RESEÑAS

El conflicto israelí-palestino, desde dentro

Nathan Thrall
The Only Language They Understand. Forcing Compromise in Israel and Palestine
Nueva York, Metropolitan Books, 2017
324 pp. $28.00

Nathan Thrall cubre Israel, Cisjordania y Gaza desde 2010 para la ONG International Crisis Group, y vive en Jerusalén con su joven familia. Su profundo conocimiento de la historia reciente, su amplia red de contactos y su experiencia de la realidad cotidiana sobre el terreno le permiten ofrecer un análisis del conflicto israelí-palestino equilibrado, rico en matices y salpicado de citas que ilustran las percepciones y posturas de sus principales actores. El título de la obra que nos ocupa, «El único idioma que entienden», refleja su intención de rebatir un argumento comúnmente utilizado, sobre todo por Israel y sus partidarios: que la violencia es el mayor obstáculo para la paz. Al contrario −afirma Thrall−, las presiones (militares, pero también económicas y políticas) han sido la única manera de obtener concesiones de ambos bandos, y serán necesarias para que el más fuerte, Israel, acceda a la reivindicación mínima del más débil: la formación de un Estado en el 22% de la Palestina histórica.

La obra comienza con un largo ensayo homónimo que realiza un repaso del conflicto desde la Guerra de los Seis Días, en la que los árabes perdieron no sólo Cisjordania y Gaza, sino también el Sinaí y los Altos del Golán. A fin de desarrollar su tesis, Thrall dedica mucho espacio, y no pocos elogios, a la actuación de Jimmy Carter durante el proceso que culminó en los Acuerdos de Camp David, que supuestamente demostrarían que una actitud firme por parte de Washington da resultados. Completan el volumen artículos ya publicados en medios como The New York Review of Books, Foreign Affairs y The New York Times, actualizados para la ocasión y clasificados bajo cuatro rúbricas: «Dominación», «Colaboración», «Confrontación» y «Negociación». Estos constituyen una crónica de los sucesos de los últimos años: las dificultades del primer ministro palestino Salam Fayyad y su consiguiente dimisión; las guerras en Gaza y las penosas condiciones de vida de sus habitantes; el dramático giro hacia la derecha en la vida política israelí; la tibia reconciliación de Hamás y Fatah; o la desesperada «Intifada de los Cuchillos».

Resulta cuando menos curioso que el caso de Camp David se destaque como ejemplo de la efectividad de las presiones. Thrall alega que Carter consiguió que Menájem Beguín firmase no sólo el tratado de paz con Anwar al-Sadat, sino también un segundo documento, el Marco para la Paz en Oriente Medio, que proponía la autonomía a los palestinos y sería el precursor de los Acuerdos de Oslo. Sin embargo, también nos recuerda que el presidente estadounidense perdió su coraje ante el lobby proisraelí y que fue el rais egipcio, decidido a recuperar el Sinaí y a llevar a cabo un realineamiento estratégico que juzgaba necesario, quien, con su inesperada visita a Jerusalén, forzó la mano de Beguín. Este, por su parte, decidió hacer la paz con Egipto porque con ello lograba dividir el frente árabe y garantizar la seguridad de Israel. El general Moshe Dayan, entonces ministro de Asuntos Exteriores, se lo explicó a Carter con la siguiente metáfora: «Un coche al que has sacado una rueda no puede avanzar» (p. 24). El plan de autonomía de Beguín no tenía otro objetivo que servir de coartada a Sadat ante la opinión pública árabe, que lo vio como tal.

De hecho, Thrall reconoce que el artífice de los Acuerdos de Oslo, Isaac Rabin, insistió en utilizar el Marco para la Paz de Camp David como base de las negociaciones, porque su propósito no era terminar la ocupación, sino reformularla. El propio Rabin declaró en el Knesset un mes antes de su asesinato que pretendía establecer «una entidad que sea menos que un Estado» (p. 32)Nathan Thrall reproduce una reveladora cita del que fue asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, Zbigniew Brzeziński, quien describió lo que los palestinos habían obtenido en Oslo como una «Basutolandia para los árabes» (p. 57), en referencia al territorio que los británicos establecieron en el seno de la Colonia del Cabo para el conflictivo grupo étnico de los sotho.. Israel mantuvo el control absoluto sobre casi dos tercios de Cisjordania, donde continuó expandiendo sus colonias, y subcontrató a la Autoridad Palestina el control de la población, que se concentra en el tercio restante y vio cómo la OLP se transformaba «de protector contra un ejército de ocupación en colectivo de empresarios motivados por intereses personales que obtenían contratos exclusivos de dicho ejército» (p. 147). La situación ha generado profundas divisiones en el bando palestino e impedido la repetición de acciones de resistencia no violenta organizadas en el pasado (manifestaciones multitudinarias, boicots de productos israelíes, negativa a pagar impuestos). Desde esta perspectiva, la militarización de la Segunda Intifada y los actos de «lobos solitarios» en los últimos años revelan un sentimiento generalizado de impotencia, frustración y desilusión con el liderazgo político.

