Agosto 2018
Revista de Libros
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RESEÑAS

La tarea de escapar

Mircea Cărtărescu
Solenoide
Madrid, Impedimenta, 2017
Trad. de Marian Ochoa de Eribe
800 pp. 28 €

¡Qué experiencia tan extraordinaria, tan abrumadora, la de ser coetáneos de un genio! Porque los grandes genios de la literatura, de la música, de la ciencia, siempre parecen haber nacido en épocas lejanas y estar ya todos muertos. Mi deslumbramiento con Solenoide es tan grande que les recomiendo el libro a todos mis amigos con el mayor entusiasmo. Y ellos se lo compran, muy obedientes, y luego... Aloisio me dice que no le ha gustado mucho, que el autor divaga, que es pesado. Huberto afirma que es un libro oscuro y deprimente, a pesar de sus indudables cualidades literarias. Higinio, en fin, se declara entusiasmado por el estilo, por la imaginación. Jano se manifiesta de acuerdo conmigo: Cărtărescu es un genio. Y entonces yo les pregunto si han leído el breve episodio del faraón. Se muestran perplejos. Aloisio y Huberto confiesan que no han pasado de la página doscientas (es decir, que probablemente no han llegado ni a la ciento cincuenta). Y en cuanto a Higinio y Jano, descubro pronto que sus laudatios son difusas y poco convincentes. Les pregunto entonces si han leído el capítulo de los ácaros, y me miran con cara de sospecha, preguntándose si la respuesta correcta no será decir, con una carcajada, que en Solenoide no hay ningún capítulo dedicado a los ácaros. Pero sí lo hay, y es una fábula religiosa y metafísica alucinante. De modo que ninguno de mis amigos se ha terminado el libro, incluso aquellos que aseguran que les gusta.

Supongo que esta anécdota ilustra varios puntos, que paso a enumerar. El primero, que a todo el mundo le incomoda la cercanía de un genio literario casi de la misma edad que ellos, joven y con buena salud (Aloisio, Huberto y Jano son también novelistas). Algo similar sucedía con Bolaño: ¡cuántos escritores no habrían deseado que no hubiera existido jamás, o al menos que hubiera vivido cincuenta años antes! El segundo punto, que nadie se lee los libros, y que nos limitamos (me incluyo por mera cortesía) a hojearlos un poco, a «chapotear» en ellos, como decía Lewis Carroll, lo suficiente como para poder fingir con convicción que los hemos leído. Y la verdad es que leer un libro ¡exige un esfuerzo! Sobre todo en estos tiempos, cuando uno tiene tantas aplicaciones de su móvil que atender. Y el tercer punto: que quizás algo raro haya en este libro, después de todo, para que cuatro leones de la talla de mis amigos Aloisio, Huberto, Jano y, especialmente, Higinio, no se lo hayan terminado.

Solenoide no sólo es, para mí, lo mejor de Cărtărescu, sino que está a mucha distancia del resto de su obra. La obra suya que conozco, aclaro. Empezando por El levante, una novela en verso muy bonita, pero intensamente artificiosa; Las bellas extranjeras, relatos humorísticos de la vida de Cărtărescu como autor de éxito invitado a lecturas y encuentros internacionales; El ojo castaño de mi amor, una colección de textos breves, alguno maravilloso, como ese en el que habla del poder de Cristo como escritor; y Nostalgia, una colección de relatos sin duda magníficos, pero que no se acercan ni de lejos a Solenoide. He leído también la edición de Cegador publicada por la editorial Funambulista que es, en teoría, la obra maestra de Cărtărescu. Y me parece que es deslumbrante, no cabe duda, un libro asombroso y genial, pero que todavía no puedo juzgar porque la edición de Funambulista no es completa. De modo que, para mí, por el momento, Solenoide es la obra maestra de Cărtărescu, y también una de las obras literarias más bellas que he leído nunca.

Se despliega lentamente. Es como un meteorito ígneo que entra en la atmósfera, pero avanza muy despacio, y hace falta leer algo así como cien páginas para comenzar a entender la magnitud y la potencia del cuerpo celeste que cae hacia nosotros, y otras cien más para que comience a mostrar sus verdaderos colores. Al principio, Solenoide se disfraza de libro oscuro y deprimente, una especie de memorias de un niño lleno de terrores que vive en Bucarest, la ciudad más triste del mundo, intercaladas con el relato de la vida de ese niño ya adulto y profesor de lengua en un colegio, un trabajo que odia con todas sus fuerzas. Cărtărescu afirma una y otra vez que no le interesa la literatura, que no quiere entretener ni divertir, que toda la literatura es falsa, que él sólo quiere escribir sobre sí mismo y que su único motivo para escribir su no literatura es buscar una manera de escapar de este mundo. Toda la literatura, afirma, toda, absolutamente toda, es fallida y falsa, porque nunca nos indica la salida, sino que nos mantiene en nuestro encierro. Quizá sólo algunos pasajes de Kafka, su autor favorito, se acerquen a la posibilidad radiante e inconcebible que él imagina: la de poder escapar de este mundo agotador y sombrío, un deseo que es también el de escapar de la propia cabeza atravesando el hueso del cráneo.

