RESEÑAS

Fernando VII, entre los absolutismos y liberalismos de la nación

Emilio La Parra
Fernando VII. Un rey deseado y detestado
Barcelona, Tusquets, 2018
760 pp. 25,90 €

Este ambicioso estudio sobre Fernando VII puede incluirse en una trilogía de aportaciones sobre quienes ocuparon la cumbre del poder en España, entre el ocaso del Antiguo Régimen y la consolidación del Estado nacional. En ella se incluyen la biografía de Godoy, del mismo autor, y la realizada por Isabel Burdiel sobre Isabel II. El estudio de personajes encumbrados, en el cruce de la personalidad con el ejercicio del poder, es un rasgo en común. Las tres sientan, además, bases sólidas para un relato nuevo del arranque de la España contemporánea.

Emilio La Parra deja muy altos los conocimientos sobre Fernando VII mediante una investigación en numerosos archivos, contrastando versiones y contextualizando coyunturas y personajes. Con ello el autor no sólo se enfrenta a las capas interpretativas ya consolidadas en torno al personaje. Su trabajo se sitúa sobre premisas que apenas se habían considerado cuando se trataba de establecer la trayectoria por la que la España imperial y absolutista dejó paso a la nación liberal. Una de esas premisas lleva a abandonar el supuesto según el cual las sociedades contemporáneas surgieron del triunfo radical sobre la legitimidad monárquica y la autoridad religiosa. La historiografía ha mostrado el carácter excepcional de la ruptura representada por la Revolución francesa y los procesos constituyentes en nombre de la soberanía nacional. La Revolución generó un consenso negativo, que descalificaba a quienes se hacían sospechosos de identificarse con ella. Asegurar la influencia política de las clases medias no fue un objetivo ajeno al cálculo de sus costes ni a la valoración de experiencias previas. Las sociedades nacionales europeas se consolidaron mediante la forja de una nueva legitimación monárquica, que permitió que ciertas dinastías se revitalizaran como expresión de la nación, tanto o más que el cuerpo electoral.

La figura de «El Deseado» suele llevar a un dictamen negativo sobre la nación. La función de Fernando VII en la trayectoria de España se ha valorado como si el personaje diera cuenta del rumbo del país. Al establecer una imagen de la España contemporánea, siguen actuando inercias que derivan de la tesis del «bloque de poder» aristocrático y militar o de la supuesta «vía prusiana», que habría reconvertido a los señores feudales en grandes propietarios. La perspectiva de la «débil nacionalización» o la síntesis de los dos últimos siglos como una acumulación de «excesivos retrocesos» imponen que se seleccionen de manera unilateral los supuestos antecedentes de esas situaciones «finales». Fernando VII ofrecía un material abundante como génesis de esa frustración a largo plazo: un rey sin generosidad ni valentía, egocéntrico, habituado a la reserva mental, tosco y sin escrúpulos, al que Napoleón retrató diciendo que era «indiferente a todo [...]; come cuatro veces al día y no tiene idea de nada». Que el arranque de la nación se hiciera exaltando a Fernando sólo reflejaría la fragilidad de esa afirmación nacional española. Del Vivan las caenas difícilmente podía surgir una nación libre. El fracaso del liberalismo para imponerse a un personaje tan ominoso se ha tomado como prueba de los frágiles apoyos de una política liberal claudicante.

¿Qué imagen resulta de este libro? Su estructura argumental destaca un factor poco tenido en cuenta. Como recuerda el autor, Fernando ejerció un «continuo venir de un campo a otro, el recurso al apoyo de sectores ideológicos diferentes y aun contrapuestos». Lo que destaca en esta obra es la autonomía de esos campos políticos que Fernando intentó instrumentalizar. Lejos de actuar sobre una sociedad políticamente manipulable, «El Deseado» hubo de contar con corrientes políticas, en proceso de arraigo social creciente, cuyos planteamientos desafiaban los intereses y la escasa iniciativa del último rey absoluto.

