No tan incendiario
Marta Sanz
Cáceres, Periférica, 2014
190 pp. 14,75 €

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A nadie le cabe duda de que Marta Sanz domina como pocos autores nacionales el oficio de escritor: que eso de «juntar palabras» –y son las suyas– se le da de maravilla. Lo que quizá todavía no se tenga tan en cuenta es que, además, porque no siempre va de la mano con lo anterior, posee un discurso. Y con ello no me refiero a pequeñas ocurrencias o, lo que sería peor, ideas de sentido común; tampoco a simples legitimaciones de una poética. Se trata, más bien, de poner por escrito el uso de la razón. En el ensayo No tan incendiario, la autora de novelas tan aplaudidas como Los mejores tiempos (2001) o Susana y los viejos (2006), reúne inteligentes muestras de esa sedición contra la estulticia. Siguiendo la línea de otros insurrectos títulos aparecidos en la colección «Pequeños tratados» (La cena de los notables o Literatura de izquierda) de la editorial Periférica, el libro de Sanz aborda «sin vocación de trasparencia», ni «limpieza», ni «claridad», es decir, sin lo que parece entender como impostadas cortesías estilísticas, algunos de los clichés, retos, perversiones o estigmas de la cultura, aún más, de la cultura en relación con el poder.

Para hacerlo, a la autora le resulta necesario posicionarse: «Vivimos en el momento de la cultura del neoliberalismo. Ojalá viviéramos en el momento de la cultura de la crisis del neoliberalismo». Entendiendo, así, la cultura como reflejo de la ideología dominante, Sanz no esconde la propia y arremete contra aquellas formaciones ideológicas que pretenden hacerse pasar por neutrales, normales o naturales, con lo que fortalecen –todavía más– la tiranía de lo hegemónico. Pero esto tampoco debe llevar a engaño. No se trata de una lucha en dos frentes, de buenos o medio buenos y malos malísimos, de falsas y simples dicotomías, sino que cualquier facción va a ser capaz de distinguir aquí algunos de sus desmanes. Ni siquiera la autora sale indemne de este ejercicio de pensamiento crítico, ya que tanto la «imposibilidad de estar conforme» como el «malestar» que estimularon la redacción de los textos se dirigirán en varias ocasiones contra sus propias actitudes, comportamientos o juicios: «Se da una paradoja en el ámbito de ese yo artístico que se niega a ser subsumido en la lógica del proyecto común […]. Sólo se acepta condescendientemente la posibilidad de firmar en una lista de notables […]. Yo también me he apuntado a esas cosas para evitar males mayores. Para lavarme la conciencia». Y es curioso también que este revés se extienda hasta el lector, quien podrá reconocer parte de sus contradicciones en las de Sanz –las explícitas y alguna otra menos evidente–. Nada, pues, de moralinas ni lecciones grandilocuentes en un libro que, no obstante, apuesta por una concepción sólida de la verdad o, al menos, de la lícita aspiración a acercarse a ella, a liberarse, a emanciparse.

Entre los numerosos sujetos agentes y pacientes a los que incomoda la escritora  a lo largo de estas páginas destaca el importunio reservado al sistema literario: al mercado, el producto, sus artífices, consumidores, jueces, defensores, géneros o hablas. El cuarto de los textos incluidos en el volumen –con una procedencia muy diversa, reflejada, por otra parte, en una estructura que intercala parágrafos con «ilustraciones» de tema afín y, por lo general, provenientes de artículos periodísticos– sintetiza bien aquellos asuntos que recorrerán todo el libro. Este «Diagnóstico» logra identificar con gran precisión los problemas a que se enfrenta nuestra cultura/literatura. Y puede empezarse por cualquiera de ellos porque, casi en cadena, los unos parecen ir engarzándose con los otros: de la mercancía-libro al lector complacido, de éste al autor alienado, desde aquí al lenguaje correcto y mayoritario, después, consenso, enseguida, el batiburrillo entre cultura popular y de masas, la ociosidad, y así, ad infinitum. Nunca sabremos bien cuál es el primer motor causante de todos los males, o quizá sí.

