El sol de Madrid, limpio, pleno y sin piedad, coló el filo de su luz sobre los rostros de los asistentes, como si un dios antiguo decidiera, de repente, dejarnos expuestos ante la claridad implacable del mediodía. A las seis de la tarde, la Plaza de España se convertía en un espejo encandilado, reflejando las inquietudes y las ansias del primer día de un festival que, como la luz misma, se movía sin cesar entre la claridad y la oscuridad. A medida que las primeras charlas comenzaban, los asistentes se dispersaban entre la luz y la sombra, buscando el espacio adecuado donde pudieran comenzar a resonar, como más tarde nos recordaría el filósofo y sociólogo alemán Hartmut Rosa: sólo en la resonancia con el mundo y, fundamentalmente, con los otros, puede la vida adquirir un sentido que no nos disuelva en la alienación. Y así, entre la luz que abruma y la sombra que acoge, comenzaba, un año más, la fiesta de las ideas.
El acto inaugural se desplegó como un mapa de los extravíos contemporáneos, trazado por voces que no temían nombrar el desconcierto de nuestro tiempo. El filósofo y director del Círculo de Bellas Artes, Valerio Rocco, con la precisión quirúrgica de quien ha diseccionado las patologías sociales de nuestra época, advirtió que paradójicamente estamos cada vez más solos en un mundo hiperconectado, donde coexistir con aquel que piensa diferente se hace cada vez más difícil. La solución, sugirió, yacía en los fundamentos más antiguos del pensamiento occidental: volver al diálogo platónico, alejándose del parloteo sin argumento. El origen común que invocaba no era otro que el Ágora, la plaza, esa imagen primordial donde las ideas convergían en un solo espacio, en el espacio de lo común. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, tomó el testigo con la convicción de quien ve en las artes y el pensamiento no solo refugio, sino motor de transformación. «La cultura dibuja un camino para salir del laberinto», declaró, recordando que «es en ella donde han nacido las grandes transformaciones sociales».
El filósofo e historiador del CSIC y director de contenidos del Festival, Javier Moscoso, fue quien desplegó ante el público la cartografía de nuestros extravíos contemporáneos: «Hay tantas formas del laberinto como formas de desorientación», advirtió. Hay laberintos geográficos y también los temporales, donde muchos viven en el pasado y otros en el futuro. «Vivimos en una época de desorientación cognitiva donde a veces importan más los relatos que los hechos», una época en la que «se ha perdido la búsqueda crítica de evidencias», afirmó Moscoso. Pero también hay laberintos afectivos, morales y políticos que recorreremos a lo largo de estos cuatro días de Festival. A pesar de la evidente desorientación actual, la conclusión de Moscoso nos ofrece esperanza: «De los laberintos también se sale, con diálogo y respeto».
El cierre lo realizó la filósofa y directora ejecutiva y de contenidos del Festival, Marcela Vélez, quien propuso una relación distinta con el extravío mismo, entendiendo el laberinto como un espacio de acogida. Un lugar donde el juego y la reflexión pueden convivir, y donde, al jugar, uno se siente a salvo. Su intervención fue una invitación directa a los asistentes: si no podemos escapar del laberinto, al menos aprendamos a habitarlo con lucidez e incluso a encontrar en él cierta forma de disfrute.
«Laberintos», así se titula la segunda edición del Festival de las Ideas. Y en el primer giro del recorrido, quizás para salir como sugirió Moscoso, o quizás para adentrarse como invitó Vélez, aguardaba la conferencia inaugural a cargo del ensayista indio Pankaj Mishra. La periodista Pepa Fernández Vallés abrió la conversación recordando que el libro más reciente de Mishra, El mundo después de Gaza (2025), ha levantado controversia desde su publicación. Mishra explicó el origen del texto: nació de una conferencia que debía impartir en Londres, cancelada días antes del ataque israelí a Gaza por el temor a lo que pudiera decir. «Se escribió con un espíritu de emergencia», confesó, desde «la convulsión profunda» de quien es testigo de una masacre cotidiana mientras los líderes políticos censuran a quienes disienten. Para Mishra, España se ha convertido en uno de los pocos espacios en donde aún se mantiene viva una conversación que en otros lugares ha sido silenciada. Este Festival es prueba de ello.
