Nuestra América. Una historia hispana de los Estados Unidos
Felipe Fernández-Armesto
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2014
44 pp. 22 €

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El apremio del presente y una razonable previsión el futuro, ¿pueden inspirar una reescritura profunda del pasado de una nación sin incurrir en mistificaciones y en otros acomodos urgentes? Tal ha sido el empeño de Felipe Fernández-Armesto al situarse ante la historia de los Estados Unidos y ante la realidad de constituir los hispanos la primera minoría del país y revelarse por ello como un actor político influyente. Más de cincuenta millones de personas de lengua española, cultura o ascendencia hispanoamericana no sólo representan uno de cada seis habitantes, sino que, por sus patrones de reproducción y por las características del flujo migratorio, suponen uno de cada cuatro menores de dieciocho años, siendo en su gran mayoría población urbana. El futuro de los Estados Unidos es hispano: es la conclusión y es la premisa del autor, quien advierte en esa tendencia irrefrenable una oportunidad para la propia nación si es capaz de desprenderse de los prejuicios seculares que no dejan de expresarse en el temor a una «invasión» que desnaturalice la América considerada auténtica, angloamericana y protestante.

El punto de partida de Fernández-Armesto es sencillo. El futuro hispano de los Estados Unidos es el resultado de los movimientos migratorios iniciados a finales del siglo XIX e intensificados después de la Segunda Guerra Mundial, en especial a partir de los años sesenta. La llegada atendía una demanda de mano de obra en la primera potencia económica mundial, se debía a los desequilibrios sociales en los países de origen y se potenciaba por factores políticos, como es el caso de la revolución cubana y de las guerras y persecuciones que sacudieron Centroamérica en la década de 1980. Es una parte de la historia, la que el autor denomina rehispanización, el «retorno a la tierra» que un día fue española o mexicana. El pasado de los Estados Unidos fue asimismo hispano en la misma medida que inglés. Lo fue por ocupación del territorio y por colonización. Lo fue incluso con anterioridad a que éstos se instalaran en Virginia en 1607, pues para entonces los españoles habían tomado posesión de la Florida. Mientras el resultado de la revolución de independencia inauguraba la ocupación del territorio indio entre los Apalaches y el Misisipí, los españoles extendían las Provincias Internas hacia el Golfo y colonizaban la Alta California poco después de haber obtenido de Francia la cesión de la Luisiana y haber recuperado la Florida Occidental, a las que destinaron cierto número de colonos llegados de Canarias. Retorno a la tierra que fue hispana, contracolonización: si bien los hispanos se distribuyen en la actualidad por la mayor parte del país, las principales concentraciones, todas aquellas en las que se supera el 20% de la población de un Estado, se producen en territorios que dejaron de ser españoles o mexicanos entre 1810 y 1848.

La tesis posee suficiente solidez como semilla desde la que revisar el pasado. El caso con el que Fernández-Armesto abre su indagación, sin embargo, alumbra algunas de las dificultades de las que también está sembrado el camino. Al presentar a Puerto Rico como el más antiguo núcleo de población de colonos europeos (y de sus esclavos africanos) en los actuales Estados Unidos, nos recuerda que la república imperial se construyó mediante sucesivas anexiones, en las que se combinaba el poblamiento angloamericano con la exclusión o subordinación de los restantes sectores de la población, en ciertos casos, y durante un tiempo, mayoritaria. Pero Puerto Rico es un caso aparte, ya que se trata de un «territorio no incorporado», un extraño sujeto jurídico, la colonia de una república que por reivindicarse cuna de las libertades no designa con tal nombre a sus colonias. Y aun cuando se convierta en un estado de la Unión, si llega a serlo un día, estaríamos ante la paradoja de los Estados de agregación: las historias de cada una de las partes pueden ser integradas en un pintoresco legado cultural, pero difícilmente serán contempladas retroactivamente como la experiencia de un pasado común que pueda dar lugar a una memoria compartida.