Si bien la táctica de asedio empleada por Marta Sanz no ofrece una respuesta definitiva o plenamente sistematizada –no es su propósito–, al menos permite comprender el funcionamiento de algunas lógicas culturales. Así, por ejemplo, la situación que actualmente ocupa el lector dentro de nuestro contexto literario evidencia buena parte de los absurdos que este último tolera y fomenta. Por un lado, la autora llama la atención sobre cómo la vieja idea de una educación estética para el hombre se ha visto completamente desplazada por una especie de complacencia anestésica ante un público que, además, nunca podrá ser cuestionado, porque se ha convertido en cliente y, como tal, siempre debe tener la razón y quedar satisfecho. Por otro, aclara que ese cambio de perspectiva no sólo afecta a las relaciones comerciales de una industria cada vez más homogénea, sino también, y muy especialmente, al propio lenguaje literario, que se ve incapaz de continuar con aquella tarea que, en algún tiempo, formara parte de sus objetivos: desautomatizar nuestros modos de vincularnos con la realidad. Ante tales circunstancias se afirma aquí: «Me atrevo a proponer una manera de literatura política en la que revolución de lenguaje y lenguaje de la revolución no sean marbetes antagónicos: una literatura que se repiense, que vaya más allá de los moldes discursivos previsibles sin etiquetarse en el círculo concéntrico de la endoliteratura; una literatura política que, además de cuestionar los límites entre géneros, a la vez hable del precio de las cosas, de los oficios, de todo aquello sobre lo que ya no nos paramos a pensar porque es “normal”».

Y, con esto, entra en escena otra parte importante de los aspectos abordados en el ensayo, esto es, el componente político de la cultura. Aunque sin referirse a ello de manera expresa, Marta Sanz deja claro que este planteamiento en ningún caso puede quedar reducido a la peligrosa estetización de la política, ni mucho menos a la propagandística politización del arte, tal como advirtiera hace ya muchos años el hoy en día tantas veces invocado Walter Benjamin. Hacer –y leer– literatura política (es el campo cultural en el que se centra la autora) no equivale a reproducir temas desde los que testimoniar el disgusto de los unos y de los otros, sino que «tiene que ver con la vocación de las palabras de intervenir en lo público». Entonces, ¿qué puede hacer la «cultura de izquierda»? El ensayo propone algunos trayectos. El primero pasa por comprender que cultura de izquierda y cultura política no son enunciados intercambiables. La cultura, la literatura de izquierda se encuentra emplazada en un marco ideológico determinado y, por tanto, entender lo político como simple sinónimo de aquello que únicamente representa uno de sus métodos de pensamiento y acción sólo podrá ir en contra de ese mismo procedimiento. Lo mismo ocurriría en el caso contrario, al concebir, por ejemplo, toda literatura ideológica (cuál no lo es se aclara en el capítulo «La novela hoy») como literatura política. Por otra parte, la cultura de izquierda tampoco puede limitarse a desempolvar viejas luchas parafraseando idénticos lenguajes. Hace falta disentir de lo propio, y no sólo de lo ajeno, si se quiere encontrar un camino que altere el statu quo. Se trata de subvertir los modelos y salir del estado de enajenación imperante. De este modo, la cultura, la economía, la política, concebidas en este libro como esferas estrechamente conectadas, volverán a depender de quienes las constituyen y no sólo de aquellos que las diseñan.

De ahí que la autora se apodere del «Espacio conflictivo del ensayo», título que recibe uno de los últimos textos que integran el volumen, para rechazar la conformidad y complacencia que, desde esta perspectiva, puede achacársele a la posmodernidad, esa no se sabe si consumada época que desplazó «al ensayo de un supuesto objetivo de eficacia política o social para situarlo a menudo en las coartadas metaliterarias, el sexo de los ángeles, el oscuro interior de los culturales ombligos, la autofelación contorsionista, la bola de pelusa de los escarabajos peloteros y las pescadillas que tan infructuosamente se muerden la cola». Marta Sanz, por su parte, rehabilita la posibilidad de estar en desacuerdo y, lo que es más importante, procede de un modo coherente: sin disociar teoría y praxis lingüística. No tan incendiario es la prueba de que no respetar lo políticamente correcto y trastocar ciertas normas temáticas, estructurales o de función discursiva, ayuda a que el lenguaje vuelva a ser más político: común a todos.

Rosa Benéitez ha sido investigadora del área de Estética y Teoría de las artes en la Universidad de Salamanca. Es coeditora del libro Tipos móviles (Salamanca, Luso-Española de Ediciones, 2011). Ha traducido al poeta Antonio Porta y al filósofo Federico Vercellone (Más allá de la belleza, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013).

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