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Me gustaría escribir un post dedicado a todos aquellos que me preguntan insistentemente si mi última novela es realista o fantástica.

El escritor del siglo XXI vive una curiosa contradicción: en medio de la fascinante modernidad de su época, se ve obligado a vivir en la maloliente antigualla que es la literatura, un mundo en el que seguimos obedeciendo leyes escritas (la verdad es que no están escritas en ningún sitio) por personas muy viejas, muchas de ellas muertas.

Mi penúltima novela era «realista», una palabra que escribo entre comillas, tal como nos advirtió que deberíamos hacerlo nuestro buen amigo Vladímir Vladímirovich Nabokov.

Muchas personas, conocidas y desconocidas, entendieron que yo había, por fin,
entrado en razón.

Otras pensaron que yo había, por fin, entrado en el redil. Después de unos cuantos ensayos juveniles yo había, por fin, madurado. Por fin, un autor de mi gran talento se dirigía al lugar natural de la literatura: a escribir libros que tratan sobre la vida corriente y describen… bueno, esas cosas que a ellos les parece que es lo que debe describir la literatura.

¡Qué gran decepción cuando en mi novela siguiente, Brilla, mar del Edén, he regresado de nuevo a la fantasía!

Por supuesto, nada de lo anterior es cierto. Ni yo era antes un autor «fantástico», ni La lluvia de los inocentes es «realista» o más «realista» que las anteriores, ni Brilla, mar del Edén es una novela  «fantástica».

Para muchas personas, esa cuestión del «realismo» es como una religión. A mí no me interesan las religiones, y tampoco me interesa esa religión del realismo. Yo no creo que las categorías «realista» o «fantástico» sean categorías artísticas. El arte no responde a esos criterios toscos y ridículamente simplistas. El arte es arte, se expresa en el lenguaje del arte y busca crear en nosotros la visión y la emoción artísticas. Nada que ver con ninguna policía de lo «real» o lo «imaginario». Lo real y lo imaginario pueden ser importantes para la policía, para la ley o para los historiadores: nada tienen que ver con el poeta, que lo que busca es la verdad.

Aunque nadie me lo ha pedido y, en verdad, a nadie le importa lo más mínimo, me gustaría aquí dar una pequeña explicación de por qué hago lo que hago.

Lo que hago y lo que escribo es tan inevitable como lo que hace y escribe cualquier otro escritor, cualquier otro artista. Hago lo que tengo que hacer, lo que recibo en mis visiones, lo que me dicen que haga las fuerzas superiores que trabajan a través de mí, lo que sé hacer y lo que soy capaz de hacer, y no podría en modo alguno hacer ninguna otra cosa. La literatura que yo escribo es la literatura del siglo XXI: casualmente, el siglo en que vivimos.

Yo escribo la literatura de mi tiempo. Intensamente enamorado del pasado como estoy, especialmente de mi amado Renacimiento, y de mi amado siglo XIX y de mi amado Simbolismo, soy de todos modos, e inevitablemente, un escritor de mi tiempo. No puedo escribir para complacer a viejos decrépitos que quieren seguir esgrimiendo, como Bernarda Alba, la vara de la dominadora.

Escribo lo que mi tiempo me dicta, lo que recibo de mi alrededor, lo que me dictan mi vida, mi biografía, mis lecturas, pero esa biografía, esas lecturas, esas experiencias artísticas, provienen todas también de mi tiempo. Mis libros son una reacción a los rayos de luz que inciden en mí. Lo único que yo hago es recibir ese haz de rayos de luz. Pero los recibo, no los niego, no los selecciono, no los adapto a los gustos de los abuelos. Eso no, eso nunca.

Escribo la literatura de mi tiempo, que tiene las siguientes características:

– la unión de la poesía y la narración, de la lírica y la épica, en una unidad superior.

– la unión del «realismo» y la «fantasía» en una unidad superior: el lenguaje de la imaginación.

– la visión de la literatura como una forma artística cuyo objetivo es la creación de un tipo de emoción que llamaremos «la emoción artística».

– la relación entre el arte y la curación por medio del lenguaje de la belleza.

– la relación entre el arte y la transformación de la conciencia, dentro de un proyecto global de evolución del ser humano.

Recapacitemos sobre algunas de estas palabras: poesía, lírica, épica, imaginación, emoción artística, curación, belleza, transformación de la conciencia, evolución. No creo que el arte tenga que ver con la política, como tampoco tiene que ver con el deporte, con la alta costura o con la agricultura. El arte es el arte, y quienes lo practican tienen el derecho a que se reconozca y se respete su trabajo. Los que desprecian el arte o quieren reducirlo a algo utilitario son bárbaros.

El arte no tiene que ver con la política ni con la ética, ni tiene que cumplir ninguna función ni ningún «servicio» a la sociedad. El arte es una herramienta de conocimiento y de transformación del ser humano. Su lenguaje es la belleza, la música y la imaginación.

Son muchos los que están en contra del arte, de la belleza, de la música y de la imaginación. Son los bárbaros, los fanáticos religiosos, los malvados que pretenden que el ser humano siga dormido para poder esclavizarlo, los «pragmáticos» que sólo piensan en el beneficio, los obsesionados con el dinero.

La literatura que yo escribo no es rara ni es anómala. Es la literatura de nuestra época y, por tanto, también, la literatura del futuro. Pero no del futuro en el sentido modernista, como un arte que ahora no es comprendido pero lo será mucho más tarde. No: es el arte de un futuro que ya estamos viviendo y que es nuestro presente, un arte rabiosamente de ahora, que está además íntimamente relacionado con la vanguardia de la investigación en la ciencia, en la biología, en la terapia, en la física.

De modo que basta ya de esa tontería del «realismo» o la «fantasía». No es esa la pregunta. No es ese el problema. No es esa la cuestión, en absoluto.

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