El caso que Thrall pone como ejemplo parece, pues, cuestionable. No obstante, su tesis no carece de mérito, como lo muestran otras ocasiones en las que los israelíes se han visto obligados a retirarse, y que discute más brevemente. Dos de ellas se debieron a presidentes estadounidenses: después de la Guerra de Suez, cuando Eisenhower advirtió que cancelaría toda ayuda y que incluso no se opondría a la expulsión de Israel de las Naciones Unidas; y tras las primeras incursiones israelíes en Líbano en 1977 y 1978, durante las cuales Carter sí se mostró enérgico, amenazando con suspender la asistencia militar y actuando a través de las Naciones Unidas. Las otras retiradas −de Líbano, en 2000, y de Gaza y cuatro colonias del norte de Cisjordania, en 2005− muestran la utilidad de la resistencia, pero también sus limitaciones: la primera fue una indudable victoria para Hezbolá, una milicia disciplinada, bien equipada y firmemente establecida en su territorio; la segunda, que Hamás presentó como un triunfo, resultó asimismo en la construcción del muro en Cisjordania y, eventualmente, en el asfixiante bloqueo de Gaza.

La historia del conflicto es de progresiva consolidación de la posición israelí, debido esencialmente a su preponderancia militar y a la impunidad de que disfruta a nivel internacional. En contraste, los palestinos han debido «abandonar la solución que juzgaban justa para buscar la que parecía alcanzable» (p. 53), como recuerda Shafiq al-Hout, miembro fundador de la OLP que dimitiría de su Consejo Ejecutivo como protesta por los Acuerdos de Oslo. Y ello a pesar de una opinión pública que frecuentemente simpatiza con los palestinos no sólo en el mundo árabe, sino también en Europa occidental y, crecientemente, en Estados UnidosEl cambio de actitud es particularmente llamativo dentro de la propia comunidad judía, como lo muestran artículos con títulos como «Why Fewer Young American Jews Share Their Parents’ View of Israel» («Por qué menos jóvenes judíos estadounidenses comparten la opinión de sus padres sobre Israel) y «Are American Jews Giving up on Israel?» («¿Están los judíos estadounidenses dejando de tener fe en Israel?»), en la prensa estadounidense; o «Has It Become “Vogue” for American Jewish Millennials to Hate Israel?» («¿Se ha puesto de moda odiar a Israel entre los jóvenes mileniales judíos estadounidenses?») y «Liberal American Jews’ Feelings Towards Israel Now Include Conspicuous Contempt» («Los sentimientos de los judíos liberales estadounidenses hacia Israel incluyen ahora un manifiesto desprecio»), en la israelí.. A nivel gubernamental, los déspotas árabes todavía expresan su inquebrantable apoyo a la causa palestina pero, en la práctica, han aceptado la presencia de Israel, con el que colaboran cada vez más estrechamente (en particular, a nivel de inteligencia)La estrecha cooperación de Israel con Egipto y Jordania, países con los que ha firmado tratados de paz, no es ningún secreto. Empero, en los últimos años se ha hecho pública su colaboración con países del Golfo como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Véanse, por ejemplo, «Israel’s Secret Arab Allies» («Los aliados árabes secretos de Israel»), o «Israel Is Strengthening Its Ties With The Gulf Monarchies» («Israel está estrechando sus lazos con las monarquías del Golfo»).. Los líderes europeos condenan su desproporcionado uso de la fuerza y su progresiva colonización de Cisjordania con una vehemencia que sirve de alternativa a la toma de medidas significativas en su contra. Y los estadounidenses, que podrían ejercer presiones efectivas, no tienen interés alguno en hacerlo debido a la importancia geopolítica de Israel y a la influencia del poderoso lobby sionista.

