Octubre 2020
Revista de Libros
RESEÑAS

Todo es holón, o la esfera mágica de Cărtărescu

Mircea Cărtărescu
El Levante
Madrid, Impedimenta, 2015
Trad. de Marian Ochoa de Eribe
240 pp. 20,95 €

Suele haber algo mágico y travieso en la novela en verso. Da la sensación de que los autores de estos artefactos híbridos y aparentemente pasados de moda se sienten de pronto libres de violar casi todas las reglas del arte narrativo, o al menos de olvidarlas. Una de las cosas que el novelista común tiene que aprender tras duros años de aprendizaje es, precisamente, la libertad: la capacidad de romper leyes y barreras (entre otras cosas, éstas deben poder verse para ser violadas). El escritor joven está encadenado; el escritor maduro quizá puede empezar a volar por sí mismo. Los autores de novelas en verso, por su parte, se entregan sin dudarlo a una autoindulgencia que, paradójicamente (o no tanto), a menudo extrae de ellos lo más fresco y sorprendente y lo más hermoso. La gran obra maestra The Changing Light at Sandover, de James Merrill; la novela urbana en estrofas oneguianas The Golden Gate, de Vikram Seth; Omeros, de Derek Walcott; Summoned by Bells, de John Betjeman; In Parenthesis, del gran poeta modernista inglés David Jones, o Byrne, última obra de Anthony Burgess, son algunos ejemplos del vigor de este pequeño género discutible, que tiene como clásico indiscutible Eugenio Onegin, de Aleksandr Pushkin, y que, curiosamente, en los últimos tiempos ha disfrutado de cierto resurgir en forma de libros orientados a los lectores jóvenes, esos que los estadounidenses llaman young adults.

Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956) escribió El Levante entre 1987 y 1988, bajo la dictadura de Ceaucescu. El libro, cuya gestación es precisamente uno de sus temas secundarios, se nos presenta como un acto desesperado cuando todo estaba perdido, casi como un capricho final antes de abandonar la literatura. En un epígrafe (o epitafio) que encontramos mediado el libro, leemos: «YO MIRCEA CĂRTĂRESCU, HE ESCRITO EL LEVANTE EN UN MOMENTO DIFÍCIL DE MI VIDA, A LA EDAD DE TREINTA Y UN AÑOS, CUANDO, SIN CREER YA EN LA POESÍA (TODA MI VIDA HASTA ENTONCES), NI EN LA REALIDAD DEL MUNDO NI EN MI DESTINO EN ESTE MUNDO, HE DECIDIDO OCUPAR MI TIEMPO INCUBANDO UNA ILUSIÓN». Se trató, en un principio, de una obra enteramente en verso, en su mayor parte regular y rimado, que posteriormente, para hacerla más accesible, redujo a prosa, excepto por los numerosos poemas independientes de todo tipo que cuajan el texto. Es esa última versión en prosa la que nos presenta Impedimenta por primera vez en castellano. A pesar de no leerla en rumano y de la desaparición del verso, es posible intuir en la textura de la novela los maravillosos recovecos y caprichos a los que a menudo le obliga la rima.

En algún lugar, el autor ha declarado que su propósito era también escribir un libro análogo al capítulo 14 de Ulises, llamado habitualmente «Los bueyes del Sol», en el que Joyce procedió a imitar de forma consecutiva el estilo de diferentes clásicos de la literatura inglesa, desde la prosa aliterativa anglosajona, las morality plays y Chaucer, hasta Walter Pater y Thomas Carlyle, pasando, entre otros, por Thomas Malory, John Milton, Thomas Browne, Daniel Defoe, Laurence Sterne, Thomas de Quincey y Charles Dickens. Todo un gran juego que, por supuesto, se pierde para el lector del Ulises traducido al español. Cărtărescu realiza en El Levante, si hay que creer la contraportada del libro, un recorrido estilístico similar por la historia literaria rumana (que empieza realmente en el siglo XIX, como la rusa), pero el lector español no percibirá nada de esto, no sólo por su desconocimiento del rumano, sino también por la escasa atención recibida en nuestro país por clásicos y modernos como Mihai Eminescu, Camil Petrescu, Mateiu Caragiale, Ioan Barbu o Nicolae Breban, todos ellos (y muchos otros, es de suponer) aludidos u homenajeados en El Levante. Esto, sin embargo, no es ningún obstáculo para disfrutar del libro. Aunque imagino difícil penetrar en la verdadera naturaleza de una obra como ésta si no se conoce la lengua original (y no sólo por las parodias y las referencias), el texto en castellano que tenemos entre manos es de una belleza tan cristalina, tan luminosa y tan original que al lector le costará trabajo creer que está leyendo tan solo la sombra de un esplendor que desconoce.