Frente al relato establecido que sitúa el origen y la definición de la identidad cultural en Plymouth (o en Jamestown, para ser precisos), en razón de un mito fundacional en el que se recogen principios y valores presuntamente permanentes, Estados Unidos ha sido un país hecho por emigrantes, voluntarios e involuntarios, desde la más absoluta diversidad. Si es cierto que durante siglos el melting pot se ha producido bajo el supuesto de la «americanización» inducida, buscada o forzosa del patrón angloamericano, no es menos exacto que la cultura de un país –enfatiza el autor– es un edificio que nunca puede darse por concluido, porque se encuentra sujeto a cambio continuo, con elementos y ritmos diferentes en épocas distintas. Las modernas sociedades plurales y multirraciales que optan por construir su presente y futuro desde la convivencia, tienen ante sí el reto de reinterpretar un pasado surcado por trayectorias en ocasiones confrontadas. Fernández-Armesto nos propone repensar la construcción del país que estudia como tejido en una doble dirección: de este a oeste, bajo predominio angloamericano, y de sur a norte, de raíz hispana; de esta forma, además de restituir al pasado lo que le pertenecería, anuncia que la hispana no es una minoría reciente ni alógena en la nación en que acabó convirtiéndose Estados Unidos.

La propuesta del autor es tan sugerente como arriesgada: la perspectiva multicultural de una historia hecha por muchos con contribuciones muy distintas y no siempre cordiales. Si la primera parte de Nuestra América está dedicada a describir la colonización hispana de gran parte del actual suelo norteamericano –California, Nuevo México, Arizona, Colorado, Texas y Florida–, la segunda sección detalla en extenso las prácticas de subordinación de los hispanos en las tierras anexadas o conquistadas: el despojo de las tierras, el fraude, el desconocimiento de los tratados firmados y de la ley estadounidense, la violencia sin límite en un proceso paralelo al genocidio practicado con los pueblos nativos y a la subordinación por otros medios de los afrodescendientes esclavos y libres. Todo ello guiado por la ambición de apropiarse y explotar las riquezas, pero también por un criterio de supremacía racial que desde fecha temprana estigmatizó a los hispanos originarios o a los llegados desde el norte de México, los cuales, según se sostuvo, eran indolentes e incapaces de aprovechar los recursos, elementos retardatarios en términos de civilización. Nuevo México ilustra bastante bien la cuestión: su admisión como Estado de la Unión se retrasó hasta 1914 a pesar de reunir todos los requerimientos formales desde mucho antes. El motivo es que, hasta esa fecha, no se confirmó la mayoría angloamericana sobre la población local.

La historia de Estados Unidos admite ser contada desde varias voces y Nuestra América es un ejemplo de esa posibilidad. Señalar las coincidencias de provecho y recuperar los conflictos sin disminuir su gravedad es una buena decisión. El autor parece fundar su autoridad en la presentación de un trato injusto en el pasado, con una continua llamada a ponderar las circunstancias y equilibrar los juicios. En la elección llevada a cabo por Fernández-Armesto, la tendencia expansiva del núcleo predominante anglófono se explica por una suma de colonos bienintencionados, emigrantes europeos recientes y pobres, personas desarraigadas y variopintas comunidades de iluminados por credos milenaristas, junto a un tropel de aventureros sin escrúpulos capaces de las mayores fechorías, amparados y empujados por un Estado en construcción imperial, convencido de su destino manifiesto y del camino que debía conducir a formar una gran unidad nacional bajo la hegemonía de principios fraguados en el este y aplicados desde Washington. En un episodio prolongado y doloroso, que la cultura escrita y audiovisual ha distorsionado hasta invertir por completo la realidad en el imaginario popular, es difícil separar la responsabilidad de unos pocos violentos –o muchos que perpetraron los desmanes sin constituir nunca la mayoría–, de la pacífica expansión civil por las praderas y hacia el oeste. Sin duda alguna, la ideología racial y la justificación de la violencia contra indios nativos e hispanos nativos no pudieron ser ajenas a la misma expansión.

Fernández-Armesto contextualiza las fricciones raciales en una suerte de darwinismo anterior a Darwin, muy extendido en las cuatro o cinco décadas centrales del siglo XIX, nos dice. Es una consideración que nos parece poco afortunada. Es sabido que el naturalista inglés se refería a especies y a una capacidad de adaptación y de supervivencia que no guarda ninguna relación con las llamadas razas humanas. El problema que subyace es el de la ideología de la supremacía (racial, religiosa, cultural-civilizatoria y de otras índoles) que sirve de soporte a un determinado predominio y a un proyecto de expansión. Esa ideología implica un núcleo de pensamiento intolerante. La historia de los Estados Unidos contiene en su seno la contradicción de alimentar la libertad y la democracia y de no ser inmune a esa intolerancia que impregna –en no menor medida que los primeros valores citados– la ideología hegemónica a lo largo de buena parte de su historia, hasta que comienza a remitir en los años sesenta del siglo XX gracias a los movimientos por la igualdad racial y los derechos civiles.

