China, eje de la geopolítica en el siglo XXI

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Estrategias del poder. China, Estados Unidos y Europa en la era de la gran rivalidad
Fidel Sendagorta
Barcelona, Ediciones Deusto, 2020.
176 p.

Fidel Sendagorta, un acreditado diplomático español, ha publicado un libro Estrategias de poder, que es una excelente introducción al estudio del nuevo mundo geopolítico. Tenemos que ir dejando atrás las referencias que nos remiten a la guerra fría o a la posguerra fría. En efecto, no se ha producido ningún «fin de la historia». El mundo no se ha configurado conforme a esa utopía kantiana del Ensayo sobre la paz perpetua (1795), que fue habitual en el discurso de políticos y analistas durante casi tres décadas. Habíamos llegado a creer que una armonización de los regímenes políticos, en concreto de la democracia liberal, bastaría para construir una paz universal. Se repitió hasta la saciedad que las democracias no se hacen la guerra entre ellas. Eso puede ser cierto, aunque siempre existirán excepciones, sobre todo por el hecho de que dos países con un sistema político similar no ven las cosas de la misma manera en lo referente a sus relaciones exteriores. Los intereses también cuentan. Tenemos un ejemplo histórico: la de la rivalidad entre la monarquía británica y la república francesa en la época de la expansión colonial en África. En 1904 se llegó a una Entente cordiale, si bien el acuerdo se sustentó sobre los respectivos intereses y en su defensa común contra terceros, y no en el hecho de que Francia y Gran Bretaña fueran democracias parlamentarias.

La geopolítica ha vuelto por sus fueros. En la Europa continental, se ha desarrollado principalmente en Francia, pues en otros países el propio término de «geopolítica» despertaba una especie de alergia, ya que solía identificarse con una especie de retorno a las teorías del nazismo y del «espacio vital». Sin embargo, ni Estados Unidos ni la Unión Soviética dieron la espalda a la geopolítica durante la Guerra Fría pese a que su rivalidad era de marcados rasgos ideológicos. La irrupción de China como gran potencia, acentuada en los últimos años tras un período de «ascenso pacífico», ha trastocado todos los esquemas. No es una nueva «Guerra Fría». Los chinos no parecen interesados en la expansión universal de su comunismo, y tampoco se preocupan, tal y como hacían los soviéticos, de constituir una tupida red de alianzas y zonas de influencia para oponerse al rival estadounidense. Existe una competición económica, política y militar, y secundariamente otra ideológica, aunque esta última es de rasgos más difusos que la existente entre el capitalismo y el comunismo durante la guerra fría. Es un tiempo de gran rivalidad, tal y como dice el subtítulo del libro de Fidel Sendagorta, y es el análisis geopolítico la herramienta más adecuada para comprender este tiempo.

China es el mayor jugador global de la historia, tal y como aseguraba aquel sabio político de Singapur que se llamó Lee Kuan Yew. Es una realidad que no cambiaría ni una mayor liberalización de la economía china, ni tampoco la improbable evolución de su sistema político hacia una democracia parlamentaria. Pero el desenlace de la rivalidad entre Estados Unidos y China sería inevitablemente, según el politólogo John Mearsheimer en The Tragedy of the Great Power Politics, el conflicto. Este autor, representante del llamado “realismo ofensivo”, es fatalista, pues evoca el anunciado enfrentamiento de Gran Bretaña y el Imperio alemán en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Conviene señalar que sus teorías proceden de una lectura de la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides. El miedo de Atenas ante la ascensión de Esparta provocó una serie de guerras donde la primera fue derrotada. Sin embargo, Graham Allison, otro politólogo con el que Sendagorta se muestra bastante de acuerdo, ha insistido en que hay que escapar de la “trampa de Tucídides”: la guerra no es fatalmente inevitable. Hay un espacio para la libertad humana que Mearsheimer no contempla.

