Fuentes y mitos en los orígenes del islam


Los últimos días de Mahoma
Hela Ouardi
Obscura editorial, Barcelona, 2020
352 p.

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Mezquita Shiraz

La publicación de las caricaturas de Mahoma lleva provocando disturbios locales, tensiones internacionales y atentados mortíferos en los últimos años. Escribe la profesora e investigadora tunecina Hela Ouardi en su libro Los últimos días de Mahoma (Obscura editorial, Barcelona 2020): «…en la era de la imagen, el aniconismo del islam ya no es solo un dogma religioso obsoleto, sino el síntoma flagrante de un anacronismo al que la violenta respuesta a las caricaturas de Mahoma confiere hoy un relieve trágico».

Para Hela Ouardi, frente a la adoración exacerbada a su profeta, que «lo ha convertido de alguna manera en un fósil», se impone trazar «una reconstrucción histórica paciente y objetiva» del Mahoma humano y mortal, realizar el «retrato de un hombre de carne y hueso», a fin de «dibujar los contornos de una figura humanizada del Profeta y, por tanto, de sus allegados».

En la obra citada la autora se centra en la reconstrucción de los últimos días de la vida de Mahoma con el objetivo de «extraer al hombre sepultado bajo la leyenda épico religiosa y devolverlo a la historia, es decir, “a los tiempos del mundo” como diría el orientalista Jacques Berque». Nos recuerda la autora, como ya lo hizo en su día Ernest Renan, que Mahoma es un «personaje histórico real», contemporáneo del emperador de Bizancio Heraclio, del rey franco Dagoberto I y del papa Bonifacio I. Y, sin embargo, la enormidad de relatos sobre su vida que se han conservado no empiezan a redactarse hasta varias décadas después de su muerte, por lo que, como dice Hela Ouardi, «el génesis islámico parece haber sucedido en absoluta penumbra». No se conservan escritos del propio Mahoma, a pesar de que, según la tradición, sabía escribir, ni transcripción alguna de versículos del Corán que daten de cuando Mahoma vivía. Todos los materiales que han servido para reconstruir la biografía del profeta han sido recopilados y ordenados tiempo después, obedeciendo a directrices políticas de diferentes califas.

El mismo Corán, que es una de las fuentes principales para conocer la vida de Mahoma, no fue recogido de manera unificada hasta el tiempo del tercer califa Utman y su versión definitiva para la comunidad suní es aún posterior, de tiempos del califa omeya Abd el-Malik, a principios del siglo VIII, es decir, setenta años después de la muerte de Mahoma. Junto al Libro sagrado, la biografía del profeta se fue reconstruyendo también a través de los «dichos, sucesos y gestos que se le atribuyen», los hadices, que sirvieron de guía para la vida del musulmán y que constituyeron un corpus sobre el que se asienta la chari’a, la ley islámica. Pero los miles y miles de hadices recordados por sus contemporáneos y conservados por sus seguidores, en versiones entremezcladas, idealizadas o deformadas, debieron someterse tiempo después a un filtro para intentar descubrir su fidelidad y separar los apócrifos. El filtro ejercido por uno de los más conocidos compiladores de hadices, Bujari, redujo a siete mil los más de doscientos mil que llegó a reunir.

Se fueron así consolidando biografías de Mahoma de tono hagiográfico, como la Sira de Ibn Ishaq o la Sira al-Rassul de Ibn Hicham, generalmente por encargo de califas que buscaban una idealización de la vida del profeta que les fuera favorable.

Pero todas las fuentes de la tradición o Sunna son tan variadas y a veces contradictorias, que pueden llegar a poner en cuestión la versión canónica de determinados episodios de la vida de Mahoma.

Aún más complicado es cuando a la tradición suní se enfrenta la historiografía paralela que el chiismo ha ido tejiendo desde los primeros tiempos del Islam. Del mismo Corán la tradición chií asegura que fue el propio Alí, yerno de Mahoma, quien recopiló la primera versión, en el momento de la muerte del profeta. Con versículos que atribuyen al propio Alí y a su descendencia la primacía en la dirección de la comunidad musulmana.  

