Unamuno, de cerca

Miguel de Unamuno

Jon Juaristi

Madrid, Taurus-Fundación Juan March, 2012

En poco espacio de tiempo, quienes echábamos de menos una biografía de Unamuno contamos con dos: la de Colette y Jean-Claude Rabaté (Miguel de Unamuno. Biografía, Madrid, Taurus, 2009) y ahora la de Jon Juaristi, que se integra en la serie «Españoles eminentes» que han promovido la Fundación Juan March y la editorial Taurus. Los lectores interesados harán muy bien en leer las dos. La de los esposos Rabaté porque –como escribe Juaristi en su libro– es «el mejor y más documentado estudio sobre la vida de Unamuno», en el que los autores no se permiten «demasiado margen para la especulación» sobre la copiosa documentación manejada. Pero quienes quieran correr el riesgo de la conjetura sutil y el inconfesable placer de la iconoclastia disfrutarán del texto de Juaristi, sin perder de vista que su autor no da puntada sin hilo en lo que se refiere a información, bibliografía y lectura atenta del corpus literario unamuniano.

Lo dicho no debe llamarnos a engaño. Juaristi es un filólogo e historiador de la cultura de primer orden y ha sabido sustanciar en unas pocas páginas la larga historia de las pugnas de la villa de Bilbao –mercantil y liberal–  con las poblaciones campesinas que la rodean y, al paso, trazar la compleja relación de Unamuno con sus propios linajes, mucho más allá del confortable mito originario que el escritor había tramado. Otras páginas luminosas le han servido para replantear su relación con Joan Maragall y el catalanismo en términos complejos que van mucho más allá de la complacencia y la satisfacción que los exégetas usuales suelen segregar ante la comprobación del fecundo intercambio de ideas. El resultado es, sin duda, más desapacible que el habitual, como lo es cuando plantea su minimización de la famosa crisis de fe de 1897, determinada por la enfermedad de Raimundín, el hijo de Unamuno; convendrá tener en cuenta en el futuro el demoledor diagnóstico de Juaristi –«un ataque de ansiedad, un ataque canónico, de manual»– e incluir en su etiología, como hace este libro, la mala conciencia del escritor por su poco gallarda actitud ante la responsabilidad penal de sus artículos socialistas, que iba a recaer sobre los hombros de un obrero, Valentín Hernández, tan padre de familia como lo era el catedrático de Salamanca. Pero otras veces gana Unamuno en terrenos en los que habitualmente salía malparado. De la sospecha de egoísmo que pesaba sobre él por cuenta de la relación con su esposa, Concha Lizárraga (a la que llamó alguna vez «mi costumbre»), Unamuno queda satisfactoriamente exonerado por Juaristi; no fue seguramente el solitario entregado a sí mismo, sino un esposo atento y un padre preocupado. Y las recientes cartas del destierro de 1924-1930 (que acaban de ser editadas por Colette y Jean-Claude Rabaté) revelan una confianza cariñosa, e incluso aquellas en las que Unamuno confiesa a su yerno, José María Quiroga Pla, el remordimiento por sus silencios domésticos y por no haber ocultado sus congojas pueden ser un testimonio más a su favor. Tampoco nadie había reparado en la importancia de la obra póstuma El resentimiento trágico de la vida, editada por Carlos Feal Deibe en 1991; en tres páginas certeras, Juaristi enmienda unas fechas, halla un par de errores de transcripción y propone –con ese punto de hipérbole que han de llevar las buenas ideas– que Unamuno «escribió un poema. Un gran poema modernista (en el sentido europeo), comparable a los mejores del modernismo de entreguerras. Poemas como The Waste Land, de Eliot».

