RESEÑAS

Un centrista decimonónico

Antonio Manuel Moral Roncal
O’Donnell. En busca del centro político
Madrid, Gota a Gota, 2018
207 pp. 15 €

Leopoldo O’Donnell y Joris (1809-1867) fue uno de los militares que desempeñaron un papel político de primer orden en la España del siglo XIX. Fue el fundador de la Unión Liberal y presidente del Gobierno en tres periodos: unos meses de 1856, entre 1858 y 1863, y entre 1865 y 1867. En este sentido, su figura es comparable a las de los generales Baldomero Espartero y Juan Prim, en el Partido Progresista, o a Ramón María Narváez, en el Partido Moderado. Fue uno de los llamados «espadones» del reinado de Isabel II, a los que acudieron todos los partidos, conscientes, como dijo el moderado Francisco Javier de Istúriz, de que «en la España actual ningún partido puede hacer nada sin el tambor, y toda la habilidad está en hacerlo tocar en las propias filas». Y es que, como constatara el republicano Emilio Castelar, al acabar el siglo, desde 1820, «todos los cambios políticos trascendentales se habían fraguado en España en los cuarteles». Los «espadones» estuvieron al frente de los grandes partidos no porque fueran destacados ideólogos o estrategas políticos –Prim sí fue esto último‒, sino porque eran militares con prestigio e influencia entre sus compañeros de armas, y eso era lo que contaba.

La atención prestada a O’Donnell por los historiadores ha sido mucho menor que la dedicada a otros militares, en especial a Espartero y a Prim. De hecho, además de las tres biografías suyas que escribieron sus contemporáneos, sólo se publicó una en el siglo XX ‒la de Francisco Melgar, en 1946‒; en nuestro siglo, le han dedicado artículos o ensayos, su descendiente, el académico Hugo O’Donnell, Francesc-Andreu Martínez Gallego, y Carmen García García, pero el libro que nos ocupa es, hasta ahora, la única biografía extensa dedicada a él. Más interés que el fundador de la Unión Liberal ha despertado el partido mismo, especialmente durante su etapa de gobierno entre 1858 y 1863 y, dentro de esta, su política exterior «de prestigio» «con la «Guerra de África» y las intervenciones en Cochinchina y México‒, objeto de numerosos estudios.

La obra de Antonio Manuel Moral Roncal –profesor titular de la Universidad de Alcalá, que ha trabajado sobre diversos temas de nuestra historia contemporánea‒ recorre de principio a fin la vida de Leopoldo O’Donnell, analizando los principales episodios de la misma. Así, su origen en una familia irlandesa de tradición militar, llegada a España en el siglo XVIII. Su temprano alistamiento en el ejército y el rápido ascenso que logró gracias a sus victorias en la primera guerra carlista. Y terminada ésta, su participación en la vida política –que es lo sustancial del libro‒, en la que pueden considerarse tres grandes etapas: 1) como miembro del Partido Moderado, promotor de un fallido pronunciamiento contra Espartero, en octubre de 1841, y capitán general de Cuba, entre 1843 y 1848; 2) como crítico del mismo Partido Moderado, a partir de 1848, e impulsor del pronunciamiento de julio de 1854 que, en este caso, triunfó con exceso, dando pie a una revolución que casi le costó el trono a Isabel II; y 3) tras su participación en el bienio progresista como ministro de la Guerra, y una breve etapa de gobierno, la fundación de la Unión Liberal en 1857 y sus dos posteriores períodos de presidencia del gobierno.

El autor disiente explícitamente de la interpretación que Martínez Gallego y García García hacen de O’Donnell como «el delegado y la herramienta de los esclavistas y negociantes cubanos en Madrid», y de la Unión Liberal como «un envoltorio político necesario para mantener el statu quo en España y sus colonias». Es cierto que el «trasfondo cubano» «al que se refiriera hace décadas Manuel Espadas Burgos» es un factor a tener en cuenta en la vida política española de mediados del siglo XIX, pero de ahí a querer hacer del mismo el carácter distintivo –el «marchamo»‒ de la Unión Liberal hay mucha distancia. «Surgieron otros grupos sociales y circunstancias que influyeron en la evolución política del reinado de Isabel II», como afirma Moral Roncal