Resumiendo: el estudio riguroso de las fuentes ha chocado con la sacralización de la vida del profeta, construida sobre versiones convertidas en dogma, y ha dificultado una exégesis crítica, condenada de antemano por la ortodoxia. De ahí que «los eruditos musulmanes no se han atrevido a realizar un trabajo crítico profundo acerca de las tradiciones en que se fundamenta su historia», dirá Hela Ouardi, a excepción de casos muy concretos de investigadores que viven en Europa o Estados Unidos.

Fueron algunos orientalistas europeos, de Ignaz Goldziher a Henri Lammens, quienes abordaron, en algún caso desde cierta actitud islamófoba, estas contradicciones y anacronismos de la tradición musulmana, provocando el rechazo en bloque, por parte de los historiadores musulmanes, de lo que consideraban una injerencia en su propio terreno. Para Hela Ouardi, «en lugar de cuestionar los fundamentos de su propia historia, los musulmanes prefieren poner en tela de juicio las intenciones de los eruditos occidentales». Pero la «mirada desmitificadora» introducida por la crítica orientalista ha contribuido, según ella, de manera positiva a «sustraer la historia del islam tanto de la influencia del dogma religioso como de una visión exclusivamente apologética».

Hela Ouardi, 2019.

En esta línea crítica, Hela Ouardi, en el libro mencionado antes, cuyo original francés data de 2016 (Ediciones Albin Michel), se acerca al episodio final de la vida de Mahoma, instante crítico, decisivo, en el que se «puso en entredicho la propia supervivencia del islam», en medio de las intrigas de los compañeros y allegados más cercanos al profeta, intrigas que revelan «las dolorosas condiciones en las que emergió la autoridad política en el islam». Desde el comienzo se perciben «los síntomas precursores de discordias y luchas fratricidas que afligen a los musulmanes desde hace siglos».

Los últimos días de Mahoma se basa en su totalidad, según Hela Ouardi, «en el Corán y las fuentes de la tradición musulmana, tanto suníes como chiíes, que contienen una cantidad prodigiosa de relaciones y de informaciones relativas a la agonía del profeta y su muerte». Hela Ouardi confronta los diferentes relatos recogidos en los libros de hadices y en las biografías más antiguas de Mahoma, así como en las exégesis del Corán, en las diversas crónicas y obras consagradas a los más inmediatos compañeros del profeta, que ofrecen a veces versiones diferentes, rara vez puestas en contraste por la tradición. En efecto, la originalidad de su planteamiento, señala la autora, «reside en la comparación inédita de estas fuentes y la linealidad con las que las representamos».

Hela Ouardi ha continuado desde 2016 su arriesgada y rigurosa investigación en una saga titulada Les Califes maudits (Los Califas malditos), en tres volúmenes, los dos primeros aparecidos en 2019, La déchirure (El desgarro) y À l’ombre des sabres (A la sombra de los sables) y un tercero, Meurtre à la mosquée (Asesinato en la Mezquita), publicado en 2021. Esta saga no ha sido aún traducida al español.

Los últimos días de Mahoma tiene la estructura de un guión cinematográfico (de «drama shakespeariano» lo califica la autora en entrevista en Jeune Afrique del 12 de abril de 2016), y está integrado por secuencias, con referencias al lugar y ambiente en que se desarrollan, y en que la acción se va describiendo a través de la interacción de personajes que van siendo presentados a medida que intervienen en la historia.

«Medina, lunes 8 de junio del año 632. El sol cenital inflama el horizonte. La calima de esta jornada estival en Arabia parece clemente en comparación con la fiebre que consume el cuerpo de Mahoma…». Así comienza la narración, agonizando en su lecho el hombre-profeta, acompañado de su esposa Aixa, en cuyo regazo morirá. Algunos de sus más inmediatos seguidores, como Abu Bakr, futuro primer califa, estarán ausentes en ese momento, otros, consternados como Omar, segundo futuro califa, se negarán a reconocer su muerte. Durante dos días el cadáver de Mahoma permanece sin sepultar, lejos de la práctica tradicional y de las propias recomendaciones del profeta. Un auténtico «agujero negro» ante el que la tradición se vuelve «amnésica y muda». Se pregunta Hela Ouardi: «¿Las intrigas políticas y la carrera por el califato les obsesionan tanto como para olvidar los restos del maestro y negarle este cuidado mínimo que se debe a la dignidad humana?».

