RESEÑAS

¿Para quién escriben los vascos que escriben?

Andoni Unzalu
Ideas o creencias. Conversaciones con un nacionalista
Madrid, Los Libros de la Catarata, 2018
128 pp. 14 €

Manuel Montero
El sueño de la libertad. Mosaico vasco de los años del terror
Oviedo, Nobel, 2018
388 pp. 20 €

En el prólogo al libro de Andoni Unzalu, José María Ruiz Soroa recuerda lo inasequible a la razón que es el nacionalismo. Más creencia que idea, entra en el cuerpo como sentimiento y sólo saldrá de él mediante otro sentimiento más potente que el original. Pues bien, después de haber sobrevivido incólume a medio siglo de terrorismo vasco llevado a cabo por su causa, cuesta imaginar un sentimiento que remueva sus entrañas y les haga cambiar de idea (o de creencia). La conversación con un nacionalista se asemeja al rebote de la pelota en la pared del frontón: siempre vuelve, se lance como se lance, siempre la misma pelota. Y, siendo así, a sabiendas de que por ahí poco hay que hacer, ¿para quién escriben algunos de los vascos que escriben? Posiblemente para ellos mismos (o para otros vascos como ellos) y, sobre todo, para aquellos que, situados fuera del país y en otro registro intelectual e ideológico, sostienen con su anuencia y comprensión el pobre pero eficaz argumento del nacionalismo. Hablamos de los progresistas, como indolente y ajustadamente los denominan nuestros dos autores.

Los libros de Andoni Unzalu y Manuel Montero son coincidentes en el argumento y antitéticos en las formas. El del primero es un panfleto en el sentido estricto del término: un escrito breve que busca la polémica a través de una imaginaria conversación entre contrarios; el segundo –reconocido con el último Premio Internacional de Ensayo Jovellanos‒ es un texto que compila décadas de investigación académica sobre el terrorismo y sobre sus efectos en la sociedad vasca. Unzalu es un guerrillero de la palabra. Euscaldún nativo, gestor durante años de una red de euskaltegis (academias de euskera), inicialmente nacionalista, eligió la traición al comprender incompatible ese ideario con la libertad personal. Ahora milita de forma independiente en la socialdemocracia y no se priva de una invitación al debate en cualquier medio. Durante años preparó los ilustrados discursos de Patxi López como lehendakari y como presidente del Congreso de los Diputados, y hoy piensa para el Consejero de Turismo del Gobierno Vasco. Manuel Montero, por el contrario, es un catedrático de Historia Contemporánea, rector de la universidad vasca en los terribles cuatro primeros años del siglo XXI y autor de una extensa y brillante obra historiográfica. Su sueño de libertad le empujó a oponerse públicamente al terrorismo, ya fuera desde sus cargos académicos, desde sus artículos de prensa y sus libros, o desde su participación en organizaciones como el original Foro de Ermua. Por ello, y por las consiguientes amenazas de ETA, tuvo que vivir fuera del País Vasco hasta hace tan solo cuatro años.

