RESEÑAS

La casa de los líos

Michael Wolff
Fuego y furia. En las entrañas de la Casa Blanca de Trump
Barcelona, Península, 2018
Trad. de Maia Figueroa, Jesús Gómez, Julio Hermoso y Antonio Rivas.
416 pp. 19,90 €

En los hábitos estadounidenses de lectura figura siempre, con un espacio tan privilegiado en el interés como extenso en volumen, el dedicado a la vida, hazañas, milagros, desventuras y escándalos de la clase política del país. En particular, en lo referido a los presidentes. Es un género que, naturalmente, cuenta en su haber con una larga y brillante nómina de profesionales dedicados a la historia –no en vano, los llamados «presidential historians» cuentan con un especial reconocimiento entre los colegas del ramo‒, pero que se ve habitual y frecuentemente enriquecido por volúmenes pegados a la realidad del momento y cuyos autores suelen tener el periodismo como profesión. Unos y otros cubren exhaustivamente, y en general con ilustrada prosa, los detalles más insignificantes o trascendentes de la trayectoria de los mayores y menores dirigentes del país y forman por sí mismos un capítulo de imprescindible recordación para una ciudadanía que tiene a gala conocer la complejidad de su peripecia para, en lo posible y deseable, aprender de ella. Es, por lo demás, un género poco o nada dado a la hagiografía y nutrido de, por lo general, cuidadosas investigaciones. Aunque luego no falten quienes, por sí mismos o por encargo, tengan la tentación de poner en duda su veracidad. Y, como es fácil de adivinar, tiene en la Casa Blanca y en sus habitantes un foco privilegiado de atención.

Tarea poco menos que imposible sería la de ofrecer un detalle de los libros dedicados al tema, aunque algunos de los considerados clásicos pueden servir de ejemplo. David Halberstam, gran periodista y singular reportero, buceó con rigor ejemplar en las relaciones personales y políticas que lastraron la vida estadounidense desde los años setenta hasta bien entrados los noventa del pasado siglo. Todos recordarán la prodigiosa aventura de Bob Woodward y Carl Bernstein cuando, como jóvenes reporteros de The Washington Post, desvelaron los secretos del luego conocido como «Watergate», contribuyendo con ello a la caída del presidente Richard Nixon. En 1986, Christopher Buckley había publicado como farsa un tomo que ahora podría resultar profético, titulado The White House Mess. Y hace todavía pocos meses, Chris Whipple dio a la luz The Gatekeepers. How the Chiefs of Staff Define Every Presidency, un interesante recorrido por los colaboradores más inmediatos de los inquilinos en la mansión presidencial y su influencia en las decisiones del poder ejecutivo. Y para quienes prefieran la pantalla televisiva a la letra escrita, siempre quedarán The West Wing y la desmesurada House of Cards.

Michael Wolff y Fuego y furia se incluyen en ese género. Wolff, conocido periodista en tareas de investigación, tiene en la especialidad una larga carrera, de la que se recuerda sobre todo su nada caritativo retrato de Robert Murdoch, el temido dueño de múltiples medios de comunicación y espectáculo en ambos lados del Atlántico angloparlante. El libro de ahora es, ante todo, un entretenido y a ratos sorprendente recorrido por los pasillos del poder en la Casa Blanca habitada por Donald J. Trump. Cuya figura, intelecto, capacidad y carácter, como saben ya todos los que hayan leído el libro o tenido alguna referencia del mismo a través de los medios de información, quedan puestos seriamente en entredicho. Como resultado de la agitada confusión que en Estados Unidos, y muy en particular en Washington, ha despertado la peculiar personalidad del hombre de negocios neoyorquino convertido en presidente, Fuego y furia ha tenido un éxito espectacular, que ha alcanzado de la noche a la mañana millonarias cifras de ventas y se ha convertido en centro de atención predominante en medios de comunicación, cenáculos políticos, círculos intelectuales y charlas de café. Al conocer los primeros avances del todavía no publicado volumen, la Casa Blanca reaccionó con virulencia, exigiendo a los editores que no lo pusieran a la venta y amenazando eventualmente con acciones legales para impedir su circulación. Los editores replicaron adelantando la fecha en que el libro llegó a las librerías, desafiando con ello las intenciones del Ejecutivo y aprovechando, de hecho, la amenaza como reclamo para multiplicar el éxito de la publicación. Al mismo tiempo comenzaron a circular por las redes en formato pdf, y sin indicación de origen, versiones íntegras, aunque no paginadas, del texto supuestamente escandaloso, pronto atribuidas a una maniobra que la misma Casa Blanca habría orquestado junto con Wikileaks para intentar reducir las ventas del libro original. Misión también fallida: la gente siguió haciendo colas en librerías y supermercados para hacerse con el volumen. Y, una vez digerido y contemplado el alboroto, y vistas las citas que, como anzuelos, habían comenzado a aparecer en las redes de todo tipo y condición, y una vez leído el libro, ¿merece la superlativa atención de que ha estado rodeado? ¿Cuenta algo que no fuera ya sabido de Trump y su entorno? ¿Es simplemente un panfleto oportunista al uso, o encierra alguna ilustración válida sobre la época y los tipos que la definen? ¿Son ciertas las cosas, dimes y diretes que cuenta, o sólo producto de una imaginación aprovechada y calenturienta? En definitiva, ¿merece la atención que ha suscitado?

