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La corrupción, bajo la lupa histórica

El alcalde de una ciudad española nos contó a un grupo de amigos, hace unos veinte años, que después de que el Ayuntamiento acordara la concesión de una importante obra pública, él –siguiendo lo que, nos dijo, era una práctica habitual– fue a ver a los directivos de la empresa beneficiaria y les preguntó, «¿Qué me vais a dar a cambio?» Consiguió, según su relato, que financiaran una actividad festiva de la ciudad, que gracias a esta aportación resultó brillantísima. Todos nos reímos. No sé si hoy, con el ambiente tan proclive a la denuncia de cualquier corrupción que existe en España, el alcalde se atrevería a hacer aquella pregunta, pero de lo que estoy seguro es de que no nos lo contaría a los amigos tan desenfadadamente como lo hizo entonces, y también que nuestra reacción sería distinta. Y es que las prácticas corruptas son uno de los principales motivos de preocupación de los españoles en los últimos años, y han tenido importantes consecuencias políticas. No hay que negar, por tanto, sentido de la oportunidad a los organizadores del Primer Congreso Internacional de Historia de la Corrupción Política en la España Contemporánea, celebrado en Barcelona en diciembre de 2017 y cuyas aportaciones recoge ahora el volumen objeto de este comentario.

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Un centrista decimonónico

Leopoldo O’Donnell y Joris (1809-1867) fue uno de los militares que desempeñaron un papel político de primer orden en la España del siglo XIX. Fue el fundador de la Unión Liberal y presidente del Gobierno en tres periodos: unos meses de 1856, entre 1858 y 1863, y entre 1865 y 1867. En este sentido, su figura es comparable a las de los generales Baldomero Espartero y Juan Prim, en el Partido Progresista, o a Ramón María Narváez, en el Partido Moderado. Fue uno de los llamados «espadones» del reinado de Isabel II, a los que acudieron todos los partidos, conscientes, como dijo el moderado Francisco Javier de Istúriz, de que «en la España actual ningún partido puede hacer nada sin el tambor, y toda la habilidad está en hacerlo tocar en las propias filas». Y es que, como constatara el republicano Emilio Castelar, al acabar el siglo, desde 1820, «todos los cambios políticos trascendentales se habían fraguado en España en los cuarteles». Los «espadones» estuvieron al frente de los grandes partidos no porque fueran destacados ideólogos o estrategas políticos –Prim sí fue esto último?, sino porque eran militares con prestigio e influencia entre sus compañeros de armas, y eso era lo que contaba.

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