Una guía hispanófoba para dummies independentistas


España: la historia de una frustración
Josep M. Colomer
Barcelona, Anagrama, 2018
304 pp. 19,90 € COMPRAR ESTE LIBRO

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La hispanofobia probablemente constituya la última manifestación de racismo que no sólo goza de representación parlamentaria, sino también de inexplicable respetabilidad intelectual. El último libro de Josep Maria Colomer es una prueba fehaciente de esa excepcionalidad. Es de suponer que sus generalizaciones estigmatizantes sobre españoles, hispanos o gentes del Sur habrían sido condenadas de inmediato al ostracismo si se hubieran referido a negros, musulmanes, judíos, eslavos, gitanos o personas de orientación no heterosexual; pero algo me dice que la corrección política, que tiene sus intereses y sus caprichos, contendrá su vehemencia ante esta suerte de Guía Routard por la España negra dirigida a dummies independentistas.

Según Colomer, los «habitantes de la Tierra de Conejos» (p. 15) conforman «un paisanaje que duda entre la apatía, el cinismo y la bullanga» (p. 14). Se trata de «una población devota de las tradiciones locales, que tiende a considerar que el trabajo es un castigo divino, [que está] habituada a escudriñar a cualquier extraño en la calle, inclinada a discutir en tertulias interminables y a matar el tiempo en bares y cantinas» (p. 270). En el exterior, Colomer, fan confeso de la Commonwealth (p. 13) hasta incurrir en patrioterismo británico (pp. 48 y ss. y 147), se refiere con desdén a la «imaginaria» comunidad de hispanohablantes que llamamos «hispanidad» (pp. 59 y ss. y 142 y ss.) y trata de ridiculizar insistentemente las medidas de promoción de la lengua española en el exterior (desde el Instituto Cervantes al Festival de Eurovisión (!), p. 167). Dentro de España, imputa absurdamente al castellano una tiranía lingüística (pp. 159 y ss.), de la que es precisamente víctima en Cataluña, donde se le niega al menos al 64% de sus habitantes el derecho constitucional al uso de su propia lengua castellana en las escuelas.

Ante tanta imaginación, resulta tentador suponer que nos hallamos ante una intrigante obra de ficción, pero su autor nos ha informado pronto de que estamos ante «un ensayo interpretativo» (p. 9). Aunque no conozco ningún ensayo que no sea interpretativo (cosas de las ciencias sociales), quizá Colomer quiso reconocer así la falta de objetividad y rigor de su «interpretación de varios aspectos importantes de la España actual a la luz de su historia moderna […] [y su] interpretación de historias pasadas a la luz de la España actual» (ibídem). Esa será la única luz que brillará en las páginas de este libro lúgubre y sórdido, que se empeña en sumir a nuestro país en sombras y tinieblas hasta volverlo irreconocible a la luz (ahora sí) de la evolución que durante los últimos cuarenta años han experimentado la economía, la cultura democrática, la educación, la sanidad, la protección social, las mores, las Fuerzas Armadas, el arte, la cultura, la descentralización, la integración en Europa o las políticas de género. Y, sin embargo, apenas existe algo, ya sea en estos cuarenta años de éxito constitucional o en nuestra historia más remota, que merezca no ya el aprecio, sino el respeto de Colomer. Bien pensado, la falta de ecuanimidad de este libro resulta tan burda que quizá sólo halle su lugar en el subgénero de terror propagandístico de la leyenda negra hispanófoba, a cuyas servidumbres los españoles nos hemos resignado durante siglos. María Elvira Roca Barea ha identificado en Imperiofobia y leyenda negra algunos tópicos recurrentes que el libro de Colomer viene a satisfacer, se diría que de manera obediente: inmisericorde crítica interior, inexplicabilidad del imperio, racismo o elitismo y respetabilidad intelectual. Veámoslo.

La inmisericorde crítica de los propios españoles es de todos conocida y casi por todos practicada, y hacerlo con algo de rigor y elegancia sería de agradecer, pero Colomer renuncia a ello. Siguiendo un método sensiblemente anecdótico, busca confirmación de tesis etnográficas en un «refrán» (sic) como «más papistas que el papa» (p. 43) o en el tango Cambalache, que aparece por ahí (pp. 96 y ss.), no se sabe muy bien en apoyo de qué. Quizá por una vocación divulgadora que se le ha ido de las manos, el autor nos descubre citas que jamás habíamos escuchado, como «¡Que inventen ellos!», «En España, investigar es llorar» o fuentes desconocidas como el «Vuelva usted mañana» de Larra (p. 29). No contento con tal exhibición de erudición, consigna la aclaración wikipédica de que Quevedo fue un «cortesano gruñón y escritor satírico» (p. 34), lo cual no se sabe bien si responde a las pocas luces que espera de su lector objetivo o al poco interés que tiene por la historia de nuestra literatura, lo cual se confirmaría por vía estilística en el castellano anodino en que está escrito el libro. Tras sus simplistas referencias a la picaresca española (pp. 94 y ss.) late una preocupante confusión de fantasía y realidad, necesitada con urgencia de diagnóstico oftalmológico. En la distorsionada España de Colomer, se diría que los españoles vivimos inmersos en el Pascual Duarte de Cela o en Las Hurdes de Buñuel. Y ya que Colomer bucea o chapotea en la literatura de nuestro Siglo de Oro para buscar en ella las esencias del pueblo español, podría haber considerado la opinión de algunos especialistas que nos han mostrado cómo nuestros escritores adoptaron en muchos casos la narrativa de la Leyenda Negra en un ejercicio de lo que se ha denominado a veces «autoetnografía». Autoetnografía es la estrategia que siguió la gran Tina Turner cuando ofreció a la audiencia supremacista wasp lo que quería ver: el estereotipo de la mujer negra hipersexualizada. Pues bien, algo semejante hizo Lope de Vega cuando caracterizó a su arquetipo español tal y como quería el resentimiento acumulado por tantas potencias sometidas al poder español.

