RESEÑAS

José María Gil-Robles: las ambigüedades de la contrarrevolución legal

Manuel Álvarez Tardío
Gil-Robles. Un conservador en la República
Madrid, Gota a Gota, 2016
312 pp. 15 €

Manuel Álvarez Tardío es historiador y profesor titular de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Rey Juan Carlos. Su producción historiográfica se ha centrado en el estudio de la Segunda República española y el período de la transición democrática. Entre sus obras, destacan Anticlericalismo y libertad de conciencia. Política y religión en la Segunda República española, El camino a la democracia en España (1931-1978); y El precio de la exclusión, junto a Roberto Villa. Además, ha sido editor, junto a Fernando del Rey, del volumen colectivo El laberinto republicano. La democracia española y sus enemigos.

En su última obra se propone llevar a cabo una biografía política de José María Gil-Robles, centrándose en sus actividades a lo largo de la Segunda República como líder de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Álvarez Tardío describe a su biografiado como «un conservador católico pragmático, cuyas ideas no parecían tan firmes como para impedirle afrontar con flexibilidad los desafíos de un tiempo radicalmente nuevo en la política y en la sociedad española». Hijo de un doctrinario tradicionalista, se educó en colegios religiosos. En la universidad cursó dos años de la carrera de Letras y todos los que correspondían a la de Derecho. Fue «un alumno ejemplar». En 1922 consiguió la cátedra de Derecho Político en la Universidad de La Laguna. Pronto se incorpora a la redacción de El Debate y a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Igualmente, participó en la organización del Partido Social Popular. Colabora con la Dictadura en la elaboración del nuevo Estatuto Municipal. A la caída del dictador, defendió la continuidad de la monarquía. Ya en la República, fue uno de los adalides de la táctica «accidentalista», «una maniobra para arrinconar al sector duro de los monárquicos, potenciar el ala moderada de la Iglesia e intentar, a su vez, que una postura conciliadora contribuyera a desactivar la acción anticlerical de las nuevas autoridades». Para ello se fundó el partido Acción Nacional, luego Acción Popular. Elegido diputado por Salamanca en las elecciones de 1931, se distinguió por su habilidad como parlamentario. Sus intervenciones le sirvieron para ganarse el favor de la opinión conservadora. Ante la nueva legislación secularizadora republicana, Gil-Robles propuso la «revisión» constitucional dentro de la nueva legalidad. Una táctica que chocó con el boicot de la izquierda republicana y socialista. No obstante, el fracaso de la intentona golpista del 10 de agosto de 1932 favoreció el triunfo de la táctica propugnada por Gil-Robles, que meses después cristalizaría en una serie de alianzas con partidos regionales que darían lugar a la CEDA. Un partido que, según el autor, no fue «confesional», ya que gozó de autonomía respecto a la jerarquía eclesiástica, si bien pretendía hacer realidad «las fórmulas sociales del cristianismo» y la defensa «fundamental de Dios y de la Patria», la representación corporativa y el refuerzo del poder ejecutivo. Sin embargo, lo más significativo de la CEDA fue su asunción de la política de masas. En este proceso, el papel de Gil-Robles fue central. Las izquierdas consideraban los actos cedistas como «manifestaciones fascistas». No obstante, el líder católico siempre se consideró monárquico; y visitó a Alfonso XIII en el exilio. Y es que esa táctica implicaba «prepararse para dar respuestas concretas a los desafíos que planteaba la nueva legislación republicana» y «estar preparado para gobernar dentro de la República»; todo lo cual implicaba «una dosis elevada de ambigüedad y oportunismo». Por ello, señala el autor, Gil-Robles se acostumbró al empleo de «un lenguaje equívoco». A juicio de Álvarez Tardío, Gil-Robles intentó conciliar la democracia representativa con instituciones corporativas. Y aunque se mantuvo en su posición legalista, muchos de sus discursos, en el transcurso de las elecciones de 1933, sobrepasaron el nivel de la «prudencia». En alianza con otros partidos de la derecha, la CEDA consiguió ciento diez escaños, convirtiéndose en el primer partido parlamentario, lo cual puso a prueba su táctica. En ese sentido, propugnó una «política de centro» con el Partido Radical de Alejandro Lerroux. Esta táctica fue rechazada por los monárquicos y resultó sospechosa no sólo para las izquierdas socialistas y republicanas, sino para Niceto Alcalá-Zamora, el presidente de la República. Tras su apoyo a diversos gobiernos presididos por Lerroux, Gil-Robles logró la presencia de tres ministros de su partido en un nuevo ejecutivo, lo cual provocó la insurrección socialista de octubre de 1934, algo que supuso «un shock para las derechas». Gil-Robles se opuso a los indultos de los dirigentes revolucionarios, lo que provocó choques con Alcalá-Zamora. Sin embargo, logró un nuevo gobierno con presencia de cinco ministros de la CEDA, en el que Gil-Robles ocupó la cartera de Guerra. Álvarez Tardío no cree que su política en ese ministerio estuviera encaminada a la planificación de un golpe de Estado militar, sino a «rectificar rápida y contundentemente la política de Azaña», saber «con qué militares contar para asegurarse de que el sector conservador de la oficialidad volviera a controlar el mando y la política de ascensos» y «devolver al Ejército la cohesión y la disciplina perdidas en un sentido que le permitiera ser el brazo nacional de una política conservadora y antirrevolucionaria». Tras la caída del Gobierno presidido por Joaquín Chapaprieta, Gil-Robles no consiguió la jefatura del Gobierno a causa del veto de Alcalá-Zamora, algo que le irritó profundamente. Tanto es así que sondeó a los militares para que presionaran al presidente de la República, lo que «ponía en entredicho el reiterado legalismo al que Gil-Robles había apelado una y otra vez en público». La iniciativa fracasó porque el alto mando militar no estaba interesado en la labor de interferir en la vida pública. Convocadas nuevas elecciones, Gil-Robles y su partido desarrollaron una campaña caracterizada por la «ira contrarrevolucionaria». No obstante, siguió una política de «alianzas variadas» con diversos partidos de la derecha. El resultado de los comicios resultó «alarmante». Ante las coacciones del Frente Popular, Gil-Robles instó al jefe de Gobierno a declarar el estado de guerra. Su fracaso fue «un duro, durísimo golpe». La CEDA se dividió. Un sector, el de las juventudes, hacia Falange; otro hacia las tramas conspiratorias militares. En aquel contexto tan problemático, Gil-Robles denunció en el Parlamento las violencias y la inseguridad reinantes. Según el autor, «lo que las investigaciones históricas han revelado es que el líder de la CEDA se quedó, con toda seguridad, corto en la cifra de las víctimas mortales entre el 19 de febrero y el 17 de julio, que pudo estar por encima de los cuatrocientos muertos». El asesinato de Calvo Sotelo le hizo perder toda confianza en el Gobierno; e incluso temer por su vida. En cualquier caso, dio orden de que una parte de los fondos electorales de la CEDA fueran a parar al general Mola. Con el estallido de la Guerra Civil, Gil-Robles dejó de tener protagonismo político. No fue bien visto por las derechas rebeldes ni por el general Franco. Posteriormente, apostó por la restauración de la monarquía. Luego evolucionó hacia posturas democristianas.

