RESEÑAS

Una tragedia moderna

Colm Tóibín
La casa de los nombres
Barcelona, Lumen, 2017
Trad. de Antonia Martín
320 pp. 20,90 €

El reconocido novelista irlandés Colm Tóibín retoma ahora uno de los grandes mitos griegos, una trama sangrienta de inolvidable resonancia trágica, la terrible historia familiar de los Atridas, para novelarla de manera muy personal, con esa prosa suya tan austera, impactante por su constante atención a los detalles de la escena visual y a la psicología de cada uno de los personajes. El tono, marcadamente realista y de frases cortas, contrasta, ciertamente, con la vibrante poesía del drama antiguo. La novela vuelve a contarnos, en otro estilo, la patética y sangrienta secuencia de los crímenes en el palacio de Micenas. La muerte de Agamenón a manos de su esposa, la taimada e implacable Clitemnestra, aliada con el siniestro Egisto, y la consiguiente venganza de Electra y Orestes, que acaban acuchillando a la adúltera parricida y su detestable cómplice, está repetidamente evocada ya en la Odisea homérica, pero su retumbante prestigio viene de muy famosas tragedias: la trilogía de la Orestíada de Esquilo, las Electras de Sófocles y Eurípides y la Ifigenia en Áulide de este último. Era una trama perfecta para la escena trágica, suscitadora de éleos y phobos, «compasión y terror», según la expresión de Aristóteles, quien en su Poética ya advertía que las mejores tragedias son las que escenifican «crímenes en la familia».

Es, pues, como señala Tóibín, «una historia de familia plagada de asesinatos y lucha por el poder». A él, según propia confesión, le atraen una y otra vez tales historias. Claro que, en la prosa novelesca, el lenguaje renuncia al estilo elevado del teatro antiguo, lo que da un tono más cortante al relato. Y, por otra parte, ahora el novelista tiene que explicitar quiénes son los narradores de la trama, si los actores son varios y presentan sus puntos de vista, como sucede aquí. La novela se divide en varios capítulos, con diversos narradores: unas veces son los protagonistas, como en el caso de Clitemnestra –que toma la palabra en el capítulo inicial‒ y otras, en cambio, el relato es impersonal, en tercera persona, como en el capítulo que narra al penoso exilio de Orestes  (en los capítulos que llevan el título de «Orestes»).

Este procedimiento de dar la palabra a uno y otro puede recordarnos a una novela como Medea, de Christa Wolf, donde cada capítulo es un monólogo que se pone en boca de un personaje (en tres monologa la protagonista Medea). Ahora, en cambio, los capítulos de «Clitemnestra» y de «Electra» están contados por ellas; no así las peripecias del errante Orestes y su regreso, narradas en tercera persona. Hay que decir que las dos grandes damas trágicas son las que se presentan con mayor fuerza psicológica. Ellas dos, las vengadoras, toman las decisiones fundamentales. Madre e hija son psicológicamente más fuertes en las intrigas del tenebroso palacio. Egisto, que está presentado como un tipo siniestro e implacable, tirano despiadado y bastante turbio sexualmente, se mueve amenazante, pero un tanto ensombrecido por Clitemnestra. Y Orestes cumple su papel, primero como un niño perseguido y errante (sufriendo penurias en un exilio por parajes desérticos y miserables, que no vienen de la literatura antigua), y luego degollando, de modo muy poco noble, a su madre, con un vulgar cuchillo y en la escalera del patio. No me queda claro por qué los dos hermanos no concluyen la venganza dando la debida muerte a Egisto (como sucede en las tragedias griegas).

Está claro que el novelista toma como punto de partida el relato trágico mítico. Resulta evidente que en el primer capítulo, en el que Clitemnestra recuerda cómo acaba de matar a Agamenón para castigar el sacrificio de Ifigenia, sigue punto por punto casi la tragedia de Eurípides Ifigenia en Áulide. Y la famosa escena se relata con impactantes detalles. En cambio, cuando Clitemnestra cuenta cómo dio muerte a Casandra y luego a Agamenón, ya hay más distancia. Y el novelista no concede a Casandra la garra trágica que esta figura tiene, de modo inolvidable, en el Agamenón de Esquilo (conviene anotar que, desde luego, no sería muy apropiado que Clitemnestra concediera a la famosa profetisa el impresionante relieve que tiene en el drama griego). Los detalles de la muerte de Agamenón son bastante sórdidos; la actuación posterior de Egisto, que encierra a Electra en un calabozo y trata de acabar con el pequeño Orestes, acentúa el ambiente ennegrecido.