El auge de diversos lenguajes de la nación resulta decisivo en la etapa de Fernando como heredero. Su oposición a Godoy, que usufructuaba una ilimitada autoridad real, debía mucho al complejo carácter de Fernando. Pero después del libro de Emilio La Parra, las espectaculares conspiraciones de El Escorial y Aranjuez y la tumultuosa llegada al trono de Fernando no pueden catalogarse como una manipulación de impulsos antiilustrados de unas capas bajas tradicionales. El autor muestra que las maniobras del príncipe y su círculo se inscribían en la denuncia del autoritarismo de Godoy, en un movimiento en el que los fundamentos del poder –y no sólo las medidas concretas que aplicaba‒ fueron ganando importancia. Lo decisivo fue que el político extremeño suplantaba a la opinión, perseguía alternativas dinásticas y personales (en Italia, Portugal y España) al amparo de la hegemonía francesa y excluía la apelación a la nación como recurso político. Fernando se apoyó en círculos que confluían en la visión antipatrimonial y antidespótica de la monarquía. Sin duda, eran ambientes privilegiados. Pero esa oposición desarrolló una arraigada perspectiva, que insistía en el principio, contractual dentro del pensamiento anterior al liberalismo, de la translatio imperii, según el cual el poder real no procedía directamente de Dios, sino que pasaba por el consentimiento del pueblo. En ese contexto surgía la creciente demanda de seguridad mediante una Constitución. No eran sectores que evolucionaran en bloque hacia un objetivo preestablecido. En ellos coexistían influjos ilustrados y restricciones ideológicas tradicionales. Sobre todo, se decantaban en virtud de valoraciones diferentes en aquel período de experiencias inéditas.

Los fernandinos potenciaron este conjunto de activismos que impulsaban el protagonismo de la nación. Había nociones políticas y no simple agitación espasmódica en el auge del inocente Fernando. El motín de Aranjuez fue precedido por el informe del duque del Infantado al Consejo de Castilla sobre la proyectada marcha de la familia real, a fin de legitimar el golpe contra Godoy y Carlos IV. Aquel cambio de soberano mediante la intervención de la plebe se apoyaba en un patriotismo opuesto a la sumisión patrimonial a la Corona y defensor de fórmulas que transmitiesen la voluntad del cuerpo social. A partir de aquí puede entenderse lo que hoy llama la atención: la facilidad con que se impuso, durante una decisiva primera fase, la política basada en una innovadora soberanía nacional en la España antifrancesa, cuando hacía tiempo que las experiencias revolucionarias se consideraban un riesgo grave que convenía evitar. La exaltación de Fernando no era la pieza determinante, capaz de jerarquizar la dinámica de aquel escenario, como se ha dado por supuesto. El entusiasmo por Fernando, como rey legitimado por la actuación del pueblo, significaba la derrota del despotismo antinacional de Godoy. Esa afirmación nacional era obvia para los agentes de Napoleón, tanto como las limitaciones del nuevo héroe. En el conjunto heterogéneo de sus partidarios se mantuvo, durante un tiempo, una capacidad de cooperación que los posteriores enfrentamientos irrefrenables harían difícil de entender de manera retrospectiva. Un mérito de este libro consiste en mostrar esa trayectoria y sus divergencias evolutivas durante tres décadas. La declaración de la soberanía nacional en el Cádiz de 1810 constituyó ya un límite inaceptable para el obispo de Orense, el mismo que había simbolizado la lucha antifrancesa de la nación española en nombre de la soberanía que le compete. La inserción de esa soberanía dentro del contractualismo liberal, sin embargo, no tuvo enemigos eficaces hasta que las Cortes maduraron su labor, poniendo así en marcha una amplia politización. No era una afirmación nacional supeditada a la dinastía, como se vio en el fracaso de las maniobras para que un personaje de la familia real no retenido por Bonaparte, Carlota Joaquina, reina de Portugal y hermana de Fernando, sustituyera a la Regencia instaurada por el bando patriota. Fueron diputados de bandos opuestos, pero que partían de nociones tradicionales ‒el absolutista Francisco Borrull y un Antonio de Capmany integrado en el liberalismo; el inquisidor Francisco María Riesco y el liberal Manuel García Herreros‒, quienes promovieron resoluciones que descalificaban lo que dispusiera Fernando hasta que se integrara en el régimen aprobado por las Cortes o que reafirmaban que la legitimidad del rey procedía de la lucha de los españoles.