La interpretación que hace Moral Roncal de la obra política de O’Donnell queda reflejada en el título del libro, «En busca del centro», lo cual hace justicia, a mi juicio, al significado que tuvo aquel proyecto en su época. Frente a otras interpretaciones –que se remontan a Manuel Tuñón de Lara y siguen, entre otros, el citado Martínez Gallego y Josep Fontana‒ que consideran la Unión Liberal como una nueva versión del Partido Moderado, el autor de esta biografía afirma que la Unión Liberal fue un intento de crear un partido ideológicamente «de centro», compuesto, como se dijo entonces, de los hombres «más templados» de los partidos moderado y progresista, representantes hasta entonces de la derecha y la izquierda del liberalismo constitucional en España. Estos partidos, a mediados de la década de los años cincuenta del siglo XIX, se encontraban completamente en ruinas. Desde su creación, veinte años antes, habían realizado cosas importantes: la victoria contra el carlismo, en primer lugar; el desmantelamiento del Antiguo Régimen económico y social; y la creación de un Estado constitucional. Pero habían fracasado en mantenerse unidos: sus divisiones internas les habían destrozado. Curiosamente, el disfrute del presupuesto –el «turrón» al que se referiría Juan Valera‒ no había sido suficiente para vencer la tendencia al suicidio que, según el corresponsal de la prestigiosa Revue des Deux Mondes, Charles de Mazade, dominaba a todos los partidos españoles, un juicio también compartido por el moderado marqués de Miraflores.

La Unión Liberal fue el intento de levantar una estructura nueva y diferente sobre los escombros de los partidos tradicionales que, según los unionistas, no tenían ya razón de existir porque habían realizado la tarea histórica que les correspondía. Algunos de sus miembros –los jóvenes Manuel Alonso Martínez y Antonio Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo‒ expresaron la idea de que debía ser el único partido de gobierno, una especie de partido único, pero no en el sentido de los regímenes totalitarios del siglo XX, sino algo parecido a lo que en la época era el Partido Liberal inglés ‒que gobernó durante casi veinte años‒, o lo que sería posteriormente el Partido Republicano moderado durante las primeras décadas de la Tercera República francesa. La Unión Liberal sería, así, el partido del presente, frente al partido del pasado, el absolutista, y el partido del futuro, el demócrata. Lo importante para ellos no eran las reformas políticas –que, a su juicio, ya estaban hechas‒, sino las administrativas y económicas. Tenía, por tanto, un cariz tecnocrático, avant la lettre.

En junio de 1858, la reina le encargó a O’Donnell la formación de gobierno, y el general se mantuvo en la presidencia del Consejo de Ministros hasta febrero de 1863. Su gobierno, de casi cinco años, fue el más prolongado del reinado de Isabel II y de todo el siglo, lo mismo que el Parlamento –«largo», se llamó‒, cuya elección dirigió, desde el ministerio de la Gobernación, José Posada Herrera, logrando la consabida mayoría absoluta. Aquel gabinete cumplió la mayoría de los proyectos económicos y administrativos que anunció: la reorganización de la Hacienda, la inversión en ferrocarriles y las reformas urbanas, entre otros. Este paquete de medidas supuso, según Moral Roncal, «el más notable esfuerzo consciente de desarrollo registrado en todo el liberalismo español». El éxito de su gestión venía a hacer bueno el juicio del ministro inglés en Madrid, el segundo Lord Howden, de que lo que necesitaba España, por encima de todo, era «un gobierno que dure algo».

