RESEÑAS

Retrato de la banda

Vicente Molina Foix
El joven sin alma. Novela romántica
Barcelona, Anagrama, 2017
368 pp. 20,90 €

«La realidad transita, como no puede ser menos, por las narraciones, la poesía y la producción dramática de casi todos, pero en la escritura del mundo es recomendable, ese es mi barrunto o mi empeño, una condición de forastero que [...] yo llamo extrañeza o enemistad del roturado campo de lo real». Esta declaración de principios de Vicente Molina Foix está en la presentación de su reciente e importante libro Enemigos de lo real. (Escritos sobre escritores) (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016), una joya de su prosa nítida y a la vez puntualizadora, jalonada a menudo de citas sobreentendidas, divertidamente humorística a ratos y casi irascible en otros. Sin esa doble condición de implicado y de forastero, no se entendería la estrategia narrativa, tan certera, de la última novela del autor. El escritor Molina Foix (lo que, en su caso, incluye ser poeta, narrador, ensayista, dramaturgo y cineasta) ha sido siempre partidario de escribir novelas claras y a la vez complejas que tienen muy presente la interacción vivaz de narrador, libro y lector. Y sabe que la realidad no es un bloque homogéneo e inalterable, sino la vivencia cotidiana de una estructura hojaldrada que alterna vacíos y certezas, acontecimientos y fugas, inevitabilidades y escamoteos.

Las novelas de Molina Foix suelen partir de una experiencia autobiográfica que es, a la vez, escarmiento o decepción; de algún modo, lo revela el marbete de «novela documental» que acoge las tres últimas, porque se basan en textos previos que se combinan y disputan a lo largo de la trama: El abrecartas (2007), El invitado amargo (2014, escrita a medias con Luis Cremades) y ahora, El joven sin alma. Novela romántica, que es el título deliberadamente anacrónico y burlesco de su más reciente libro. Y que no tiene desperdicio en la intención: no son inocentes ni el concepto de «alma», como forma superior del sentimiento, ni el de «novela romántica», que apela a los marbetes ya consagrados de la Bildungsroman o la novela de artista. Más de una vez (y no hay sino repasar las páginas de Enemigos de lo real), Molina Foix ha proclamado su aprobación por el atrevimiento y el arrojo de la gran literatura confesional: se hallarán ahí los elogios que le merecen Salvador Novo, Pier Paolo Pasolini, Jaime Gil de Biedma o Susan Sontag. Lo heroico no es, quizá, el haber vivido de cierta manera, sino osar contárselo uno mismo y luego hacerlo a los demás, sabiendo que los documentos de la literatura tienen una gestación egoísta, calculada y hasta pretenciosa, a la que sigue aquella transfiguración misteriosa que les confiere el valor moral de la confesión.

La banda de los seis

Ese doble proceso late en la escenografía de duplicidades –aparentemente caprichosas‒ de «los dos Vicentes» que espejean al fondo de la conciencia del «joven sin alma» que escribe y que se deja escribir en las páginas de esta novela. Supónese que el «alma» –ya se ha apuntado‒ es lo que confiere grandeza y generosidad al designio de una vida y que quizá no hay «alma» cuando esta se reserva y se agazapa, se mimetiza o se escinde, como Vicente Molina Foix nos cuenta de la suya, partida en dos, ensayando cada una todas las posibilidades de agradar o de sobrenadar: «Cuando él nació, yo le estaba esperando, cauteloso el uno con el otro, quizá temiéndonos. Eras el niño más flaco que hubo, el más rollizo, el más sonriente y de peor genio, el más insensible y frágil de todos. El risueño, el resbaladizo, el escuálido. El talante de un hombre grueso que va del mal humor a la zalamería». Así ha sabido el autor que la creación no es una emanación espontánea de la inventiva, sino una reflexión compleja de la impotencia lúcida, del vivir vicario que nos proporciona la imitatio: «Por ser el más joven y el más dúctil, por ser lo que has sido siempre, e incluso ahora en la vejez, si no me diera vergüenza, seguiría siendo, el aprendiz nato, el alumno de todas las asignaturas posibles».

