RESEÑAS

«En algún lugar alguien salió de viaje»

Ismael Belda
La Universidad Blanca
Madrid, La Palma, 2015
88 pp. 9,50 €

En su cuento «Utopía de un hombre que está cansado», Jorge Luis Borges describía la visita a una lejana región del futuro donde los hombres, cansados del uso de la palabra, habían regresado al latín y al silencio; un mundo habitado por hombres y mujeres de elevada estatura que habían decidido prescindir de museos y bibliotecas ante la constatación de que el pasado estaba repleto de hechos olvidables, sucesos reiterados hasta la anulación. Borges, en su cuento, que él mismo seleccionó como uno de sus favoritos, insiste en la extenuación de la curiosidad en esa distópica proyección: «en las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido». La utopía se convierte en un lugar verdaderamente inalcanzable porque, más allá de cualquier fantasía que queramos desarrollar, al futuro llegaremos agotados. De alguna forma, esa idea de un espacio «posthistórico», por así decirlo, también está presente en La Universidad Blanca, el poemario recién estrenado por Ismael Belda (Valencia, 1977). En sus páginas se perfila también un viaje a un tiempo remoto que mezcla, al igual que Borges, la distorsión de nuestros hábitos actuales, el mundo que habitamos, con ciertos códigos y afectos lejanos. Sin embargo, en contraste con el cansancio borgiano, Belda esquiva la decepción y mantiene sus esperanzas en la capacidad de fabular a partir de «el reino desparejo: / millones de universos paralelos a este / que sufren una especie de deriva celeste / en la que nuestras vidas se bifurcan de forma / infinita [...]». Por eso, aunque La Universidad Blanca nos hable desde los últimos días de la humanidad, un tiempo posterior a la esperanza, sus versos transmiten un reconocible entusiasmo por iniciar una excursión, un viaje revelador entre seres fantásticos. A través de imágenes concebidas como espejos encantados, veremos reflejos posibles, indicaciones de una realidad diferente, un mundo nocturno en el que brillan hogueras a lo lejos.

Fui soldado en las guerras secretas, en los tanques
invisibles que ardían y ardían en la noche.

El ingrediente romántico es innegable en el trabajo de Belda. Más allá de la aparición repetida del poeta Heinrich von Kleist, el deseo de alcanzar otras esferas es parte integral de este viaje en busca de un lugar superior, una arcadia luminosa donde se ejerce, tal vez, el conocimiento para vivir más sabiamente. Ahora bien, aunque Belda vuele con su imaginación entre el mundo real y alambicados reinos remotos, la mayor virtud de estos versos proviene justamente de la comprensión de lo cotidiano como un ámbito lleno de posibilidades. Estos viajes simbólicos se desarrollan en paralelo con hechos de la vida corriente que, con certeza, forman parte de las vivencias del lector; batallas mínimas relacionadas con tiempos muertos, habitaciones vacías, horas de carretera, hojas al viento y la necesidad de seguir adelante. En ese sentido, La Universidad Blanca no es poesía difícil de leer. Al contrario, en sus páginas la condición comunicante entre el sueño y la vigilia, lo arcano y lo cercano, lo profundo y lo llano, aparecen con una proximidad reveladora: Belda ha escrito un poemario donde se recupera con nostalgia esos espacios insignificantes, como esas flores que brotan en medio del hormigón.

Dividido en tres partes («Fragmentos del autómata», «La Universidad Blanca» y «Canciones de Vesperal»), el libro inicia un recorrido con elementos propios de una road movie. Un autómata conduce su automóvil por las carreteras de Estados Unidos. Junto a él avanzamos hacia una escena en que los «crepúsculos interminables» van construyendo un paisaje teñido de melancolía y recuerdos. Esa voz lírica nos permite pasear por un camping desierto donde prevalece el otoño, hospedarnos en un hotel de California, suspirar por la invisibilidad del propio rostro y conversar con Vlad Tepes, sanguinario príncipe del sur de Rumania que la tradición romántica asociaría para siempre con la figura de Drácula. Un autómata «cubierto de su pobre piel sintética», al volante de un Chevrolet Impala azul en busca de Rosamunda, trata de convencerse de la consistencia del amor mientras escucha las reflexiones de Drácula o del marqués de Sade. ¿No suena a un guión de David Lynch? Aunque podríamos pensar en un parentesco con la visión gótica del cineasta norteamericano, Belda se detiene a veces en un dolor sordo que alterna con la sobriedad en la composición de los cuadros:

Cerca de la casa
hay una pequeña ensenada de gruesa arena gris.
El mar parece sucio allí. Lamas verdes secan las piedras.
Hay un mirador de madera, y en él un banco.
En el banco, una cita de Ovidio: «With deeds my life was filled»

Al final de la primera parte, el autómata, que es cualquier hombre deportado de sus circunstancias y obligado a deambular en un mundo que no domina, cae despedazado por la ira de los hombres antes de ser finalmente recompuesto por la inocencia de una niña. Junto a ella llega «a una habitación en el final del mundo», a ver morir el sol. La escena apocalíptica anuncia una conclusión absoluta, el fin de la experiencia del pensar: «Era extraño haber pensado. / Era extraño haber contenido el agua de los pensamientos. En algún lugar alguien salió de viaje».