Es ya bien sabido, y admitido por el propio protagonista, que la principal «garganta profunda» con que contó Wolff para hilvanar su relato fue Steve Bannon, quien fuera durante la campaña electoral de Trump su consejero ideológico y quien, durante los primeros meses de la presidencia, pareció contar con el favor y el oído presidencial antes de que fuera defenestrado en el fragor de las batallas domésticas que el libro describe. Bannon, cuyas proclividades y creencias lo sitúan en la extrema derecha radical y cuasianarquista, encontró en Wolff un oyente atento a sus fobias y frustraciones, y son claramente de él las más virulentas descalificaciones que sobre Trump figuran en el texto y las no menos acerbas críticas sobre el bando que en la Casa Blanca se le opuso, integrado fundamentalmente por el «clan» familiar de los Trump. Es Bannon, a través de Wolff, quien pone en duda la capacidad intelectual del presidente e incluso su misma estabilidad emocional, quien lo describe como sujeto incapaz de concentrar su atención en nada sustancial, alguien ayuno de lecturas y sólo compulsivamente alimentado por la televisión. En realidad, nada nuevo o que antes no hubiera sido comentado privada o públicamente. Pero el texto de Wolff añade veracidad al relato y lo dota de consistencia cuasinotarial. Steve Bannon, que fue invitado a salir de la Casa Blanca hace ya un cierto tiempo, ha sido definitivamente condenado por Trump a las tinieblas exteriores:

«en realidad, el que ha perdido la cabeza ha sido Steve», sentenció Trump al conocer el alcance del libro y antes de organizar una insólita sesión negociadora sobre la emigración con parlamentarios de ambos partidos para demostrar que él, como luego afirmaría en un tuit, es «un genio estable»; ha pedido excusas, pero no ha expresado ninguna retractación. La misma Casa Blanca, aun condenando la publicación, no ha puesto en duda su veracidad. Y el libro, que en esos terrenos es gráfico, pero no necesariamente novedoso, sí incluye algo hasta ahora desconocido: el hecho de que Trump y sus inmediatos seguidores tenían asumido que perderían las elecciones, a las que el magnate de la construcción había concurrido a efectos puramente promocionales, sin preocuparse de imaginar la organización de su gobierno, la selección de su personal y la orientación de sus políticas. Ello explica también, según Wolff, que el general Michael Flynn, que ocupó brevemente el importante puesto de consejero nacional de Seguridad al comienzo de la andadura Trump, hubiera desdeñado cualquier consejo que le avisara de que percibir cuarenta y cinco mil dólares por una conferencia dada en Moscú al amparo de Putin podía crearle problemas éticos y de incompatibilidades una vez instalado en la cercanía del poder ejecutivo. Flynn, según Wolff, tenía pensada la coartada: «Da lo mismo: al fin y al cabo, no vamos a ganar».