¿Egoísmo? ¿Cobardía? La historia generacional que esta novela cuenta a lo largo de bastantes de sus páginas ‒la intensa relación amorosa del autor con Terenci (entonces Ramón) Moix‒ estaba ya minuciosamente contada por la parte ¿perdedora? Y allí, bajo el nombre de Daniel, es perfectamente identificable quién fue la causa eficiente del título del Libro III, «Aprendizaje del dolor (Madrid-Barcelona)», en el tercer tomo, Extraño en el paraíso, de las memorias El peso de la paja (1998), de Terenci Moix. No fueron esas páginas uno de los mejores momentos del autor barcelonés, pero tienen toda la avidez, la cercanía y hasta la inocencia, que le hizo inolvidable. Moix convirtió en literatura el complicado cenotafio de su automitificación, lo que quizá –la sugerencia es de Molina Foix‒ alcanzó su plenitud en la fase egipcia de su obra, que arrancó precisamente de esta ruptura. Y la celebración de su fracaso comportó un intento de suicidio ‒prácticamente en público‒ y la melodramática acusación de que el amante traidor arrancó entonces la página de su libreta de direcciones en que figuraba su número de teléfono para evitar cualquier implicación incómoda. Nada de esto figura en el texto de Molina, que copia a menudo las cartas vehementes de su amante, sus citas cinematográficas o la creciente comezón de acabar con todo. En Terenci no hay más motor que el deseo que se autoalimenta; su amigo sabe ya que la sombra inexorable de todo deseo no correspondido es la culpabilización del otro, y que la primera revelación de la culpa es la indecisión.

Algo parecido, el mismo miedo a las consecuencias, ocurre con otro importante encuentro del autor: la llamativa presencia de Leopoldo María Panero en Madrid, en mitad de aquellas algaradas universitarias de los años sesenta que al joven Panero, lector irrestricto, homosexual sin reserva alguna, le importaban bien poco si se comparaban con cualquier otra clase de infracciones y experiencias. Como en el caso de Terenci Moix, nuestro «joven de la dudosa alma y el cándido deseo de servir de discípulo» logra trazar uno de los retratos más perceptivos y equilibrados de quien se convertiría después en un mito abaratado por quienes solamente conocieron y atizaron las llamas del largo infierno final. Pero la evocación moral más conseguida de la novela ocupa la segunda –y muy importante‒ parte de El joven sin alma, cerrando la obra: me refiero a la de Ana María Moix, a quien ha reconocido como ánima alentadora del grupo en la primera parte del libro («La Única Mujer que, sin quererlo ni saberlo, ella seguramente fue la Jefa de la banda»). En estas páginas postreras, una selección de sus cartas refleja la inteligencia socarrona, la fragilidad y la emotividad desarmante de quien fue la hermana menor y también la novia de casi todos. Jamás escribió la novela que anuncia, La banda que nunca existió, pero supo que «el reparto lo formaron unos desaforados sin experiencia en el arte dramático, pero de todas las pandas que hubo en el mundo, esta fue la más verosímil. Y la más triste». Unas páginas antes, Molina ha transcrito otra epístola de Panero, desde Londres, que niega la mayor y certifica el final de la esperanza: «Todo escritor es un cobarde: se dedica a imaginar que tiene una vida, o que acabará por tenerla si escribe, en lugar de tratar de arrancársela por la fuerza al sistema que se la deniega [...]. La escritura ha concluido. Me refiero a la escritura separada del cuerpo, de la acción, la escritura que busca realizar una obra, y que es una cochinada. La escritura ha concluido, o debe concluir, para que la vida comience».

La banda de los seis la completaron otros dos: el Poeta Fundador y Crítico Primero, «grande y desmadejado, una cabeza fina y recamada en los labios sensuales, huidizos, puesta encima del cuerpo amplio y de sus largas piernas y sus largos brazos» (que no es mala caricatura del Pedro Gimferrer de entonces), y «El invitado de Valencia, el Poeta de Gran Estatura» y llamativo foulard, al que Ana María conoció en la cola de la matrícula de la Facultad de Letras, donde Guillermo Carnero hojeaba Líricos griegos arcaicos, de Joan Ferraté. No son dos personajes secundarios, por supuesto, pero no representan la hermandad de la banda, como tampoco lo hace el doble narrador, quizá porque sus rumbos literarios van a encaminarse por otros lados; quizá (y sobre todo) porque han sobrevivido al fatum neurotizante del grupo. Con todo, esta novela puntualiza algo sobre un poema de Gimferrer, «Julio de 1965», que Jordi Gracia tendrá que incorporar con urgencia a las notas de la próxima edición de Arde el mar, el himno colectivo.

El aire de una época

En 1964 –el mismo año en que los seis se conocieron‒, Jean-Luc Godard realizó una película sobre unos muchachos que se inventaban a sí mismos, vivían las películas que habían disfrutado y perpetraban un robo. E improvisaban una danza colectiva en un cafetín de suburbio, un minuto de silencio en su autohomenaje, o –en una escena más conocida‒ invertían algo menos de diez minutos en recorrer a la carrera las solemnes galerías del Louvre, ante el escándalo de los visitantes y el horror de los guardianes. No sé si nuestra banda vio en aquellas fechas Bande à part, la película de Godard a la que me refiero, pero sí nos consta que eran capaces de repasar en una velada la mitad de la literatura contemporánea más atrevida o una buena parte del cine clásico. Leemos en El joven sin alma: «Todos eran valientes, niños en diferentes grados de curiosidad infantil que no perdieron al madurar. Su capricho, saber más que nadie, su lugar de celebración, los cines, sus ídolos tangibles, los libros, el sacramento de culto, las imágenes de algunas películas preferiblemente importadas de Francia, de Japón, de Italia o de Rusia, y las americanas, no siempre hechas por americanos».