Entonces entramos en la «La Universidad Blanca», largo poema que ocupa la parte central del libro. Belda da aquí rienda suelta a esta épica crepuscular que plantea una reorganización de las facultades del conocimiento, en paralelo con un viaje de descubrimiento. Gracias al verso pareado, el relato poético avanza con la agilidad de una tonada que se asoma a una versión imaginaria de nuestra vida real. Nos encontramos en las calles adoquinadas de la ciudad de Carcasona y, conducidos por la voz de Ismael, entramos en una tienda en que se venden mapas de lugares inexistentes, islas remotas salidas de la imaginación febril de quien desea viajar a otro mundo. La descripción del descubrimiento de un lugar alterna con una odisea simple, el relato de un viajero que se encamina a Montreux en compañía de una «anciana de tranquila belleza», Venetia Phair. Este último personaje está registrado en las enciclopedias como la niña que dio nombre al alejado e inclasificable planeta Plutón. Belda introduce a menudo guiños literarios a través de la incorporación de un conjunto de personajes de la historia de la ciencia, las letras y la poesía. François Villon, Juan de la Cruz, Vladimir Nabokov y muchos otros aparecen nombrados entre estos versos como compañeros de un largo paseo por el territorio escatológico, como si la poesía tuviera algo de baile celebrado en un cementerio.

Si Pedro Páramo conversaba con los muertos de Comala para entender su vida, Belda alterna con autores que se le han adelantado en el largo viaje hacia la comprensión de lo real a través de la palabra. En ese sentido, La Universidad Blanca muestra el trabajo de un recuperador de voces capaz de entrelazar una mezcla sutil de figuras y géneros en un libreto en que la fantasía, el recuerdo y la proyección se unen con aires cinematográficos. Estas referencias, por otra parte, hablan de una mezcla de espacios y personajes que confunden los límites de los saberes establecidos para jugar con la fantasía y la memoria en busca de otras posibilidades de acceder a la existencia. Porque la Universidad Blanca, con sus nueve divisiones encabezadas por el Museo de la Música, es, necesariamente, un lugar enigmático, una utopía imperiosa que reclama traer a la vida todo lo que escapa a la exactitud. «¿Una universidad / secreta, inaccesible, en esta extraña edad / en la que se conoce todo y todo es certeza?»

En la tercera y última parte, «Canciones del Vesperal», Belda reúne un conjunto de poemas como postales diversas donde se mezclan parajes en los que cae la noche, se levantan fuegos y nubes, cantan las aves y los bosques se llenan de sombras y viento. Con refinado manejo de la métrica, los poemas insisten de forma sutil en tonos apocalípticos combinados con una promesa venidera «donde algo empieza a suceder». ¿Dónde se encuentra esa promesa? Según observaba Schopenhauer, «estamos acostumbrados a ver a los poetas ocuparse de pintar el amor». Y parte importante del viaje que atraviesa La Universidad Blanca busca dar una imagen a los sentimientos nacidos del amor o su decepción. Con Venetia Phair hay una historia de amor posible, como también con la mujer que el protagonista persigue hasta Montreux. El amor, que era la gran aspiración del autómata, reaparece en las reflexiones que transmite el personaje a su hija, todavía una niña. Allí radica la gran diferencia con la utopía cansada de Borges. Porque Belda guarda la capacidad de soñar con el futuro como un lugar donde aún puede contarse con la voluntad de los sentimientos.

Ante la constatación de una visión limitante en los modos actuales de plantearnos el saber, en un mundo de máquinas que permite acceso infinito a la información, pero donde los sentires se suprimen hasta convertirnos en autómatas, el narrador recobra la capacidad de fabular como agua que da vida a las experiencias que compartimos en el poema. Es en la reivindicación de lo maravilloso, la misma categoría con la que los surrealistas bajaban a buscar la vida en las calles de París, donde Belda instala sus textos. Pero si los surrealistas se abocaron al automatismo como mecanismo capaz de sacar a la luz los soterrados presagios de ese continente hundido que es el subconsciente, Belda opta por quedarse sobre la faz de la Tierra, prendado todavía de una «nostalgia del lugar verdadero».

Pedro Donoso es crítico literario.

23/03/2015

 
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