RESEÑAS

Cristianismo contracultural

Rod Dreher
La opción benedictina. Una estrategia para los cristianos en una sociedad postcristiana
Madrid, Encuentro, 2018
Trad. de Consuelo del Val
312 pp. 24 € COMPRAR ESTE LIBRO

El autor, que afirma haber pasado por tres confesiones cristianas –la metodista, la católica y la ortodoxa oriental–, recibe inspiración filosófica de Alasdair MacIntyre e influencia teológica de Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI. En su obra Tras la virtud, MacIntyre, un filósofo católico, considera fracasado el proyecto ilustrado de fundamentación racional de la vida moral, lo que desembocó en el emotivismo y el relativismo moral de la sociedad contemporánea, acorde con el subjetivismo o politeísmo axiológico de Max Weber. Su propuesta neoconservadora y preilustrada consiste en regresar a la ética de las virtudes de la tradición aristotélico-tomista. Frente al individualismo abstracto del liberalismo, intenta recuperar el comunitarismo aristotélico, que integra al individuo en su comunidad. Al final de su obra afirma que esperamos la llegada de un nuevo san Benito, aunque obviamente muy diferente del primero, y propone «la construcción de nuevas formas de comunidad» para dar continuidad a la vida moral en épocas de barbarie y oscuridad, como la que vivimos actualmente, en opinión del autor. También el papa conservador Benedicto XVI pensaba en el futuro de una Iglesia organizada en pequeñas comunidades de fieles, que vivieran su fe en contraste con la sociedad secularizada.

El periodista Rod Dreher realiza su diagnóstico en el contexto de una Norteamérica poscristiana, inundada por el diluvio de la modernidad, con su «nihilismo secular», materialismo, hedonismo e individualismo, que desafían de forma alarmante los valores de la moralidad cristiana. Como terapia, el autor defiende una propuesta contracultural y radical de regreso a las raíces de la fe ortodoxa propia de la Iglesia primitiva, fundamentada en la autoridad de las Escrituras. Frente al declive del cristianismo y a la hostilidad creciente hacia sus valores, la estrategia consiste en crear comunidades cristianas tomando como modelo la vida monástica de san Benito de Nursia (siglos v-vi), con su regla y sus virtudes, las cuales podrán guiar a los cristianos en su vida familiar, en la educación o en el trabajo. De ahí el nombre de «opción benedictina».

La grave crisis actual, espiritual y cultural, de la civilización occidental, se gestó durante siglos y sus raíces hay que buscarlas desde el siglo xiv en el nominalismo filosófico, la Reforma protestante, la Ilustración –con su defensa de la soberanía de la razón–, el individualismo liberal, el capitalismo y, finalmente, la revolución sexual desde los años sesenta del siglo xx, con el triunfo del Eros y el culto a la satisfacción individual. Este largo proceso de secularización, que Max Weber interpretaba como un «desencantamiento del mundo», y al que el filósofo Charles Taylor llama «era secular», viene calificado por Dreher como «edad oscura» por el ocaso de los principios del Evangelio. Ese profundo cambio, que originó el «giro poscristiano de la cultura norteamericana», se convirtió en el mayor enemigo del cristianismo. No en vano, el autor denomina «guerra cultural» al clima de hostilidad política hacia la libertad religiosa, debido a «la corrosiva filosofía anticristiana que se ha adueñado de la vida pública».

Frente a la invasión del secularismo y a «las fuerzas culturales que llevan siglos separando a Occidente de Dios» (p. 130), la opción benedictina pide a los cristianos resistirse a la cultura dominante, volviendo a ser testigos del Evangelio, imitando a la Iglesia primitiva, que supo hacer frente a los fuertes embates del paganismo. Se necesita, pues, un cambio cultural inspirado en la sabiduría monástica y en los textos de los Padres de la Iglesia, para ponerse «al servicio del reino de Dios». San Agustín sería un buen ejemplo a imitar en su defensa de la «Ciudad de Dios» frente a la ciudad secular del paganismo. Esta estrategia contracultural podría aprender de los escritos de Václav Havel y de la resistencia de los cristianos checos al totalitarismo comunista.

Ya no sirve la vía de la política oficial para defender el cristianismo. Es necesario crear una polis paralela, sin recluirse en guetos, a imitación de la Iglesia antigua. Por su resistencia antipagana, siendo fieles a la verdad de Cristo, confesores y mártires sufrieron tortura o la muerte. De igual modo, los cristianos actuales deberían estar dispuestos incluso a morir por su fe, como lo hizo el pastor protestante Dietrich Bonhoeffer en su heroica resistencia antinazi. El autor menciona también la actitud ejemplar de san Policarpo (siglos i-ii), quien, al ser amenazado con la hoguera por negarse a dar culto al emperador, respondió que ese fuego era sólo temporal comparado con el fuego eterno que esperaba a los impíos paganos. Pero, sin llegar a tales situaciones extremas, los cristianos de la opción benedictina han de estar dispuestos desde la periferia de la sociedad a resistir como testigos de la verdad frente a la gran mentira del sistema, aunque sea pagando por ello un alto precio, como el sacrificio de disminuir su estatus profesional o perder dinero y patrimonio en defensa de sus convicciones.