No cabe dudar de la veracidad de lo que Wolff narra. Salvo pequeñas inexactitudes, su relato parece corresponder a la realidad de un organismo, la Casa Blanca, ni más ni menos, habitada por el caos, la desorganización, la pendencia entre bandas rivales y la lucha por el acceso a un jefe voluble e imprevisible. No han sido otras Casas Blancas prodigios de santidad, pero, en materia de desorden, esta de Trump parece llevarse la palma. Y los escarceos entre quienes en ella quedaban del Partido Republicano tradicional y los reventadores profesionales del equipo de Bannon, sumados a las reclamaciones de proximidad en que viven la hija Ivanka y el yerno Jared Kushner, así como las tendencias egocéntricas de un Trump ajeno a cualquier cosa que no fuera su propia persona, merecen una mirada entre divertida, atenta y, eso sí, harto preocupada.

Porque, más allá de la anécdota escandalosa, sorprendente o jocunda, queda el análisis nada banal de las corrientes, entre personales e ideológicas, que han venido poblando la mansión presidencial durante el primer año de la etapa Trump. Del republicanismo tradicional, hecho de convenciones conservadoras conocidas y comportamientos registrados en la tradición del partido, nada queda en el entorno del primer centro de poder. De la provocación permanente instalada por Bannon y sus secuaces ha desaparecido el cabecilla, pero no sus tentaciones, que siniestramente encarna Stephen Miller y que, como bien se observa, están cargadas de populismo radical, nacionalismo a ultranza, xenofobia latente y apenas velado racismo. Es decir, los componentes mostrencos del “America First”. Del organizado desorden en que se deleita Trump para horror y confusión de sus subordinados, se ha transitado a un sistema cuasicastrense, no por casualidad encarnado por el general John F. Kelly, el nuevo Chief of Staff, encargado de, en lo posible, encarrilar los incontenibles impulsos depredadores de Trump a través del tuit y preocupado con mantener cerrada a cal y canto la puerta que da entrada al Despacho Oval. Y de todo ello da Wolff puntual y analítica noticia, en un texto bien escrito, que se lee con fluidez y que despierta tanto la fruición del sucedido como la ceja arqueada de la inquietud. Entre líneas se percibe lo evidente: la institucionalidad estadounidense, eso que David Halberstam denominaba «the powers that be», hecha de tradición burocrática, disciplina militar, previsibilidad económica y proyección internacional, está intentando por todos los medios a su alcance encapsular al inesperado presidente en una célula de responsabilidad hasta tanto no se alcancen tiempos mejores. Queda al albur profético de cualquiera adivinar si, dados los mimbres con que Wolff construye su historia, ello será alguna vez posible.

Fue en agosto de 2017, en la localidad de Bridgewater, en el Estado de Nueva Jersey, en un club de golf de su propiedad, cuando Trump, dirigiéndose directamente al sátrapa norcoreano Kim Jong-un con motivo de una de sus habituales diatribas antiestadounidenses, dijo aquello de que «sería mejor que no profirieran más amenazas contra Estados Unidos. Serán respondidas con un fuego y una furia tales como el mundo no ha visto jamás». Fue una de tantas exclamaciones trumpianas, realizadas en el calor del momento y sin ninguna reflexión previa. Apuntaba claramente a una posible represalia nuclear y sería complementada algo más tarde con aquella en que Trump, de nuevo enfrentándose al norcoreano, y en una pelea que recordaba la que los niños suelen mantener cuando comparan la distinta longitud de sus atributos, alardeaba de poseer un «botón nuclear más grande» que el del dictador asiático. Ambas causaron escalofríos en la opinión pública estadounidense y mundial. Al recoger «el fuego y la furia» como título para su texto, Michael Wolff ha sabido captar la esencia del fotografiado. No hay ninguna razón para esperar que cambie gran cosa en el futuro.

Javier Rupérez es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Sus últimos libros son El espejismo multilateral. La geopolítica entre el idealismo y la realidad (Córdoba, Almuzara, 2009), Memoria de Washington. Embajador de España en la capital del imperio (Madrid, La Esfera de los Libros, 2011), La mirada sin ira (Córdoba, Almuzara, 2016) y, con David Vítores, El español en las relaciones internacionales (Barcelona, Ariel/Fundación Telefónica, 2012).

12/03/2018

 
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