RESEÑAS

Patología lingüística del procés

Juan Claudio de Ramón
Diccionario de lugares comunes sobre Cataluña
Barcelona, Deusto, 2018
184 pp. 14,95 € COMPRAR ESTE LIBRO

Según calcula Francesc de Carreras, prologuista de esta obra, pasan de doscientos los libros dedicados al «procés», un género que podríamos resumir como el de «¿Cuándo se jodió Cataluña, Zavalita?» Hay quienes que han hecho una encomiable divulgación para tratar los aspectos filosófico-jurídicos del intento de secesión (Pau Luque, La secesión en los dominios del lobo); quienes han desentrañado algunas mentiras basadas en la injusticia distributiva que supuestamente sufriría Cataluña (Josep Borrell y Joan Llorach, Las cuentas y los cuentos de la independencia); quienes, como hace Jordi Amat (La conjura de los irresponsables), ponderan las culpas compartidas; quienes han narrado de manera vibrante los hechos del otoño de 2017 (Rafa Latorre, Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido) o quienes, de modos diversos y para públicos y negociados variopintos, han aprovechado que el Pisuerga pasa por Valladolid para vender chatarra académica o su sulfurosa agenda de agravios personales. Y luego está la segunda edición de Contra Catalunya de Arcadi Espada, nuestro Zavalita, donde se encuentra el asiento registral del Big Bang del independentismo catalán. El libro de Juan Claudio de Ramón se incorpora al catálogo con un planteamiento original, tanto por la forma como por el contenido; también por su audacia y honestidad.

En su introducción, De Ramón, tras evocar una de las obras seminales de la filosofía analítica, Sobre sentido y referencia, del gran lógico alemán Gottlob Frege, nos recuerda las complejidades y anfibologías del lenguaje y sus usos espurios o tramposos, lo cual le da pie para desgranar ciertos lugares comunes recurrentes en la discusión sobre la «crisis catalana». Entre otros, y paradigmáticamente, el exitoso «derecho a decidir», la apelación al «federalismo» (que suele esconder de matute la «confederación») o el manoseado «catalanismo» que el autor reduce con agudeza a «la problematización del hecho de que Cataluña esté en España». Juan Claudio de Ramón también inventaría manifestaciones de lo que cabría denominar «oquedad semántica», el abuso de términos-comodín a los que sólo puede asentirse con la perplejidad de quien cree que su interlocutor está tomándole el pelo cuando, de forma campanuda y sincopada, mirando al Mediterráneo que acaba de descubrir, afirma: «es-ta-mos-an-te-un-pro-ble-ma-po-lí-ti-co». En la retórica sobre «el problema político de Cataluña» abundan estas frases, estos tumores semánticos que gripan todo diálogo porque, bien no expresan nada en realidad, bien revelan una verdad de Perogrullo: «hay que abrir espacios de diálogo», «es importante alcanzar consensos» o «España es diversa»Una magistral emulación de esa retórica fue la que hizo Félix Ovejero en «En mitad de ninguna parte».. El propio sintagma «problema político» podría presidir ese panteón.

Junto a todo ello, y ocupando la mayor parte de las entradas del diccionario, el «patólogo» De Ramón se ocupa de otras ideas, recetas o diagnósticos que, como empalizadas, enmarcan discursivamente el hablar y escribir de los nacionalistas e independentistas catalanes. Este es el «frame», no ya de hueras tautologías, sino de enunciados que, como tales, están sometidos al control empírico: ¿ha sido verdaderamente el PP una «fábrica de independentistas» ¿Es ciertamente la inmersión lingüística un éxito? ¿Es verdad, Zavalita, que «todo arrancó con el Estatut de 2006?» ¿O fue más bien el «café para todos»? El autor desmenuza eficazmente estos mantras con la brevedad exigida por el breviario, pero con conocimiento de causa, pues está muy familiarizado con un episodio semejante (el canadiense).

