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China

La grafía de China en mandarín es 中國.El primer ideograma puede traducirse como centro y el segundo por poder, imperio, supremacía y otras acepciones relacionadas con lo que el DRAE define como «tener expedita la facultad o potencia de hacer algo». Entre otras cosas, imponer la voluntad de un individuo o grupo sobre la de otros. En definitiva, una posible traducción al castellano de China sería poder central; otra, amparada en su larga historia imperial, imperio del centro.

¿Centro de qué? Depende de cómo se defina la cosa. Cabe que los habitantes de esa región tratasen de explicar su posición topográfica en el mundo que mejor conocían -el Asia oriental de hoy- y cayesen en la cuenta de que ocupaban su centro. Otra posibilidad que parece haberse impuesto con el tiempo es el reconocimiento de que en esa área se instalaron determinadas instituciones de poder perdurable a las que se dio en llamar imperio. Sea como fuere, la separación entre China como noción geográfica y como poder político se ha abierto paso -sólo entre quienes no tenemos al mandarín como lengua materna- en tiempos recientes: desde que China dejó de ser la potencia hegemónica en ese espacio. Una época que coincide con lo que allí se conoce como los cien años de humillación, desde la derrota imperial en las guerras del opio (1839-1842 la primera; 1856-1860 la segunda) hasta la fundación de la República Popular en 1949.

Humillación (DRAE: «herir el amor propio o la dignidad de alguien») es un término al que los chinos en general y los comunistas en especial responden con destacada suspicacia. El gran logro de la China de hoy es haberse librado de ese sambenito y convertido en una nación soberana e independiente.

¿Sólo eso? Xi llegó al poder hablando de su sueño chino al que definía como el rejuvenecimiento de la nación (DRAE: «renovar, dar modernidad o actualidad a lo desusado, olvidado o postergado»). Descontados los problemas de traducción, lo que proponía el ling xiu (líder máximo) no podía ser otra cosa que recuperar de algún modo la herencia imperial. Por supuesto, esa meta se formulaba ahora en un lenguaje actualizado (fin de la interdependencia; competencia geopolítica duradera), pero no dejaba dudas sobre su desenlace: China contaba con las mejores soluciones para los desafíos de un mundo tan complicado y multipolar como el actual, mientras que la hegemonía de Estados Unidos cotizaba a la baja. Léase Trampa de Tucídides y otros embelecos de la misma índole.

Sea así, o no, como acabe la competición geopolítica de China con Estados Unidos, la dura realidad del segundo mandato de Xi ha sido la de una economía a la baja que cuadra mal con tan altas expectativas. Si durante su primer período se mantuvo entre 6-7% de crecimiento anual, a partir de 2018 (6,75%) empeoró. En 2019 el listón (5,95%) bajó casi 1%; y, pese a evitar convertirse en negativo, en 2020 -el año central de la pandemia- el ritmo de crecimiento cayó a 2,84%; y las perspectivas hasta 2026 -tras el rebote postpandemia de 8,02% previsto para 2021- lo colocan decididamente por debajo del 6%.

Adicionalmente, la otra gran jaqueca de los dirigentes de Pekín se debía a las relaciones comerciales con Estados Unidos. A principios de 2018, el presidente Trump anunció la imposición de aranceles sobre $60 millardos de importaciones originadas en China que supuestamente violaban la legislación americana de propiedad intelectual. Algo más tarde, la disputa escaló hasta un 25% adicional sobre el total de las importaciones de China ($505 millardos en 2017). El triunfo de Joe Biden en 2020 no ha supuesto aún un cambio notable de las relaciones entre ambas partes.

Durante su primer quinquenio, Xi y su equipo mostraron una gran incapacidad para imponer un viraje a su política económica. Sabían de su necesidad, pero no cómo hacerlo dentro de los límites que la economía arrastraba desde el plan de estímulo 2008-2010 (altísimas tasas de inversión; un enorme sector público; deuda disparada; colosal superávit en la balanza comercial).