Es a preguntas como ésta a las que el libro intenta dar respuesta. En las secuencias siguientes, jugando con el efecto del flash-back, retorna a episodios anteriores que nos van a dar explicaciones de lo ocurrido. «Tabuk, la última expedición», narra la «victoria sin combate» contra los bizantinos que lleva a cabo Mahoma en los últimos meses de su vida. Una expedición controvertida sobre la que la tradición apenas si aporta «relatos confusos». Más que una campaña militar pudo ser un viaje de negocios, protagonizado por varios de los personajes centrales favorables u opuestos a su realización, y que permanece en la memoria musulmana gracias a un hecho que se produce al retorno a Medina: el intento de asesinato de Mahoma, intento que da pie a la siguiente secuencia, «La conjura de Aqaba».

Las versiones sobre la conspiración discrepan. Los relatos suníes apuntan a hipócritas infiltrados entre los compañeros del profeta, pero los chiíes acusan directamente a Abu Bakr y a Omar. A uno de los testigos, Hudayfa, su confidente, conocido como «el Guardián del Secreto del profeta», Mahoma le revela la identidad de los conspiradores, pero le pide que guarde el secreto. El profeta se abstiene de castigar a los responsables, hecho que, a juicio de Hela Ouardi, implicaría, o bien que eran demasiado poderosos, o bien demasiado cercanos, por lo cual «la revelación de sus nombres podría comprometer su prestigio frente a las tribus árabes». 

Estos síntomas del debilitamiento de la autoridad de Mahoma se encadenan cronológicamente con un episodio trágico que lo volverá más taciturno y ensimismado, y que constituye la siguiente secuencia: «La muerte de Ibrahim, el hijo inesperado». Se trata de un pequeño, de apenas dos años, nacido de su concubina copta María, una esclava que le regaló el arzobispo de Alejandría. La relación apasionada con esta se complica con los celos que produce en Hafsa, esposa legítima del profeta e hija de Omar, y en Aixa, la esposa favorita, hija de Abu Bakr. Llegarán a correr rumores sobre la ilegitimidad de Ibrahim, resueltos finalmente con la intervención del siempre oportuno ángel Gabriel, quien conforta al profeta llamándolo «padre de Ibrahim». Estamos en enero del año 632.

Mahoma presiente su muerte y, obsesionado con la salud de su alma, toma la decisión de emprender «La peregrinación de la despedida», su última gran aparición pública, en la que anunciará el fin de su misión. Estamos ya en marzo del 632, cuando el profeta, acompañado de un amplio séquito de próximos y seguidores, emprende su última peregrinación a La Meca. En su discurso de despedida, previene contra las discordias entre musulmanes y deja como legado para evitarlas «el Corán y mi familia», en referencia a las «gentes de la casa» (ahl al-bayt). Esta alusión al círculo estrecho familiar de Mahoma, integrado por su hija Fátima, su esposo Alí y sus nietos Hasan y Husein, será esgrimida por la tradición chií como el reconocimiento expreso de la legitimidad dinástica, por lo que algunas obras de la tradición suní cambian el sintagma «gentes de la casa» por la expresión «el Corán y la Sunna del Profeta».

Durante el retorno a Medina, según la versión chií, Mahoma pasa el testigo a Alí en el estanque de Jumm, conforme a la orden divina del ángel Gabriel, lo que será mal visto por los demás compañeros. Estos tramarán un nuevo complot para impedir que se materialice el traspaso de poderes. Es lo que se relata en la siguiente secuencia, «La conspiración de la hoja maldita». Enterada Aixa de lo que va a ocurrir, conspira con Hafsa y sus respectivos padres, quienes, junto con Abu Ubayda ibn al Yarrah y otros dos compañeros, redactarán un «pacto maldito» que enterrarán en el interior de la Kaaba. Según este pacto espurio, no es el hecho de pertenecer a la familia del profeta el que confiere el acceso a la sucesión, esto es, al califato: como se dice en el Corán, «para Allah, el más noble de entre vosotros es el que más le teme». Se incluye en el pacto una amenaza de muerte para quien lo contradiga, previsiblemente Alí, aunque, eventualmente, el castigo podría alcanzar, incluso, al propio profeta. La amenaza, según cierta tradición chií, se intenta cumplir tendiendo una nueva celada a Mahoma para asesinarlo en el camino de retorno a Medina. Una vez más será el propio ángel Gabriel quien prevenga al profeta despertándolo, pero una vez más éste ni castiga ni denuncia a sus catorce agresores, confiando en que dios se vengará de ellos. Quien estuvo a punto de revelar públicamente los nombres de los conspiradores, Ubay ibn Ka’b, morirá asesinado antes de revelarlos.

