Cuando el diablo pide cuentas

PAYBACK. DEBT AND THE SHADOW SIDE OF WEALTH

Margaret Atwood

Anansi, Toronto

Todo el talento de los mejores economistas del mundo no ha servido para evitar la peor crisis económica desde el crash de 1929, ni siquiera para explicarla convincentemente una vez producida, de manera que no debe extrañar que recurramos a otras fuentes de autoridad para tratar de arrojar algo de luz sobre lo que está pasándonos. Margaret Atwood, poeta, novelista y crítica, ha demostrado además olfato y capacidad de anticipación con este ensayo sobre el papel central de la deuda en la religión, la literatura y la sociedad, publicado el pasado mes de octubre y concebido, por tanto, con anterioridad a la explosión de la crisis financiera. Su indagación empieza por las deudas que los hombres contraen con los dioses y su primera parada es en el Antiguo Egipto, donde la diosa Ma’at, hija del dios Ra, es la encargada de pesar el corazón de los que mueren contra nada menos que la suma total del orden del universo. Aquellos que no pasen la prueba serán devorados por un dios feroz con cabeza de cocodrilo. Siglos más tarde, el cristianismo atribuye este papel de pesar las almas en el Juicio Final al arcángel San Miguel, que cuenta para ello con la ayuda de San Gabriel, encargado de llevar la contabilidad de las buenas y las malas obras de cada ser humano. También en el islam dos ángeles se ocupan de esta tarea, aunque en este caso cada uno guarda un libro distinto: Rageeb el de las buenas obras y Ateed el de las malas.

Atwood encuentra numerosas pruebas adicionales del carácter central de la deuda en todas las religiones, pero se detiene especialmente en el padrenuestro y en ese verso en el que se pide «perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Es cierto que en otras versiones de esta oración se sustituye «deudas» por «pecados» («ofensas» en la actual liturgia en español), pero pronto aprendemos que en arameo la palabra utilizada para «deuda» era exactamente la misma que para «pecado». Pero entonces, ¿ser deudor es malo desde un punto de vista moral? ¿Y qué sucede con esa otra cara de la moneda que es ser acreedor? ¿Acaso sería también pecado? Para tratar de responder a estas preguntas la autora recurre a la literatura y compara el trato que sus creadores dan a dos personajes arquetípicos: el doctor Fausto de Christopher Marlowe y el Scrooge de Dickens. Ambos han firmado un pacto con el diablo, aunque el de este último no se haga explícito en la novela, pero mientras que Scrooge se sal¬va al final de la historia, el doctor Fausto, «una persona mucho más generosa y respetuosa que aquél», acaba con el cuerpo descuartizado y el alma condenada al infierno. Margaret Atwood busca la explicación a este agravio comparativo en el hecho de que entre Marlowe y Dickens se produce en Inglaterra la reforma protestante y que, en la época victoriana, la adquisición de riqueza no estaba ya mal vista desde el punto de vista religioso. De manera que Dickens no tiene nada en contra de que Scrooge sea rico. La cuestión no es tener dinero ni incluso cómo haya podido adquirirse, sino que lo que cuenta es cómo se utiliza la riqueza. Se empieza a definir, por tanto, una nueva moral del dinero y de las deudas en un sistema ya propiamente capitalista.

Ese capitalismo emergente del siglo XIX se construye sobre una ética del trabajo duro, del ahorro y la austeridad, que alienta el enriquecimiento pero que exige a los ricos un deber de filantropía para devolver a la sociedad lo que han recibido de ella. Un siglo más tarde, el capitalismo habrá entrado en una fase de consumo masivo en la que los valores anteriores de la austeridad y el ahorro se convertían en un estorbo para el desarrollo económico. En la época de la tarjeta de crédito y de las hipotecas populares el hecho de endeudarse había perdido su antiguo estigma moral. Y, de esta manera, la deuda del sector privado en Estados Unidos, que ascendía a un 123% del PIB en los años ochenta, se disparó hasta un 290% en 2008. En este mismo período, la deuda doméstica pasaba del 48% al 100% del PIB. Cuando esta montaña de deuda se derrumba como un castillo de naipes en la actual crisis financiera, no es arriesgado predecir que está próximo un giro en la consideración moral de los deudores. Como dice Margaret Atwood, todo indica que la deuda volverá a ser pecado de una forma u otra. Pero ya Keynes advirtió con su famosa paradoja que esta tendencia al ahorro, que es la reacción natural en tiempos de crisis, puede dificultar la recuperación de la demanda haciendo más probable el descenso hacia la depresión económica. En todo caso, en esta crisis el juicio moral más riguroso ha recaído no tanto sobre los deudores como sobre los acreedores, y el desprestigio se ha extendido sobre aquellos banqueros y operadores financieros que cobraban millonarias primas mientras los Estados tenían que intervenir para salvar sus empresas con dinero público.

Después de examinar las diversas formas que adoptan las deudas de los hombres con los dioses y las deudas de los hombres entre ellos, Atwood dedica su último capítulo a las deudas del ser humano con la Tierra. Utiliza para ello a un personaje que bautiza como Scrooge Nouveau, trasunto contemporáneo del avaricioso usurero creado por Dickens. Hoy como ayer el nudo de la trama es el pacto con el diablo, sólo que en su versión moderna el contrato fáustico se convierte en una metáfora del progreso tecnológico: lo que el ser humano ha logrado gracias a él y lo que debe pagar por ello a partir de ahora en términos de catástrofes ecológicas. El argumento es bien conocido: cómo un desarrollo ciego basado en el agotamiento del capital natural es insostenible y cómo la propia naturaleza ha empezado a pasar ya las cuentas de esta sobreexplotación de sus recursos. En su relato, que es convincente en cuanto al fondo del asunto, puede perdonarse a la autora la trivial utopía ecologista que esboza como alternativa de futuro. Mayores problemas suscita su visión anclada en los informes del Club de Roma de los años setenta, de un malthusianismo primario que atribuye todos los males de la tierra al crecimiento exponencial de la población, cuando para la mitad del planeta el declive demográfico se ha convertido en una de las principales hipotecas para las próximas décadas.

En último término, hay que lamentar que al final del ensayo la autora haya preferido la caricatura fácil del empresario depredador antes que la sutil indagación, que prevalece en el resto de la obra, sobre un aspecto crucial de la condición humana. Estas objeciones no empañan, sin embargo, la pertinencia de la reflexión que propone y el acierto en su intuición fundamental, que no era en absoluto evidente hace sólo unos meses: la vinculación entre la crisis financiera y el desafío del cambio climático, si no en su génesis sí en las respuestas políticas a ambos problemas. Contra todo pronóstico, la peor crisis económica en ochenta años no ha hecho archivar para mejor momento las consideraciones medioambientales sino que, por el contrario, muchos gobiernos, empezando por el norteamericano, consideran que se trata de una oportunidad para avanzar en la transición hacia una economía más verde. Y ello en buena parte como un esfuerzo de remoralización del capitalismo que ofrezca un nuevo sentido a la vida económica más allá de un consumismo compulsivo financiado por una deuda impagable.

Ficha técnica

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