El peso de la tradición

La pasión de Carola

JOSÉ LUIS MATILLA

Akal, Madrid, 222 págs.

La pasión de Carola, tercera novela de José Luis Matilla, cabe ser definida, de una parte, como un homenaje explícito a algunos de los principales literatos españoles del siglo XX –ValleInclán, García Lorca y Azorín, sustancialmente– y, de otra, como el punto de encuentro de asuntos y formas heredadas de la tradición hispana, tanto oral como libresca. Ambas líneas de recuperación más o menos consciente del legado tradicional se entremezclan en una interesante apuesta narrativa que sorprende en las primeras páginas para acabar defraudando.

El hilo argumental que recorre, de principio a fin, La pasión de Carola, es el matrimonio entre el terrateniente caduco Román Padilla y Pedroche y la cándida adolescente que da título a la novela. En efecto, dicha unión se inscribe dentro de una fecundísima línea folclórica cuyas manifestaciones se extienden desde la Edad Media hasta nuestros días, de la línea tradicional castellana a las farsas de Lorca, por poner tan sólo dos ejemplos extremos; el matrimonio entre el viejo y la niña implica el recurrente y sempiterno engaño de esta última, en un ejercicio festivo que supone el triunfo de la juventud sobre la vejez. José Luis Matilla une, pues, a la orientación farsesca y carnavalesca inherente al legado que hereda, un claro homenaje a Valle-Inclán, de forma que las primeras páginas de La pasión… relatan la unión matrimonial en clave próxima al esperpento: el narrador se distancia de sus criaturas para convertirlas en fantoches ridículos al servicio de sus obsoletos códigos de honor. No en vano, el linajudo Ramón Padilla, firme defensor de Dios y la Patria, se niega a que un cura masón presida sus casorios. La risa degenera en sátira cuando el susodicho religioso recibe un anónimo amenazante confeccionado con recortes extraídos de las Doloras de Campoamor. Como vemos, la anécdota argumental sirve de excusa para ridiculizar los valores que soportan la sociedad española en tiempos previos a la República. Si bien los referentes literarios de Matilla son excesivamente claros, esta primera parte –titulada «Arión»– resulta un inteligente y fluido arranque a medio camino entre la crónica y el esperpento. No ha lugar a la reflexión ideológica, puesto que la rica amalgama de personajes no es más que una excusa para la risa cosificadora y, en rigor, valleinclanesca: «que sepa el señor cura que se le pueden cortar las pelotas a cercén, y perdone por el dicho» (pág. 13).

Ahora bien, la novela empieza a hacer aguas allí donde la deuda respecto del autor de Luces de Bohemia termina. La segunda parte («Los amantes») constituye, a su vez, un guante tendido por un lado a Azorín y, por otro, a García Lorca. Como era preceptivo, de acuerdo al trasfondo folclórico que soporta la trama, la inocente Carola, al tiempo que triunfa la República, consuma el engaño amoroso con cuerpos más vivaces que el de su desastrado marido. Sin embargo, la orientación esperpéntica que presidía la primera parte es sustituida por un estilo de corte impresionista –de ahí la relación con Azorín– con el cual la narración pierde toda su agilidad para convertirse, sin más, en una sucesión de pequeños cuadros de preciosismo un tanto sentimental y lastimero. A ello se añaden una serie de guiños cómplices al lector, eso sí, en exceso manidos y predecibles, como tributo a García Lorca: el crimen pasional a las cinco de la tarde, la niña enamorada que se asoma a la ventana, el pájaro azul, cobijo de las penas de Carola, etc.

Por otro lado, la lente deformante con que eran vistos los personajes en primer término es abandonada en virtud de una perspectiva maniquea a la hora de narrar los acontecimientos próximos a la guerra civil. Es decir, no se trata ya de servirse de los personajes como meros instrumentos cómicos sino, más bien, de convertirlos en estandartes de un fácil mensaje ideológico, según el cual todos los defensores del bando nacional son pérfidos y malvados, mientras que los partidarios de la República encierran un conjunto indisoluble de excelsos valores. La pasión de Carola resulta, a fin de cuentas, una fallida propuesta. Ahora bien, dejando aparte los andamios demasiados perceptibles de la narración, se ha de destacar, en primer lugar, el estilo, a ratos exquisito –aunque improcedente en una novela iniciada en clave histriónica– de un narrador que transitó durante muchos años los arduos caminos de la poesía; en segundo término, el juego de perspectivas, perfectamente jerarquizado, que se esconde tras la, en apariencia, narración omnisciente. En fin, pinceladas en un cuadro inconcluso.

Ficha técnica

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