Los años vertiginosos de Alemania


Noticias de Berlín. Crónicas de Alemania antes y después de la caída del Muro
Cees Nooteboom
Madrid, Siruela, 2014
392 pp. 24,95 €

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Noticias de Berlín es una recopilación de textos que Cees Nooteboom publicó por separado con anterioridad. Consta de cuatro partes y un breve epílogo. La primera de ellas, la más antigua, se publicó por vez primera en 1990 con el título que ahora da nombre al conjunto. En aquella década se llevó a cabo una edición española titulada La desaparición del muro (Península, Barcelona, 1992), en la misma traducción ahora reeditada. Dicho título resulta en esta nueva edición un tanto engañoso. Pudiera inducir a pensar que el libro entero está consagrado a la ciudad de Berlín y eso no es cierto. De ahí la pertinencia del subtítulo: Crónicas de Alemania antes y después de la caída del Muro. De este modo, el posible lector queda suficientemente avisado de lo que encontrará en el libro de Nooteboom. Lo cual no quita para que, efectivamente, Berlín acapare el mayor número de páginas.

El vínculo de este autor neerlandés con Alemania viene de lejos, favorecido por su conocimiento de la lengua alemana. En repetidas ocasiones, a menudo durante largas temporadas, residió en Berlín, ciudad por la que profesa una honda y confesada fascinación. Así pues, su libro no es el resultado de las notas de un viajero. Contiene la crónica pormenorizada de un hombre que ha vivido en el lugar que describe. Con razón distingue entre la perspectiva del escritor que se sabe de paso y la suya de residente familiarizado con los sucesos cotidianos del lugar. No fue, pues, un capricho del azar que a Nooteboom la caída del Muro lo sorprendiera en Berlín. El provecho literario que saca de tal acontecimiento es notable.

De gran interés testimonial se me figura su crónica relativa al año 1989. Sabido es que esta fecha representa una cesura no sólo en el destino de Alemania, sino también en el del continente europeo. El escritor es consciente de estar asistiendo a un hecho histórico de extraordinaria magnitud. Destinados en su día a la publicación inmediata, los textos, todos ellos fechados, tienen un aire de diario, lo que les confiere una intensa sensación de época, a medias entre el periodismo y la impresión costumbrista y personal.

La primera parte del libro dedica amplio espacio a la República Democrática Alemana. Nooteboom pudo valerse de su permiso de residencia domiciliado en Berlín Occidental para cruzar la frontera de la RDA sin más dificultad que los exhaustivos y con frecuencia esperpénticos controles. No se limitó a visitar la parte oriental de la ciudad, sino que atravesó en automóvil privado el país y observó lo que le permitieron observar e incluso, a hurtadillas, un poco más de lo permitido. Reunió así un testimonio de primera mano acerca de la sociedad comunista, su burocracia, la omnipresencia de la policía y los servicios secretos, el descontento de la población y el derrumbamiento estrepitoso del sistema apenas unas semanas después de que los gerifaltes del régimen, con Gorbachov como invitado especial, hubieran celebrado por todo lo alto el cuadragésimo aniversario de la existencia del país.

La suma de artículos conduce a tramos desiguales de escritura. Predominan las observaciones detalladas, en unos casos amenas, en otros tirando a prolijas. El libro no se propone en ningún momento el análisis; pero tampoco excluye los pasajes propiamente reflexivos, con nutrido acompañamiento de fotografías, ni los comentarios sobre un sinfín de asuntos: culinarios, artísticos, políticos. El autor visita museos, evoca celebridades del pasado, relata episodios cotidianos, describe lugares, encadena opiniones sin apartarse un milímetro de la perspectiva subjetiva. Todo ello envuelto en una prosa directa y llana. La traducción, repartida entre tres traductores, fluye con naturalidad a pesar de algunos deslices de bulto: «detrás nuestro» (p. 21), «arquitrabe» (p. 232) y varias erratas que afectan a la transcripción de citas y pasajes en lengua alemana.

Las observaciones de Nooteboom son por lo general matizadas. Con agudeza paródica hace un retrato de conocidos mandatarios de la RDA. De Walter Ulbricht (jefe de Estado hasta su destitución en 1971) afirma que «es tan jovial como patética su república». Prevé, no obstante, y en ello coincide con otros intelectuales de aquel tiempo, las desventajas sociales y económicas que acarreará la reunificación a los ciudadanos de la RDA. El autor puntualizará esta convicción más adelante, escribiendo en una de sus notas (p. 220) que «quien afirma que hay sobrados motivos para lamentar la desaparición de esta república debe de sentir un gran desprecio por los seres humanos». Lo cual no significa que Nooteboom exonere de críticas, a menudo ácidas, a la Alemania Occidental capitalista y rica, entre cuyos ciudadanos no escasean, en su opinión, la insolidaridad y la arrogancia.