* * *

No estamos ante la primera biografía de José María Gil-Robles, aunque tal vez sí ante la más completa y lúcida. En la historia de la historiografía dedicada a Gil-Robles y la CEDA pueden distinguirse, a mi modo de ver, por lo menos cuatro tendencias, algunas de las cuales aparecen ya en plena República. La monárquica-tradicional, muy crítica con la táctica accidentalista, representada por Julián Cortés Cavanillas, autor del libro Gil-Robles, ¿monárquico?, y que tendría su último adalid en José Gutiérrez Ravé, con su obra Gil-Robles, caudillo frustrado. La directamente apologética, con las biografías de Juan Arrabal y de Antony Boissel, cuyo último defensor ha sido Alfonso Rojas Quintana, con José María Gil-Robles. Historia de un injusto fracaso. La tendencia izquierdista, que denuncia a Gil-Robles y la CEDA como portavoces del fascismo español, representada por Paul Preston, en La destrucción de la democracia en España, y José Ramón Montero, en su historia de la CEDA. Y la que, por último, podríamos denominar comprensiva, cuyos portavoces han sido Richard A. H. Robinson, en Los orígenes de la España de Franco; Carlos Seco Serrano, en su estudio introductorio a los Discursos parlamentarios de Gil-Robles; y Javier Tusell, en su Historia de la Democracia Cristiana en España.

