RESEÑAS

Otro dardo afilado y certero

Eduardo Mendoza
El secreto de la modelo extraviada
Barcelona, Seix Barral, 2015
318 pp. 18,50 €

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es casi un clásico. Desde hace cuarenta y veinticinco años, respectivamente, títulos como La verdad sobre el caso Savolta (1975) o Sin noticias de Gurb (1991) perduran instalados con solidez en la memoria colectiva. Hace unos pocos meses se convirtió en el primer escritor español que recibe el prestigioso premio Franz Kafka, en reconocimiento a su trayectoria literaria, y cada año su nombre suena asociado a los premios Nobel.

Su obra, con varios registros y absolutamente personal e inimitable, refractaria a cualquier simplificación, rompe la escarcha académica de los tópicos y se salta los radares que clasifican por géneros: El secreto de la modelo extraviada, la quinta entrega de su serie sobre el detective innombrado, ni es sólo novela negra, ni de humor, ni novela social. En esta ocasión, el protagonista vuelve a investigar un antiguo caso, mal cerrado veinte años antes, cuando fue injustamente acusado de cometer un crimen y perseguido mientras recorría las calles de Barcelona de un modo compulsivo, haciendo fintas para esquivar a la policía. La historia, que cumple la regla clásica de las tres unidades, transcurre durante las veinticuatro horas que necesita para descubrir la verdad de lo ocurrido entonces y restablecer la armonía. Aunque el desastrado detective no lo habría explicado con las palabras de Sartre, tal vez sí habría firmado su sentido: «el orden del pasado es el orden del corazón», y hasta que el corazón no recupera la paz en los recuerdos, el pasado sigue siendo un lugar caótico.

A priori, el género negro no es el más apropiado para la utilización del humor. Aunque la ironía, cuando no la mordacidad, aparecen con frecuencia en boca de los detectives clásicos, la comicidad directa parece tan contradictoria con sus temas como lo sería una carcajada en mitad de un funeral. Y respecto a la tradición española, a pesar del Arcipreste de Hita, de Cervantes y de Quevedo, falta práctica y continuidad en la literatura de humor –o en el humor en la literatura–, a menudo considerado una objeción a la obra trascendente. La Ilustración en España fue seria y adusta, careció de la profunda ironía que desplegaron Jonathan Swift y Laurence Sterne en Inglaterra, o Voltaire y Diderot en Francia. Y habría que esperar a la primera mitad del siglo XX, con Ramón Gómez de la Serna, Miguel Mihura y Enrique Jardiel Poncela, para que el humor volviera a ser un recurso literario. No me refiero al chiste fácil: en su discurso de ingreso en la Real Academia, Fernández Flórez sostenía que el chiste que sólo aspira a hacer reír, sin una idea dentro, era únicamente el equivalente lingüístico de las cosquillas respecto de la risa.

Por estas dos razones, porque el género negro se resiste a la inserción del humor y por la carencia de una tradición nacional a la que adherirse, en la que confiar y por la cual sentirse respaldado, Eduardo Mendoza es doblemente original al haber creado su propia estela, en la que se mantiene fiel desde hace cuatro décadas. En El secreto de la modelo extraviada, la comicidad se consigue mediante diferentes recursos: uso de un lenguaje culto y arcaizante en boca de personajes marginales, con frecuente uso de enclíticos: «Por ensalmo vime transportado a otro lugar» (p. 12); inesperadas paronomasias: «seguían en sus manos el poder y la porra» (p. 14); ingeniosas creaciones de léxico por derivación: «jirafesa» (p. 82) o «androide» (p. 253), aquí referido al sistema operativo de un teléfono móvil; diálogos absurdos que recuerdan a Jardiel Poncela; anécdotas referidas a la comida, una parodia de la tradicional afición de la novela negra a la gastronomía; o la elección de nombres propios en los que hay algo de esperpéntico, de aquella sonoridad castiza que practicaba Valle-Inclán: así, una pareja de policías se llaman Marcial y Pelayo; un travesti, un guardia civil en excedencia que digiere vocablos en inglés y los endosa en su discurso cuando lo cree conveniente, usa el alias de Señorita Westinghouse; Llewelyn de París es un agente de modelos; monseñor Castañuelas es un obispo; don Bernabé de Paquito es director de un club deportivo.