La espiritualidad benedictina se propone como un modelo cultural alternativo de «vida armoniosa centrada en Cristo», un camino al que todos los laicos pueden acceder. La regla monacal se basa en la conversión, la oración, la adoración litúrgica, el ayuno, el trabajo manual combinado con el intelectual (armonía de cuerpo y alma), la disciplina y el ascetismo frente al hedonismo y consumismo de la cultura secular. Esa vida comunitaria busca la perfección y la santidad que pide el Evangelio, en contraposición al individualismo liberal. La propuesta bíblica de estar en el mundo sin ser del mundo se inspira en la doctrina del cuerpo místico paulino y en la teología espiritual del cuarto Evangelio.

La nueva evangelización deberá surgir de la familia y de pequeñas comunidades locales. El autor recomienda: «Convierte tu casa en un monasterio doméstico» (p. 160), con la oración en familia, la lectura de la Biblia, haciendo del templo el centro de la vida. Los cristianos podrían aprender de los judíos ortodoxos, quienes supieron mantener durante siglos su vida comunitaria. Todas las iglesias cristianas deberían unirse formando un frente común contra el secularismo. Un aspecto muy importante es poner en el centro de la vida la formación cristiana específica, diseñando «una educación como Dios manda» al margen de la escuela pública, desde el nivel primario al universitario. La opción benedictina busca fundar «escuelas cristianas clásicas», basadas en una antropología cristiana, que transmitan la cultura occidental, básicamente cristiana, uniendo la sabiduría al cultivo de la virtud.

En esa formación será esencial el conocimiento teológico de las Escrituras y de la historia del cristianismo, que «nació de la confluencia del judaísmo, la filosofía griega y el Derecho romano», como sostiene Ratzinger. Pero la cultura clásica griega se concibe aquí como praeparatio evangelica y subordinada a la verdad revelada. Contra «el veneno de la cultura secular» habrá que sacar a los hijos de la escuela pública para liberarlos de malas influencias laicas, contrarias a la ortodoxia cristiana. Es mejor formar a los niños en casa, pese a los costes económicos, como la renuncia a un salario, normalmente el de la mujer, pues la era poscristiana aconseja integrar familia, escuela e Iglesia.

La defensa de la fe exigirá, además, sentar las bases de redes empresariales cristianas, imitando las dirigidas en Italia por el movimiento Comunión y Liberación, comprando en comercios cristianos, contratando trabajadores cristianos y aplicando los principios cristianos a la gestión de la economía. Los Tipi Loschi italianos pueden ser también un modelo a seguir, con la creación de cooperativas para el sostén económico de sus comunidades.

Finalmente, la radical opción benedictina supone enfrentarse a «las dos fuerzas mayores de la vida moderna»: el sexo y la tecnología. La revolución sexual es percibida por el autor como una nueva forma pagana de desórdenes sexuales, por haber torpedeado la moral sexual cristiana, que entiende el cuerpo al modo paulino, como templo del Espíritu Santo. Para hacer «refulgir la luz de Cristo» en la actual época oscura y para que «florezca el reino de Dios» se requiere un uso correcto del sexo, adecuado a la voluntad de Dios, de acuerdo con la ortodoxia bíblica, mediante la unión de un hombre y una mujer únicamente dentro del matrimonio. Ello implica oposición al matrimonio homosexual, al transexualismo, al bisexualismo, al aborto y a la ideología de género, que están aniquilando la «familia natural». La vida benedictina es el modelo ascético ideal, porque «transforma el instinto erótico en pasión espiritual». Por ello los solteros deberían vivir «como monjes laicos» y los homosexuales «están llamados a la castidad», virtud cristiana esencial.

La tecnología aparece igualmente como un enorme reto para la moral cristiana por tratar de someter la biología a nuestra voluntad, según la expresión de Neil Postman en su obra Tecnópolis. El auténtico cristiano debe oponerse a las tecnologías de la reproducción, a la congelación y al desecho de embriones o a la fecundación in vitro, que «extermina millones de vidas no nacidas» (p. 269). Por su parte, Internet se ha convertido en la expresión de lo que el sociólogo Zygmunt Bauman llamó la «modernidad líquida», porque anima a seguir los impulsos pasionales de jóvenes y adultos. La opción benedictina propone el «ayuno digital» como terapia ascética en las casas y en las escuelas, imitando la vida monacal. Los padres deberían quitar los smartphones a sus hijos para protegerlos del fácil acceso a la pornografía. El verdadero cristiano habrá de mantenerse firme en «la roca del orden sagrado» (p. 284), resistiendo con valentía a la era secular y digital.