En su esgrima con los molinos, Unzalu sueña con un Estado anacional y no se resigna a que la respuesta a un nacionalismo desaforado sea otro del mismo tenor, sino un sistema de valores diferente, soportado en la libertad personal y en la igualdad de oportunidades. Un imposible que sólo le sirve para cerrar con coherencia la conversación con su interlocutor nacionalista, pero sin poder convencer a este, incapaz de imaginar, como aquel reaccionario Joseph de Maistre, la existencia de hombres universales. Un Estado que se limitara a proporcionar las bases materiales de confort y seguridad, y el nivel de derechos, necesarios para desarrollar una vida buena y autónoma. Un Estado sin fanfarrias patrias ni pretensiones homogeneizadoras, en la antítesis de su irremisible pulsión nacionalizadora. Por eso escribe para los progresistas, para hacerles ver en la cabeza de turco de su nacionalista que las creencias de este nada tienen que ver con sus valores. La diferencia como soporte del privilegio es la inversa del reconocimiento de la diversidad para construir un mundo de iguales. Agua y aceite, que los progresistas tratan de mezclar, no sólo sin éxito, sino con derrota para sus posiciones. Porque esos progresistas españoles son los que invitan a pagar la sobrefinanciación de los ciudadanos vascos en un discurrir extravagante del dinero, del lugar más pobre hacia el más rico. O los que replican ahora en sus comunidades las mismas políticas lingüísticas que han dificultado la capilaridad social en Euskadi, donde un 33% de bilingües se queda con un 96% de los puestos públicos. O a los que, para corregir la supuesta alienación nacional de quienes no manifestaban preocupaciones de esa naturaleza, les obligan a hacer suya una cultura ajena y les condenan de paso a una ciudadanía de segunda. O los que saludan alborozados desde la prensa madrileña la sensatez del «nuevo PNV» del lehendakari Íñigo Urkullu y no aprecian, como señala Unzalu, que este no está sino reelaborando su teoría de la independencia.

Un Urkullu –aquí el panfleto resulta del mayor interés‒ consciente de que vive en el siglo XXI y de que el techo de cristal del autogobierno vasco y de su eterna pretensión independentista no lo establece tanto España como Europa. El PNV menos montaraz sabe que está llegando al final del estruje de la ubre hispana y que fuera de aquí hace más frío que dentro, que no hay mejor alternativa por ahí. Y entonces vuelve a sus orígenes preliberales –esos que tan simpáticos y reconocibles les resultan a nuestros progresistas españoles, que los interpretan como una suerte de federalismo avant la lettre‒ y se inventa ese oxímoron de la «patria foral» para insistir en sus tres eternas claves de relación con España: la unión a través de la Corona y nunca de la Constitución; la reclamación de un nuevo estatus (no Estatuto, sino estatus), siempre ventajoso y diferencial; y la interlocución bilateral, como si de entre entes soberanos se tratara. En el fondo, una pragmática lectura también anacional por parte de Urkullu, pero que le lleva al pasado –a los cuerpos intermedios de las monarquías compuestas y absolutas‒ en lugar de al futuro. Un pasado, eso sí, pleno de ventajas e insertable, como decía, en las categorías federalistas o confederalistas de nuestros progres patrios. Algo asumible –¡faltaría más!‒ y al bajo costo de aceptar que el País Vasco (o Cataluña) no tiene por qué reconocer y sostener su pluralidad ciudadana interna, toda vez que se considera que los auténticos vascos son los nacionalistas. Así de crudo.

El librito de Andoni Unzalu es divertido, pero no un divertimento. Eso se ve cuando llega al final, a los años del terrorismo. Aquí abandona la ironía y redacta unas páginas dignas de enmarque, llamando a las cosas por su nombre, como han sido, y describiendo con precisión la actitud del PNV en ese tiempo (y su preocupación ahora por desfigurar el recuerdo del mismo). No nos sorprenderá entonces que ese partido lanzara en mayo pasado el rumor de una crisis gubernamental tras leer semejantes acusaciones en un libro firmado por quien, como Unzalu, es a día de hoy el jefe de gabinete de uno de los tres consejeros socialistas del Gobierno Vasco. Queda la duda de que si la sangre no ha llegado al río es porque ahí empieza y acaba toda la oposición que los socialistas vascos están dispuestos a presentar a la nueva estrategia independentista de sus coaligados, esa que el PNV no suscribe con ellos, sino con la izquierda abertzale, el contumaz brazo civil de la extinta ETA.

Ítem más: nuestro autor tiene páginas aún para un epílogo provocador. Como buen pensador liberal, no puede aceptar que su argumento sirva al final para negar una realidad que está ahí. Hay dos millones de posibles independentistas en la Cataluña de hoy. Para ello formula la necesidad, de nuevo anacional, irrespetuosa con un pasado intocable, de dar cauce a la voluntad ciudadana: un referéndum a doble vuelta, con igualdad de acceso a los medios de comunicación públicos, con cláusula de no repetición en un tiempo convenido y con suficiente porcentaje de apoyo para modificar el actual statu quo. Ahí lo deja.