Las distancias con respecto al mito griego son especialmente notables en el relato sobre el destierro de Orestes, llevado a una especie de refugio y cruel asilo de niños, de donde escapa con un compañero de aventuras atravesando parajes desolados y desérticos, descritos como los fríos páramos de un país nórdico lejos de los paisajes helénicos. La parte central de la novela está ocupada por esas aventuras del perseguido Orestes y se aparta sensiblemente del relato antiguo (en el mito helénico, Orestes permanecía albergado en casa de un noble huésped extranjero hasta su regreso, ya adolescente, al encuentro con Electra para cumplir juntos su venganza matando a Egisto y Clitemnestra). El final de la novela resulta un tanto ambiguo. Hay una rebelión, luchas civiles sangrientas por el poder, triunfan los rebeldes y, como era de rigor, cumpliendo su destino, un vacilante Orestes asesta el tajo mortal a su infame madre.

Sin embargo, el relato no concluye en un claro final feliz: Orestes se ve acosado por el fantasma materno, sus relaciones amorosas se enturbian y Electra se presenta a su imaginación como si, en cierto modo, ocupara el lugar de Clitemnestra. Queda, pues, un tanto ominoso el futuro en ese palacio manchado de crímenes. Y el maldito Egisto sobrevive, marginado y aun tenebroso.

Ha habido otros intentos de recontar la fatal venganza de Orestes y Electra. A veces llevando el drama a otras épocas, como en la pieza del norteamericano Eugene O’Neill El luto le sienta bien a Electra, que sitúa la trama en el siglo XIX. En el caso de Tóibín, no hay muchas referencias al tiempo; la acción transcurre en una época antigua, sin notas de arqueología. Pero es, sobre todo, el paso de la tragedia a la novela en prosa lo que impone otro ritmo y otro estilo. La narración del escritor irlandés consigue mantener un clima de suspense, con sus detalles realistas y sus diálogos escuetos y rápidos. Logra, en efecto, con sobriedad de adjetivos, una tensión angustiosa (al fondo, el oscuro telón sobre el que se recortan los personajes). Clitemnestra y Electra son las figuras mejor definidas, como ya se ha dicho, y Egisto y Orestes son más de una pieza, sobre todo el primero. En el centro queda la huida amarga del errante Orestes, que tiene sus aventuras propias, con algunos personajes menores nuevos, y, al final, un crispado ambiente de miseria y rebelión que concluye con la revuelta popular que derribará por fin la siniestra tiranía de los asesinos de Agamenón.

Colm Tóibín es un buen narrador y sabe mantener esa atmósfera trágica, que se hace más oscura y sórdida que la del mundo heroico antiguo. Esta es una recreación del viejo mito en tonos sombríos, sin la poesía que el teatro antiguo destilaba en sus diálogos y sus resonantes cantos corales. La novela nos propone, en fin, una recreación realista y angustiosa del mito trágico, de potente impacto emotivo y en un estilo que no es teatral ni épico, pero sí vivaz, algo que conserva muy bien la excelente traducción española.

Carlos García Gual es catedrático emérito de Filología Griega en la Universidad Complutense y académico electo de la Real Academia Española. Sus últimos libros editados, o reeditados, son Las primeras novelas. Desde las griegas y las latinas hasta la Edad Media (Madrid, Gredos, 2008), Prometeo. Mito y literatura (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2009), Encuentros heroicos. Seis escenas griegas (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2009), Mitos, viajes, héroes (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2011), Enigmático Edipo. Mito y tragedia (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2012), La Antigüedad novelada y la ficción histórica. Las novelas históricas sobre el mundo griego y romano (Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2013), Sirenas. Seducciones y metamorfosis (Madrid, Turner, 2014) e Historia mínima de la mitología (Madrid, Turner, 2014).

14/05/2018

 
COMENTARIOS

Francisco Muñoz de Escalona 16/05/18 20:47
Hecho de menos en esta excelente recensión de la reciente novela de Tóibín una referencia a la excelente novela de Cunqueiro "Un hombre que se paecía a Orestes" En ella se trata el viejo mito trasladando a sus personajes a una húmeda aldea gallega, en la que reina Clitemenestra y todos temen la legada del vengador de Agamenón. La aportación de Cunqueiro es que Orestes no pasa de ser una amenaza que no se confirma. Gocé harto con su recreación

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