Rod Dreher, que se define como «socialconservador», señala que su libro es «una voz de alarma para que me escuchen los cristianos conservadores de Occidente» (p. 284), advirtiéndoles de que el mayor peligro no procede de las políticas izquierdistas ni del islamismo radical, sino que «la mayor amenaza viene del orden liberal laico en sí mismo», al que la verdad cristiana ha de liberar de su alienación y de sus mentiras. Dreher se reconoce muy influido por la línea conservadora de Joseph Ratzinger, a quien considera «el segundo san Benito de la opción benedictina» (p. 296).

Desde una perspectiva émic, subjetiva, intraconfesional, esta polémica opción benedictina, muy conservadora, trata de (re)cristianizar la modernidad, en oposición a la línea teológica más «progresista», que intenta modernizar el cristianismo, asumiendo los valores positivos de la Edad Moderna, en especial de la Ilustración y de la democracia liberal. De forma paradójica, ambas corrientes se inspiran en los evangelios canonizados, pero haciendo lecturas contrapuestas de las mismas fuentes.

Desde una perspectiva étic, objetiva, de reflexión crítica y extraconfesional, el libro de Dreher asume, al ser cristocéntrica, una postura de pura ortodoxia dogmática; y etnocéntrica, al presentar la religión cristiana como la Verdad per se, que emana del Dios bíblico y a la Iglesia como poseedora de unos valores morales en régimen de monopolio. Todo ello está fundado en la supremacía de la fe cristiana, considerada verdadero conocimiento, como afirma la teología de Ratzinger, inspirada en el cuarto Evangelio. A lo largo del libro se percibe un dualismo epistémico de verdad y mentira, y una moral de «buenos» y «malos», esto es, de creyentes e infieles, de amigos y enemigos, que también recorre los textos de la Biblia. El autor presenta la moral bíblica como modelo, pero parece obviar el androcentrismo, la misoginia y la homofobia de las Escrituras, donde los homosexuales quedan excluidos del reino de Dios.

Dreher realiza un panegírico de la vida monástica, con una visión idílica de la orden benedictina, tomada como modelo futuro para los cristianos en una polis paralela, axiológicamente «segregada» de la actual democracia liberal. Ahora bien, es la politeia democrática, laica por definición, la que posibilita la libertad de religión, antaño sometida, como otras, al anatema papal (condena del liberalismo por Pío IX). El enfoque teológico del libro muestra igualmente una concepción mitificada de la Iglesia primitiva, del cristianismo antiguo y del Evangelio, que no concuerda con el análisis de la ciencia histórica. Según ésta, no existe una Iglesia primitiva, sino muchas, ni un cristianismo, sino muchos, con variados grupos enfrentados, la mayoría de los cuales serán derrotados por la corriente paulina, que saldrá vencedora. Tampoco existe «El Evangelio», sino muchos evangelios, en el doble significado de texto o de mensaje. Por ejemplo, el mensaje del «evangelio» de Pablo (Carta a los Gálatas, 1) es bien distinto del «evangelio» de Jesús, y el reino de Dios espiritualizado de Pablo y de Juan (18,36) tampoco coincide con la concepción terrenal, judía y no cristiana, que predicaba Jesús.

Es muy difícil, por tanto, aceptar la propuesta de Dreher, ya que se basa en un cristianismo monolítico, deshistorizado y etnocéntrico, en el fondo exclusivista, que rompe la razonable tendencia actual hacia la búsqueda de una moral universal, autónoma, basada en principios humanos y no meramente religiosos, los cuales, es obvio, no podrían ser compartidos por todos; una moral que pueda servir de base no sólo a la convivencia interreligiosa, sino que fuese también admitida por la mayoría de los seres humanos.

Xoán Currais Porrúa es catedrático de Filosofía de instituto. Es autor, entre otros libros, de A acción moral (Vigo, Edicións Xerais de Galicia, 1993), Marx (Vigo, Edicións Xerais de Galicia, 1997) y libros de texto de su especialidad, así como del artículo «Panorama da investigación histórica sobre Xesús» (Grial, núm. 208, diciembre de 2015).

27/05/2019

 
COMENTARIOS

Antonio Piñero 02/06/19 11:23
Excelente reseña con encuadre técnico concreto y concusi No sobra ni falta nada. Y el juicio crítico del final, también breve y concreto, me parece certero.
Añadiría que a pesar de la perspectiva global, trasnochada desde un punto de vista filosófico, quienes sigan esta opción benedictina no harán daño a la humanidad, sino todo lo contrario.

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