Juaristi confiesa que se siente más a gusto con Baroja o Antonio Machado, que, sin duda, evocan una atmósfera más amistosa y quizá más sincera y espontánea. Y, en otro lugar, declara que la reciente monografía de Stephen G. H. Roberts, Miguel de Unamuno o la creación del intelectual español moderno (Salamanca, Universidad de Salamanca, 2007), ha sido «el más apasionante ensayo sobre Unamuno de la última década» (en la bibliografía, es el más reciente de los cinco libros sobre Unamuno que prefiere: le acompañan El Unamuno contemplativo, de Carlos Blanco Aguinaga; Unamuno: estructura de su mundo intelectual, de Carlos París; Revisión de Unamuno, de Elías Díaz, y Las máscaras de lo trágico, de Pedro Cerezo Galán. No puedo sino sumar mi voto a favor). En rigor, el título y el propósito del libro de Roberts parecen haber guiado también a Juaristi en su itinerario de la biografía de aquel a quien casi siempre llama «Miguel», en manifiesto desdén por el usual y castizo «don Miguel» y quizá por coincidir con las numerosas autonominaciones que el escritor prodigó en su obra. Se trata de establecer una distancia corta, quizás invasiva, que, sin embargo, se integra en una pesquisa a menudo sarcástica, que no perdona el juego de palabras si viene al caso, pero que con más frecuencia de lo que parece se deja llevar por una profunda piedad por el personaje. Unamuno se construyó como escritor e incluso como una imagen física, con todo lo que esto pueda comportar de megalomanía, contradicciones, exageraciones e histrionismos. Y lo hizo todo en el menguado escenario económico de las letras españolas, lo que le obligó a halagar a quien podía favorecerle (Juaristi subraya con razón su reverencia a algunos dictadores hispanoamericanos), a ser más generoso en las necrológicas que lo había sido en vida de los destinatarios y a recabar siempre la atención sobre su persona.

Los tres capítulos finales («El final del sueño», «Las furias» y «Morir, soñar»: ¡qué bien titulados están todos los del libro!) son ejemplares al respecto de lo que venimos diciendo. Por un lado, porque la imagen que el autor había edificado se desmorona ante los acontecimientos y lo que sobrevive –la medular condición liberal del Unamuno político– se confronta –inerme y habitualmente equivocada– a una pavorosa crisis de su país; por otro, porque Jon Juaristi logra una narración nítida y casi vertiginosa, y porque funciona como nunca el mecanismo sutil que ha venido combinando la impiedad analítica y la compasión de fondo. Los lectores de Agonizar en Salamanca, el espléndido libro de Luciano González Egido que se cita con encomio por el autor de éste, verán un tratamiento distinto de lo que ya conocen, además de alguna noticia nueva sobre el doloroso eclipse del escritor.

Unamuno había acompañado a Jon Juaristi en otros momentos de su obra. En El linaje de Aitor leímos un espléndido análisis de Paz en la guerra, que ahora se resume aquí; en El bucle melancólico, un memorable comentario de texto de un poema del Cancionero; en la novela La caza salvaje, el arranque fue una entrevista del protagonista, el sacerdote Martín Abadía, con Unamuno en la cueva de Altamira, en el verano de 1931, y la conclusión se produce en el mismo lugar, cincuenta años después, con la vehemente sospecha de que Martín Abadía haya sido creado como personaje de una terrible nivola por Unamuno, con ocasión de aquel encuentro. Era, sin duda, el destino de Jon Juaristi –y no una recomendación ni un encargo– lo que le obligaba a escribir esta nivola y este ensayo (que ambas cosas es, en grado de particular excelencia) sobre el más ilustre de sus paisanos.

José-Carlos Mainer ha sido Catedrático de Literatura en la Universidad de Zaragoza. Es el director de la Historia de la literatura española de la editorial Crítica, de la que él mismo ha escrito el sexto volumen, Modernidad y nacionalismo, 1900-1939. Es autor también de La corona hecha trizas (1930-1960): una literatura en crisis (2008), La filología en el purgatorio (2003) o La escritura desatada (2000).

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Ficha técnica

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