RESEÑAS

Sinfonía de una gran ciudad

Francisco Uzcanga Meinecke
El café sobre el volcán. Una crónica del Berlín de entreguerras (1922-1933)
Madrid, Libros del K.O., 2018
224 pp. 15,90 € COMPRAR ESTE LIBRO

El final de este libro se conoce nada más leer el subtítulo, pues una crónica de Berlín que arranca en 1922 y acaba en el fatídico año 1933 lo anticipa todo. Pero es mérito de Francisco Uzcanga Meinecke que en el transcurso de este libro nos enamoremos de tal modo del protagonista, el Berlín de entreguerras, que cuando por fin llega el esperado final, la congoja generada nos acompañe durante días y permanezca mucho tiempo con nosotros tras cerrar la tapa. Qué triste final para tanta maravilla. Qué habría sido de Europa si toda esa explosión de talento única en su especie hubiera seguido reuniéndose sine die en el Romanisches Café, divirtiéndose, sableándose, criticándose y generando tal explosión de creatividad que aún hoy los turistas que se distraen por un Berlín reinventado por completo buscan en vano su pista entre lo que hace poco fueron sus ruinas.

Uzcanga Meinecke, doctor en Filosofía y Letras por la universidad de Constanza y actualmente director de los departamentos de Español y Estudios Culturales en el Centro de Idiomas y Filología de la Universidad de Ulm, demuestra en este libro ser un coreógrafo literario de altura. Como todos los coreógrafos, juega con el tiempo y el espacio, desplazando los cuerpos, convirtiendo con hábil antojo en primeros bailarines a personajes deslumbrantes que unas páginas después reaparecen como miembros del coro. Salta con naturalidad del pasado al presente y de la vida de los demás a la suya propia. Ilustra sin complejos la gran inflación de 1923 con los bonos de cien mil marcos heredados de su bisabuelo alemán, nos presenta la serie completa de la emblemática revista Die Weltbühne que adquirió por solo cincuenta euros a un anticuario –¡menudo golpe de suerte!– y se pregunta en passant si su antepasado pudo haber coincidido con Tucholsky en la columna de abastecimiento de Verdún. Pero también relaciona la llegada del suabo Bertolt Brecht a Berlín con la actitud antisuaba de los berlineses de hoy y compara el auge del periodismo berlinés de 1926 con el amarillismo contemporáneo del diario Bild. Esos saltos los da con humildad y a veces incluso se disculpa por ellos, aunque no hay motivo: sus vaivenes entre el hoy y el ayer contribuyen a darle vida a la materia y a recordarnos que todo pasado que sea relevante se reencontrará siempre en nuestro presente.

Toda buena coreografía representa un universo, pero requiere de un escenario finito. El autor ha escogido para ello el Romanisches Café, que puede lucir con orgullo la medalla de haber sido diana del odio nazi como símbolo por excelencia de la modernidad vanguardista y degenerada del asfalto berlinés. Allí se reunieron en su día, y lo hacen hoy de nuevo en las vibrantes páginas de este libro, la flor y nata del Berlín gamberro de los felices veinte, los personajes más extravagantes, creativos y admirables que eclosionaron de las cáscaras de la Alemania imperial desgarrada por la Gran Guerra. El listado es imponente y muchos de esos nombres han pasado a la historia de la cultura europea: Otto Dix, Bertolt Brecht, Joseph Roth, Kurt Tucholsky, Alfred Döblin, Albert Einstein, Käthe Kollwitz, Else Lasker-Schüler, Walter Benjamin, Heinrich Mann... El escenario del Romanisches Café da pie al autor para dar vida a todos esos personajes, no desde el distanciamiento hagiográfico, sino desde una perspectiva cotidiana, trufada de anécdotas, trazando los hilos de filias y fobias que los unían con un respeto que bien podríamos calificar de afectuoso.

El lustre de los grandes nombres no hace caer en el olvido a las fascinantes comparsas, como el camarero filósofo del Romanisches Café, Kalle, testigo privilegiado de este mundo de ayer. O el recio portero Nietz, responsable de dirigir el flujo de clientes hacia las mesas de los «nadadores» (reservadas a los habituales) o de los «no nadadores». O el caricaturista y sablista profesional Höxter, que ideó un sistema de tarifas acorde al monedero de sus víctimas, a las que invitaba a negociar con él el monto del gorroneo.