La politización liberal hizo que Fernando no pudiera restablecer confiadamente el absolutismo. La Parra demuestra el recelo del rey, consciente de esta situación, y el carácter militar del golpe de 1814. A su vez, el soberanismo de los liberales, que los situaba como criptorrepublicanos, tropezaba con las dificultades de una estrategia para imponerse que resultara eficaz en el contexto posterior a la experiencia jacobina. Su extendido apoyo social convivía con la renuencia a movilizarse en confrontación con el rey, salvo en situaciones muy concretas, como la presión popular para que Fernando aprobase la desamortización durante el Trienio constitucional. En el ocaso del modelo liberal español ‒tan atractivo en Europa, hasta su relevo por otros mecanismos, hacia 1830‒ pesaba la necesidad de ser aceptado como un liberalismo respetable, que priorizaba la legitimidad derivada de la colaboración de la Corona. Se debatía entre la definición de sus fines, que proclamaba con unanimidad declinante, y la proporción de los medios para alcanzarlos. El rey no triunfó por sus apoyos sociales; más bien aprovechó estas dificultades.

Desde 1814, Fernando se desligó del patriotismo que lo había reivindicado frente a Godoy. El absolutismo de Fernando alteró notablemente el orden anterior a 1808. Consolidó la descomposición del régimen señorial y sustituyó la vigilancia de la ortodoxia propia de la Inquisición –dirigida por jerarquías sociales con una autonomía considerable‒ por una policía centralizada. Ese nuevo absolutismo no formó parte de la Restauración europea. La Restauración no se propuso castigar las actuaciones políticas desarrolladas en las décadas anteriores. Más bien trató de integrar de forma supeditada a muchas de aquellas figuras, útiles en virtud de los cambios consolidados desde 1789. Los monarcas de la Europa absolutista ‒incluyendo al zar ruso‒ advirtieron a Fernando de que un príncipe cristiano no podía apoyarse en la represión o que debía establecer alguna representación estamental.

Fernando no cedió. Estaba limitado por la extendida politización liberal, por la quiebra del Estado y por las transformaciones que el liberalismo había originado en el ejército, un factor clave que no se daba en otros regímenes absolutistas. Frente al riesgo de un liberalismo capaz de desbordar la situación, el absolutismo de Fernando tampoco logró legitimarse afianzándose dentro del campo antiliberal. El antiliberalismo español no arraigó sólo mediante el conflicto y el martirio a manos de la revolución triunfante en el Estado, como sucedió en Francia. En España fue también una ultraortodoxia dentro del complejo del poder real, que pretendía disponer de medios y dirigentes para suprimir el riesgo reiterado del cambio revolucionario. De este modo, la opinión absolutista no se cohesionó, sino que se enfrentó en torno a la figura real. La movilización antiliberal del Trienio no venció, pero consolidó apoyos y expectativas sociales que, desde los círculos superiores, condicionaron la iniciativa del rey. Esta presión –ejercida por sus hermanos Carlos y Carlota Joaquina, y sus sobrinas Francisca (mujer de Carlos) y Teresa de Braganza‒ resultó insoportable para Fernando. Por motivos derivados de urgencias financieras, el rey pudo aproximarse al reformismo autoritario, que tendría su máxima expresión en Prusia y que inspiraba su tercera esposa, Josefa de Sajonia, cuyo perfil es una revelación de este libro. Así surgió el propósito de apartar de la sucesión a Carlos, a quien estaba íntimamente unido, y de promover en la Administración a liberales escasamente destacados. En consecuencia, la agitación absolutista no podía legitimar socialmente el rumbo de la Corona. En contraste con la Milicia liberal, los Voluntarios Realistas quedaron bajo tutela militar y carecieron de acceso al rey, al no poder dirigirle peticiones colectivas. Lejos del afianzamiento del «rey de la nación sana», lo que surgió fue el desgarro del absolutismo, que denigraba al monarca y preparaba el asalto al Estado. Esto arruinó la cohesión del antiliberalismo y restringió su potencial atractivo entre quienes temían a la revolución. Por su parte, el precario reformismo autoritario que Fernando legó a su viuda recordaba demasiado a Godoy. Ante el recurso carlista a la violencia, disponía de un margen escaso y claramente condicionado por el peso social del liberalismo.

El enlace de ciertas dinastías con la nación –bajo marcos políticos muy distintos- consolidó los Estados europeos hasta la Primera Guerra Mundial. En España, esa posibilidad sufrió un duro desgaste un siglo atrás. Por ello conviene analizar la imagen de este rey en el escenario cambiante de la sociedad. Un mérito duradero de este libro consiste en que se trata de una biografía con un constante contrapunto social, que ayuda a formar un planteamiento no lineal de la España contemporánea.

Jesús Millán es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat de València. Es editor de Carlismo y contrarrevolución en la España contemporánea (Madrid, Marcial Pons, 2000).

24/09/2018

 
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