Archivo Revista de Libros

¿Para quién escriben los vascos que escriben?

En el prólogo al libro de Andoni Unzalu, José María Ruiz Soroa recuerda lo inasequible a la razón que es el nacionalismo. Más creencia que idea, entra en el cuerpo como sentimiento y sólo saldrá de él mediante otro sentimiento más potente que el original. Pues bien, después de haber sobrevivido incólume a medio siglo de terrorismo vasco llevado a cabo por su causa, cuesta imaginar un sentimiento que remueva sus entrañas y les haga cambiar de idea (o de creencia). La conversación con un nacionalista se asemeja al rebote de la pelota en la pared del frontón: siempre vuelve, se lance como se lance, siempre la misma pelota. Y, siendo así, a sabiendas de que por ahí poco hay que hacer, ¿para quién escriben algunos de los vascos que escriben? Posiblemente para ellos mismos (o para otros vascos como ellos) y, sobre todo, para aquellos que, situados fuera del país y en otro registro intelectual e ideológico, sostienen con su anuencia y comprensión el pobre pero eficaz argumento del nacionalismo. Hablamos de los progresistas, como indolente y ajustadamente los denominan nuestros dos autores.

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Una tesis no probada

Este libro pretende «demostrar» una tesis. Y ponemos entre comillas el término demostrar porque es el que el autor lo utiliza repetidamente para autocalificar su esfuerzo argumentativo, atribuyendo a su exposición un valor probatorio susceptible de comprobación y que estaría más allá de una posición partidista concreta: la de quienes no están satisfechos con el panorama político vasco después del final de ETA. Con esta misma pretensión «demostrativa» se utilizan a lo largo del libro una profusión de citas de informes reservados de las autoridades policiales de las épocas sucesivas por las que transcurrió la lucha antiterrorista, así como opiniones que el autor recabó de ministros de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy o de magistrados del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional (aunque todas ellas anónimas y sin posibilidad de control de su autenticidad y textualidad).

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Yugoslavia: anatomía de un proceso de destrucción

Cuando, en febrero de 2012, fueron detenidos en España los responsables del asesinato de Zoran ?jin?ji? –pertenecientes al clan de Zemun de Los Tigres de Arkan e implicados en el asesinato del abogado Dragoslav Ognjanovi? en Belgrado hace unas semanas–, Yugoslavia había salido del foco de atención y perdido interés geoestratégico. La «segunda Yugoslavia» nacida tras la Segunda Guerra Mundial dejó de existir a principios de los años noventa. A las independencias de primera hora (Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia) se sumarían las de Montenegro y Kosovo, con lo que la extinta República Socialista Federativa ha devenido, con Serbia, en siete unidades políticas. Los entresijos de esa destrucción, mejor que desintegración, constituyen el objeto de este libro, con un encomiable aprovechamiento de sus páginas comparativamente reducidas.

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Del mal, el menos (y II)

Camilo José Cela popularizó una frase que operaba también en su caso como consigna de vida: «El que resiste, gana». Ya dije en la entrada anterior de este blog que encontrar un denominador común al refranero era tarea ímproba, por no decir inútil, dada la heterogeneidad de los refranes y la contraposición entre unos y otros. No obstante, si nos empeñásemos en encontrar algunas notas distintivas, es decir, algunos rasgos que pudieran aplicarse sin mucho retorcimiento a todos o la inmensa mayoría de los refranes, este de la resistencia sería sin duda, al menos en mi opinión, uno de los más importantes. La mayor parte de los refranes acusan o traslucen esa voluntad de resistir a toda costa frente a las contingencias de la vida. Por eso, sobre todo desde la perspectiva actual, nos sorprende su dureza o, mejor incluso, su rudeza, rayana en la crueldad. Cuando de sobrevivir se trata, no tienen sentido los miramientos: «Cada uno quiere llevar el agua a su molino y dejar en seco al del vecino». Y si estás en el lado de la vida menos agraciado, es decir, si eres pobre o débil, no esperes clemencia de nadie: «Tiene el pobre la desgracia del cabrito, o morir cuando chiquito o llegar a ser cabrón».

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