«Pensaba escribir –nos dice Cărtărescu en un momento del poema– sobre un fondo musical de espineta y clave, alguna aventura marítima, una especie de opereta, pues estaba hastiado de la poesía de nuestra época». El poema, dividido en doce cantos, narra las aventuras de Manoil, un poeta romántico de principios del siglo XIX, que lucha contra la tiranía otomana sobre su patria, Rumanía. El caique que lo lleva por el mar Jónico desde Corfú hasta Zacinto sufre un ataque de piratas, los cuales, capitaneados por el terrible Yugurta, se unen a la causa de Manoil. Después irán agregándose al grupo de aventureros Zenaida, la bella hermana de Manoil, el zuavo Brillant, que aparece como por arte de magia debajo de una mesa durante un banquete, Zoe y su marido, el profesor Antropófago, que viven en una isla llena de asombrosos ingenios mecánicos y autómatas, y muchos personajes más. Los amigos viajarán en barco y en globo atravesando el mar Egeo, el mar de Mármara y el mar Negro hasta llegar a Bucarest, donde tiene su trono el malvado vaivoda, el gobernador tiránico designado por los turcos para oprimir Valaquia. El lenguaje es maravillosamente colorido y preciso, no florido, no ampuloso, aunque cierta retórica anticuada, con voluntad de suave comicidad, sobrevuela los párrafos, y el mundo que hace aparecer ante nuestros ojos es de una delicada belleza, intensamente lírica y divertida, y en él resuenan ecos de las eternas narraciones de aventuras y navegación, de las peripecias del barón Münchhausen, de Raymond Roussel, de Italo Calvino y de Jorge Luis Borges. Durante todo el libro, el narrador comenta, se dirige a los personajes (que no le oyen), guía al lector por entre las tramoyas de su poema, comenta su situación mientras escribe («Dos años de mi vida con este juguete [...]. A veces me parece inútil, otras veces lo echo de menos y leo fragmentos al azar [...]. No sé, no sé qué decir. Estamos a 1 de abril de 1988. No brilla el sol ahí afuera. Escribo a máquina en la cocina»), comienza a hacer pequeñas apariciones dentro de su propio relato (inolvidable el episodio del ojo entre las nubes) y, finalmente, se produce una situación que remite a Pirandello y a Unamuno, a quienes se nombra de forma expresa: el Autor se introduce en la novela (no desvelaré las sorpresas que esto acabará por deparar).

La estructura es la de una novela de aventuras, pero el motor y el placer del libro es el continuo juego con los distintos planos de realidad, multiplicado ad absurdum a través de cientos de pequeños fractales en una compleja construcción en apariencia caprichosa pero, en el fondo, cuidadosamente diseñada en forma circular, en cuyo centro (en el centro exacto del libro: tanto, que una sílaba de la palabra, glo-, está al final del canto sexto y la segunda, -bo, da comienzo al séptimo) hay un globo de cuarzo, que sostiene una extraña diosa llamada Hyacint, que los aventureros conocen en el fondo de una cueva en una isla del Helesponto en forma de letra H. Al mirar esa esfera de cristal, el poeta Manoil experimenta una explosión o expansión total de la conciencia y entra en una visión que después no contará a nadie y que se sitúa, no por casualidad, en el corazón de El Levante. ¿Qué quiere decirle su visión? Que el mundo es una enorme ilusión detrás de la cual hay, al menos en principio, una escalofriante oscuridad. ¿Y qué es esa esfera que está en el centro de un relato que quiere ser esférico? Aunque nunca se nos dice qué representa exactamente, Hyacint le explica de forma oblicua a Manoil: «Todo lo que parece existir está abrumado por el sufrimiento, pero, aunque la carne se marchite, en su interior hay luz, del mismo modo que del sufrimiento de la concha nace la alegría pura de la perla. Únicamente el globo de cristal no conoce el sufrimiento. No encontrarás la libertad en este mundo, donde todo está atrapado en una red. Manoil, si quieres ser el diestro centinela del mundo, libérate antes a ti mismo, y después a los oprimidos por la bota de los locos y los infames. Sumérgete en la poesía y en el ensueño, conócete a ti mismo». Uno de los temas del libro es, por cierto, la lucha política y la posibilidad de una literatura comprometida; al fin y al cabo, los protagonistas son rebeldes y revolucionarios que planean cómo derrocar a un dictador.