Fernández-Armesto va más allá del relato y nos propone en Nuestra América una interpretación de largo alcance. Al introducir una raíz hispana en medio de una pluralidad aún más rica, nos anima a discutir la singularidad de los Estados Unidos en relación con Latinoamérica. El dilema a que se enfrenta el autor consiste en dar crédito a las explicaciones de larga duración, sostenidas en la mayor parte del libro, o ceder a la convicción adquirida de las últimas corrientes, según la cual sólo existe lo contingente, las explicaciones de corto término, que son asumidas en las páginas finales. Por la larga duración se explicaría la divergencia entre la historia de Estados Unidos y la de América Latina, que tendría su origen en la distinta herencia colonial y en la radicalidad del proceso de ruptura de Hispanoamérica con España, con la carga de violencia y el lastre de sus costes, entre los que no fue uno menor la persistencia de un ejército politizado. Por el contrario, la guerra de independencia de las Trece Colonias, afirma, estuvo impregnada de la humanidad que era hija de la Ilustración, moderación que la Revolución Francesa disolvió al sacralizar los crímenes en nombre de la misma humanidad. La explicación, al margen de expresar ideas antes que hechos probados, es desmentida por la trayectoria de un país que no conoció la experiencia traumática de la separación (Brasil) y que reprodujo condiciones parecidas a las hispanoamericanas.

La divergencia entre las dos grandes trayectorias no excluye semejanzas. En opinión del autor, el Profundo Sur norteamericano guardaba un gran parecido antes de 1865 con estructuras prevalecientes en América Latina: contaba con una clase de latifundistas, el sistema era poco desarrollado e ineficiente, descansaba en trabajo sometido y racializado, y su economía se dirigía a producir y exportar materia prima para la industria. No es esa la visión que hoy sostienen no pocos historiadores económicos ni muchos latinoamericanistas, una vez revisados los respectivos tópicos.

Fernández-Armesto exhibe un estilo ágil y posee la habilidad de llegar a un lector culto que desea ampliar sus horizontes, lo que no excluye el provecho que de su lectura extraerá el historiador profesional. Ha demostrado antes, y vuelve a hacerlo aquí, su enorme capacidad de síntesis y la que es quizás una de sus cualidades más apreciadas: pensar el relato histórico desde nuevas perspectivas, ajenas a los usos convencionales. Si nos acercó a una historia global, ahora construye una suerte de historia multicultural. En un país diverso, del que no se omiten las páginas menos brillantes, prevalecería finalmente la voluntad integradora. El historiador que ha confesado varias veces su prevención hacia el optimismo nos ofrece un colofón esperanzador. No es seguro, apunta, que esa minoría grande se conduzca en el futuro como tal, cediendo a la tentación de reivindicar las identidades nacionales de origen. Después de todo, «hispano» es la designación de otros para un colectivo muy diverso y el uso negativo ha llevado a reemplazarlo en muchas ocasiones por la expresión «latino», de significación más amplia y difusa. La lengua española es una oportunidad en un país que, según el autor, ya debe ser definido como bilingüe, lo que no pone en riesgo el uso corriente del inglés y podría facilitar el aprendizaje del español, como desean para sus hijos muchos angloparlantes. La inmigración continuará –vaticina– y también la progresión demográfica natural. Estados Unidos precisa una fuerza laboral que atienda los empleos más diversos y permita sostener su productividad. La necesita, además, para sostener y expandir la demanda interna, y estos son factores más poderosos que el miedo y los prejuicios que todavía hoy criminalizan los flujos migratorios al convertir a los indocumentados en «ilegales».

Estados Unidos tienen varios retos ante sí, concluye: uno consiste en reconocerse como lo que ya es, un país latinoamericano de pasado hispano, entre otros pasados; el segundo consiste en cerrar alianzas de libre comercio para competir con los otros grandes polos económicos del mundo, y ahí los acuerdos con las otras Américas resultan estratégicos. Quizá la vertiente pragmática haga posible la asunción de unos legados que la cultura tradicional más estrecha –la cultura de la supremacía– todavía niega.

La historia y el ensayo, el análisis del pasado y del presente más reciente, así como un atisbo de prospectiva, se dan la mano en esta propuesta tan inusual en el panorama de la historiografía. Tal vez se explique por la naturaleza confesa de su autor: un mestizo cultural que participa de identidades sucesivas y plurales y de adhesiones emocionales que alimentan la mirada del historiador.

José Antonio Piqueras es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Jaume I. Es autor de los libros Bicentenarios de libertad. La fragua de la política en España y las Américas (Barcelona, Península, 2010) y El federalismo. La libertad protegida, la convivencia pactada (Madrid, Cátedra, 2014).

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