Se viven momentos de gran nerviosismo. Hela Ouardi escribe: «Se avivan las ansias, se ponen en marcha las maquinaciones políticas y comienza la marcha atrás». Al retorno a Medina, Mahoma empieza a sentir los primeros síntomas de su enfermedad mortal. Estamos en mayo de 632. Falto de fuerzas, se instala en casa de Aixa, que desde este momento se convierte en testigo privilegiado de la agonía del profeta y en filtro de su actividad y decisiones. Una de las últimas, narrada en la secuencia titulada «La expedición de Osama», será designar al joven Osama, hijo del liberto Zayd ibn al Harita, para dirigir una expedición militar hacia Siria, en el interior del territorio bizantino. Y recomendará a Abu Bakr y a Omar que se incorporen bajo sus órdenes en el ejército, lo que será desobedecido por ambos, y provocará la ira de Mahoma. La relación de afecto de este con Osama es intensa y compleja, pues el profeta se había desposado con Zaynab, exmujer de Zayd. La complejidad de esta relación llevó hasta la prohibición de la adopción en el islam, puesto que Zayd era hijo adoptivo de Mahoma.

En la tradición chií, esta resistencia de Abu Bakr y Omar a abandonar Medina en las circunstancias del agravamiento de la enfermedad de Mahoma y la insistencia de éste en que marchen tras Osama –Hela Ouardi habla de la teatralidad y patetismo exacerbado de dicha insistencia-, guardan relación con la posible intención del profeta de dejar el terreno despejado para designar como sucesor a Alí. Pero la mermada autoridad política y moral de Mahoma a causa de su enfermedad contraría su voluntad.

«Prisionero de su lecho» está impedido para afrontar un movimiento de insurrección extendido por toda Arabia que cuestiona su autoridad y legitimidad, dirigido por falsos profetas como Musaylima y Tulayha, que los sucesores de Mahoma deberán someter tras su muerte en las guerras llamadas de «apostasía». Este estado de rebelión en la península arábiga en víspera de la muerte de Mahoma es de lo que trata la secuencia titulada «Los muros se resquebrajan». La situación es tan grave que motivará lo que Hela Ouardi califica de «golpe de Estado» de los allegados. La historiadora tunecina se atreve a contradecir al pope de la intelectualidad tunecina, el pensador Hichem Djait, que en su libro La Grande Discorde. Religion et politique dans l’Islam des origines aseguraba que «al morir, el Profeta dejó una religión moribunda y un Estado radiante que imperaba sobre Arabia entera, ambos ligados de forma indisoluble».

La enfermedad avanza y es «El principio del fin». Estamos a una semana de la muerte de Mahoma. Se producirá una de sus últimas presencias en una mezquita cercana, ayudado por sus primos Alí y Fadl. Desde el almimbar, se excusa de cualquier injusticia cometida para poder comparecer purificado ante dios. Y tiene palabras complacientes hacia Abu Bakr («no he tenido compañero más fiel que tú») y Omar («después de mí el derecho estará con Omar»), en una escena en la que la tradición suní quiere ver el reconocimiento de su futuro papel como guías de la comunidad. Mientras Alí, que en el mismo escenario había mostrado su capacidad de sacrificio ante el profeta, encarna «el espíritu de martirio propio de la sensibilidad chií».

Pero la proximidad de la muerte de Mahoma aviva la avaricia de los allegados, que muestran así su impaciencia por la sucesión. Este va a ser el tema clave del porvenir del islam. Y se va a revelar como un asunto de familia. En la secuencia titulada «La “novela familiar” de Mahoma», Hela Ouardi afirma que «la institución del califato está demasiado asociada a los vínculos familiares del Profeta con sus compañeros: los cuatro primeros califas ortodoxos son suegros y yernos de Mahoma». Y la sucesión está también marcada por las disputas en el seno del nutrido harén del profeta, dividido en dos clanes, el de Aicha y el de Zaynab. Frente a la personalidad arrolladora de la mayoría de las esposas de Mahoma, contrasta la pasividad de su propia hija, Fátima, casada con Alí y madre de sus dos nietos favoritos, Husein y Hasan. A ella y sus relaciones tormentosas con Alí se dedica el capítulo «La hija y el yerno».