Sobre su libro, Mishra incide: «ningún exterminio masivo ha sido tan ampliamente televisado», señalando la brutal paradoja de una tragedia que se despliega en tiempo real ante millones de ojos. La exposición continua a imágenes de cuerpos infantiles destrozados, de madres llorando a sus hijos, constituye, según él, una herida en la conciencia colectiva. «Los psicólogos del futuro», añadió, «tendrán que estudiar el impacto invisible pero profundo que esta sobreexposición ha causado en nuestras mentes y en nuestras almas». La destrucción de Gaza, subrayó, no es sólo una tragedia política o humanitaria, sino un acontecimiento sin precedentes que desafía nuestra capacidad de respuesta ética y emocional. A partir de ahí mencionó la noción de «culpa metafísica», propuesta por Karl Jaspers, entendida como la «carencia de solidaridad absoluta con el hombre en tanto hombre»1. Sin embargo, más que remitirse al concepto jaspersiano en sentido estricto, Mishra lo reinterpreta como una forma de responsabilidad que alcanza a todo ser humano por el simple hecho de habitar un mundo compartido con quienes sufren.
El ensayista advirtió también sobre los peligros de construir la memoria colectiva a partir del trauma. Israel, ejemplificó con crudeza, ha edificado la suya sobre el Holocausto hasta el punto de haber radicalizado a buena parte de su población, que hoy ve en sus vecinos amenazas permanentes que deben ser eliminadas. «Todos somos capaces de asesinar», afirmó, «no hay víctimas eternas ni inocentes perpetuos». Para Mishra, esta incapacidad de revisar críticamente las categorías morales heredadas como, por ejemplo, quién merece compasión, quién representa una amenaza o quién tiene derecho a sufrir, forma parte del clima intelectual y político que nos ha llevado al borde de lo que él llama una «guerra civil global».
Su intervención resonó como un llamado urgente a despertar de la anestesia moral y a recuperar una conciencia ética entumecida por la sobreexposición al espectáculo de la atrocidad. En esa línea, recordó la reflexión de Karl Jaspers, durante el semestre de invierno de 1945 en Heidelberg, cuando abordó «la cuestión de la culpa y la responsabilidad política de Alemania», y que más tarde se publicaría bajo el título Die Schuldfrage (1946). Jaspers partía precisamente del reconocimiento de que habitamos un mundo compartido y que nuestros destinos están entrelazados en una trama común donde la responsabilidad ética trasciende las fronteras. Hay que actuar, insistió Mishra, con plena conciencia de las relaciones de poder que estructuran el mundo y desde una compasión radical hacia quienes cargan con el mayor peso del sufrimiento.
La «segunda vuelta» del laberinto la vivimos de la mano del filósofo y sociólogo alemán, Hartmut Rosa, y la filósofa Marcela Vélez, en la conferencia titulada «El mundo como laberinto de la Modernidad». El sol ya se había retirado y las sillas de la plaza empezaban a llenarse de forma ordenada. A mi lado, dos mujeres mayores llegaron cuando la charla ya iba avanzada. Rosa hablaba en alemán y Vélez preguntaba en español. Ellas, sin auriculares que les permitieran captar el sentido exacto de las palabras del filósofo, clavaron sus ojos en las notas que tomaba para este artículo; de pronto, un grupo de otras mujeres entre los 70 y 75 años, se acercaron para leer lo que yo escribía. Era la primera vez que asistían al Festival y me sentí impulsada a agrandar la letra para que todas pudiesen seguir la lectura. Nos separaban poco más de cuarenta años, pero ahí estábamos las seis, reunidas en la plaza, escuchando ideas que invitaban a resonar en el mundo compartido.