Así, Israel carece de aliciente para modificar un statu quo que le es eminentemente favorable, sobre cuando cualquier compromiso pondría en peligro la paz social, debido a la oposición del exaltado bloque que propugna la colonización de «Judea y Samaria». Mientras, los palestinos se encuentran política y geográficamente fragmentados, se sienten intensamente desmoralizados por los magros resultados de su lucha y se saben abandonados por la comunidad internacional, empezando por sus correligionarios árabes. Sin embargo, la ficción del proceso de paz se prolonga porque es útil a todos los interesados. La Autoridad Palestina y las diferentes organizaciones no gubernamentales que operan en Cisjordania dependen de la financiación de los países donantes, que fingen estar invirtiendo en la construcción de un futuro Estado para evitar replantearse su postura. Israel, por su parte, continúa las negociaciones a fin de aplacar a sus críticos, a la vez que denuncia la ausencia de un interlocutor válido para la paz.

Tras su análisis sobrio y realista de esta desalentadora situación, Thrall no ofrece conclusiones trascendentales, sino que se contenta con añadir un epílogo de tres párrafos resumiendo la decepción que supuso Barack Obama. La moraleja es que incluso los presidentes estadounidenses favorables a las reivindicaciones palestinas terminan por rendirse a consideraciones pragmáticas. Nuestro autor cita a un alto funcionario de seguridad nacional durante las presidencias de George W. Bush y Barack Obama, y que, comparando ambas experiencias, concluye: «No sé qué es peor: trabajar para un gobierno que implementa las políticas del [grupo sionista de presión] AIPAC de manera entusiasta, por convicción; o hacerlo para uno que las implementa a regañadientes, por miedo» (p. 39). Con Donald Trump en la Casa Blanca, nunca ha estado más justificado considerar a Estados Unidos como parte del problema y buscar una solución separadamente de Washington. Pero, para ello, Europa tendría que estar dispuesta a asumir esa ingrata tarea.

Ana Soage ha vivido en varios países europeos y árabes, y tiene un doctorado europeo en Estudios Semíticos. Enseña Ciencias Políticas en la Universidad de Suffolk, coedita varias publicaciones académicas y colabora como analista senior en la consultoría estratégica internacional Wikistrat.

05/03/2018

 
COMENTARIOS

maria taulis 07/03/18 15:13
¿dónde puedo conseguirlo? ¿está en castellano?

José Blázquez 10/03/18 11:30
El típico, habitual y confortable análisis pro palestino de ciertos intelectuales occidentales, descaradamente anti Israel, y al que parece asociado la autora.

Nada del habitual y confortable (evita tener en cuenta los hechos) irredentismo palestino, su negativa a reconocer un, cualquier, Estado judío que no sea susceptible de transmutarse en árabe aplicando los irrenunciables objetivos maximalistas palestinos, compartidos por estos intelectuales pro palestinos.

Nada de las políticas de Hamás en Gaza, nada de las constantes campañas anti judías de la Autoridad Palestina, pues tal como dice la cronista y el enésimo peacemaker, un negocio en sí, Israel debe perder.

Aquí siempre se exige al mismo, al que se dice poderoso, al que tiene un lobby, como si la otra parte y sus países «hermanos» no lo tuvieran, y como si la habitual parafernalia pro palestina europea y occidental en los medias y las élites no lo constituyera.

En fin, más victimismo, más palestinismo sin exigencia de responsabilidades a las dos partes, más culto a la intransigencia palestina. Siempre y constantemente el mismo análisis, radicalizado - y ante su fracaso, Israel es cada vez más culpable y el irredentismo palestino ante la presencia de Israel más inocente - porque los hechos son obtusos.

Ahora parece que la esperanza está en la juventud judía norteamericana, nos dicen, una juventud bastante asimilada y que en los sectores más liberales identifica su identidad judía con hechos y argumentos cada vez más accesorios y futiles, como el Tikkum Olam transformado en correcion política a la moda. Esa es su preocupación, no Israel y la identidad judía, seguir los pasos de las ideas de moda, hoy la identidad y el género, no perder la senda de sus pares, la izquierda oficial, para no quedarse fuera, ese gran terror que azota a estas generaciones cada vez más narcisistas y gregarias.