Pero la idea principal del libro, el motivo que se repite una y otra vez, en estructuras grandes y pequeñas, unas dentro de otras, es la irrealidad del mundo y la infinidad de planos de existencia. Todo se presenta como una maravillosa e increíblemente detallada ilusión. Hay un momento mágico hacia el final, cuando el Autor, el propio Cărtărescu, camina junto a Manoil y los demás en el interior de su propio libro: «Me esperaba que este mundo se viera por dentro lleno de lagunas, que no fuera sino barniz y pomada, que no tuviera consistencia, ni color, pues era un mundo inventado, sólo capricho y sólo perfume. Pero ahí tienes una pulga que salta de la barba de un cadí, mira esa florecita en la hierba con los pétalos húmedos de rocío. Mira, una odalisca parpadea con sus pestañas bañadas en kohl: distingo claramente cada hebra de su cabello, veo, girando en torno a su cadera, volantes espumosos. Cojo un puñado de tierra y cuento cada grano: todo es real en mi libro, al igual que en el mundo del que procedo». Por supuesto, la conclusión es que, si el mundo del libro, que parece tan real, es tan solo el capricho y la fantasía del autor, el mundo real debe de ser también un sueño o una construcción: «Todo es escritura, / Todo es holón, / Mundos planos se entrecruzan / Para formar mundos redondos», dice uno de las decenas de poemas distribuidos a lo largo del libro (la cursiva no es mía). Un holón es una estructura disipativa autopoiética (es decir, que se crea o se organiza a sí misma) compuesta a su vez de otros holones. Estos sistemas, según Arthur Koestler, se encuentran en equilibrio entre el orden y el caos, entre la información y la entropía, y ejemplos de ellos son las partículas subatómicas y el llamado multiverso. Cada holón es un todo y una parte, como, por ejemplo, un fractal, lo cual postula un universo fractal compuesto de crecientes microcosmos encuadrados en decrecientes macrocosmos. El Levante, de Cărtărescu, querría ser un holón compuesto de otros holones que canta esa misma organización del universo, el holón final, si es que eso es posible. Por último, por debajo de todas esas infinitas capas de asombrosa ilusión, se encontraría la misteriosa esfera de cuarzo de Hyacint, lo único que no es ilusión y el lugar de donde brotan todas las ilusiones. «El corazón de este mundo es el globo dulce de la poesía», leemos en el poema. ¿Es la esfera de cuarzo la poesía, es la imaginación en su sentido más trascendente, digamos blakeano?

Los personajes, en medio de todo este gran montaje metafísico y posmoderno, no son lo que más le importa a Cărtărescu, es evidente, lo cual no supone en realidad ningún problema, porque este libro, en mi opinión, pertenece más a la lírica (que es un terreno mucho más amplio de lo que suele pensarse) que a la narrativa, y como un gran y extraño poema debería leerse. Aun así, esos caracteres planos y como salidos de un cómic resultan encantadores, y, por ejemplo, el personaje colectivo que conforman los palicari y los piratas es una delicia de comicidad y colorido.

Es imposible dar siquiera una noción, en el espacio de esta reseña, de la increíble riqueza de ideas, de imágenes y de maravillosos bucles y trampantojos narrativos y líricos que se suceden casi sin interrupción en las más de doscientas páginas de El Levante. Marian Ochoa de Eribe, traductora de la obra, es, como bien dice Carlos Pardo en el prólogo a la edición, una verdadera creadora de lenguaje, y su versión se lee con la sostenida maravilla con que se lee a un maestro del idioma. Mircea Cărtărescu y su aventura mediterránea han tenido mucha suerte. Al terminarla, queda la sensación de haber leído una obra a la que se volverá a lo largo de la vida, y quedan en la cabeza como cantando una y otra vez frases que parecen versos, como este: «Oh, Levante, islas en un mar límpido como el cristal».

Ismael Belda es crítico literario y escritor. Es autor de La Universidad Blanca (Madrid, La Palma, 2015).

15/06/2015

 
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