Una época incoherente

El de Manuel Montero es un libro serio, grave, incluso doliente. Parecen las últimas palabras sobre un tema que le ha condicionado toda la vida, pero que ahora deja definitivamente descrito y decide olvidar para siempre. De ahí la mezcla de retazos de instantes vividos –el momento en que le asignan escolta y se convierte durante doce años en Bravo 902, un «precadáver», un cadáver en ciernes‒ con explicaciones sesudas y demostradas. Así, entiendo, ilustra la tremenda incoherencia entre lo que entonces se oía, y se tenía por normal, y lo que estaba realmente pasando (y que se aprecia mejor cuando se ve toda la secuencia histórica). Todo ello escrito, más aún que con pesimismo, con tristeza. Y esto por dos motivos. Uno, por toda la vida, las vidas y la energía que se ha llevado por delante el terrorismo vasco. Dos, por la constatación del desastre colectivo que ha supuesto; el propio hecho terrorista es una tarea colectiva, que exige la implicación de mucha gente.

El historiador, acostumbrado a vivir en ese país extraño que es el pasado, reconstruye el contexto que explica situaciones en las antípodas de nuestra presente racionalidad. Pero aquí no puede expresar cómo pudimos convivir con tanta maldad y estulticia. Cuando va desgranando situaciones vividas, estas resultan insólitas, más propias de una imaginación desaforada que de la realidad. De hecho, como se comprueba en el libro de Montero, la dificultad para recrear desde la distancia el contexto en que se hicieron (o no se hicieron) tantas cosas en la Euskadi (y la España) de entonces está revelándose como el mayor problema a la hora de historizar el terrorismo. Cuando se describe cómo un comando etarra interrumpía la sesión en varios cines bilbaínos que proyectaban películas S (eróticas) y estos debían sustituirlas por otros títulos, o cuando se cuenta que una pareja asesinada en Beasain mantuvo durante veinte minutos el claxon sonando al caer abatida ella sobre el volante sin que nadie hiciera nada, hay que acudir inmediatamente a describir cómo, en esos primeros años ochenta, la profunda crisis de Estado, la constante agitación callejera, la lectura de la realidad en términos prerrevolucionarios, la fascinación por la violencia política y su naturalización, la incapacidad policial o la indefinición acerca de quién iba a ganar el pulso, si las instituciones o los terroristas, explican situaciones de ese tenor. Como escribe el autor, aquella gente asesinó durante medio siglo para vengarse de un pasado inventado, falso, para rectificarlo con su acción. Pero aquella ensoñación era real y estaba profundamente arraigada en la sociedad vasca de entonces (y no sólo en la microsociedad del «mundo de ETA»).

El ensayo histórico pasa revista a un tiempo gobernado por la tardanza en entender qué pretendía ETA. El antifranquismo modeló culturas políticas para las que la democracia era una conquista, no un ejercicio; el ideal comunitario, el bien máximo a proteger; y el Estado de Derecho, una rémora para el logro de los objetivos partidistas. No resulta extraño que la banda terrorista fuera considerada hasta bien tarde como otro agente político más, que se interpretara que el autogobierno acabaría con ella (con su justificación) como por ensalmo o que sus activistas fueran tomados por patriotas (equivocados, pero deseosos de lo mejor para su país). En ese marco, la polisemia del término libertad hizo inútil su uso –todos luchaban por ella‒, mientras que paz se asociaba al logro de las demandas nacionalistas (las de ETA o las del PNV, en cada caso). Así, cada lehendakari tuvo su plan de paz y cada uno de ellos, hasta el último de José Luis Rodríguez Zapatero, daba un renovado aliento a la banda al reconocerla como interlocutor y al especular con el precio político (nacionalista) del final del terrorismo. Ninguno –salvo en el instante de clarividencia del Pacto de Ajuria Enea‒ entendió a ETA como lo que era: un sistema alternativo a su propio poder institucionalizado, que instrumentalizaba para ello un supuesto problema político (el conflicto). Por eso el hilo conductor de la narración de aquel terror lo trenzan las negociaciones y no los crímenes.