El esplendor tarda en hacerse evidente, porque Cărtărescu, como digo, procede con la lentitud de una sinfonía de Bruckner. Su sistema, por cierto, es musical: hay un cierto número de temas y de imágenes que van apareciendo y reapareciendo. En su primera o segunda aparición parecen ocurrencias, ideas pasajeras, pero de pronto se afianzan y uno de ellos comienza a abrirse y a desarrollarse ante nuestros ojos, y entonces... Ah, entonces el deslumbramiento es tal que podemos llorar de felicidad. Porque Cărtărescu parece decidido a redescubrir la literatura y a reafirmarla con una originalidad absoluta, no cabe duda, pero también en un regreso a aquello que la literatura siempre ha sido en su esencia: un arte de la fascinación y de la maravilla a través de la palabra, la música, la imaginación. Como buen posmoderno (él siempre se autodefine como tal), no tiene miedo a devorar y regurgitar todos los lenguajes conocidos, el oscuro y austero de su amado Kafka, el brillante y multicolor del simbolismo, el duro y material del realismo, el apasionado y desmedido del romanticismo, el preciosista del barroco, el visionario del renacimiento. Pero es, ante todo, un escritor romántico al que le atrae todo lo que es misterioso, exótico, incomprensible, precioso, ambiguo, lejano, esotérico. Es, junto con Nabokov, el escritor más visual que conozco, uno de los grandes creadores de colores y de imágenes de la historia de la literatura. Para acabar esta rápida caracterización de su estilo, diré, además, que Cărtărescu es un escritor del infierno, un creador de fantasías góticas y sombrías de alucinante belleza y oscuridad, en la línea de Sábato (uno de sus escritores favoritos), de Kafka, de Lovecraft, de Blake, de Milton, de Dante y de todo lo que de grandioso, sublime y oscuro hay en las obras de todos ellos. Lean el episodio de la Condena, por ejemplo, y sientan cómo tiemblan todos sus huesos.

Solenoide es un grito abierto contra el dolor y contra la muerte, contemplada como una imposición que no debemos aceptar. De ahí ese grupo de «piquetistas» que protestan contra las enfermedades, contra las operaciones, contra el dolor de cabeza. Pero su tema más obsesivo y central es que no podemos huir de este mundo porque somos seres limitados por una percepción deficiente, y que nuestra única posibilidad para lograr la transparencia y atravesar limpiamente el cráneo que nos encierra sería desarrollar la capacidad de percibir la cuarta dimensión. El tema se despliega en muchos episodios asombrosos que tienen a veces como protagonistas a personas históricas y hechos reales: Charles Hinton, estudioso de la cuarta dimensión; Ernő Rubik, el creador del famoso cubo (inspirado en el hipercubo de Hinton); Nicolae Minovici, que se dedicó durante años a estrangularse de forma controlada para entrar en el mundo de la muerte; o el manuscrito Voynich. Todo ello lleno de historias secundarias maravillosas, como, por ejemplo, la de los tres corazones, fábulas de una belleza que ya creíamos perdida para siempre en el arte literario.

Solenoide es la literatura más moderna y original que conozco. Es la respuesta a todas esas tendencias del nuevo siglo que pretenden acabar con la literatura en nombre del reportaje, la «no ficción» y las «historias reales», una llamada de atención a un mundo que está volviéndose imbécil por su docilidad ante el control puritano y ante las máquinas que, como insectos, están colonizando nuestra vida y nuestro tiempo. Pasado el siglo XX del modernismo, que intentó romper el placer del arte y el vínculo con los lectores, y del posmodernismo, que intentó recuperarlo, es literatura nueva de un siglo nuevo, escrita bajo el signo del arte, la imaginación y la exploración de la conciencia. Dice que todavía no conocemos todo lo que puede ser conocido ni sabemos realmente quiénes somos dentro del gran enigma de un universo que se despliega hacia lo infinitamente pequeño y hacia lo infinitamente grande, y dice que todo eso, lo grande y lo pequeño, existen en nuestra conciencia. Se propone una literatura, en fin, que deje de ser mera «literatura» y se convierta en aventura vital.

La traducción de Marian Ochoa de Eribe es una maravilla. Una y otra vez la traductora nos asombra con su imaginación, su riqueza, su sensibilidad para el color y la música de las palabras. Ojalá sea reconocida con muchos premios, porque los merece todos.

Andrés Ibáñez es escritor. Sus últimos libros son El perfume del cardamomo (Madrid, Impedimenta, 2008), Memorias de un hombre de madera (Palencia, Menoscuarto, 2009), La lluvia de los inocentes (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012), Brilla, mar del Edén (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014), La duquesa ciervo (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017) y Construir un alma. Manual de meditación para el siglo XXI (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018).

16/07/2018

 
COMENTARIOS

Cristina Mirinda 18/07/18 13:18
Coincido plenamente contigo. Cărtărescu es un genio. Sigo leyendo Solenoide.

Antonio 18/07/18 18:28
Conoci a Cartarescu, personalmente,en la Feria del libro(Madrid).Habia leido El Jugador y Nostalgia. Siento que cuando lo leo entra en mi algo que sentí, cuando joven, leyendo aHerman Hesse: una acedia, una tristeza y un deseo de abandono. Le dije a Mircea lo q senti cuando estuve en Bucarest: la sensación del mundo cayendo sobre mis hombros. Tengo Solenoide, aun no he empezado a leerlo: las primeras páginas hablando acerca de los piojos, me impactaron. Los senti recorrer mi cabeza. Me encanta esta reseña de Ibañez, modificará un pelin mi lectura, pero es un acercamiento muy interesante.

Angeles Mastretta 19/07/18 21:58
Me ha movido tu texto. Me ha puesto a pensar en todo lo que no sé de los míos. De los otros escritores. De los más bendecidos por el deseo de escribir. Sólo de escribir para exorcizar lo que nos lastima y compartir el asombro. Voy a leerlo a él- Y a ti. Gracias.

David 21/07/18 12:52
Es una gran experiencia ser coetáneos de un genio, y es una gran experiencia también ser coetáneos de Andrés Ibáñez, que no sé si es un genio, pero a mí me deslumbró desde la primera vez que tuve la suerte de leer una de sus "tortugas celestes". Gracias, Andrés, por todos estos años de iluminaciones.

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