Con todo, el riesgo de conflicto existe. Era menos visible hace unos años cuando se hablaba del «ascenso pacífico» de China, pero ahora Xi Jinping no deja de referirse al «sueño chino». China ha abandonado su política de ocultar sus capacidades y se estaría precipitando hacia una carrera de fondo que a mediados del siglo XXI la alzaría supuestamente a la cúspide del liderazgo mundial. Vivimos, por tanto, un tiempo de competición entre China y Estados Unidos. Un período en que los asuntos políticos se caracterizan por un flujo constante, y hay que saber aprovechar las oportunidades. Sobre este particular, Sendagorta transcribe un párrafo de un discurso del presidente chino durante el XIX Congreso Nacional del Partido: «Las ruedas de la historia no dejan de girar y las mareas de los tiempos son vastas y poderosas. La historia favorece a los que tienen determinación, impulso, ambición y enorme coraje; no espera a los indecisos, a los apáticos, ni a los que temen los desafíos». Puede que estas palabras se inserten en la tradición del pensamiento estratégico chino, aunque también me recuerdan al Julio César de Shakespeare cuando Bruto se refiere a la oportunidad de las mareas altas para lanzarse a navegar, o a Bismarck al mencionar la necesidad de agarrarse a los ropajes de la Historia. Podríamos añadir además que la pandemia representa otra oportunidad para China, a la que también se agarrará Xi Jinping en un año en que se cumple el centenario de la fundación del Partido Comunista Chino.

El libro de Sendagorta se centra en el triángulo Estados Unidos-Europa-China, si bien dedica una mayor extensión a la competición entre chinos y estadounidenses. Como europeo, el autor no deja de subrayar una realidad: Europa juega a la defensiva, mientras que China lo hace a la ofensiva. Existe el riesgo de convertirse en el eslabón débil de una Eurasia en la que dos potencias autocráticas como Rusia y China ejercerían una mayor influencia. Sendagorta publicó su libro al final de la presidencia de Trump e insiste en la percepción de que los norteamericanos estarían debilitando sus vínculos con sus aliados europeos. En otro momento de la obra, subraya la inexistencia de un diálogo político entre Europa y Estados Unidos para establecer estrategias comunes frente a China. ¿Están desfasadas estas percepciones? En mi opinión, no por completo, aunque ese diálogo político ha empezado a tomar cuerpo bajo la Administración Biden, pues la nueva presidencia, al igual que la de Trump, parece estar obsesionándose por el desafío chino y parece abogar no solo por una política de competencia sino también de contención. Esto explicaría el énfasis puesto por la Administración demócrata en la geopolítica del Indo-Pacífico, una región más extensa que el pivote asiático del que tanto se habló en la presidencia de Obama.  La obsesión por China podría, sin embargo, hacer que Europa jugara un papel secundario en la estrategia de Washington.

Los desafíos económicos y tecnológicos de China, y el papel decisivo de las redes 5G en el cruce entre la tecnología y la seguridad nacional, constituyen algunos de los capítulos más interesantes de Estrategias de poder. En ellos se resalta la audacia de los chinos, siempre dispuestos a colmar las necesidades de los europeos en su propio beneficio. Las zonas de influencia económica pueden serlo también de influencia política, de alineamiento con algunas de las posiciones de Pekín en política exterior, pero a la vez plantean problemas que afectan a la seguridad nacional. Algunos países europeos son más conscientes que otros de esta situación y responden al desafío chino con la creación de «campeones nacionales», grandes empresas competitivas, algo que no se ajusta demasiado a la filosofía originaria de la UE. Por lo demás, Sendagorta señala con acierto que el desafío tecnológico de China es una fuente de tensiones entre europeos y norteamericanos. Lo seguirá siendo, sin duda, pese al cambio de Administración.

A mi modo de ver, uno de los capítulos más interesantes del libro es el que aborda el desafío ideológico de China. Este aspecto no es percibido por muchas personas, sobre todo en España. El habitual desinterés por la política internacional hace que una parte considerable de la opinión pública se fije en la dimensión económica de China e ignore la naturaleza del régimen comunista de ese país. Muchos estarían de acuerdo en que China es una potencia capitalista y cuestionarían que tuviera un sistema verdaderamente comunista. Habría que decir que son los propios chinos los que han fomentado esa visión. Han insistido en que las reformas económicas de la época de Deng Xiaoping consiguieron rescatar de la miseria a millones de personas, que ahora pueden establecer sus propios negocios, dentro y fuera del país, y viajar al extranjero como turistas o estudiantes. La idea de comunismo se vincula a un régimen como el soviético que no consiguió éxitos económicos notables. La carcasa ideológica del marxismo-leninismo no ha desaparecido. Sigue presente en los discursos oficiales, aunque el nacionalismo tiene un peso mucho mayor. Presenta unas grandes dosis de orgullo, pues China ha dejado atrás un siglo de humillaciones impuestas por las potencias occidentales y, al mismo tiempo, ha conseguido innegables éxitos económicos que han contribuido a su proyección mundial. ¿Quién garantizaría mejor el triunfo de China? La autocracia, en este caso del Partido Comunista, y no la democracia occidental, que solo sería fuente de discordias y de debilitamiento interno. En consecuencia, según Sendagorta, existe un modelo chino de defensa de las autocracias frente al modelo occidental de democracia liberal. No es la propagación de una ideología concreta como en tiempos del maoísmo. El modelo chino rechaza la superioridad moral de Occidente y de sus valores, sus pretensiones de la época de la posguerra fría de difusión universal de la democracia como garantía de la paz. Ni que decir tiene que los nacionalismos y populismos que cuestionan el orden internacional liberal ven con buenos ojos estos mensajes de Pekín.