Tanto en la parte dedicada a los tiempos anteriores a la caída del Muro como en la relativa a los posteriores, figuran crónicas de desplazamientos (excursiones, giras de lectura, visitas privadas) por diferentes zonas de Alemania, lo que contribuye a trazar un dibujo bastante completo del país. Se advierte en estos tramos del libro la sombra de Goethe y, por tanto, la del viajero perspicaz que no se contenta con la admiración del paisaje y la descripción de costumbres peculiares y tipos curiosos, sino que intenta por encima de todo comprender la realidad circundante, fijándola en conceptos generales, pasándola por el tamiz de la crítica. El libro entero transmite una impresión de historial psicológico de una nación sobre la cual el autor afirma (p. 230) que «está inacabada: aunque se remonte a los tiempos más antiguos, sigue en construcción». Y en la misma página la conceptúa de «país antiquísimo, y a la vez el más joven de los Estados europeos».

Goethe está presente de forma explícita no sólo en la inexcusable visita a Weimar. También es evocado con ocasión de una excursión por la sierra del Harz. Nooteboom atravesó el idílico paraje siguiendo, dos siglos después, la misma ruta que el genio, si bien en automóvil por anchas y bien asfaltadas carreteras. Resuena a veces en el libro un susurrado lamento por la falta de sustancia romántica en la industrializada y moderna Alemania.

La segunda parte testimonia el regreso del escritor a Berlín. Han pasado varios años. Ya no hay Muro ni dos Alemanias. La ciudad es un bosque de grúas. En los solares que conformaban la «zona de la muerte» se levantan ahora nuevos edificios. La Potsdamer Platz está irreconocible. Nooteboom ironiza: la casa de cambio de la Invalidenstrasse alberga ahora un sex shop. Por otra parte, entiende que Berlín abrigue el deseo de dejar atrás su imagen de ciudad dividida y abandone de una vez para siempre la condición claustrofóbica que le impuso la Guerra Fría.

El libro hace alusión en esta segunda parte a la no siempre fácil convivencia de los ciudadanos alemanes occidentales (Wessis) y orientales (Ossis), sobrenombres que se aplican los unos a los otros. Pasada la euforia inicial tras la caída del Muro, reunificado el país, Berlín ha vuelto a la tranquilidad y, en cierto modo, desde la óptica al menos de Nooteboom, a la grisura, y no faltan la desilusión y las quejas. Ya no hay, de hecho, triunfos ni sucesos históricos que celebrar. Los habitantes de la antigua RDA disponen ahora de libertad para viajar por todo el mundo, pero carecen de dinero para hacerlo. Las grandes cadenas comerciales se han extendido por el Este a costa de los negocios locales de dicha zona, cuyos ciudadanos viven con una sensación amarga de estar en su país en calidad de admitidos o como familiares pobres a los que hay que sustentar y, de paso, dar lecciones prácticas de democracia. Las menores posibilidades laborales y de formación, los sueldos y rentas más bajos, inducen a muchos jóvenes de la antigua RDA a buscarse la vida en la parte occidental.

De todo ello da cuenta pormenorizada Cees Nooteboom, centrándose a veces en casos particulares. El dibujo humano de numerosos actores e implicados, también de escritores y gente de la cultura y el arte, que traza en esta segunda parte del libro está francamente conseguido. Con acertado criterio, la edición incluye un glosario de nombres provisto de abundantes datos biográficos, así como un índice analítico y otras notas aclaratorias encaminadas a informar al lector de las personas mencionadas en el texto.

Las partes tercera y cuarta del libro, de menor extensión, son complementarias de las anteriores. Reúnen una miscelánea de textos variopintos con los que el autor completa, sin añadir nada esencial, su retrato de Alemania. El lector encontrará reflexiones acerca de la pintura moderna, un comentario sobre tertulias de televisión con moderadora femenina (una especialidad alemana), un discurso pronunciado con motivo de la concesión a Nooteboom de un doctorado honoris causa y hasta una conversación suya a solas con Angela Merkel sobre esto y aquello, pero no de política, en un balcón.

Una nueva visita a Berlín en 2008 suscita en Nooteboom la impresión de haber llegado a una ciudad nueva. Justo él, que la ha visitado en tantas ocasiones, que residió largo tiempo en ella, confiesa sentirse como un forastero. Considera que la Historia se borra con cada edificio de nueva planta, a menos que permanezca interiorizada en sus testigos. A este respecto, afirma (p. 336): «Una guerra no termina hasta que la última persona que la vivió ya no está en este mundo».

En su conclusión, Cees Nooteboom constata que uno de los mayores problemas que tiene la Europa actual es la ignorancia mutua que se profesan los europeos de las distintas naciones. Aunque sólo fuera por combatir dicha ignorancia, quedaría plenamente justificada la lectura de un libro de las características de este aquí reseñado.

Fernando Aramburu es escritor. Sus últimos libros son Viaje con Clara por Alemania (Barcelona, Tusquets, 2010), El vigilante del fiordo (Barcelona, Tusquets, 2011) y Años lentos (Barcelona, Tusquets, 2012)

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