He dicho al arrancar esta reseña que el esfuerzo de Juan Claudio de Ramón es valiente y honesto. Me justifico. Es valiente porque el autor apuesta por formular algunas propuestas («transformacionales» en sus propios términos) que no son meros «contentamientos» para mejorar la comodidad de los ciudadanos de Cataluña (lo de la «comodidad», a buen seguro, también les suena). Por ejemplo, desconcentrar sedes del poder central o rediseñar las políticas lingüísticas a fin de alcanzar una «democracia plurilingüe». Estamos hablando, en fin, de un programa intensivo de reformas.

El Diccionario de Juan Claudio de Ramón es honesto porque no se escamotea el debate de fondo, aunque su tratamiento no pueda ser extenso. Ese debate es el referido a si cabe o no ser antinacionalista sin ser nacionalista de otro signo. Hay un nacionalismo inevitable en toda comunidad política, el nacionalismo «banal» (Michael Billig) que resulta de la necesidad de disponer de formas, fórmulas, símbolos y signos de coordinación en nuestra vida colectiva (un común día de descanso, una lengua con la que comunicarnos con las administraciones públicas, unidades de medida uniformes). Pero De Ramón no sólo concede –¿cómo podría no hacerlo?– esa inevitable dimensión de todo Estado, el mínimo para que un Estado sea «funcional», sino que asume que no hay Estado sin «una cierta base comunitaria», es decir, «símbolos, historia y emoción civil de pertenencia». Ese ethos es el que, de hecho, ciertos reconocidos comunitaristas han defendido como indispensable combustible para las políticas redistributivas de la riqueza. Para De Ramón, nuestra secular actitud vergonzante en la vindicación de un cierto orgullo patrio por lo que ha sido España (nuestra historia y nuestra tradición), y por lo que a partir de ahí hemos llegado a ser, constituiría, también, otro de nuestros déficits en la lucha contra las veleidades independentistas del nacionalismo catalán.

Se plantean preguntas, claro, sobre el alcance de esa idea «posnacionalista» de Estado, sobre ese nacionalismo cívico que defiende Juan Claudio de Ramón. Más específicamente: ¿cuánta emoción alentamos y sobre qué bases? Veámoslo con algún detenimiento.

De Ramón apuesta por una idea de la tradición que no traiga consigo una identidad monolíticamente entendida: la tradición, concebida como un conjunto de recursos culturales, puede ser adoptada a beneficio de inventario, sostiene De Ramón. Podría decirse tres cuartos de lo mismo de nuestra historia común. Así pues, el orgullo nacional habrá de ser necesariamente selectivo: «al patriota [constitucional] no le hacen falta las leyendas milenarias del nacionalista –dice De Ramón–, pero sí la historia cierta de los hombres y mujeres que nos antecedieron por una patria libre; no el Cid Campeador, Santiago Matamoros o el Gran Capitán; sino José María Torrijos, Clara Campoamor o Adolfo Suárez». Todos nos han antecedido, esto es, forman parte de un común linaje en el que no están Lincoln, Martin Luther King o Gandhi. Así y todo, esa condición no sería suficiente, pues a la circunstancia de ser «padre, madre, abuelo, abuela, etc.» de la patria habrá que sumar la buena hoja de servicios, la virtud moral y política que sí tienen unos, pero no otros, para engrosar nuestra particular lista de referentes cívicos.

Pero esto plantea un problema, o así lo entiendo yo al menos. Y es que el Cid Campeador o el Gran Capitán, es decir, «nuestros» malos ejemplos, también existieron. Usando una frase popularizada por algunos líderes de Podemos, también campanudamente hueca: «porque fueron somos». Es decir, en la larga cadena de causas que, individual y colectivamente, nos han hecho posibles, figuran, querámoslo o no, el general Mola y Torquemada, Fernando VII y Ginés de Sepúlveda, y otros tantos «despreciables» concausantes. ¿Cómo entender que queramos desprendernos de esa genealogía, como nos pide De Ramón, lamentar su existencia y el discurrir de sus vidas, a veces bien oprobiosas, si son en alguna medida la razón de nuestro ser? Parafraseando el verso de Borges, con ellos no nos une el amor, pero sí el espanto.