Con estos recursos lingüísticos consigue momentos desopilantes –como la escena del footing del segundo capítulo, o los diversos incidentes que sufre la comida china del pedido que el protagonista debe repartir–, que divierten a los lectores y en los que Eduardo Mendoza se divierte a sí mismo. Casi se ve su regocijo al idear una escena, al escribir una frase inteligente e ingeniosa. El lector lo pasa tan bien que por momentos olvida que sigue en pie el enigma y que hay que resolverlo. Pero en eso consisten las buenas novelas negras post-Agatha Christie: en convertir la investigación en un camino y no sólo en un acertijo final.

La parodia, pues, es la fuerza motriz que mueve este libro, pero, como le ocurría a Don Quijote, aquí el desarraigado detective, absolutamente convencido de sus dotes para resolver cualquier misterio, es el único que no aprecia la comicidad de su comportamiento, por lo que sigue actuando impertérrito, sin darse cuenta de que su condición de enfermo mental lo convierte en un testigo no fiable en cuanto a su percepción de los hechos. Y ese contraste cervantino entre su discurso razonado, en primera persona, lleno de palabras y expresiones cultas, y lo surrealista de la realidad aumenta el efecto cómico.

En su investigación va conociendo a personajes tan marginales como él, que de forma casi natural van incorporándose a las pesquisas. Son siempre seres fracasados o subalternos y, sin embargo, no están cargados de amargura ni acidez, sino adaptados a su medio: la dueña de un restaurante en el que no entra nadie, un grupo de prostitutas, el portero de un inmueble. Personajes a los que Mendoza mira con cariño, porque la parodia, al contrario que el sarcasmo, al mismo tiempo que se burla de su modelo, lo ama profundamente. Y a la postre no deja de ser significativo que sean estos tipos estrafalarios quienes terminan por desvelar la verdad frente a la gavilla de potentados corruptos que la habían falsificado desde sus altos despachos de la APALF, una organización ficticia de empresarios catalanes que en la Transición habían montado un sistema de fuga de divisas y que veinte años más tarde, al descubrir las posibilidades de desarrollo turístico y empresarial de la ciudad, no dudan en repatriar el dinero por el mismo camino ilegal por el que salió: «Barcelona se ha puesto en marcha, eso se nota. Y cuando Barcelona se pone en marcha, los ricos ganan y los pobres pagan» (p. 181).

Estos seres marginales, que desdeñan el poder y que frente a los poderosos mantienen la misma actitud que Diógenes frente a Alejandro –No me tapes el sol–, se niegan a aceptar su jerarquía y su visión de la realidad, que sustituyen por otra interpretación y por unas relaciones más igualitarias. Es uno de ellos el que, con toda lucidez, le dice al detective: «Al final, después de una vida entera de rutina y bajeza, saqué una enseñanza […]. Dice así: el poder es un peligro. Tome nota: poder igual a peligro» (p. 223).

Desde luego, nada más lejos de la intención de Eduardo Mendoza que interponerse entre el lector y los personajes, como el apuntador oculto en la concha del escenario que susurra a los actores lo que tienen que decir. Mendoza no actúa como portavoz de la humanidad que utiliza el relato para mostrar una visión apocalíptica de la sociedad, lanzar discursos morales y regañinas por lo mal que va el mundo y repartir veredictos. Esta novela en ningún momento es súbdita de la sociología. Sin embargo, bajo su apariencia juguetona y superficial van cuajando todas las imágenes y conversaciones surrealistas que hemos almacenado durante la lectura para denunciar la corrupción de forma contundente, pero sin acritud ni altisonancia. La parodia, por esencia, no puede ser dogmática. Sin utilizar ni muchas palabras ni palabras grandes, Eduardo Mendoza expone temas trascendentes con materiales cómicos y muestra la coexistencia de lo trágico y lo cómico en la sociedad en que vivimos.

Con algunos escritores se tiene la sensación de que, llegados a una cierta altura, comienzan a repetirse y de que cada nueva obra suya no es sino una capa más de un mismo palimpsesto. Pero Mendoza sigue enriqueciendo la saga del detective innombrado sin gastar el gramaje del papel, siempre con una prosa ágil y chispeante, llena de donaire, dotada de un sentido del humor que esquiva cualquier monotonía. Con frecuencia, la novela negra es como un mendigo que merodea alrededor de la amplia casa de la literatura y que sólo en algunas ocasiones logra acceder a ella. Mendoza lo ha hecho de nuevo, aunque, acompañado por su marginal detective, lo haga por una entrada calificada como puerta de servicio.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008), Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009) y Mistralia (Barcelona, Tusquets, 2015). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005) y Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013).

18/04/2016

 
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