La estrategia de reequilibrio defendida por muchos analistas, en su mayoría extranjeros (protagonismo del consumo de los hogares, expansión del sector privado y reducción del sector exterior), nunca fue tomada en serio por los numerosos grupos locales para la reforma impulsados por Xi y presididos casi todos por él. Tampoco duró mucho la alternativa (reforma estructural desde la oferta; SSSR por sus siglas en inglés) anunciada en 2016 pero carente de efectos tangibles. Ni la deuda total se redujo, ni los planes de reestructuración de algunos sectores se ejecutaron, ni el consumo aumentó su participación porcentual en el PIB.

El mazazo de un crecimiento mínimo en 2020 debido al virus de Wuhan y la pausa en la negociación de nuevos términos en las relaciones comerciales con Estados Unidos volvieron a situar en primer plano la necesidad de la reforma.  

El Quinto Pleno del Comité Central en una resolución publicada en 3 noviembre 2020 señaló una nueva estrategia que esta vez sería clara y precisa. Por el momento, no es más que un documento de grandes líneas para una presunta nueva etapa.

La resolución se sostenía en una base bifronte: aumento de la demanda doméstica y de la independencia tecnológica nacional. Y, si alguna de esas dos metas tiene un peso específico, ésa es la segunda. «En la perspectiva de los dirigentes chinos, la interdependencia económica con el Oeste en general y Estados Unidos en particular, plantea riesgos inaceptables para su seguridad. Como el divorcio [de-coupling] se ha convertido en un requisito básico de la estrategia americana de contención de China, los dirigentes chinos han convergido en una respuesta para reducir su vulnerabilidad ante esa intención».

Difícilmente podría llevarse esa estrategia a la práctica sin reforzar el consumo interior. Como sabemos, ésa era también una parte fundamental en la estrategia de reequilibrio a través de mecanismos de mercado y como esta nueva dirección de la política económica ha hecho caso omiso de ella, conviene detenerse en la diferencia que ese sintagma cobra en cada una de las propuestas. Para los partidarios de un reequilibrio, digamos liberal, se trata de reducir al máximo las trabas repetidamente señaladas que se oponen a su adopción. Una vez más: altísima tasa de inversión infraestructural; represión financiera; y desequilibrio en la balanza comercial.

Liu He, a quien se tiene por el inspirador de la nueva política, lo veía de forma por completo diferente en un artículo publicado en el Diario del Pueblo: una circulación dual cuya principal virtud será librar a China de los intentos -así se tradujo al inglés- de acogotarla. ¿Hmmm?

Para Liu, cuando China necesitó apoyarse en el mercado exterior, la reducción del consumo era un mecanismo ineludible porque las exportaciones dependían de los bajos  costes salariales. Pero hoy «nuestro país cuenta con una población de 1,4 millardos y una renta per cápita por encima de diez mil dólares. Es el mayor mercado consumidor del mundo y tiene un gran potencial. Las mejoras y el aumento del consumo, combinadas con una nueva tecnología y producción proveen un inmenso espacio para crecer. Tenemos que aprovechar la estrategia básica de ampliación del consumo doméstico para crear una circulación positiva de producción, distribución, logística y consumo soportada por el mercado doméstico».

¿Está Liu proponiendo volver, dentro los límites de la economía global de hoy, a una relativa autarquía como la del imperio anterior a las guerras del opio? A eso me referiré más abajo, pero antes conviene precisar los objetivos estratégicos del nuevo curso y su expresión táctica.

Para Jude Blanchette, la circulación dual representa un nuevo paradigma para el capitalismo de Estado chino. Lo que antes se definía como China Inc. se convertirá en PCC Inc. o, en términos españoles, de China, Sociedad Anónima pasará a Partido Comunista de China, Sociedad Limitada. Esto último impone una intervención exhaustiva del estado-partido en la dirección de todos los detalles de la política económica.  

