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«La pereza –dice Paul Valéry en su irregular y asombroso Alfabeto– amplifica las cosas pequeñas y cercanas». Es mi versión libre de una traducción literal espantosa que Valéry jamás suscribiría. Esta capacidad lenticular es una importante dimensión de la pereza que se les pasa por alto a Bertrand Russell, a Jacques Leclercq y, en general, a los autores que les han sucedido en la defensa de un vicio tan polifacético.

Está por ver, en efecto, si la pereza es uno de los siete pecados capitales en cualquiera de sus manifestaciones o estados, o si es la mejor traducción de esa acedia que figura en la lista original. Lo sea o no, la función de la pereza en la sabiduría y la creación humana es un tema digno de mayor consideración. En la creación literaria, por ejemplo, la pereza desempeña un papel muy complejo. En general, los grandes escritores trabajan mucho y muy ordenadamente. Sin embargo, es indudable que algunos de ellos han integrado en lo mejor de su estilo esa capacidad para mirar las cosas desde la pereza a la que la literatura universal le debe tanto.

Cuando Ortega aplicaba a la obra de Azorín la afortunada etiqueta de «primores de lo vulgar» apuntaba, sin saberlo, en esta misma dirección de las cosas pequeñas y cercanas. Azorín, cuyo consejo literario recurrente era el de no escribir jamás bajo los efectos del entusiasmo o la emoción, dominaba el arte de la mirada perezosa. Por eso, en muchos de sus escritos, el final se precipita por la irrupción sorpresiva de una impresión vaga, rural y profundamente trágica: la de que ya va haciéndose tarde. Seguro que a cualquier lector empedernido se le ocurren ahora otros muchos nombres que añadir a la lista de Azorín. Todos aquellos en los que la melancolía o la nostalgia desempeñan algún papel importante han bebido en esta misma fuente; también aquellos en los que lo hace el sentido del humor.

Y a partir de aquí se dispara un buen número de interrogantes que acentúan el interés teórico de la pereza. Por ejemplo, ¿es la pereza –en su dosis debida– un ingrediente imprescindible de la mejor lectura? Y, si lo es, ¿puede matar una extrema diligencia lo mejor de un espíritu elevado? En ambos casos pienso que la respuesta es afirmativa. Y lo es por vía doble. En primer lugar, porque una completa ausencia de pereza es incompatible con esa meditación atenta y honesta de lo que se nos revela de las cosas, del ser que nos sale al encuentro bajo la forma de proximidad cotidiana o trivial o de improviso. Por no ponernos heideggerianos, valga decir que en nuestra confrontación más lúcida con cualquier realidad, una actitud de absoluta diligencia, como la que nos propone Descartes, es siempre un fraude intelectual.

En segundo lugar, porque la pereza es la mejor amiga de la imaginación, y la imaginación –junto con el amor– es el verdadero origen de la inteligencia humana. Otro día aclararé por qué la vagancia y el amor explican tan bien la inteligencia humana –y posiblemente la divina–; hoy basta con reparar en que el ensimismamiento y la atención desinteresada por lo que tenemos delante son los que abren al ser humano el juego entre lo que de hecho hay y lo que podría haber. Se aclara así, tal vez, el notable enigma histórico de que el primer pensador que comprende y planifica nuestro espíritu moderno, su voluntarismo y su activismo, el citado Descartes, soliera trabajar metido en la cama.

La presencia del ordenador en nuestras vidas ha supuesto un gran reto para la supervivencia de la pereza y, en esa misma medida, para el progreso intelectual humano. Hay sido y es necesario inventar en nuestros días nuevos estilos de ejercer online tanto el ensimismamiento como la atención desinteresada a nuestro mundo. Un buen nativo digital debe poder hacer de la pantalla, con toda normalidad, el lugar natural de su pereza. Yo, sin embargo, que no soy un nativo digital, me siento incapaz todavía de enfrentarme a la pantalla de un ordenador sin sentir la obligación de hacer algo; aunque es verdad que con la ayuda de las series estadounidenses estoy haciendo grandes progresos.

Yo imagino al lector ideal de cualquier blog sabia y prudentemente abandonado a un momento de pereza. Una pereza que, paradójicamente, ha solido acompañar a lo mejor de la investigación y desarrollo de la humanidad. En efecto, el progreso humano se nutre tanto de pereza como de entusiasmo e interés. Pereza, entusiasmo e interés son tres ingredientes fundamentales en la creación, la investigación y la innovación. Si alguna lección podemos sacar de la epistemología contemporánea –y les aseguro que no es tarea fácil–, es que todos los intentos de explicar el progreso cultural, científico o tecnológico humano omitiendo alguno de estos tres factores han terminado por fracasar.

Un progreso nutrido sólo de interés, sin entusiasmo ni pereza, es un progreso en falso y una recaída en la fatalidad inane de la naturaleza prehumana, en su juego estúpido y fatal de pulsiones y poder, como mostró Schopenhauer. Un progreso nutrido sólo de entusiasmo es invasivo, totalitario y, a la larga, alienante y maleducado, como entrevé con desatendida lucidez lord Shaftesbury en su Carta sobre el entusiasmo.

También es irreal, como enseña la gran aventura histórica de los regímenes comunistas. Tampoco es posible, desde luego, un progreso sustentado en la mera vacación de nuestra mente, en el puro diletantismo.
Todo ello me lleva a postular un axioma básico, práctico y concreto de lo que sería nuestro I+D social, con el que espero predicar con el ejemplo y mostrar para qué sirve la pereza en una ociosa tarde electoral frente a un ordenador: nunca podrá haber una verdadera sociedad del conocimiento si esa sociedad no es también, en su justa medida, una sociedad del ocio.

Hablamos del ocio activo y energético que llena nuestros grandes almacenes del deporte y del bricolaje, y hablamos también del ocio de siempre, perezoso y distraído, que repara en las cosas más peregrinas. Cosas como que, en el cine, el sonido de las pipas se ha sustituido por el de las palomitas –que puede ser más desagradable–, o que los primeros ministros turcos casi siempre tienen nombre de medicamento –como Ecevit o Erdogan–, o que la palabra ser significa cosas muy distintas y habría que estudiar este asunto más detenidamente.

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