En mi opinión, no existe la menor duda de que el libro de Álvarez Tardío se encuentra inserto en esta última tendencia. En primer lugar, porque estamos ante una biografía política en el sentido más estricto del término. En sus páginas, no aparece el contexto social, ni el ideológico-cultural: sólo el juego político. En segundo lugar, por lo que se refiere a la figura de Gil-Robles, la posición de Álvarez Tardío no es, desde luego, apologética, pero sí favorable, aunque con matices. No hay casi un solo juicio rotundamente adverso. En las coyunturas más dramáticas, el autor encuentra la exégesis más comprensiva. De la lectura de la obra se deduce que Gil-Robles se frustró como político y como estadista en ciernes. Salvo en la construcción de un partido moderno de masas, la trayectoria política del líder católico fue una sucesión de clamorosos fracasos, un reflejo, a su vez, de profundas carencias de carácter colectivo. Una biografía es siempre, e inevitablemente, historia general que toma como punto de partida una persona singular. La trayectoria política de Gil-Robles muestra las consecuencias sociales y políticas de la ausencia de un catolicismo liberal. En la España de los siglos XIX y XX no existió una auténtica ruptura entre el trono y el altar, lo cual determinó que el catolicismo español no hubiese podido madurar en las circunstancias adversas que estaban en la raíz misma del catolicismo liberal y, luego, de la Democracia Cristiana, como ocurrió, por ejemplo, en Alemania, Italia o Francia. Por otro lado, se muestra hasta qué punto la Segunda República fue, como señaló Guglielmo Ferrero, una «forma de gobierno prelegítima», es decir, un régimen que tiene necesidad de ser sostenido contra la oposición abierta o soterrada de la mayoría de la población. Y esto vale tanto para las derechas como para las izquierdas. La política deliberadamente anticatólica del primer bienio favoreció la emergencia de un nuevo fanatismo religioso y obstaculizó la emergencia de las tendencias liberales. En rigor, existieron en aquel período muy pocos republicanos y demócratas convencidos. La Segunda República fue, para socialistas y católicos, un medio y no un fin.