Fue, de hecho, la primera promoción literaria de la España contemporánea que no se nutrió de la lectura directa de los creadores, sino de una literatura filtrada por la crítica, donde los resortes estéticos eran más importantes que cualquier otra cosa. Y, en tal sentido, este libro es un espléndido análisis de una vocación literaria en la que escribir reseñas literarias o críticas de cine fue la iniciación de muchos y en la que quizá se invirtió más tiempo comentando los libros que leyéndolos. Doy fe de que era posible asistir muchas veces (no llegué a las dieciocho, por supuesto) a la proyección de Marnie la ladrona, de Alfred Hitchcock, porque yo mismo he discutido durante horas sobre la función expresiva del crudo decorado portuario que enmarca la escena final: la revelación del secreto de la madre de Marnie a su hija. Y he reconocido como propia la letanía cinéfila de Gimferrer, que incluía a Douglas Sirk (Escrito sobre el viento), Jacques Tourneur (Una pistola al amanecer), Fritz Lang (El tigre de Esnapur y La tumba india), Otto Preminger (Laura), el Orfeo de Jean Cocteau y Eva de Joseph Losey. No se recorrían a la carrera las salas del Louvre, pero el entusiasmo se medía en puntuaciones (como en las revistas de cine), en clasificaciones, en inquisiciones acerca del saber de los amigos o en pugilatos de todos contra todos acerca de valores y jerarquías. Anticipadamente soplaba sobre aquellos veinteañeros el aire de exquisitez y pedantería de una nueva crítica internacional que el final de los años sesenta acabaría por convertir en el más insufrible de los formalismos y en las abstrusas fórmulas del estructuralismo del decenio siguiente. Pero de eso no tuvieron la culpa.

Molina Foix ha sabido recordar aquel tiempo de Film Ideal (y de Griffith y de los críticos «marcianos») con sabia ironía, aunque sin abandonar sus convicciones sobre el lenguaje del cine; en 2006 coleccionó unas doscientas de sus reseñas bajo un título, El cine estilográfico, que se acogía a uno de los preceptos de Alexandre Astruc, la camera-stylo, filmar con la conciencia alerta de quien escribe. Pero antes, al hablar de sus primeros pasos como lector compulsivo, ha incluido el encuentro del muchacho de quince años, retoño de un alto funcionario, con la inevitable y campanuda imagen de Camilo José Cela en una de aquellas campañas literarias provinciales que acompañaban cada uno de sus libros; nada de lo más penoso de la anécdota se esconde, pero los interesados por Cela (que todavía los hay, a pesar de Cela) hallaremos en el fondo de ese encuentro lo que también fue aquel hombrón provocador, patético y chocarrero: un escritor vocacional y el paladín mayor de la profesionalización de las letras en un país de iletrados.

Todo pasó como la verdura de las eras y todo lo ha sabido decir esta novela impertinente e impiadosa a menudo, sagaz y sobre aviso siempre. El autor ha sido el primero en someterse al escarnio y, a la fecha de publicarla, no olvida incluir un autorretrato, «una estampa que da lástima y risa. El hombre de setenta años de pie ante una ropa de su juventud que está mejor preservada que su propietario. Me encariño con él por lo desordenado que fue, por lo meticuloso que eres. No sé si despotricar de ti o apiadarme de él. Me irrita tu petulancia y me enternecen tus ganas de agradar, con la sonrisa fácil perenne a tan avanzada edad. Te compadezco, le envidio, te soporto».

De lo que se ha sido y ya no se podrá ser, de lo que se ha hecho y nadie parece saberlo, de lo que nunca sucedió y, sin embargo, muchos dicen recordar: de todo eso trata este libro de dos autores que son el mismo y que más arriba he llamado «claro y complejo»: no se me ocurre mejor recomendación. De añadidura, pocos testimonios directos se me antojan tan importantes sobre la emergencia de una generación literaria que alguien preferirá llamar «del 68» y otros recurrir al marbete convencional de novísimos (vale la pena que estos lean las apostillas a propósito de la antología de 1970 que Vicente Molina Foix puso en una entrevista que hizo a Josep Maria Castellet y que forma parte de su muy importante –y olvidado‒ libro La Edad de Oro, de 1997).

José-Carlos Mainer es catedrático emérito de Literatura en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros son La isla de los 202 libros (Barcelona, Debolsillo, 2008), Modernidad y nacionalismo, 1900-1930 (Barcelona, Crítica, 2010), Galería de retratos (Granada, Comares, 2010), Pío Baroja (Madrid, Taurus, 2012), Falange y literatura (Barcelona, RBA, 2013) e Historia mínima de la literatura española (Madrid, Turner, 2014).

26/02/2018

 
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