El problema que tienen estos analistas y cronistas es que se aislan de la realidad, unos porque viven en Londres o Madrid, y otros porque no soportan que sus teorías y planes de acción tengan tantas goteras y sean desechables por su sesgo.

Para todos estos analistas detractores del status quo, la realidad, Irán, Hezbolá, Siria, el conflicto sunita-chiita, el auge del islamismo, no está presente y no influye en nada en el conflicto, ellos sólo tienen ojos para su causa obsesiva y sesgada, esa que según creen solucionaría todos los problemas del Oriente Medio y del universo, y así seríamos felices y comeríamos perdices.

En fin, recomiendo Catch-67, pronto en inglés, de Micah Goodman, un análisis serio, desde dentro, y no desde la corrección política imperante. Las varitas mágicas de Harry Potter hace tiempo que se agotaron.

José Blázquez 10/03/18 12:11
Se me olvidó comentar el remate final de la recensión de la autora, que juega el papel de consejo a recordar o conclusión, «Europa tendría que estar dispuesta a asumir esa ingrata tarea», es decir, presionar, para que las partes, y sobre todo Israel, ceda, lo que significaría teniendo en cuenta la intransigencia e irredentismo palestino, nunca cuestionado en Europa (recuerden los consejos de Chirac a Arafat de que no cediera en sus demandas), una muy mala decisión para Israel, al que eso sí se lo podría prometer disfrutar de un protectorado europeo, tan útil en Yugoslavia como ya se ha visto.

Y ya puestos en desmadejar ovillos, por qué la (cada vez menos) dadora de lecciones, Europa, no hace lo mismo con China, por el Tibet, con Rusia, por Crimea y Ucrania, con Turquía, con la parte de Chipre que ocupa, con Marruecos, co el Sahara, con todos esos países y zonas africanas y de otras zonas del mundo (vease Francia) que tiene neocolonizados...

Claro que optar por meterse en esos ovillos es muy arriesgado, y meterse con Israel garantiza influencia en los países árabes, léase contratos y bicocas, y garantiza la paz espiritual con los medias y las élites anti Israel y anti judías (sí, ya saben, su traición a las causas progresistas - esa estereotipación cosmopolita e izquierdista de la identidad judía - y su denunciado giro conservador y religioso, tan bien expresado por Enzo Traverso, por ejemplo), siendo los palestinos la excusa  perfecta en muchos casos.

David 11/03/18 12:09
Señor Blázquez, dado el tono que utiliza, es divertido que acuse a otros de actitudes obsesivas y sesgadas. Sus acusaciones ya son menos divertidas, y podrían volverse contra usted y su defensa a ultranza de posiciones que incluso en Israel serían consideradas de ultraderecha.

Sin desear entrar en un debate (que usted ganaría, por pura persistencia), quizás debería investigar un poco antes de realizar ciertas afirmaciones. Por ejemplo, en esta misma revista la autora ha publicado varios escritos que muestran que conoce bien el tema del islamismo y es crítica del fenómeno. Aunque reconocerlo implicaría que su posición pro-palestina se basa en la defensa de la justicia, no en el dogmatismo ideológico, y eso desmontaría sus argumentos, que sí son de un dogmatismo absoluto.

José Blázquez 13/03/18 02:14
Ahhh, ya salió a relucir el hombre del saco, la ultraderecha nada menos (la siguiente diatriba será la reductio at hitlerum, me temo) Quizás mis posiciones, escépticas sobre la película de buenos y malos que utilizan habitualmente ciertos medias y gran parte de la izquierda occidental anti Israel, fueran tachadas así por los grupúsculos antisionistas israelíes, o quizás por algunos dentro de la gauche caviar del Meretz, pero por las referencias dadas en este y otros comentarios cualquier observador razonable de la política israelí evitaría compartir su sentencia para evitarse el ridículo.

En cuanto a la autora, me limito a reseñar su elección de libros, bastante significativa, un antisionista religioso y alguien que propugna imponer a Israel preferentemente una solución deseada por los palestinos y sus defensores occidentales. Quizás sea el momento para que estos sesgados y arrojados peacemaker repasen el Orientalismo de Edward Said, transmutado ahora en una visión «progresista» antisionista de Israel.