Pero ¿no era acaso eso lo que se venía haciendo desde la fundación de la República Popular?

Para Blanchette no se trata de encontrar argumentos adversativos, sino de entender cabalmente los nuevos perfiles en la propuesta de Xi: un sistema que equilibre las nuevas realidades económicas de integración global con el imperativo político fundacional de mantener al partido en la cumbre indiscutible del poder.

China Inc. se refería, ante todo, al impacto internacional de las compañías chinas, públicas y privadas, y a la deriva de la BRI –Belt and Road Iniciative en inglés; Nueva Ruta de la Seda en castellano- sin prestar demasiada atención a sus fundamentos domésticos.

China Inc. descansaba sobre el grupo de campeones nacionales (grandes empresas líderes en sus respectivos campos) que colaboraban con los planes de Pekín para dominar las alturas estratégicas de las cadenas de valor. PCC Inc., por el contrario, se propone operar en todos sus escalones, de arriba abajo, desde las tierras raras hasta la tecnología financiera.

China Inc. era un entorno diverso en el que operaban tanto gigantescas empresas públicas como otras privadas igualmente gigantescas (Alibaba, Ant Group, Tencent, Didi y demás) cuyos intereses a menudo entraban en colisión. PCC Inc. es, por el contrario, un ecosistema complejo que integra compañías públicas, privadas y de capital mixto en nombre de la seguridad nacional. A lo largo de 2021 se anunciaron una serie de medidas coactivas (tutela estatal sobre las grandes empresas tecnológicas; prohibición de actividades privadas de ayuda extraescolar; reducción a tres horas semanales del tiempo de juegos online de los menores) que muestran la determinación del partido en intervenir y regular la vida social en todos sus detalles.

Si el combustible de China Inc. eran los subsidios estatales; PCC Inc. se mueve con herramientas complejas que incluyen capital global, mercados de deuda y una política industrial flexible a la medida de las opciones cotidianas y a largo plazo del partido. El nuevo modelo carece, pues, de límites definidos entre lo público y lo privado, entre los mercados y el plan. «Lo que ha hecho Pekín es dejar a un lado la dicotomía entre propietario y regulador de activos estatales y empresas para convertirse en el inversor de primera instancia». Lo esencial de esta nueva forma de intervención estriba en la capacidad financiera del partido para apoyar sin rigideces a unos y a otros según sus intereses.

En este nuevo arreglo, el papel del estado-partido pasa del manejo regulador de empresas (obtener máximos beneficios del holding público SASAC y del resto de SOEs -empresas propiedad de poderes provinciales o locales-; determinar sus salarios y seguir las actividades de sus directivos) a dirigir toda la economía mediante la asignación de capital. Algo parecido a lo que suponen los fondos inversores soberanos como Temasek Holdings en Singapur y sus imitadores por el ancho mundo, pero a escala de una sociedad monumental.

Cómo funcionará eso en la práctica está aún por definir. La idea, empero, es que los inversores estatales, que incluirían a Central Huijin [el holding bancario del gobierno central JA] y a un amplio grupo de otros gestores estatales, seleccionarían y pondrían billones de renminbi, bien en efectivo, bien como capital, a disposición de los sectores que Pekín considere estratégicos en cada momento.

«Este cambio de paradigma se basa en el control crecientemente sofisticado del sistema financiero doméstico y en la creencia de que Pekín podrá “liderar” la trayectoria económica y tecnológica de China con mayor firmeza mediante nuevos mecanismos que canalicen el capital a través de entidades participantes en el mercado o de los mercados mismos […] Dicho de otra manera, este ecosistema financiero más amplio actúa hacia el exterior como “inversor de primera instancia” y (selectivamente) hacia adentro como guardacantón que provee de subsidios a las compañías e industrias con  suficiente peso económico, político o estratégico».