Que sea entretenida a rabiar no significa que la coreografía berlinesa de Uzcanga sea frívola. El rigor de su investigación, camuflado de amenidad, no se percibe únicamente en las cinco páginas de bibliografía del final, que incluso dan la impresión de quedarse cortas. Su experiencia como docente e investigador se pone de manifiesto en su capacidad para proporcionar el contexto necesario a lo anecdótico. Resultan de gran valor sus explicaciones sobre la inflación de 1923, que enlaza con el asesinato de Walther Rathenau. Y en las páginas finales se agradece que en sus observaciones sobre los motivos que auparon a Hitler al poder recele del lugar común, demasiadas veces escuchado, de que el nazismo fue simplemente una consecuencia de la crisis económica y del paro.

Cualquiera que se las haya tenido que ver alguna vez con el avispero burocrático que supone identificar, buscar y pagar licencias de reproducción puede imaginarse muy bien el motivo por el que no se incluyen fotografías en este libro, aunque a veces parezca reclamarlas a gritos. Es verdad que han sido muchas las películas y las obras de arte que han querido plasmar ese Berlín agitado, multicolor y deslumbrante de los garitos berlineses de los años veinte, así que tal vez podamos hacer virtud de una probable necesidad y disfrutar del ejercicio creativo de proyectar, sin más ayuda que la imaginación, todo ese universo visual que ya creemos conocer sobre el armazón de palabras que nos proporciona Uzcanga.

El universo digital sigue siendo mucho más laxo en cuanto a copyright que el analógico, de modo que, si eso no nos bastara, Google nos ayudará rápidamente a saciar nuestra curiosidad mostrándonos cómo era el rostro de la escultora Renée Sintenis, a quien Uzcanga describe como «altísima, desgarbada, de rasgos aindiados y con ese aire andrógino tan propio de la época». De paso podremos ver también a golpe de clic sus esculturas de deportistas y de animales, como el Osezno que serviría de modelo para el Oso de Oro del Festival del Cine de Berlín, una de las impagables pepitas de información que encierran estas páginas.

El Berlín de los años veinte es también el Berlín de la emancipación de las mujeres, a las que la ausencia de los padres y esposos durante la Gran Guerra había demostrado que no sólo es posible vivir sin hombres, sino también que podían ejercer con éxito los diversos roles y cargos que su ausencia había dejado vacantes. Y ahí vemos con nuestra imaginación a las mujeres de aquel Berlín, caminando apresuradas durante el día con el corte de pelo a lo bubi y zapatos planos para salir luego por la noche con un cigarrillo con boquilla, liberadas por fin de la faja de sus madres y abuelas, descaradas, libertinas y tremendamente vivas. Y si en Berlín había un café llamado a aceptar con ligereza el escándalo de que una mujer se sentara sola a una mesa para tomar una copa, era el Romanisches Café. Ahí vemos durante la lectura a la periodista Sylvia von Harden inmortalizada en un célebre cuadro de Otto Dix, la escritora Else Lasker-Schüler y la escultora Käthe Kollwitz, entre tantas otras.

Volcánica fue, como sugiere el título, la explosión de euforia de aquel Berlín: en 1924 se terminó el aeropuerto de Tempelhof, se inauguró el tren metropolitano, se celebró la primera feria de radiofonía y se abrió el observatorio Einstein para probar la teoría de la relatividad. Todo en Berlín se movía. Se abrían espectáculos y cines por doquier y, de pronto, con tanta demanda, dedicarse al arte podía resultar incluso lucrativo. La cultura se había convertido en un fenómeno de masas, atrayendo a personajes con talento de toda Alemania. El gran éxito y el papel emblemático del Romanisches Café se explica en gran parte por su función de reunir entre sus paredes a todo aquel universo cultural en efervescencia, incluyendo, por supuesto, a los ansiados mecenas.

En las últimas páginas vemos inevitablemente cómo se aproxima al Romanisches Café un hombrecito de voz aguda que lamentablemente dejará mucha más huella en la historia del siglo XX que cualquiera de los personajes que lo rodean: Joseph Goebbels, que, aun siendo también un escritor e intelectual libertino, decidió ejercer como tal en el frente contrario. Entristece especialmente saber que el Romanisches Café no tardaría en tener también una mesa para la Gestapo. Como enojada por ese sacrilegio, en 1943 una bomba aliada se lo llevó definitivamente. Actualmente tenemos en su lugar un edificio moderno de oficinas, con un muro cortina, coronado por una estrella gigantesca de Mercedes-Benz que gira sin cesar. Edificio protegido, también él se ha convertido en un emblema, aunque de otros valores muy distintos. Su nombre, Europa-Center, proporciona cierto consuelo: al fin y al cabo, una Europa unida es la única recompensa que nos ha quedado de la guerra que acabó para siempre con aquel añorado Berlín.