La tesis central del libro consiste en que España es un Estado que se lanzó a construir un imperio demasiado pronto (como si uno fuera previendo esas cosas), sin haber consolidado previamente un Estado. Ciertamente, de haber contado con satélites geoestacionarios, Felipe II podría haber organizado mejor su expansionismo y tampoco habría estado mal disponer de portaviones nucleares; por no hablar de oficinas de planificación familiar, talleres de género y ombudsmen; pero reprender a aquellos gobernantes de hace cinco siglos por haber carecido de más vista, de instituciones más modernas y de mejor tecnología parece poco caritativo; aunque no sea necesario entrar en detalles, porque de lo que se trata aquí es del segundo rasgo de imperiofobia de Colomer: la inexplicabilidad del imperio. Lo que Roca Barea llama «síndrome del Imperio inconsciente» es un elemento vertebrador del libro de Colomer, quien asegura que España en 1492 (cuando «se jodió», dice él, en la página 12) era «tan pobre como [la] Gambia» actual (pp. 25 y ss.). Se trata de un anacronismo irrelevante cuando consideramos que Roma podría tener en el siglo VIII a. C. un presupuesto más pobre que el de Pineda de Mar, por ejemplo; algo que, por cierto, sólo extrema mi admiración ante las formidables disposiciones de una comunidad capaz de progresar cohesionada en pos de un ideal como el de la æternitas romana. Cuando Colomer trata de explicar por qué España no pudo mantener sus quince millones de kilómetros cuadrados de imperio, en realidad está buscando otra cosa. A Colomer, el imperio español no le parece tanto inexplicable cuanto injustificable. Lo que quiere decir (aunque él quizá no lo sepa o no lo quiera confesar) es que los españoles no merecían su imperio. Quizá lo merecieran los ingleses o los franceses; quizá los catalanes, quizá los vascos; pero no los españoles. Pero no se lo tomemos a mal. Al fin y al cabo, ni los intelectualistas (y xenófobos) griegos se explicaban el éxito de los incultos romanos; ni los sofisticados europeos salen de su estupor ante la hegemonía gringa; ni los refinados humanistas italianos, ni los ilustrados franceses en sus salones, ni los erasmistas nórdicos pudieron (i. e. quisieron) explicarse jamás la hegemonía española. Hispania, simplemente, non placet, dirá Erasmo y no gusta, para más inri, porque los españoles éramos sospechosos de sangre turbia, mora y marrana. Nos llaman racistas los racistas (pp. 155 y ss., por ejemplo), como nos confirma Colomer cuando concede valor «explicativo del caso español» (de «nuestra mezcla de pueblos», p. 270, pero también de «los países a lo largo del Ecuador», p. 51) a la afirmación de Montesquieu de que en lugares de clima caluroso «no hay curiosidad, ni empresa, ni generosidad de sentimiento; las inclinaciones son todas pasivas; la indolencia constituye la mayor felicidad» (p. 27). Con elitismo entreverado de bobalicona anglofilia (pp. 48 y ss.), Colomer desprecia a diestro las manifestaciones culturales y religiosas de toda España (pp. 152 y ss.), y a siniestro nuestros movimientos obreros «primitivos, rebeldes y asilvestrados» (pp. 106 y ss.) e «intelectualmente débiles» (p. 108). De la quema no se libra ni el liberalismo de «La Pepa», Constitución tan liberal que cedió su calificativo a todos los liberales que en el mundo han sido. Y, por no gustarle, a Colomer no le gusta ni siquiera el fútbol. La verdad es que a mí tampoco me vuelve loco, aunque desconocía yo que sólo moviera masas en nuestro país (pp. 177 y ss.). Aunque en unos términos sospechosamente vagos («la corrupción está más extendida que en la mayoría de los países europeos», p. 104), me parece bien que Colomer se queje de la corrupción, si bien considerarlo un fenómeno singularmente hispano me parece ir demasiado lejos.

Quizá la hispanofobia sea el último reducto de racismo biempensante, porque se ha considerado conveniente mantenernos presos de la ambigua condición de etnia opresora y oprimida. Se nos desprecia, así, por ser los más pobres y los más poderosos (a pesar de que no seamos ni lo uno ni lo otro) y con tal pretexto se nos persigue en lugares tan diversos como Estados Unidos (wetbacks) o Cataluña (charnegos). El libro que aquí se reseña es en sí mismo una prueba de esa hispanofobia reinante y del buen tono que la ampara. No deja de ser significativo, en fin, que su autor lo concibiera desde la cátedra Princesa de Asturias en Georgetown (Estados Unidos), una plaza impulsada, como cabe imaginar al estar así bautizada, con el noble fin de defender, entre otras cosas, el buen nombre de nuestro país. Tras conocer este libro y su circunstancia, ¿cabe sorprenderse de que fuera también titular de esa cátedra la fugitiva de la justicia, Clara Ponsatí, protagonista de la algarada de octubre en Cataluña? ¿Cuándo dejaremos de echar piedras sobre nuestro propio tejado?

Alfonso García Figueroa es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Castilla-La Mancha. Sus últimos libros son Criaturas de la moralidad. Una aproximación neoconstitucionalista al Derecho a través de los derechos (Madrid, Trotta, 2009) y Praxis. Una introducción a la moral, la política y el derecho (Barcelona, Atelier, 2017).

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