La narración histórica proporciona algún sentido a lo que en su momento no lo tuvo (o lo tuvo erróneamente). Así, Montero resulta de una clarividente heterodoxia cuando escribe que el asesinato de Miguel Ángel Blanco fue un gran éxito de ETA –frente a lo previsto, rompió con su anterior aislamiento‒ o que la manifestación de condena por el de Ernest Lluch –aquella que cerró Gemma Nierga: «Ustedes que pueden, hablen» (sic)‒ fue la mayor demostración a favor del terrorismo a la que había acudido. Con Juan José Ibarretxe, ETA alcanzó su culmen al conseguir que el nacionalismo se comprometiera a ocultar la pluralidad vasca y que asumiera la estrategia de Frente Nacional Vasco (aquella rechazada por el PNV en Chiberta en 1977). Una situación que podría haber llegado ya a su estrambote en 2006 de haber prosperado las conversaciones de Loyola entre los socialistas vascos y Herri Batasuna (con el PNV de testigo): la bomba en la T-4 del aeropuerto de Barajas mató a dos personas, se cargó la última tregua de ETA y evitó que José Luis Rodríguez Zapatero (y Jesús Eguiguren) tuvieran que dar cuenta de compromisos políticos imposibles.

Tiempos incoherentes ‒¿o no tanto?‒ en los que las ilusiones se imponían a la realidad, si bien a través del terror y de la amenaza. Por eso la relación causa-efecto operaba en función de las afinidades ideológicas (y de su framing). ¿Asesinaba ETA porque la sociedad no estaba normalizada, o no era normal porque asesinaba? Un trabalenguas que hoy se antoja insólito (y criminal), pero que entonces era el punto de partida de cualquier consideración. Tiempos (y lógicas) que hicieron imposible la libertad; sobre todo, la libertad más íntima, la libertad de las pequeñas cosas, de los más irrelevantes gestos, los más necesarios para la vida. Lógicas todavía lejos de estar desterradas. Ese es el objetivo de la batalla por el relato: reducir a su mínima expresión las lógicas que hicieron asumible aquel tiempo, y no la medalla de cartón para unos pírricos vencedores. Por eso el final de ETA no es el final de la historia de ETA. Por eso seguimos escribiendo de ello algunos vascos.

Antonio Rivera es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad del País Vasco. En la actualidad dirige el proyecto de investigación «Violencia política, memoria e identidad territorial. El peso de las percepciones del pasado en la política vasca». Sus últimos libros editados son Antología del discurso político (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2016), Naturaleza muerta. Usos del pasado en Euskadi después del terrorismo (Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2018), ¿Qué saben de su historia nuestros jóvenes? Enseñanza de la historia e identidad nacional (Granada, Comares, 2018) y, con Eduardo Mateo, Verdaderos creyentes. Pensamiento sectario, radicalización y violencia (Madrid, Los Libros de la Catarata, 2018). Con Luis Castells acaba de editar un número monográfico sobre el franquismo en el País Vasco en la revista Cuadernos de Alzate.

03/12/2018

 
COMENTARIOS

Carlos Fernández de Casadevante 05/12/18 20:04
Muy buena recension.
Muchas gracias, Antonio.

Tomás Pérez Vejo 07/12/18 16:09
"culturas políticas para las que la democracia era una conquista, no un ejercicio; el ideal comunitario, el bien máximo a proteger; y el Estado de Derecho, una rémora para el logro de los objetivos partidistas". ¿Era? No creo que sea sólo un problema de "vascos", tampoco de un tiempo ya concluido.
Excelente reseña. Muchas gracias

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