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El arte de amargarse la vida (I)

Teníamos hace unos años en la misma planta en que vivíamos, pero en el piso de enfrente, un vecino hosco y cabizbajo cuyo tono de voz nunca llegamos a conocer por la sencilla razón de que no abría la boca para articular frases o unas míseras palabras, sino tan solo para emitir una especie de gruñido más emparentado con el ruido animal que con la voz humana. Le decíamos «buenos días» o «buenas tardes» y él contestaba –si a aquello se le podía llamar contestación– con un «grrrrrrr» más o menos prolongado, siempre sin mirar a los ojos y casi sin levantar la vista del suelo. Al cabo de unas semanas mi mujer y yo nos referíamos a él de modo habitual, con más ánimo descriptivo que injurioso, como «el cerdo». Lo cierto es que además estaba bastante orondo y un tanto desaseado –para decirlo con elegancia–, razones que coadyuvaban a que el epíteto le cuadrara de modo tan natural y espontáneo que en alguna ocasión a punto estuvimos de nombrarlo de esa manera delante de otros vecinos. El «cerdo» desapareció de nuestras vidas un día, de modo tan silencioso como había llegado y el piso de enfrente –que debía de tener una especie de maldición– pasó a ser ocupado por una pareja no excesivamente joven pero tampoco muy mayor, que se caracterizaba por las discusiones domésticas a voz en grito a partir de las diez de la noche y hasta aproximadamente las tres o cuatro de la madrugada. Todos los días o, mejor dicho, todas las noches: «¡Hijaputa, que te voy a matar!» era lo más suave que escuchábamos. De ahí para arriba. Pero como no pasaba nada, al final nos acostumbramos.

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Viento del Este, viento del Oeste

China vive tiempos interesantes. No es que no haya pasado antes por otros. Desde el movimiento del 4 de mayo de 1919 ha tenido tal vez demasiados: guerra con Japón, guerra civil, Gran Salto Adelante, Gran Revolución Cultural Proletaria, Tiananmén 1989. De hecho, la única etapa pacífica de los últimos cien años parecen haber sido los últimos cuarenta. Han sido los años del despegue económico de China del que todo el mundo se hace lenguas.

Para George Magnus, con Xi Jinping se ha abierto un nuevo ciclo de turbulencias. Magnus es un economista británico independiente entre cuyos méritos se cuenta haber apuntado en 2006 que el sistema financiero internacional estaba a punto de entrar en un momento Minsky, es decir, en una fase de brusco desplome de sus activos financieros. Antes de este libro había escrito otro que le ganó merecido respeto como demógrafo (The Age of Aging. How Demographics are Changing the Global Economy and Our World, Nueva York, John Wiley & Sons, 2008), pero actualmente es China el asunto en el que prefiere centrarse.

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Cristianismo contracultural

El autor, que afirma haber pasado por tres confesiones cristianas –la metodista, la católica y la ortodoxa oriental–, recibe inspiración filosófica de Alasdair MacIntyre e influencia teológica de Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI. En su obra Tras la virtud, MacIntyre, un filósofo católico, considera fracasado el proyecto ilustrado de fundamentación racional de la vida moral, lo que desembocó en el emotivismo y el relativismo moral de la sociedad contemporánea, acorde con el subjetivismo o politeísmo axiológico de Max Weber. Su propuesta neoconservadora y preilustrada consiste en regresar a la ética de las virtudes de la tradición aristotélico-tomista. Frente al individualismo abstracto del liberalismo, intenta recuperar el comunitarismo aristotélico, que integra al individuo en su comunidad. Al final de su obra afirma que esperamos la llegada de un nuevo san Benito, aunque obviamente muy diferente del primero, y propone «la construcción de nuevas formas de comunidad» para dar continuidad a la vida moral en épocas de barbarie y oscuridad, como la que vivimos actualmente, en opinión del autor. También el papa conservador Benedicto XVI pensaba en el futuro de una Iglesia organizada en pequeñas comunidades de fieles, que vivieran su fe en contraste con la sociedad secularizada.

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Le Brun contra la multiplicación de lo anodino

Hay dos claras corrientes de pensamiento diferenciadas sobre los resultados de la globalización económica de los últimos cincuenta años. Está quien destaca cómo han prosperado sociedades subdesarrolladas, véase China, hasta alcanzar salarios industriales similares a los de varios países europeos, y están quienes creen que sólo ha servido para enriquecer a unos pocos a costa de la explotación salvaje de todos los trabajadores del mundo, en particular los de esos países menos desarrollados. No son del todo excluyentes ambas valoraciones, pero Annie Le Brun está alineada firmemente con la segunda. No en vano, proviene del movimiento surrealista, que, si por algo se caracterizó, fue por su enmienda a la totalidad del mundo.

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Economía mundial: tras diez años, sigue el miedo

Han pasado doce años, pero la crisis financiera que emergió en el verano de 2007 mantiene su poder intimidatorio. Desde luego en la eurozona, donde la economía ha demostrado ser la más vulnerable y cuyo sistema financiero sigue percibiéndose como frágil. Cuando se concluían estas notas (primera semana de marzo de 2019) el Banco Central Europeo se vio obligado a adoptar de nuevo algunas de las decisiones excepcionales de inyección de liquidez instrumentadas durante la gestión de la crisis que parecían ya definitivamente confinadas a los archivos de los historiadores económicos. Es cierto que la renovada debilidad de la eurozona no puede explicarse únicamente por las secuelas directas de aquella crisis. Ello dicho, hay que añadir que las tensiones proteccionistas que hoy sufre la economía global o el propio Brexit, identificados como algunas de las razones del actual estancamiento europeo, no son en modo alguno ajenos a las más genéricas, pero no menos relevantes, consecuencias políticas y sociales de la crisis. Junto al Banco Central Europeo, los bancos centrales más importantes del mundo han interrumpido recientemente la senda de «normalización» de sus políticas monetarias, acentuando la vigilancia ante posibles inflexiones en una recuperación del crecimiento económico que hoy vuelve a revestirse de precariedad. Resurge, en fin, el temor a otra crisis.

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