Pactos secretos
PEDRO UGARTE

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Cuando se carece de la conveniente originalidad y de la suficiente ambición artística, la novela –llamémosla así para entendernos– de corte social o crítico puede alcanzar cotas de perfección directamente proporcionales a su capacidad para convocar al tedio. Esto sucede cuando el novelista decide convertir el relato en fehaciente demostración de sus nítidas percepciones acerca de la naturaleza y leyes de la realidad. El resultado se asemeja –con todo lo que pueda tener de brillante y todo lo que tiene de trivial– a la comprobación de un teorema previo, pero dista mucho de ofrecer el sentido transformador que emana de la literatura cuando se ejerce de la manera que le es natural: como poderoso instrumento de conocimiento.

Lo que el lector puede encontrar en la segunda novela de Pedro Ugarte es precisamente ese género de perfecta inanidad que, según he tratado de describir, afecta a la ficción literaria cuando se concibe como resultado, no como punto de partida. Por eso Pactos secretos tiene el aspecto de un exemplumcon el que el autor pretende demostrar los efectos devastadores de la esperanza cuando se sustenta sólo en el dinero. Para ello pone en juego la sucinta peripecia del ingenuo y pusilánime Mario Nork, un escritor mediocre que, a punto de tirar la toalla, hereda una pequeña participación en un suculento edificio de oficinas. Tal vez por primera vez en su vida decide tomar la iniciativa, plantear y ganar todos los pleitos necesarios, enfrentarse a opulentos y codiciosos que le disputan lo suyo. Todo ello para alcanzar un idílico y modesto paraíso vedado al común de los mortales: disfrutar del ocio en horario laboral, dedicarse a la literatura a tiempo completo, liberar su relación sentimental con Regina, la eterna novia, de sus anquilosadas rutinas. Para librar esta decisiva batalla acude a su amigo Ernesto Ezkurra, un abogado tan ambicioso y tenaz como, a la postre, falto de escrúpulos, que conduce directamente al desastre las ilusiones de Nork.

Esta breve sinopsis advierte ya de la profunda raigambre de muchos tópicos en la novela. Tópica es no sólo la caracterización del protagonista como héroe mediocre y anodino, sino también la de una buena parte de la comparsa de secundarios, integrada por abogados y empresarios sin principios, por jefes sórdidos o caraduras acompañados de rotundas señoritas. Por otro lado, el prisma costumbrista bajo el que Ugarte define a sus personajes encuentra justo cauce en una trama que recuerda a las de tantas películas americanas de contenciosos y voraces ejecutivos. Ni siquiera el lenguaje escapa de la correspondiente ración de inanidad, sea en su tedioso tono habitual, sea cuando el narrador se pone estupendo con su peculiar sentido del ingenio (y del humor: admírese la sarta de alusiones casposas que dedica el narrador a la explosiva Vicky, págs. 70-77).

El problema medular de esta novela, vuelvo a insistir, es que pretende ofrecer una radiografía de una cierta faceta del hombre actual (acompañada de otra de determinados sectores de la sociedad vasca) desde presupuestos completamente superficiales. Ugarte ha preferido construir una farsa frívola y carnavalesca de figurones, en lugar de crear auténticos personajes; ha preferido respetar los esquemas manoseados que proporciona la costumbre para contemplar la realidad, renunciando a recrearla, a pensarla a través de los instrumentos transformadores de la palabra literaria. Habrá quien se conforme con la levedad y la fácil digestión de novelas como ésta, amparándose en su corrección (ese extraño aval de prestigio hoy en día). Quien así lo haga no debería llamarse a engaño, y mucho menos inducir a error: la corrección, por sí misma, es atributo de la urbanidad, no de la literatura.

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