RESEÑAS

El final de la Gran Guerra, un siglo después

Margaret MacMillan
París, 1919. Seis meses que cambiaron el mundo
Barcelona, Tusquets, 2005 (2ª ed. 2017)
Trad. de Jordi Beltrán Ferrer
712 pp. 25 €

París, 1919 es el relato exhaustivo de las negociaciones que condujeron al Tratado de Versalles de junio de aquel año. La autora de este libro impresionante (publicado en su primera edición inglesa en 2001) es una prestigiosa historiadora canadiense. El libro consiguió de inmediato un gran éxito de ventas y ha sido reeditado en la lengua original y traducido a distintos idiomas. Disponible de nuevo en español al calor de la conmemoración del centenario del final de la guerra, conviene volver sobre él, ya que más de tres lustros después mantiene vigentes sus cualidades y su utilidad para públicos muy diversos, desde los estudiantes universitarios de todos los niveles a los aficionados a la gran historia. Con esta aportación, Margaret MacMillan culminó un ciclo largo de escritura sobre las causas de la Primera Guerra Mundial, el conflicto en sí mismo y sus consecuencias en el dibujo del mapa de Europa y del mundo. Un mapa, como veremos, tan dramático como tenso y breve. Veinte años después, Europa y el mundo pagaron caros los errores en su diseño y otros que no le eran muy probablemente imputables.

El libro tiene un punto de vista sostenido desde las primeras páginas. La autora se propone exponer y comprender los entresijos de las negociaciones que condujeron a la firma del acuerdo. Sin complejo alguno, los protagonistas indiscutibles del libro son los cuatro dirigentes («líderes», en la deferente terminología actual) de los países vencedores, esto es, de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia e Italia, a los que hay que sumar Japón. Los dos últimos, con un estatuto algo inferior, aunque muy beligerante. Del otro lado, los alemanes y sus aliados, los grandes perdedores, mientras que Rusia quedó a un lado por razones más que obvias. El libro funciona entonces como un juego de espejos (y no se trata de una metáfora del salón versallesco donde se firmó el Tratado) en los que todos se miran y todos tratan de imaginar una solución favorable a los intereses de sus países. En este sentido, MacMillan no se equivoca. La recomposición del mapa de Europa y del mundo no se explica sólo por un descarnado juego de poder entre países. Ocurrió también que la mayoría, si no todos los políticos y diplomáticos que entraron en aquel baile para defender las ambiciones fronterizas y los intereses de sus países, quisieron responder a las expectativas de sus respectivas opiniones públicas. Y éstas, como ahora conocemos bien, habían sido conformadas por el nacionalismo como fuerza ascendente a lo largo del siglo XIX. La imbricación entre política exterior, diplomacia y el ascenso de los proyectos nacionales son inseparables, tanto como lo había sido en los años anteriores la prolongación clausewitziana de la política por medio de la guerra y la destrucción del adversario.

Es imposible resumir en pocas líneas el conjunto de las arduas negociaciones conducidas en primera persona por aquellos que tenían mayor peso en la solución final: Henry Lloyd George (uno de los ilustres antepasados de la autora), George Clemenceau y Woodrow Wilson. Mientras los dos primeros piensan todavía en términos del inestable equilibro europeo, el fraguado tras la unificación alemana y la guerra franco-prusiana de 1870-1871, el presidente de Estados Unidos −del imperio antiimperialista por excelencia− jugará a ser el árbitro mundial de los deseos de las naciones emergentes. Un excelente y loable procedimiento para satisfacer el supremo objetivo fundacional del país y, a su vez, descomponer a los dos grandes imperios europeos históricos. Al tercero, el alemán en constitución, le bastaba con la derrota que había sufrido en los campos de batalla. Mientras tanto, al imperio ruso de los Romanov le habían pegado (en apariencia) un tiro en el pie con la revolución ocurrida durante y gracias a la guerra misma. En medio de este complejo panorama de intereses y proyectos nacionales, que incumben a los grandes países y también a otros muy pequeños, la rivalidad franco-alemana es el pivote sobre el que gira todo el juego diplomático hasta el final. Se trata de rediseñar la frontera entre los dos países y, al mismo tiempo, abordar el arduo problema de las reparaciones de guerra que el país perdedor debería pagar a Francia (y Bélgica). Un rompecabezas que se demostrará imposible de resolver sin el posterior y doloroso derrumbamiento y que dejará un reguero de cuestiones sobre la mesa y en la percepción que los países implicados (dignatarios y opinión pública) tendrán del Tratado en cuanto tal.