Así vistas las cosas, ¿resultó operativa la táctica propugnada por Gil-Robles? Cabe ponerlo en duda. Podemos llegar a la conclusión de que, en realidad, careció de virtualidad, dado que no convenció a nadie. Gil-Robles y su partido tenían ante sí tres alternativas: conducir a su electorado a la fidelidad a la Segunda República; otra era acabar con el nuevo régimen; y la intermedia era la del posibilismo. Como luego se vio, esta táctica podía ser operativa a corto plazo, pero comportaba graves riesgos. ¿Adónde conducía? A mi modo de ver, a lo que podemos denominar, siguiendo a Carl Schmitt, «contrarrevolución legal», paralela a la «revolución legal» llevada a cabo, en el primer bienio, por los republicanos y socialistas. Ambas tenían por objeto servirse del aparato del Estado, una vez conquistado por métodos legales, para transformar las estructuras sociales y políticas, ya sea en sentido conservador, ya sea en sentido revolucionario. Estaba claro que la cultura política de los católicos no era liberal ni democrática. Su ideal era un Estado corporativo sin partidos políticos. Lo cual no significa que Gil-Robles y los suyos fueran «fascistas». Desde la perspectiva tradicionalista, su rechazo del fascismo fue completamente coherente. En ese sentido, tiene toda la razón Álvarez Tardío cuando dice que los actos de masas de la CEDA parecían más «romerías» que manifestaciones fascistas. Eso lo sabían mejor que nadie las izquierdas españolas. Como se dijo a la altura de 1933 en un editorial de El Socialista: «El fascismo es un movimiento de masas y nuestros reaccionarios no son colectivistas; en la masa de su sangre llevan no el individualismo liberal del siglo XIX, sino otro anterior: el absolutista del siglo XVII». Lo dijo igualmente Azaña en sus diarios. Ahora bien, Gil-Robles fue igualmente el primer líder carismático de la derecha española. A ojos de sus partidarios, se convirtió en el «Jefe» e, incluso, en el «Caudillo». Un ejemplo claro de ello fue aquel enorme cartelón propagandístico alzado sobre la pastelería madrileña La Mallorquina, donde el rostro del líder católico aparecía sobre un fondo de masas como una especie de remedo de propaganda totalitaria. La retórica de Gil-Robles fluctuó, además, entre la ambigüedad y el radicalismo. Lo cual necesariamente tenía que exasperar no ya a los revolucionarios, sino a los republicanos más moderados. Además, Gil-Robles nunca reconoció la legitimidad del régimen republicano: a lo sumo lo consideró «accidental» y siempre se autodefinió como monárquico. No fue liberal y demócrata hasta los años sesenta del pasado siglo. Como consejero de Juan de Borbón, fue uno de los redactores de las Bases de Estoril, de 1946, en las que se perfilaba una monarquía tradicional, corporativa y confesional. Casi parecía un texto elaborado por su padre, Enrique Gil Robles. De buscar un paralelo contemporáneo, lo encontraríamos en António de Oliveira Salazar. De hecho, durante la Guerra Civil, Gil-Robles propugnó, frente al totalitarismo, el ejemplo portugués. Incluso podemos conjeturar con que, de haber triunfado electoralmente, la solución no hubiese sido análoga a la salazarista. Incluso estimo que no hay que descartar que hubiera pretendido restaurar la monarquía. En ese sentido, creo que Álvarez Tardío enfatiza en demasía las contradicciones entre el proyecto cedista y el de Acción Española. Y es que los fundamentos de su cultura política eran muy semejantes: tradicionalismo, menendezpelayismo cultural y corporativismo social y político. Les separaba el tema de la monarquía, a la que, como en el caso de la República, los cedistas consideraban «accidental». Pero se trataba de una diferencia puramente táctica, ya que la inmensa mayoría de los hombres de la CEDA, empezando por el propio Gil-Robles, eran, como ya he señalado, monárquicos. De hecho, cuando el partido de Gil-Robles logró fletar su propio órgano cultural, la Revista de Estudios Hispánicos, resultó ser un plagio consciente de la revista monárquica. Y, como ya he señalado, en su primera etapa como consejero de Juan de Borbón, su alternativa política fue la monarquía tradicional y corporativa. Al final, tampoco tuvo excesivos cargos de conciencia a la hora de recurrir a los militares, como en la crisis de diciembre de 1935. Su trayectoria no fue sólo ambigua, sino contradictoria. Tal fue, en fin, la clave de lo que él denominó su «triste suerte».

Manuel Álvarez Tardío ha escrito un libro claro, inteligente y valiente. Ha tenido, además, la virtud de ni dejarse resbalar por la fácil pendiente de la apología. Las numerosas contradicciones y ambigüedades de su biografiado están señaladas con ponderación, fuerza y vigor. Ha hecho, pues, genuina historia.

Pedro Carlos González Cuevas es profesor titular de Historia de las Ideas y del Pensamiento Político Español en la UNED. Es autor de Acción Española. Teología política y nacionalismo autoritario en España (1913-1936) (Madrid, Tecnos, 1998), Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días (Madrid, Biblioteca Nueva, 2000), Maeztu. Biografía de un nacionalista español (Madrid, Marcial Pons, 2003), Conservadurismo heterodoxo. Tres vías ante las derechas españolas: Maurice Barrès, José Ortega y Gasset y Gonzalo Fernández de la Mora (Madrid, Biblioteca Nueva, 2009) y La razón conservadora. Gonzalo Fernández de la Mora, una biografía político-intelectual (Madrid, Biblioteca Nueva, 2015). Es coordinador de Historia del pensamiento político español. Del Renacimiento a nuestros días (Madrid, UNED, 2016).

24/04/2017

 
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