Y siento decirle que muchos ya no compramos la supuesta expresión de sentimientos de justicia o justicieros desde ciertos ámbitos, sobre todo cuando solamente los sacan a pasear con cierto país, al estilo de las Naciones Unidas, un ejemplo evidente, esto sí, de demagogia dogmática y de obsesión poco edificante. Se ve que esa obsesión dogmática tiene como objeto no querer diversificar sus magníficos esfuerzos y desvelos.

Es ahí donde entran en juego la supuesta traición a la sagrada causa de todas las causas, la denunciada por intelectuales de la izquierda postmarxista como Traverso, de esos judíos que se quieren judíos, al contrario de los tan celebrados judíos no judíos, de los que tan bien hablaba Isaac Deutscher.

Tras el antisionismo ideológico que tuvo como pater a la Unión Soviética, tras su fracaso a la hora de poner sus manos sobre el Israel que sin embargo ayudó a crear, y las obsesiones troskistas por equiparar nazismo y sociedades occidentales, la palma se la lleva ahora todo ese (post) marxismo a la deriva que parece haber encontrado en las teorías postcoloniales e identitarias su panacea y su supervivencia.

De ahí este refulgente y justiciero amor por esas nuevas y foráneas clientelas, cuyas evidentes fallas son obviadas con un prepotente paternalismo orientalista y con su consideración como sujetos sin responsabilidad alguna sobre sus acciones.

En fin, la vanguardia de la justicia siempre guiándonos hacia el futuro esplendoroso que nos tienen reservado.

David 13/03/18 09:06
No, señor Blázquez, no sea mentiroso además de faltón. Usted no se ha "limitado" a cuestionar la elección de libros de la autora (que también ha reseñado otros seis libros que no tienen nada que ver con este tema). También ha sugerido que busca "contratos y bicocas" de países árabes, y eso no solo es una calumnia, sino que muestra una enorme ignorancia de la actitud de los países árabes hacia los palestinos. (Le doy una pista sobre la polémica más reciente, para que se informe un poco: guglee Mohamman bin Salman y Abu Dis.)

Y usted, ¿por qué escribe esos larguísimos comentarios? ¿Busca "contratos y bicocas" de alguien en particular? ¿O simplemente está desesperado por ver sus mediocres elucubraciones publicadas en una revista seria, aunque solo sea en la sección de comentarios?

Lo dicho, no voy a entrar en un debate, porque tengo mejores cosas que hacer. A diferencia de usted, obviamente.

José Blázquez 13/03/18 15:20
Penitencia: ejercicios de comprensión lectora

Objetivo: identificación del sujeto de estos dos párrafos

Segundo intento:


Y ya puestos en desmadejar ovillos, por qué la (cada vez menos) dadora de lecciones, Europa, no hace lo mismo con China, por el Tibet, con Rusia, por Crimea y Ucrania, con Turquía, con la parte de Chipre que ocupa, con Marruecos, con el Sahara, con todos esos países y zonas africanas y de otras zonas del mundo (vease Francia) que tiene neocolonizados...

Claro que optar por meterse en esos ovillos es muy arriesgado, y meterse con Israel garantiza influencia en los países árabes, léase contratos y bicocas, y garantiza la paz espiritual con los medias y las élites anti Israel y anti judías (sí, ya saben, su traición a las causas progresistas - esa estereotipación cosmopolita e izquierdista de la identidad judía - y su denunciado giro conservador y religioso, tan bien expresado por Enzo Traverso, por ejemplo), siendo los palestinos la excusa perfecta en muchos casos.


Suerte en el intento, y recuerde, para replicar a alguien es precioso en primer lugar entender lo que quiere expresar




José Blázquez 13/03/18 15:24
Obviamente, no hay nada más precioso que ser preciso

Le daré una pista, busque Europa en el párrafo

A mejorarse

David 13/03/18 16:56
Su sintaxis es terrible, y ahí puede uno interpretar lo que quiera. Quizá sea ese su objetivo: para poder salirse por la tangente cuando le interesa.

Y usted, ¿ha hecho los deberes? ¿Se ha enterado de que los regímenes árabes hace ya tiempo que solo hablan de boquilla de la causa palestina, mientras cultivan relaciones con Israel? Que ya lleva pasando unos añitos, ¿eh?

Tampoco ha explicado por qué se desgañita tanto en lo que finalmente es solo una sección de comentarios. ¿Es un escritor frustrado, o espera que le echen un hueso?