Merece también destacarse el capítulo dedicado a la Iniciativa de la Franja y de la Ruta (Belt and Road Initiative), eje de la política exterior china y cuyos objetivos, según el autor, son fortalecer el crecimiento de su economía, reforzar la seguridad energética, proteger las vías marítimas, promover una mayor seguridad, expandir su esfera de influencia y promover un orden internacional más propicio para el autoritarismo. Es un objetivo muy ambicioso, destinado a hacer de China el centro geopolítico de Eurasia, lo que enlaza con la tradicional teoría geopolítica de Halford Mackinder del Heartland, cuyo dominio resultaría imprescindible para ejercer la hegemonía mundial. Sería la confirmación de El retorno de Marco Polo, por utilizar el título de un conocido libro de Robert D. Kaplan, que reduciría a Europa a una mera península de Asia. Pese a todo, Estados Unidos podría salvarse de esa crisis de Occidente, que después de 1945, es un concepto relacionado con el vínculo trasatlántico. Se salvaría gracias a su condición de primera potencia marítima, pues China ha vivido durante siglos de espaldas al mar, y es ahora cuando está empezando a comprender la importancia del poder naval.

De un marcado carácter geopolítico es el análisis de Asia-Pacífico como nuevo escenario central del mundo, donde se exponen las áreas de conflicto de mayor riesgo entre estadounidenses y chinos. Washington contrapone al desafío chino el concepto de un Indo-Pacífico libre y abierto, en el que las potencias democráticas como Japón, Australia y la India juegan un papel destacado. Ni que decir tiene que la Administración Biden reforzará esta visión geopolítica, aunque China tiene a su favor su enorme peso económico que lleva a sus adversarios a tener que optar entre valores e intereses. Por lo demás, Sendagorta insiste en la necesidad de que Europa esté más presente en el escenario Indo-Pacífico y alaba el soft power europeo representado en acuerdos de libre comercio que permitan a sus socios asiáticos limitar su dependencia económica del mercado chino.

Una mayor presencia europea en Asia es uno de los pilares de una estrategia común de Estados Unidos y Europa frente a China. Se trataría de una cooperación reforzada, en la que los aspectos económicos y tecnológicos serían mucho más importantes que los tradicionales aspectos militares. Además, los países asiáticos, que se sientan coaccionados por el afán hegemónico chino, podrían sumarse a dicha cooperación. Con todo, en el escenario euroasiático existe un motivo de preocupación para europeos y norteamericanos: la continua concertación entre Rusia y China. Cada vez abarca más aspectos, aunque no se trate de una alianza formal. Muchos creen que los intereses de rusos y chinos chocarán en Asia Central, tradicional esfera de influencia de Rusia, pero este escenario no se contempla en un horizonte próximo. En mi opinión, el eurasianismo es uno de los ejes de la política exterior de Moscú desde la época de los últimos zares. Ni el comunismo ni el régimen actual cambiaron esa realidad, confirmada por el traslado de la capital rusa a Moscú tras la revolución de 1917. El enfoque euroasiático alimenta en Rusia la ilusión de que no estará supeditada a los intereses de europeos y norteamericanos, y le resulta imprescindible para autoafirmarse en su condición de gran potencia.

 Este libro de Fidel Sendagorta es, en el fondo, una defensa realista del vínculo trasatlántico entre Europa y Estados Unidos, pero para que ese vínculo no languidezca, habrá que buscarle una nueva proyección en el siglo asiático.

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