Y a Aixa, la «esposa-niña», princesa consorte y «reina del harén profético», consagra el titulado «Aisha, la encantadora chiquilla sonrosada», personaje clave en la sucesión, que será percibida por los chiíes como el «instrumento de las maquinaciones de los dos primeros califas». Será ella quien filtre y controle los últimos momentos de la vida de Mahoma.

Otro «agujero negro» de los últimos días de Mahoma será la ausencia de testamento, de instrucciones precisas para la continuidad del islam. «La calamidad del jueves: el testamento no escrito» es el capítulo dedicado al tema, en el que parece claro que Omar impide que el profeta deje por escrito sus últimas voluntades, un documento que pretendía, según el decir de ciertos relatos de la tradición, «evitar la perdición de los musulmanes», en referencia a las querellas y disputas larvadas que estallarán con la sucesión. De «calamidad» se califica por Abdallah Ibn Abbas, primo de Mahoma, este acto, que impide que se consigne por escrito su deferencia hacia la familia de Alí.

De ello se beneficiará Abu Bakr, que se convertirá en el primer califa y sucesor legítimo, indirectamente designado por Mahoma cuando le confió en numerosas ocasiones dirigir la oración en su ausencia, especialmente, según versiones suníes que se narran en el capítulo «¿Quién ha sustituido al Profeta en la mezquita?», en momentos claves de la enfermedad del profeta.

Pero ¿cuál fue la enfermedad que le condujo a la muerte? El hecho de que ésta fuera tan repentina arroja «la sombra del misterio» sobre sus causas, indagadas en «El origen del mal. ¿Envenenamiento o pleuresía?». Entre las hipótesis del envenenamiento está la versión de que la causante fue una judía de Jaybar en venganza por la muerte de sus familiares durante el asalto al oasis, episodio emblemático de los primeros tiempos del islam que definió las relaciones entre musulmanes y judíos. Pero lo insólito es que el episodio de Jaybar se produjo tres años antes de la muerte del profeta, por lo que los relatos disienten entre si se trató de un veneno de efecto tardío o simplemente de un sortilegio de efecto retardado. Cabe, nos dice Hela Ouardi, que, desviando las sospechas hacia los judíos, se descartasen así las sospechas que pudieran recaer sobre la intervención de los allegados del profeta.

La agonía y muerte protagonizan las tres últimas secuencias del libro. Los sufrimientos de última hora bajo los cuidados de Aisha y la última aparición del ángel Gabriel, acompañado del ángel de la muerte, Azrael, se relatan en «El Profeta se muere». La incredulidad que produce entre los musulmanes su muerte, calificada de «cataclismo» corresponde al capítulo «¿Cómo puede morir, él que es nuestro testigo?». Especialmente Omar, se niega a reconocer la muerte del profeta. Las disensiones e incógnitas que produce el tardío funeral de Mahoma, aparecen en «El funeral de Mahoma».

El libro se cierra con dos capítulos de balance, el primero, «Los musulmanes y la memoria de su Profeta», que recuerda la carencia de vestigios epigráficos contemporáneos de la muerte de Mahoma y la tardía aparición de los primeros, 121 años después, así como el papel legitimador del recurso a la figura del Profeta y a sus revelaciones desde el momento mismo de su muerte, empezando por el mismo Abu Bakr con sus citas oportunas de versículos conservados en su memoria. Serán precisamente Abu Bakr y Omar quienes acaben conformando, junto a Mahoma, «una especie de trinidad que sigue dirigiendo a una gran parte de la humanidad».

De estos dos compañeros o discípulos de Mahoma, calificados por Hela Ouardi de «verdaderos fundadores de una nueva religión», trata el «Epílogo», titulado «La muerte de un profeta, el nacimiento de una religión». Con ellos, con Abu Bakr y Omar, empieza la saga de «Los Califas malditos» con la que la autora prosigue su controvertida y rigurosa investigación sobre los orígenes del islam, utilizando «las fuentes que han construido el mito para romper con él y permitir traer la historia del islam al mundo real», como dirá en la última entrega de la saga, con un título de resonancias de T.S. Eliot, Asesinato en la mezquita.

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