Explicar este encaje de bolillos es lo que da sentido a la obra. Como se trata un esfuerzo de gran complejidad, el éxito de la empresa explica perfectamente la acogida tan favorable del libro. La autora consigue desentrañar el embrollo a tres bandas en las negociaciones. De una parte, el ya citado pleito de varias décadas entre alemanes y franceses. Pleito por los territorios fronterizos de Alsacia y Lorena, pero también por los grandes yacimientos mineros alemanes del Sarre, que Francia deseaba retener como represalia y como garantía de las reparaciones impuestas a sus grandes enemigos. Es este el conflicto principal, el que se reproducirá una y otra vez durante las discusiones entre los aliados. El pleito motivó, como es bien sabido, uno de los documentos más brillantes sobre el proceso: Las consecuencias económicas de la paz (1919), de John Maynard Keynes, traducido al español un año después por Juan Uña y editado por Calpe. Un ensayo muy oportuno (oportunista para el establishment político británico) de un joven y brillante profesor y miembro de la comisión británica desplazada a la capital francesa. Al final de las discusiones, a los alemanes de todas las tendencias políticas les pareció que los vencedores imponían a su país un castigo en exceso duro, inalcanzable en su materialización e injusto. Sobre este conflicto de fondo se proyectarán dos fuerzas encontradas. El presidente sureño estadounidense Woodrow Wilson, ansioso por terminar con los viejos imperios aristocráticos −y, por aristocráticos, claramente opuestos a su país–, apeló a dos factores simultáneamente: el derecho de los pueblos al autogobierno, y el imperativo moral de proceder a formalizar, por vez primera en la historia, un organismo de cooperación y negociación entre naciones que solventase en el futuro las rivalidades entre pueblos. Esto es, a fundar la Sociedad de Naciones.

Interpretando estos piadosos deseos del presidente de Estados Unidos, irrumpieron en las negociaciones tanto los gobiernos europeos como otros que no lo eran. Pidieron también un sitio bajo el sol, a menor escala, los movimientos nacionalistas que pugnaban por el reconocimiento estatal y un territorio definido. El resultado fue una aglomeración de reivindicaciones. No era posible frenar a los que, como Italia, habían estado durante el conflicto en el lado ganador; en el caso de Grecia o los árabes (con petróleo bajo sus pies y el inquietante Lawrence como altavoz) pesaban viejas simpatías; y tenían también mucho que decir el nacionalismo indio y Gandhi o Japón (uno de los ganadores entonces, con reclamaciones territoriales en China). Contentarlos en todo amenazaba, claro es, equilibrios imperiales que implicaban a la tríada ganadora. Para complicar aún más el escenario, los nacionalismos ascendentes en Europa central, del norte y del sur –checos, húngaros, búlgaros, ucranianos, albaneses, serbios, croatas y montenegrinos, griegos, turcos y egipcios– no sólo enviaron al basurero de la historia a los sempiternos Habsburgos vieneses, sino que reconfiguraron para siempre el mapa de las naciones entre el Báltico y la cuenca mediterránea. Además, y como remate, muchos de estos proyectos nacionales tenían dos versiones: la de mínimos y la expansiva, esto es, el propósito de absorber territorios o poblaciones que consideraban parte irrenunciable de su propio tronco nacional. El lector encontrará en los distintos capítulos una descripción pormenorizada y admirable de esta complejidad europea y mundial. Al leerlos comprenderá los dolores de cabeza de los policy makers, su perplejidad y desmayo, en ocasiones sincerada ante un mapa extendido en el suelo sobre el que debían pintar los colores de un futuro preñado de violencia.

Una lectura atenta del libro permite una constatación más, algo así como un balance de lo que fue el largo siglo XIX, esos cien años transcurridos entre dos guerras mundiales, de las napoleónicas a la Gran Guerra. Guerras entre imperios, Estados y naciones ocupan casi la totalidad de un libro que puede considerarse sin riesgo alguno como un balance exhaustivo de lo que aquello fue. Por sus entresijos se filtran otros personajes y circunstancias, llamados a ocupar mucho mayor espacio en el balance del siglo siguiente. La insistencia francesa en proteger Senegal y sus territorios coloniales y eliminar los de Alemania buscaba disponer de este modo de un población en edad militar equilibrada al número de países rivales y a la mayor natalidad de estos. Tenemos, igualmente, los vietnamitas de la Indochine francesa, y, como se ha dicho, los indios del Raj británico, el sostén militar y político de todo el imperio, así como a los jóvenes canadienses y australianos, en número suficiente para llenar las trincheras en caso de guerra. Aparecen, finalmente, los afrodescendientes estadounidenses y británicos, o los africanos de sus posesiones, que tratan de coordinar su descontento y llamar la atención hacia la discriminación racial y la esclavitud encubierta en África, con escaso éxito entre los dignatarios, que toman decisiones escuchando otras voces y otras reivindicaciones.

Es difícil poner objeciones al modo en que la profesora MacMillan tira del hilo de estas múltiples historias, tejiendo con él un cuadro de conjunto. El resultado y el merecido éxito obtenido lo avalan sin más. La única observación que se abre paso al observar las notas archivísticas finales no es una crítica, sino una constatación. Destaca a simple vista el crédito que se da sin reservas a los protagonistas mismos de los acontecimientos en las alturas. En efecto, el libro se construye en gran medida con el material, manuscrito y publicado, de aquellos que estaban en torno al mapa extendido en el suelo antes citado y sepultados por papeles y opiniones contrapuestas que les llegaban de la noche a la mañana. El testimonio de otros se queda en un segundo plano. Este hecho debe tomarse en consideración durante la lectura del libro, que no es lo mismo que impugnar un resultado final tan inobjetable como congruente con el objetivo que animó a su autora a escribirlo.

Josep M. Fradera es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Pompeu Fabra. Sus últimos libros son Colonias para después de un imperio (Barcelona, Bellaterra, 2005), La pàtria dels catalans. Història, política, cultura (Barcelona, La Magrana, 2009) y La nación imperial (1750-1918). Derechos, representación y ciudadanía en los imperios de Gran Bretaña, Francia, España y Estados Unidos (Barcelona, Edhasa, 2015).

10/09/2018

 
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