La intervención de Rosa se centró en los conceptos de «aceleración», «alienación», «indisponibilidad» y «resonancia», propuestos en sus libros más conocidos.
A lo largo de su charla, el filósofo propuso un diagnóstico claro: vivimos desorientados en una modernidad que ha convertido la vida diaria en un laberinto; un entramado del que no parece haber salida. Nos bombardean con avances tecnológicos como la inteligencia artificial, con velocidades aceleradas que nos obligan a innovar, a producir y a ser disruptivos. Rosa remarcó que la alienación aparece «cuando nuestra relación con el mundo deja de ser viva»: cuando nuestro trabajo, nuestro cuerpo y nuestra creatividad se deforman por la velocidad, a tal punto que dejamos de resonar con el mundo en común.
Y ¿qué significa resonar?, preguntó Vélez. Rosa sintetizó en cinco minutos lo que desarrolla en más de 500 páginas de su libro Resonancia: Una sociología de la relación con el mundo (2020): «Significa que algo nos conmueva de verdad, que nos interpelen… una idea, una imagen, una canción, una conversación», afirmó. Pero no se trata simplemente de una actitud pasiva ante el mundo, sino que la resonancia implica un movimiento que nos altera y que nos impulsa a responder.
Cuando Rosa abordó el tema de cómo la técnica, al intentar controlarlo todo, puede acabar por anular la experiencia viva, me llamó especialmente la atención el ejemplo de la Thermomix por la reacción inmediata de mis compañeras, que, mientras seguían en silencio la lectura de mis notas, asentían con convicción. La Thermomix, dijo Rosa, elimina la unicidad de quien cocina. Da igual si lo hace el padre o la madre, el resultado será siempre el mismo: perfecto, estandarizado y, por eso mismo, sin sabor. Es entonces cuando dejamos de resonar con nuestras propias acciones, cuando ya no sentimos lo que hacemos ni nos conmueve lo que vemos: «todo se vuelve insípido y vacío, y esto también ocurre con nuestra respuesta a tragedias como Gaza: sentimos, pero nos paralizamos, como si hubiésemos perdido ese «sexto sentido» que nos conecta con el mundo», aseguró Rosa.
La conversación concluyó volviendo a una de las ideas que había inaugurado el Festival: ¿entramos al laberinto o tratamos de salir de él? Marcela Vélez lanzó la pregunta final: si contamos con la música, el juego y la filosofía, ¿no sería posible quedarnos en el laberinto? Harmut Rosa respondió sin titubeos: no. Y en ese «no» se encierra, advirtió, una de las tensiones centrales de su teoría de la resonancia. La resonancia no es una experiencia individual, sino una forma de estar en el mundo que nos vincula con los otros. Justamente por ese motivo no podemos quedarnos en el laberinto solo porque sea más «acogedor», pues «la resonancia debe ser compartida», tenemos que salir del laberinto.
Al concluir la jornada, me despedí de mis cinco compañeras de Festival con gratitud por su compañía y con la esperanza de reencontrarnos el resto de días. Si algo me queda del primer día del Festival es la convicción de que pensar es, en el fondo, una forma de habitar —de resonar, diría Rosa— con otros.
Lorena Santos-de-Torregroza es investigadora en la Universidad Complutense de Madrid y el CSIC-CCHS, donde realiza su tesis doctoral en filosofía titulada Fenomenología de la violación sexual. Es miembro del proyecto de investigación «Cultural History of Gestures» (PID2022-141667NB-I00) y coautora del libro: Política de las emociones (Universidad del Rosario, 2022).
- Karl Jaspers. El problema de la culpa. Sobre la responsabilidad política de Alemania, trad. de Román Gutiérrez Cuartango, Barcelona, Paidós, 1998, 88 págs. ↩︎