El nuevo modelo, por decirlo de forma menos cortés que Blanchette, equivale a la resurrección del estado planificador, protegido hoy por los pañales del capital riesgo, los grandes datos y los algoritmos. Imagino que ni Von Mises ni Hayek verían mucha diferencia con el anterior.

Alicia García-Herrero ha explicado hace poco sus aspectos tácticos. La primera mención de la circulación dual por Xi es relativamente reciente -mediados de mayo 2020- y la nueva estrategia sólo se ha convertido en política oficial tras su inclusión en el Decimocuarto Plan Quinquenal en marzo 2021. En definitiva, aparece en una coyuntura de desplome de la economía nacional y de tensas relaciones comerciales con Estados Unidos que exigía una respuesta más coherente que la vaporosa reforma estructural de 2016.

En 2018 Trump hizo caer a los dirigentes chinos en la cuenta de su vulnerabilidad. ¿Hubieran dado paso a la nueva estrategia de no haber acusado ese golpe? El deseo de autosuficiencia latía ya en el plan Made in China 2025, propuesto en 2015, un tiempo en el que China aún se sentía a gusto en el centro de las cadenas de valor de la economía mundialista. Ahora la situación había empeorado para sus intereses nacionales en varios aspectos. Un ejemplo esclarecedor: la industria tecnológica china no podía depender del albur de una escasa producción nacional de semiconductores.

La respuesta, pues, tenía que partir de las antípodas del reequilibrio pro-mercado y reafirmar la imprescindible autosuficiencia económica del país. La nueva estrategia exigía dedicar ingentes recursos a la investigación básicaLa discusión sobre la capacidad tecnológica de China ha generado gran interés. Entre nosotros el libro de Claudio F. González (El gran sueño de China. Tecno-Socialismo y capitalismo de estado. Tecnos: Madrid 2021) es lo mejor que yo haya leído en inglés y en castellano. y a su desarrollo industrial, pero los dirigentes chinos creen contar con los recursos intelectuales y materiales suficientes para que su país se autoprovea de bienes de alta gama y amplien la participación corriente arriba (upstream) de su país en las cadenas de valor.

Si todo sale bien, China podría convertirse en un serio competidor de los grandes exportadores mundiales de tecnología como Alemania, Japón, Corea Sur o Estados Unidos. Adicionalmente, la BRI apoyaría su renovada capacidad exportadora, lo que haría posible finalmente posible ese aumento del consumo interno de productos -ahora nacionales- que exigía por otros cauces la teoría del reequilibrio.

Conclusión: «la circulación dual aislaría al mercado doméstico del resto del mundo, eliminando cuellos de botella en recursos naturales o tecnología con la integración vertical de la producción para tornarse autosuficiente apoyándose en su enorme mercado doméstico. […]  Por si eso no bastara, el segundo aspecto de la circulación dual -aumentar la demanda de sus exportaciones frenando la de los países occidentales- ampliará la importancia de la BRI para asegurar mercados abiertos en los países en desarrollo. En síntesis, la circulación dual forma parte del plan director de China para conseguir hacerse autosuficiente no sólo en recursos y tecnología, sino también en demanda, gracias a su mercado doméstico y a los de terceros países incorporados a la BRI».

¿Tendrá la circulación duales las propiedades taumatúrgicas que le atribuyen Xi Jinping y Liu He jaleados sin límite por los medios oficiales que controlan?

Las primeras críticas ​del programa en medios no financiados por Pekín son poco optimistas. Minxin Pei, un reconocido especialista independiente https://www.prcleader.org/quick-take, lo saludó con un juicio irreprochable. Bajo el peso muerto de la jerga burocrática, no hay por el momento más que la urgencia de saber necesaria una reforma de la economía china sin concretar la auténtica misión del estado-partido en ese nuevo subsistema ecológico donde Xi quiere revolver a todos los actores, sean públicos, privados o trans. Al cabo, la mejor prueba del pastel está en comérselo y Xi no ha llegado aún a darse ese gusto… si es que algún día llega a hacerlo.