En El café sobre el volcán vemos todo aquello de lo que es capaz un profesor universitario cuando se desmelena y se olvida por unos días de los artículos científicos en revistas de impacto que puntúan cinco veces más para la carrera académica que un libro de divulgación, y se decide a disfrutar escribiendo y a transmitir su pasión y su conocimiento. En unos tiempos en los que las humanidades, en especial la literatura, viven horas muy bajas, en los que la lectura compite con los audiovisuales instantáneos de YouTube y de Netflix, y en los que cada vez menos estudiantes se interesan por las letras, este trasvase generoso y apasionante de la academia a la sociedad es más necesario que nunca. Al fin y la cabo, las facultades de Filología sólo tienen su razón de ser en una sociedad que aprecie lo que ellas estudian.

Rosa Sala Rose es doctora en Filología Románica y ha traducido obras de Johann Wolfgang von Goethe, Johann Peter Eckermann, Eduard Mörike, Richard Wagner y Thomas Mann, entre otros. Sus últimos libros son Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo (Barcelona, Acantilado, 2003), El misterioso caso alemán. Un intento de comprender Alemania a través de sus letras (Barcelona, Alba, 2007), Lili Marleen. Canción de amor y muerte (Barcelona, Global Rhythm, 2008), La penúltima frontera. Fugitivos del nazismo en España (Barcelona, Península, 2011) y, con Plàcid García-Planas, El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado (Barcelona, Anagrama, 2014).

28/01/2019

 
COMENTARIOS

Ricardo Bada 29/01/19 14:57
Empecé a leer esta reseña (que me ha gustado mucho y me ha despertado ganas de leer el libro) y me detuve al llegar a la afirmación de que Brecht era suabo. Imagino que sus huesos bávaros se habrán removido incómodos en su tumba del Dorotheenfriedhof berlinés. Si el error está en el libro (que es lo lógico, porque no se lo habrá inventado el colega que reseña), convendría hacer notar que Brecht nació en Augsburgo, la ciudad de los Fugger, los Welser y los demás banqueros de Carlos V, es Baviera pura. Vale.

Francisco Uzcanga Meinecke 29/01/19 16:08
Estimado Sr. Bada,
Los huesos de Brecht son bávaros y suabos.
Para aclarar el malentendido:
Como bien dice usted y se indica en el libro, Brecht nació en Augsburgo.
Augsburgo es la capital de la región administrativa de Suabia, en el estado federal de Baviera. Esta región administrativa es, a su vez, parte de la región histórica de Suabia.
Una anécdota: En el año 2014 se mancilló con ensalada de patata una estatua de Brecht en Berlín. El grupo que lo reivindicó dijo haberlo hecho por "odio a los suabos".
Atentamente,
Francisco Uzcanga Meinecke

Ricardo Bada 30/01/19 13:02
Estiimado Sr. Uzcanga Meinecke, gracias por la lección. A decir verdad, siempre he creído que Brecht era bávaro sencillamente porque nació en una ciudad bávara, no me paré a pensar en la diversidad "tribal" de Baviera, y tendría que haberlo hecho, mi nuera nació en la Suiza de Franconia. En fin, nunca se acostará uno sin aprender algo nuevo, como dicen las putas con un alto nivel de profesionalidad. Y una anécdota al final: Cuando visité la casa natal de Brecht, como redactor de la Deutsche Welle, me recibieron con un jarro de agua fría: cinco minutos antes de yo llegar se había marchado la hija de Brecht, que estaba de paso por Augsburgo y entró a ver la casa museo de su señor papá. Vale.

Angel Viñas 30/01/19 13:16
Excelente reseña, por la que felicito efusivamente a su autora y, lógicamente, también al del libro. Berlín (años sesenta) dejó una huella imborrable en mi vida y en mi carrera. Lo compro de inmediato. Ah! y vi casi todo el repertorio de Brecht en el Theater am Schiffbauerdamm. Jovencito, me enamoré incluso platónicamente de Gisela May.

Joan Lucena 30/01/19 14:27
Ha vuelto a pasar. Siempre que veo una reseña cuya autora es Rosa Sala Rose me lanzo a leerla con pasión y nunca me ha decepcionado. Los temas que trata y su enfoque son hipnóticos. Esta autora tiene entre sus logros una joya histórico-antropológica titulada "El misterioso caso alemán. Un intento de comprender Alemania a través de sus letras" y que es de referencia para comprender el caso alemán (también recomiendo a Götz Aly).
El tema me apasiona y es inmensa la bibliografía al respecto pero, tras el artículo de Rosa Sala Rose, no dudaré en comprarlo y disfrutar de su lectura.

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