En un libro sugerente, Jay Wallace nos enfrenta a la cruda reflexión de si aquél que fue concebido sólo gracias a que Hitler existió, debiera por ello, en algún sentido, «agradecer» efectos subsiguientes como la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto (pensemos, alternativamente, en el hijo de una mujer violada). Resultaría monstruoso exaltar o celebrar esas consecuencias por derivarse de las mismas causas que nosotros mismos, pero, ¿cómo repudiar por entero un pasado sin el cual no estaríamos aquí para contarlo? Proscribirlo sin más sería tanto como desear que tampoco nosotros hubiéramos llegado a existir. No es que contra Franco viviéramos mejor, sino que, sin Franco, no estaríamos diciendo de él lo que ahora decimos (y, si nos ponemos nietzscheanos, no hay mundo alternativo posible en el que quitemos a Franco de la ecuación existencial y sigamos siendo tan estupendos).

Hagan entonces las cuentas de nuestra «emoción civil» según este planteamiento y de lo muy desnortadas que resultan las leyes de «memoria democrática», esas que, junto con la retirada de ciertas estatuas, símbolos y vestigios, proliferan casi en cada pedanía y que se esgrimen como una principalísima aduana de la decencia política. Así que, tal vez, la lección sea que al patriotismo constitucional no le hace falta en el fondo ninguna leyenda basada en la pura contingencia del linaje y que la emoción civil se alimenta con las buenas ideas y las historias ejemplarizantes, vengan de donde vengan. No debe extrañar que cuando Ho Chi Minh se dirigió a las masas concentradas en Saigón en septiembre de 1945 para declarar la independencia de Vietnam invocara el célebre alegato de Thomas Jefferson en la Declaración de Independencia de 1776 («todos los hombres han sido creados iguales»). Como es sobradamente conocido, serían los «hijos de Jefferson» quienes, pocos años después, ocuparían buena parte de su territorio, librando una espantosa guerra contra buena parte de su pueblo.

Todo ello a salvo, claro, de que estemos dispuestos a conceder que, en tales condiciones, habiendo sido lo que fueron nuestros predecesores, habría sido mejor que ni nosotros ni la comunidad política que conformamos hubiéramos llegado a ser. Un tributo, sospecho, demasiado alto.

Pablo de Lora es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autor de Justicia para los animales. La ética más allá de la humanidad (Madrid, Alianza, 2003), Memoria y frontera. El desafío de los derechos humanos (Madrid, Alianza, 2006), Bioética. Principios, desafíos, debates (con Marina Gascón; Madrid, Alianza, 2008) y El derecho a la asistencia sanitaria. Un análisis desde las teorías de la justicia distributiva (con Alejandra Zúñiga; Madrid, Iustel, 2009).

22/04/2019

 
COMENTARIOS

Alfonso García Figueroa 25/04/19 11:41
Magnífica reseña para un libro muy oportuno. La objeción de Pablo de Lora al rechazo de ciertas figuras de nuestra historia en ese proceso selectivo de De Ramón, quizá pudiera llevarse más allá. Me parece que cuanto más se aleja en el tiempo la figura presuntamente rechazaba (pongamos por caso Felipe II, que a mí me cae simpático desde que leí a Geoffrey Parker y Hugh Thomas, de la pérfida Albión), mayor debiera ser cierta comprensión, cierta empatía (ya que está tan de moda). Pero hay algo más. Pensar que hay un solo Felipe II resulta simplista. Quizá tuvo rasgos buenos y otros que lo sean menos y, por lo demás, existen tantos Felipes II como historiadores investiguen sobre él. Por lo demás, ya que no podemos evitar estar aquí por una relación de causalidad con ellos, ¿no es mejor tratar de aprender aquello que de bueno pudieran tener? ¿De verdad, sólo hay monstruos y santos en nuestro panteón patrio?

Francisco Martínez 10/05/19 08:32
Totalmente de acuerdo. Hay que aceptar el pasado en su integridad para poder dejarlo atrás, evitando el autoengaño y buscando la verdad. Lo explica magníficamente bien Félix Ovejero en otra reseña de este mismo número de Revista de Libros. Todo lo contrario, una catarata de palabrería vana y falacias sin fin, es lo que podemos observar en el lenguaje de los propagandistas del secesionismo.

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