También se emprendió una política exterior ambiciosa, cuyos principales episodios fueron la llamada «Guerra de África» (1859-1860) –que propició la concesión a O’Donnell del título de duque de Tetuán‒ y la intervención en México (1861-1862), intervención que, además de favorecer el prestigio y la exaltación patriótica, tenía la finalidad de demostrar la fortaleza española para mantener sus posesiones en el Caribe y Filipinas. Pero aquel ministerio terminó cayendo por su división interna cuando empezaron a surgir los problemas políticos, especialmente a partir de la actuación de Prim en México, contraria a la voluntad del Gobierno. Y es que la política, en contra de la pretensión de algunos unionistas, no podía ser ignorada. La crisis volvía a confirmar la tendencia al suicidio de los partidos políticos españoles. Lo que ocurría con la Unión Liberal, según la opinión tanto del progresista Pascual Madoz como del moderado marqués de Miraflores, era que no había llegado a conformar un verdadero partido, con ideas y organización propias. Más allá del liderazgo militar de O’Donnell –que se mantuvo constante‒, faltó el liderazgo intelectual de un hombre civil: ni Posada Herrera ni Ríos Rosas lo lograron.

En los siguientes cinco años, los restos de la Unión Liberal y del Partido Moderado se turnaron en el gobierno, con los progresistas retraídos de la vida política, preparándose para un pronunciamiento que les devolviera al poder. En junio de 1866, con O’Donnell nuevamente en la presidencia del Consejo, lo intentaron con el levantamiento del cuartel de San Gil, en Madrid, que resultó especialmente sangriento, ya que se saldó con varios cientos de muertos. La respuesta del Gobierno fue contundente: fueron fusiladas sesenta y seis personas, la mayoría sargentos de artillería que habían asesinado a sus jefes. Al poco tiempo, Isabel II despidió a O’Donnell, sustituyéndolo por Narváez. Para algunos contemporáneos, aquel acto fue el más trascendente realizado por Isabel II en su reinado, ya que le hizo perder el apoyo de los unionistas, que se sintieron traicionados por la soberana. O’Donnell se exilió voluntariamente en Biarritz, donde murió en 1867. Al poco tiempo, la Unión Liberal se sumó al pacto de Ostende suscrito por progresistas y demócratas para derribar del trono a Isabel II. Lo consiguieron con la revolución de 1868, a la que los unionistas contribuyeron decisivamente gracias a su control de buena parte del ejército.
A juicio del autor, la Unión Liberal fue la premonición de lo que terminó siendo la Restauración, un periodo de estabilidad y tolerancia dentro del liberalismo monárquico. Es cierto, con la diferencia de que en la Restauración sí que hubo un ideólogo y líder civil, Antonio Cánovas del Castillo, cuyo modelo explícito de gobierno era el bipartidismo británico, y que se preocupó activamente no sólo de crear su propio partido, el Conservador, sino también el que habría de turnar con él en el poder, el Liberal de Sagasta.

Los aspectos personales del duque de Tetuán son, en la obra, escasos y vagos. No es fácil profundizar en la personalidad de alguien de quien no se conserva un archivo propio, aunque el autor recurre a los expedientes personales existentes en el Archivo del Senado, el Archivo General Militar de Madrid y el del Palacio Real. Para una semblanza de O’Donnell, Moral Roncal recurre a Benito Pérez Galdós, que lo describe, en su juventud, como «un chicarrón de alta estatura y los cabellos de oro, bigote escaso, azules ojos de mirar sereno y dulce; fisonomía impasible, estatuaria, a prueba de emociones; para todos los casos, alegres o adversos, tenía la misma sonrisa tenue, delicada, como de finísima burla a estilo anglosajón». El entorno político está bien trazado, aunque la actuación de Isabel II –decisiva en último término, ya que la Corona era la clave del sistema, como en todas las etapas de nuestra «monarquía constitucional»‒ queda un tanto desdibujada. Sin duda, se habría beneficiado de la consulta de la reciente biografía de la reina escrita por Isabel Burdiel, tanto por la documentación que aporta como por la interpretación que ofrece.

Estamos, en definitiva, ante un estudio riguroso, bien escrito y de fácil lectura, que huye conscientemente de la tan frecuente «visión masoquista» de nuestro siglo XIX, y que ofrece una interpretación razonable y bien fundada de un personaje y un partido fundamentales del reinado de Isabel II.

Carlos Dardé ha sido catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Cantabria. Su último libro es Cánovas y el liberalismo conservador (Madrid, Gota a Gota, 2013) y en 2015 fue comisario de la exposición Donoso Cortés. El reto del liberalismo y la revolución en la Sala de Exposiciones «El Águila» del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid.

25/06/2018

 
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