Medios, haberlos, háylos. Tan pronto como Xi insistió el pasado agosto en la importancia de avanzar en la igualdad de rentas se produjo entre las grandes compañías una carrera de donaciones «voluntarias» al fondo para la prosperidad común. Tencent anunció RMB50 millardos ($7,7), Pinduoduo RMB10 millardos ($1,5) y Alibaba RMB100 millardos($15,5) https://www.verdict.co.uk/common-prosperity-contributions-the-new-cost-of-doing-business-in-china-explained/. Pero las reformas no pueden confiar exclusivamente en la represión por bien maquillada que se presente.

Así que tenemos que volver a la confianza de Liu He en que el aumento de la renta per cápita pueda solucionar la baja capacidad de consumo de las familias chinas. Varios datos convergen en señalar que, sin ser necesariamente lunática, la idea resulta excesiva a todas luces.

Una salida eficaz para aumentar el consumo sería ampliar la red de servicios sociales. El grupo social que más lo necesita es la población rural que en 2020 estaba en 38,5% de la población totalEsta y otras estadísticas que siguen provienen mayoritariamente de fuentes oficiales http://www.stats.gov.cn/english/PressRelease/202101/t20210119_1812523.html. y que incluye a los migrantes. En 2019 estos últimos eran 290 millones en total (la mitad de la fuerza de trabajo urbana), de los cuales sólo un tercio (90 millones) contaba con un hukou urbano y/o un permiso de trabajo. Como son los gobiernos locales quienes proveen los servicios sociales, la mayoría de los migrantes y sus familiares no reciben ninguno. Muchos de los que han quedado atrás en el campo son mayores de 65 años con derecho a pensiones de jubilación que, para los trabajadores rurales, son más que frugales. Mientras el actual sistema de ayudas se mantenga, todos ellos están condenados a una abyecta pobreza. Lógicamente, ni la población con hukou urbano ni sus gobernantes son partidarios de introducir en el sistema cambios que supondrían un notable aumento de sus impuestos. Esperar un aumento del consumo por parte de esos dos quintos de la población está fuera de la cuestión.

¿Y el 60% restante?

Según Liu, como su renta per cápita está encima de los 10.000 dólares, será ahí donde aparecerá la solución. De nuevo, no es imposible que así sea, pero el argumento es endeble. Ante todo, la definición tradicional de renta per cápita incluye los impuestos. La renta restante es renta disponible, la que en realidad percibiría per cápita cada uno de los contribuyentes chinos. De ahí habría que reducir lo que se llevan la represión financiera y los gastos necesarios en comida, vivienda y ropa para encontrar la renta discrecional, es decir, la cantidad que puede emplearse ad libitum. Encontrar datos fiables sobre la última no es fácil en ninguna parte, tampoco en China, así que habrá que contentarse con las estimaciones de renta disponible.

En 2020 su valor nominal per cápita estuvo en RMB32.189 ($5.029). Los residentes urbanos contaron con RMB43.834 ($6.849) y los rurales con RMB17.131 ($2.676). Es decir, hay que abandonar toda esperanza de un aumento significativo del gasto rural. Por su parte, el consumo por hogar urbano (los datos ya no se dividen per cápita sino por número de familias; consumo excluye la carga impositiva) alcanzó RMB27.007 ($4.220). Como el gasto en comida, vivienda y ropa subió a RMB12.844 ($2,006), la renta media discrecional estuvo en RMB14.163 ($2.213), unos RMB1.180/mes ($185).

Aun sin entrar en comparaciones internacionales ni contar en RMB constantes, la renta discrecional media por hogar está muy lejos de poder asegurar esa «circulación positiva de producción, distribución, logística y consumo soportada por el mercado doméstico» en la que fiaba Liu. Menos aún de asegurar que el consumo se dirija a esos productos de alta gama que obligarían a gastar más. El otro carril, el de la circulación por el sector exterior, se queda para otro día.

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