con letras, y antes que mirada, es memoria.

Ficha técnica

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