José Blázquez 13/03/18 18:02
Gracias por sus formas tan adecuadas para las personas adeptas a la corrección política progre al uso, o estás conmigo o eres un desgraciado ultraderechista. Creo que es una buena definición de tolerancia de progreso.

Y gracias por el hueso, de hecho a los judíos del Yishuv, la comunidad judía en Eretz Israel previa al estado de Israel, les insultaban habitualmente sus vecinos árabes diciendo que los «judíos eran sus perros», un animal nada popular en el Islam.

Pero que le voy a decir, ya sabrá de la tradicional hospitalidad islámica reflejo de ese fake news para modernos que es el Al Andalus tolerante, una version de Disneylandia para progres.

Es por eso que muy agradecido por su potencial hueso

David 13/03/18 18:40
¡Y persiste en sus difamaciones racistas! ¿Puede citar la fuente de la que ha sacado esa "perla"? ¿O se la ha inventado, como los "contratos y bicocas" de los que hablaba más arriba?

Es cierto, en el mundo musulmán se discriminaba contra las minorías (ahl al-dhimma), incluidos los judíos. Todas las religiones discriminan a favor de sus seguidores. Pero es que en esa misma época, los católicos quemaban a los judíos en la hoguera. Un poco de sentido de la perspectiva, señor Blázquez.

José Blázquez 13/03/18 19:53
Termino. Lo que más me divierte de ustedes, instalados en una extravagante y soberbia superioridad moral, es su capacidad de buscar excusas para no enfrentarse a sus debilidades, los hechos, de ahí las conitinuas acusaciones de ultraderechismo que les explicarían de su naderia progre a la moda, o de supuesto racismo que luego es negado hablando de que todas las religiones son iguales..

Pues no, aquí el único imperialismo es el bienpensante progre, el cristiano y el islámista, aquellos que buscan el universalismo y la imposición de unos criterios únicos. Le recuerdo que nosotros, los judíos que quieren seguir siendo judíos, somos particularistas y no tenemos pretensiones de que una supuesta enésima buena nueva se extienda universalmente, al menos de eso siempre nos acusado.

Por otro lado, sigue usted con su zigzag autoexculpador. Primero es lo erróneamente interpretado, luego la culpa es de la sintaxis, para luego volver a las más excusables malas interpretaciones. Es usted un poco veleta, algo ya habitual en todos esos posesos del narcisismo progre.

No pierdo más mi tiempo, usted no ha tenido nada que aportar desde el primer momento, solamente tergiversaciones para defender una causa exenta de justificaciones y solamente repleta de clichés a la última moda.

Mejore su dialéctica, le será muy necesario





David 13/03/18 20:12
No sea soberbio, señor Blázquez. Las debilidades son las suyas, que está muy mal informado, se inventa hechos que luego no puede acreditar, y tiene un ego mucho más grande que su talento literario. Y no pretenda hablar en nombre de los judíos, por favor, que conozco a unos cuantos que consideran que gente como usted dan mal nombre a su religión y son una amenaza al futuro de Israel.

Si es cierto que ha terminado, con esto termino yo.

José Blázquez 13/03/18 21:26
Dese una oportunidad, no recoja las críticas de los demás para devolverlas como si fueran ideas suyas. Es infantil. Lo que natura no da, Salamanca no presta.

Prosiga con su adición a los clichés, o salga de su zona de confort y revise lo que le dicen, como poco aprenderá y se sorprenderá, aunque creo que no para bien, usted es y quiere ser un demagogo a la moda. Que tenga suerte

Consejos de Stanislaw Jerzy Lec, también judío:

El que busca el cielo en la tierra se ha dormido en clase de geografía

Tenía la conciencia limpia; no la usaba nunca.

Siempre habrá esquimales que confeccionen para los habitantes del Congo reglas de comportamiento en las épocas de grandes calores.

¿Es un síntoma de progreso que el antropófago coma con cuchillo y tenedor?

Todos desean vuestro bien. No dejéis que os lo quiten.

Ahora algo original, vuelva al insulto y a la tergiversación, no da más

David 14/03/18 09:56
Jajaja, ya sabía yo que querría tener la última palabra. Supongo que es así que "gana" todos sus debates. Pues nada, apunte otra "victoria", hombre, que se ve que la necesita más que yo. Mazal Tov!

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